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Jesús de Nazaret, hijo único de Dios

Todo lo que existe es obra de Dios y por tanto es obra de Amor, porque “Dios es Amor” (Jn 1,8). Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para liberar al hombre del pecado, que lo había hundido en un abismo insondable y, lo había separado de su Amor. Esa es la Buena Noticia: el anuncio de Jesús de Nazaret, el ungido, “el hijo de Dios vivo” (Tt. 16, 16). El nombre de Jesús, dado por el ángel en el momento de la Anunciación, significa “Dios salva”. Expresa, a la vez, su identidad y su misión, “porque él salvará al pueblo de sus pecados” (Mt.1, 21). Pedro afirma que “bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Hch 4, 12).

En tiempos del rey Herodes y del emperador César Augusto, Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y a su descendencia, enviando “a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 4-5).

Desde el primer momento, como es lógico, porque le querían y también, por que así se lo pidió Jesús, los discípulos desearon ardientemente anunciar a Jesús de Nazaret, el ungido, a fin de llevar a todos los hombres a la fe en Él. También hoy, el deseo de evangelizar y catequizar, es decir, de revelar en el designio de Jesucristo todo el designio de Dios, y de poner a todos los hombres en común unión con Jesús nace de este íntimo conocimiento amoroso de Jesús de Nazaret.

“Cristo” en griego, y “Mesías”, en hebreo, significan “ungido”, Jesús de Nazaret es el Cristo porque ha sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el Mesías esperado por Israel y enviado al mundo por el Padre. Jesús ha aceptado el título de Mesías, precisando, sin embargo, su sentido: “bajado del cielo” (Jn 3,13), crucificado y después resucitado, Él es siervo sufriente “que da su vida en rescate por muchos” (Mt.20, 28). Por eso, a los que creemos y seguimos a Jesús de Nazaret -el Cristo- nos viene el nombre de cristianos.

Jesús es el Hijo unigénito de Dios en un sentido único y perfecto. Es la segunda persona de la trinidad encarnada. En el momento del Bautismo y de la Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús como su “Hijo predilecto”. Al presentarse a si mismo como el Hijo que “conoce al Padre” (Mt.11, 27), Jesús afirma su relación única y eterna con Dios su Padre. Él es “el Hijo unigénito” (1Jn 4,9) de Dios, la segunda persona de la Trinidad. Es el centro de la predicación apostólica: los Apóstoles han visto su gloria, “que recibe del Padre como Hijo único” (Jn 1,14).

En la Biblia, el título de “Señor” designa ordinariamente al Dios soberano. Jesús se lo atribuye a si mismo y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su Resurrección. Las primeras confesiones de fe de los primeros cristianos proclaman que el poder, el honor, y la gloria que se deben a dios Padre se le deben también a Jesús: Dios “le ha dado el nombre sobre todo nombre” (Flp 2,9). Él es el Señor del mundo y de la historia., el único a quien el hombre debe y puede someter de modo absoluto su propia libertad personal para poder alcanzarla en plenitud.

Siendo Dios ha tomado un cuerpo humano y se ha hecho igual a nosotros para que lo pudiésemos ver y escuchar. Sus palabras y sus obras las vemos y escuchamos cuando leemos los Evangelios. Y sigue estando cercano en nuestro presente y en nuestro futuro. Esta presente en la Eucaristía y sigue haciendo prodigios y milagros en cada uno de los sacramentos.

En Jesús de Nazaret, Hijo único de Dios, está nuestra felicidad presente y futura, porque el es el Camino, la Verdad y la Vida. La verdad nos hará libres… y Él es la Verdad. Que la vida es un camino que todos recorremos -eso no tiene duda- pero Él, no es cualquier camino, es el Camino. Nosotros, que aspiramos a la plena y eterna felicidad -porque eso- si que es vivir, buscamos la vida… y Él es la Vida. Por eso, decimos: “creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”.

Educar en la Fe VIII: El sacramento de la Penitencia y la Reconciliación III

El Sacramento de la penitencia fue instituido por Cristo para la remisión de los pecados cometidos después del bautismo. Y por precepto eclesiástico es obligatorio confesar los pecados mortales por lo menos una vez al año, si se está en peligro de muerte o si se ha de comulgar. Este sacramento fue ya prefigurado y preparado en el Antiguo Testamento, pues Dios estableció una alianza de amor con el pueblo de Israel, y cuando éste se apartó de esa alianza para servir a los ídolos y a sus pasiones desordenadas, lo llamó encarecidamente a la conversión por medio de los profetas.

Jesús, durante su ministerio público, no dejó de llamar también a sus contemporáneos a la penitencia, pues les decía: “El Reino de Dios está cerca. Convertíos y haced penitencia”. Y no se comentó con la sola invitación. Después de resucitar y antes de subir al cielo, dijo a sus apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22-23). Y con esas palabras otorgó a los apóstoles y a sus sucesores el poder y la misión de perdonar a sus hermanos.

El Sacramento de la penitencia, aunque naturalmente nos cuesta reconocernos pecadores, es el sacramento de la misericordia. En él Dios nos manifiesta el inmenso amor que nos tiene, pues como buen Padre nos acoge y perdona cada vez que le decimos humildemente: “He pecado contra ti”. Y con la certeza moral del perdón, nos concede también la paz y la alegría, y nos dona las gracias que necesitamos para ser fuertes ante las futuras tentaciones.

La confesión ha de ser siempre sincera y veraz, es decir, que ha de hacerse sin engaño ni mentira, sin aumentar ni disminuir los hechos de que nos acusamos, declarando lo cierto como lo cierto y lo dudoso como dudoso. Ha de ser integra, o sea, completa, manifestando todos los pecados graves cometidos desde la última confesión bien hecha, sin callar ninguno por vergüenza, ni las circunstancias que cambian la especie del pecado.

La confesión ha de ser, además, humilde, es decir hecha con sencillez, sin excusar los pecados y sin arrogancia; prudente, en palabras y circunstancias, sin herir la delicadeza ni descubrir a nadie; y breve, es decir con las palabras necesarias.

Para hacer una buena confesión es necesario realizar estos cinco pasos:

1º Examen de conciencia. Preguntarnos sobre los pecados cometidos, por acción o por omisión, desde la última confesión. (Recordar los mandamientos de la Ley Dios, de la Iglesia y los Pecados capitales nos ayudarán a realizar esta revisión).

2º Dolor de los pecados o sincero arrepentimiento de haber ofendido a Dios porque nos ama tanto o, al menos, por tratar de evitar las penas del infierno.

3º Propósito firme y sincero de no volver a pecar, contando con la con la ayuda de Dios.

4º Decir todos los pecados al confesor. Expresando su número lo más aproximadamente posible y las circunstancias que cambian la especie del pecado.

5º Cumplir la penitencia lo antes posible. (El confesor impone una penitencia que el penitente ha de satisfacer como testimonio de reparación del daño causado).

La confesión podemos llamarla también el sacramento de la alegría “porque hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente que por cien justos” y por el gozo y la paz que experimenta el que se ha reconciliado con Dios y siente la fuerza de su perdón y de su Amor.

Prepararnos para hacer frecuentemente buenas confesiones, es prueba de un corazón sensible, que quiere permanecer unido a Jesús y sentir el abrazo y el perdón del Padre. Encomendarnos a nuestra Madre Santa María para que nos ayude a recibir con fruto este Sacramento nos ayudará a realizarlo con humildad y sencillez.

Acércate al confesor y como saludo dile “Ave Maria Purísima” el responderá “Sin pecado concebida”, seguidamente, di tus pecados con la seguridad de que es el Señor el que te escucha con cariño y te anima a seguir peleando para superar tus debilidades y te otorga su Gracia para vencer en la lucha por serle siempre fiel.

Los ángeles

El hombre, gracias a su cuerpo, pertenece al mundo visible pero, gracias a su alma espiritual, también participa del mundo invisible. A esta categoría de seres, puramente espirituales, pertenecen los ángeles. El Credo de la Iglesia es un eco de lo que S. Pablo escribe a los Colosenses: “Porque en Él (Jesús de Nazaret) fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para Él” Dios creó a estos espíritus puros, que aún mas plenamente que los hombres, son seres racionales y libres.

En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien -que conocen en la verdad- de modo mucho más pleno y perfecto, que cuanto le es posible, al hombre. Como el hombre, los ángeles fueron creados por amor y para el amor. Amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. Libertad, que dejaba abierta la puerta a la posibilidad del pecado de los ángeles.

Así, aconteció que mediante la elección, que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y es irreversible -dado el grado de intuición y de penetración del bien del que está dotada su inteligencia- que un grupo de ellos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo. Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo. Le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentido de autosuficiencia, de aversión y hasta de odio, que se ha convertido en rebelión.

La “ceguera” producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, es capaz de impedir ver la supremacía de Dios, que invita a una alegre obediencia. El “¡No te serviré!” de los ángeles caídos es, como en los pecados de los hombres, la manifestación de la experiencia de la Escritura que afirma: “En el orgullo está la perdición” (Tob 4, 14).

Los ángeles, desde el punto de vista de ser espíritus puros, son las criaturas más cercanas al modelo divino. Sin embargo, las tareas de los ángeles respecto de los hombres es la de mediadores en las relaciones entre Dios y los hombres. Ángel (angelus) quiere decir, en efecto, “mensajero”. Son numerosas las citas de los ángeles sobre todo en los Salmos, el libro de Tobías o el libro de Daniel y también en el Nuevo Testamento desde la anunciación del nacimiento de Juan el Bautista (Lc.1, 11) hasta la descripción del juicio final (Mt. 25,31).

Los ángeles son… (seres espirituales), son… criaturas como nosotros pero con una diferencia: nosotros nacemos y morimos, los ángeles no mueren por lo tanto, no son materiales y son inmortales, y nos han sido dados por Dios para hacernos compañía. Son un complemento importante a la creación del cuerpo, son los mejores amigos de los seres humanos. Un teólogo ha escrito que los ángeles son siervos de Dios y se hacen siervos de quienes se hacen siervos de Dios. Están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él. Los ángeles son pues seres personales y en cuanto tales, son también ellos, “imagen y semejanza” de Dios. Los ángeles están unidos a Dios mediante el amor que brota de la visión, cara a cara, de la Santísima Trinidad.

Dios asigna a cada hombre un ángel para que le cuide, oriente y proteja. Es el “santo ángel de la guarda” que nos ayuda e intercede para que, en nuestro caminar por la tierra, no nos perdamos y, al final del camino, nos encontremos con Jesús, nuestro Salvador. Por ello, si los tratamos con asiduidad y confianza nos ayudarán a obtener las siete virtudes esenciales para alcanzar nuestro destino: Fidelidad, Humildad, Obediencia, Caridad, Silencio interior, Templanza y la Imitación de María, reina de los ángeles. Si queréis otro día seguimos hablando de ellos.

Educar en la Fe VII : El sacramento de la Penitencia y la Reconciliación II

La llamada de Jesús a la conversión resuena continuamente en la vida de los bautizados. Esta conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que, siendo santa, recibe en su propio seno a los pecadores. La penitencia es así mismo, aquella virtud moral sobrenatural que nos lleva a detestar los pecados en cuanto son ofensa a Dios, junto con el propósito firme y eficaz de no volver a cometerlos, y expiarlos convenientemente para satisfacer la misericordia y justicia divina. Comprende cinco actos internos: odio al pecado en cuanto nos aparta de Dios; dolor de haber ofendido a Dios; voluntad de borrar el pecado; deseo de dar a Dios pago de nuestra deuda contraída por el pecado; y propósito eficaz de evitar el pecado en el futuro.

La penitencia interior es el dinamismo del “corazón contrito” (Sal 51,19), movido por la gracia divina a responder al amor misericordioso de Dios. Implica el dolor y el rechazo de los pecados cometidos, el firne propósito de no pecar más, y la confianza en la ayuda de Dios. Se alimenta de la esperanza en la misericordia divina. La penitencia puede tener expresiones muy variadas, especialmente el ayuno, la oración y la limosna. Estas y otras muchas formas de penitencia pueden ser practicadas en la vida cotidiana del cristiano, en particular en tiempo de Cuaresma y el viernes, día penitencial.

Jesús confió el ministerio de la Reconciliación a sus Apóstoles, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y a los presbíteros, colaboradores de los obispos, los cuales se convierten, por tanto, en instrumentos de la misericordia y de la justicia de Dios. Ellos ejercen el poder de perdonar los pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La absolución de algunos pecados particularmente graves (como son los castigados con la excomunión) está reservada a la Sede Apostólica o al obispo del lugar o a los presbíteros autorizados por ellos, aunque todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y excomunión, al que se halla en peligro de muerte. Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión.

Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la Reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la Reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; y el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano y aumento de la gracia si no llevamos pecados graves a la confesión. Como todos los Sacramentos, confiere la gracia sacramental propia de la Penitencia, que consiste en el derecho de recibir las gracias actuales necesarias para fortalecernos contra las recaídas, perseverar en el bien y llevar vida cristiana.

Es manifestación de auténtico espíritu de penitencia el hacer con frecuencia el acto de contrición perfecta, al acostarnos, después de cometer alguna falta y sobre todo, inmediantemente después de haber cometido un pecado mortal, con el propósito firme de confesarse lo antes posible.

Las indulgencias son la remisión ante Dios de la pena temporal merecida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, que el fiel, cumpliendo determinadas condiciones, obtiene para sí mismo o para los difuntos, mediante el ministerio de la Iglesia, la cual, como dispensadora de la redención, distribuye el tesoro de los méritos de Jesús y de los santos.

Que es el Pecado

El origen del pecado está directamente vinculado a la libertad personal. Existe el pecado porque cabe la posibilidad de apartarse del Creador, de -mediante una libre elección- rechazar a Dios y a su Reino. El Dios Omnipotente y Eterno no quiso obligar a sus criaturas a amarle, adorarle y servirle irremediablemente si no que, gracias a la libertad que otorgó a todos los seres personales, les brindó la posibilidad de elección. Elegir aquello que nos aparta de Dios, porque no es conforme a nuestra naturaleza y a la finalidad para que fuimos creados, es pecado.

Ello nos narra la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia que con la expresión “la caída de los ángeles” se nos indica que Satanás y los otros demonios eran inicialmente ángeles creados por Dios y, como toda obra salida de sus manos, seres personales buenos. Pero rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, transformándose en seres malvados y dando así origen al infierno. Los demonios intentan apartar al hombre de Dios tratando de asociarle a su rebelión, pero Dios desde el principio afirma en Jesús, su Hijo, el Cristo, su segura victoria sobre el Maligno.

Por todo ello, nos narra el Génesis que el hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole, quiso “ser como Dios” (Gn 3,5), sin Dios, y no según Dios. Y así perdieron, Adán y Eva -como consecuencia- la gracia de la santidad y de la justicia que Dios les había dotado. Al no poseerla ya no pudieron transmitirla a sus descendientes que somos todos los seres humanos.

Así pues, la privación de la santidad y de la justicia originales con las que Dios creó al ser humano, nos hace nacer a todos los hombres en lo que se llama “pecado original”. Es decir que nacemos privados de la amistad con Dios, lo quiere decir que es algo que hemos “contraído” con nuestra condición humana pero no es un pecado que nosotros hayamos “cometido”; es una condición de nacimiento y no un acto personal.

Como consecuencia de ello “el llamado pecado original”, la naturaleza humana, se halla debilitada en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada, por todo ello, a caer en el desorden, la desobediencia y la mentira (lo que llamamos pecado).

En su debilidad y por consecuencia, el hombre se aparta fácilmente de Dios (comete pecados), pero Dios no ha abandonado al hombre al poder del mal y del Maligno y, como consecuencia, a la muerte, antes al contrario, le predijo en el Génesis (Gn 3,15) que el mal sería vencido y el hombre levantado de la situación que le acarreó su primer apartarse de Dios. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. Por ello, la caída será incluso llamada feliz culpa, porque “ha merecido tal y tan grande Redentor” (Liturgia de la Vigilia pascual).

Los pecados del hombre -para que sean tales- han de cumplir tres requisitos: que sean conscientes, libres y deliberados. Y para que le aparten gravemente Dios, la materia del pecado ha de ser objetivamente grave o considerada como tal por el hombre que lo comete. El pecado -lo es tal- porque nos aparta de Dios. Por eso, es pecado y sólo, es pecado aquello que nos aparta –realmente- de Dios. Pero, el tema lo veremos -con más detalle- cuando tratemos de los Mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia.

Educar en la Fe VI: El Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación I

Jesús instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana, puede debilitarse y perderse para siempre a causa del pecado grave. Por ello, Jesús ha querido que su Iglesia continuase su obra de salvación mediante estos dos sacramentos. El sacramento de la Penitencia es también llamado de la Reconciliación, del Perdón, de la Confesión y de la Conversión. Puesto que la vida de la gracia recibida en el Bautismo, no suprimió la debilidad de la naturaleza humana ni la inclinación al pecado (esto es, la concupiscencia), Jesús instituyó este sacramento para la conversión de los bautizados que se han alejado de Él por el pecado grave.

El Sacramento de la Penitencia tiene el poder de perdonar todos los pecados cometidos después del Bautismo. Es necesario a todos los cristianos que hayan pecado gravemente después del Bautismo, porque este sacramento es el medio ordinario que Jesús no nos dejó otro medio para obtener el perdón. No obstante, en caso de urgente necesidad o de accidente grave puede obtenerse el perdón de los pecados con un acto de contrición perfecta,si incluye la firme resolución de acudir a la confesión tan pronto sea posible.

El Señor resucitado instituyó este sacramento cuando la tarde de Pascua se mostró a sus Apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».(Jn 20, 22-23).

Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Jesús, el Hijo de Dios y establece el modo de la satisfacción.

La materia remota de este Sacramento son los pecados. Como materia próxima se requieren los actos propios del penitente: un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; y la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado o propósito de satisfacer (cumplir la penitencia).

Se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerden después de un diligente examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón. Todo fiel, que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión. Los pecados mortales no confesados o mal confesados son la materia remota necesaria y los pecados veniales o los mortales ya perdonados son materia remota libre y suficiente para que el confesor pueda dar la absolución. La Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Jesíus y a progresar en la vida del Espíritu.

La forma son las palabras con que el confesor, en nombre de Dios, perdona los pecados: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El ministro es solamente un sacerdote que tenga facultad para absolver, la cual recibe del Obispo, como sucesor de los Apóstoles. En peligro de muerte cualquier sacerdote puede confesar. El sujeto de este Sacramento es todo cristiano que haya pecado al menos venialmente, después del Bautismo.

El principio de la creación

“En el principio Dios creó el cielo y la tierra” (GN 1,1). Los cristianos como miembros de la Iglesia proclamamos que Dios es el creador de todas las cosas visibles e invisibles: de todos los seres espirituales y materiales, esto es, de los ángeles y del mundo visible y, en particular, del hombre. Todas las cosas que Dios creó las hizo para el hombre, que es el destinatario y rey de la Creación. En el hombre todas las cosas encuentran sentido. Aunque, en muchas ocasiones -todavía- el hombre no sepa porque y para que existen, Dios, si lo sabe.

Los ángeles son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, que están incesantemente en la presencia de Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus enviados para ayudar a la salvación de todos y cada uno de los hombres. “Cada fiel tiene a su lado su ángel como protector y guía para conducirlo a la Vida”. Por eso la Iglesia se une a los ángeles para adorar a Dios, invoca la asistencia de los ángeles para que nos ayuden en nuestras necesidades, celebra litúrgicamente la memoria de los santos ángeles y concretamente, de forma especial, la de algunos de ellos. Como el tema resulta interesante, en otra ocasión ampliaremos y profundizaremos en el mismo, si os parece.

Todas las cosas deben su propia existencia a Dios, de quien reciben la propia bondad (sólo Dios es bueno) y perfección; sus leyes y el lugar que han de ocupar en el universo. A través del relato de los “seis días” de la Creación, la Sagrada Escritura nos da a conocer el valor de todo lo creado y su finalidad última de alabanza a Dios y de servicio al hombre. El hombre es la cumbre de la Creación visible, pues ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Entre todas las criaturas existe una interdependencia y jerarquía, queridas por Dios. Al mismo tiempo, entre las criaturas existe una unidad y solidaridad, porque todas ellas tienen el mismo Creador, son por Él amadas y están sujetas a un mismo fin: la gloria de Dios. Respetar las leyes inscritas en la Creación y las relaciones que dimanan de la naturaleza de las cosas es, por tanto, un principio de sabiduría y un lógico fundamento de la moral.

Dios creó al hombre: hombre y mujer con igual dignidad en cuanto personas humanas y, al mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y mujer. Dios los ha querido el uno para el otro, para una comunión de personas. Juntos están también llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio “una sola carne” Gn 2,24), y a dominar la tierra como “administradores” de Dios.

Al crear al hombre y a la mujer, Dios les había dado una especial participación de la vida divina, en un estado de santidad y justicia. En este proyecto de Dios, el hombre no habría debido sufrir ni morir. Igualmente reinaba en el hombre una armonía perfecta consigo mismo, con el Creador, entre hombre y mujer, así como entre la primera pareja humana y toda la Creación.

Pero en la historia del hombre esta presente el que, voluntaria y libremente, se apartó de Dios que eso es –precisamente- el pecado. Y a causa de ello, la obra de la Creación culmina en la obra aún más grande, de la Redención. Con ésta, de hecho, se inicia la nueva Creación, en la cual todo hallará de nuevo su peno sentido y cumplimiento. Esta realidad se esclarece plenamente a la luz de la divina Revelación y, sobre todo a la luz de Jesús de Nazaret, el ungido, Cristo, el salvador de todos, que ha hecho que su Amor sobreabunde allí donde había imperado el pecado. Pero el tema del pecado, es también, un tema interesante que merece le dediquemos mas tiempo. Lo haremos próximamente.

Educar en la Fe V: El Sacramento de la Confirmación

La Confirmación es un sacramento instituido por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, para darnos el Espíritu Santo, confirmarnos en la fe y hacernos perfectos cristianos. En efecto, Jesús durante la última cena anunció a sus Apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo. Luego, en la tarde del día de la resurrección se les apareció, dirigió el aliento hacia ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo (Jn XX, 22). Y el día de Pentecostés fueron todos confirmados de modo extraordinario y poco después empezaron ellos mismos a confirmar a los nuevos cristianos.

En la Antigua Alianza, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado y sobre todo el pueblo mesiánico. Toda la vida y la misión de Jesús se desarrollan en una total comunión con el Espíritu Santo. Los apóstoles reciben el Espíritu Santo En Pentecostés y anuncian las maravillas de Dios. (Hch 2,11). Comunican a los nuevos bautizados, mediante la imposición de las manos, el don del mismo Espíritu. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha seguido viviendo del Espíritu y comunicándolo a sus hijos.

La Confirmación refuerza la gracia que recibimos en el Bautismo, nos une más firmemente a Jesús, aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo, que son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, y hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia. Además, nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y dar testimonio de la fe. Este sacramento recibe el nombre de confirmación porque lleva a plenitud la gracia bautismal, y también se llama Crismación, porque el rito esencial de este Sacramento es la unción con el Santo Crisma (en las Iglesias Orientales, unción con el Santo Myron). La confirmación, igual que el bautismo y el orden sagrado, imprime en el alma un carácter indeleble y no puede repetirse.

La materia de este Sacramento es la unción con el Santo Crisma que el obispo, o un delegado suyo, hace sobre la frente de quien recibe el sacramento, al mismo tiempo que extiende la mano sobre él. La forma son las palabras que dice el ministro: Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo. El rito esencial de la confirmación es la unción con el Santo Crisma: aceite de oliva mezclado con perfumes, consagrado por el obispo, Hay dos formas de conferir la confirmación. En Occidente la unción se hace sobre la frente del bautizado con estas palabras: En las Iglesias Orientales la unción se hace también en otras partes del cuerpo, con la fórmula: Sello del don del Espíritu Santo.

El sacramento de la confirmación puede y debe recibirlo aquel que ya ha sido bautizado. Para recibirlo con fruto hay que esta en gracia de Dios. Si es un adulto debe saber los misterios principales de nuestra fe y acercarse a él con reverencia y devoción. El ministro originario de la confirmación es el obispo: se manifiesta así el vínculo del confirmando con la Iglesia en su dimensión apostólica. Cuando el sacramento es administrado por un presbítero, como sucede ordinariamente en Oriente y en casos particulares en Occidente, es el mismo presbítero, colaborador del obispo, y el Santo Crisma, consagrado por éste, quienes expresan el vínculo del confirmado con el obispo y con la Iglesia.

El confirmado ha de estar dispuesto para sufrir las afrentas y trabajos por amor a Jesús. Si estamos obligados a cumplir las promesas del bautismo, con mayor razón después de renovar y confirmar solemnemente nuestro juramento de fidelidad en la confirmación. Mediante la confirmación el cristiano queda revestido con la luz y la fortaleza del Espíritu Santo, y con tales gracias puede cumplir su misión de conquistador de las almas y defensor del Reino de Dios.

La providencia y el hombre

Los cuidados de Dios por el mundo y por los hombres dirigiéndolo todo hacia su fin se llama Providencia. Con ella, conduce a sus criaturas a la perfección última a la que -Él mismo- las ha llamado. Dios es el autor soberano de su existencia y de la finalidad de la misma. En la Iglesia llamamos Divina Providencia al cuidado y gobierno que Dios tiene de sus criaturas, a las que dirige convenientemente hacia su fin último. Dios no se contenta con un acto supremo de amor en la creación, sino que busca mantenerse en esa relación de amor velando continuamente por nosotros de muchas formas diversas: nos mantiene en la vida, nos da los medios materiales para subsistir, nos ofrece la gracia y todo tipo de ayudas espirituales para mantenernos en unión con Él.

La preocupación de Dios es que el hombre alcance su perfección y su felicidad. La providencia es la fuerza de Dios que orienta al hombre en todo momento, especialmente en lo que se refiere al uso de su libertad, para alcanzar la victoria en la vida: la felicidad temporal y eterna. La providencia conduce según un determinado orden establecido por su sabiduría y amor para que todos los seres alcancen el fin para el cual fueron creados. Pero quiere la cooperación de sus criaturas, y al hombre, le ha otorgado la libertad y con ella la dignidad de su obrar. Por eso, el hombre es capaz de colaborar en el plan de la Creación -libremente- mediante sus actos y trabajos, de su oración y esfuerzo. Porque Dios suscita en el hombre “el querer y el obrar según sus misericordiosos designios” (Flp 2,13).

Dios, al otorgar al hombre el don de la libertad, le dio la posibilidad de desviarse del fin para el que lo había creado: el Bien, la Belleza, el Amor, y éste, al apartarse de Él, (eso es el pecado), dio origen al mal. El pecado es la raíz de todos los males. No obstante, la misericordia del Padre, hizo que enviara a su Hijo a rescatarnos en la persona de Jesús de Nazaret (el Hijo encarnado) que nació, ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males.

La existencia del mal en el mundo es la demostración palpable de la libertad del hombre. La existencia de la bondad, la belleza y el amor son el reflejo y la constatación de presencia de Dios en el mundo, porque Dios es Amor. Dios permite el mal porque ama la libertad y la dignidad del hombre, ama al hombre -que lo es tal- por ser libre. Tolera el mal porque -de él- hace brotar el bien. Dios, con ocasión de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret -su Hijo amado- ha sacado el mayor de los bienes, la glorificación de Jesucristo y nuestro rescate del mayor de los males, el pecado y de su peor consecuencia, la muerte.

El hombre ha sido creado a imagen de Dios, en el sentido de que es capaz de conocer y amar libremente a su propio Creador. Es la única criatura sobre la tierra a la que Dios ama por si misma, y a la que llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor. El hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien capaz de conocerse, de darse libremente y de entrar en comunión con Dios y las otras personas.

El hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios en este mundo y para vivir eternamente con Él en el Cielo. Mientras permanece en la tierra -el hombre- trabaja en el mundo, procura completar lo que le falta y así, ofrece toda la Creación a Dios en acción de gracias. El misterio de la extraordinaria dignidad del hombre solamente encuentra verdadera luz en el incomprensible hecho -por eso es misterio- de la Encarnación del Hijo de Dios. El hombre predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre, que es la perfecta “imagen de Dios invisible” (Col 1,15).

El origen común que viene de Dios hace que todos los hombres formen la unidad del género humano. Dios ha creado “de un solo principio, todo el linaje humano” (Hch 17,26). Todos tenemos un único Salvador y todos estamos llamados a compartir la eterna felicidad de Dios.

La persona humana es, al mismo tiempo, un ser corporal y espiritual. En el hombre el espíritu y la materia forman una única naturaleza. Esta unidad es tan profunda que, gracias al principio espiritual, que es el alma, el cuerpo, que es material, se hace humano y viviente, y participa de la dignidad de la imagen de Dios.

El alma espiritual no viene de los progenitores, sino que es creada directamente por Dios, y es inmortal. Al separarse del cuerpo en el momento de la muerte, no perece; se unirá de nuevo al cuerpo en el momento de la Resurrección final. Pero de esto trataremos mas adelante.

Educar en la Fe IV: El Sacramento del Bautismo

El bautismo es un sacramento instituido por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, por el cual nacemos a la vida de la gracia, nos hacemos cristianos y miembros de la Iglesia. El bautismo es necesario para salvarse; así lo dijo Jesús: “El que no renaciere por el bautismo del agua y la gracia del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios (S. Jn. 3, 5). Sin embargo, al que se prepara para el bautismo (catecúmeno), si muere antes del sacramento, le basta para salvarse el deseo explícito de ser bautizado junto con el arrepentimiento de sus pecados y la caridad. También el martirio hace las veces del bautismo de agua y por eso se llama bautismo de sangre. En el caso de los niños que mueren sin poder recibir las aguas bautismales, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,4).

Por el bautismo Dios nos da la gracia santificante que nos borra el pecado original y todos los personales si los hay; también cancela todas las penas debidas por el pecado y nos infunde las virtudes de fe, esperanza y caridad y los dones del Espíritu Santo. La gracia santificante no es sólo ausencia de pecado, es la participación en la vida divina (2 Pe 1,4). Nos incorpora a Jesucristo y a su Iglesia. Al hacernos miembros del cuerpo místico de Cristo, el bautismo también nos hace partícipes de su función sacerdotal, profética y real. Y al hacernos miembros de la Iglesia, nos une a todos los demás cristianos y nos habilita para recibir los demás sacramentos. Este sacramento, además, imprime en nosotros un sello (carácter) que nos hace pertenencia de Cristo y herederos del cielo.

Llamamos a este primer sacramento de la iniciación cristiana con el nombre de Bautismo, en razón del rito central con el cual se celebra. Bautizar significa “sumergir” en el agua porque quien recibe el Bautismo es sumergido en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios y resucita con él “como una nueva criatura” (2 Co. 5, 17). Se llama también “baño de regeneración y renovación en el Espíritu Santo” (Tt. 3,5), e “iluminación”, porque el bautizado se con-vierte en “hijo de la luz” (Ef. 5,8).

En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del bautismo: el agua, fuente de vida y de muerte; el arca de Noé, que salva a su familia por medio del agua; el paso del Mar Rojo, que libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la vida eterna. Estas prefiguraciones del Bautismo las cumple Jesús, el cual, al comienzo de su vida pública, se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán. Levantado en la Cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua, signos del bautismo y de la eucaristía. Jesús instituyó el bautismo cuando Él mismo fue bautizado en el Jordán, y lo confirmó antes de su ascensión a los cielos, después de su Resurrección, cuando confió a los Apóstoles esta misión: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt.28,19).

La materia del bautismo es el agua natural que se vierte sobre la cabeza del bautizando en cantidad suficiente para que corra. La forma son las palabras que dice el ministro al mismo tiempo que derrama el agua sobre la cabeza: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Puede recibir el bautismo cualquier persona humana que no esté aún bautizada. Por derecho, los ministros ordinarios del bautismo son los obispos y los presbíteros y en la Iglesia latina también el diacono. Pero en caso de necesidad cualquier persona, sea hombre o mujer, hereje o infiel, puede bautizar. El que bautiza ha de tener la intención de hacer lo que la Iglesia hace al bautizar.

A todo aquel que va a ser bautizado se le exige la profesión de fe, expresada personalmente, en el caso del adulto, o por medio de sus padres y de la Iglesia, en el caso del niño. El padrino o madrina y toda la comunidad eclesial tienen también una parte de responsabilidad en la preparación al bautismo (catecumenado), y después en el desarrollo de la fe y de la gracia bautismal. La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.

El nombre es importante porque Dios conoce a cada uno por su nombre, es decir, en su unicidad. Con el bautismo el cristiano recibe en la Iglesia el nombre propio. Debe ser un nombre digno de un hijo de Dios y referiblemente el nombre de un santo, de modo que éste ofrezca al bautizado un modelo de santidad y le asegure su intercesión ante Dios.