Declarada Bien de Interés Cultural en 1931, la Iglesia de la Magdalena es también una de las mejores atalayas para comprender la ciudad desde las alturas
A ras de calle impresiona, pero para descubrir uno de los grandes secretos de la torre de la Magdalena hay que subir hasta lo más alto. Sus 47 metros llevan dominando este rincón de Zaragoza desde el siglo XIV, en una ubicación privilegiada sobre la calle Mayor y el antiguo Decumano romano. Declarada Bien de Interés Cultural en 1931, esta joya del mudéjar es también una de las mejores atalayas para comprender la ciudad desde las alturas.
Antes de comenzar a subir, merece la pena detenerse a contemplarla desde abajo. Considerada una de las torres de mayor exotismo y belleza de la Península, buena parte de su singularidad reside en un exterior donde el ladrillo dibuja formas geométricas y se combina con cerámica vidriada en blanco, verde y negro. Una riqueza ornamental que emparenta a la Magdalena con las grandes torres mudéjares de Teruel y con el muro de la Parroquieta de La Seo.
Su exterior se divide en tres cuerpos que ganan decoración conforme se eleva la mirada. Tras un primer tramo prácticamente desnudo, aparece un gran paño de rombos con cruces y uno de sus detalles más singulares: un rehundido con tres pequeñas ventanas entre dos pilastras. “Es un elemento muy interesante porque solamente aparece en esta torre y recuerda a las torres turolenses”, explica Julia Sanz, miembro de la Comisión de Patrimonio de la Diócesis de Zaragoza. A partir de ahí aparecen la cerámica vidriada y motivos como estrellas de ocho puntas, discos, platos o puntas de flecha. El cuerpo superior, por su parte, es fruto de la restauración de las décadas de 1960 y 1970, cuando se eliminó el remate octogonal barroco del siglo XVII y se levantó el actual remate almendrado.
Pero la Magdalena no es solo belleza. Su ubicación ayuda a entender la importancia que tuvo esta torre durante siglos como punto de vigilancia sobre Zaragoza. “La torre tenía una ubicación estratégica y también una función defensiva. Desde arriba se podían divisar las amenazas que llegaban desde cualquiera de los puntos cardinales”, señala Sanz. La ciudad actual ha crecido en extensión y altura, pero durante siglos, desde este punto privilegiado, la mirada podía dominar prácticamente todo el territorio que rodeaba Zaragoza.
- 155 PELDAÑOS PARA OBSERVAR ZARAGOZA DESDE LAS ALTURAS
- EL 21 DE DICIEMBRE, CUANDO EL SOL SE ALINEA CON LA CALLE MAYOR
155 PELDAÑOS PARA OBSERVAR ZARAGOZA DESDE LAS ALTURAS
Para comprobarlo hay que comenzar a subir. La torre campanario casi alcanza los 50 metros y responde al modelo de alminar almohade, con planta cuadrada y una estructura interior de doble torre entre la que discurre la estrecha caja de escaleras. Son 155 escalones hasta alcanzar el primer cuerpo de campanas, una subida que termina con una recompensa difícil de encontrar a pie de calle: una panorámica de 360 grados de Zaragoza con los tejados del casco histórico a sus pies.
Es precisamente desde esta altura donde se comprende mejor la importancia de su ubicación. A los pies de la torre discurre la calle Mayor, heredera del antiguo Decumano romano, mientras muy cerca la cruza Don Jaime I, que se corresponde principalmente con el Cardo Máximo, el gran eje norte-sur de Caesaraugusta. “Antes Zaragoza no tenía ni la extensión ni la altura actuales. Desde esta torre se dominaba la ciudad y su entorno en todas las direcciones”, explica Sanz. Dos ejes fundamentales de la antigua ciudad romana que, dos mil años después, siguen marcando el trazado del centro de Zaragoza.
La torre puede visitarse actualmente a través de las visitas guiadas de Alma Mater, aunque el recorrido abierto al público finaliza en este primer cuerpo de campanas. Más arriba todavía existe un segundo nivel y, finalmente, el campanile. En ellos se reparten cuatro campanas, todas con nombre propio: en el primero se encuentran Santa María Magdalena, la más pequeña, de 1827, y Santa Ana, del mismo año; mientras que en el segundo esperan Sagrado Corazón, de 1928, y la mayor del conjunto, otra Santa María Magdalena, fechada en 1828.
Y en el punto más alto espera uno de los símbolos más curiosos de la Magdalena. La torre está coronada por una veleta con la figura de un gallo que ya aparece en representaciones de Zaragoza del siglo XV y que terminó dando nombre e identidad a toda esta zona. Así nació el histórico barrio del Gallo, frente a su tradicional rival, el barrio del Gancho, vinculado a la parroquia de San Pablo en la parte occidental de la ciudad. Dos barrios, dos grandes torres y dos símbolos que todavía hoy sobresalen sobre los tejados de Zaragoza.
EL 21 DE DICIEMBRE, CUANDO EL SOL SE ALINEA CON LA CALLE MAYOR
Hay un día del año en el que la posición de la Magdalena adquiere un significado especial. Cada 21 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno, el amanecer deja una de las imágenes más curiosas del centro de Zaragoza: los rayos del sol se alinean con la calle Mayor.
Para entender el fenómeno hay que retroceder unos 2.000 años, hasta la fundación de Caesaraugusta. Los romanos organizaban sus ciudades alrededor de dos grandes ejes, el Cardo y el Decumano, pero su trazado también estaba estrechamente relacionado con la orientación y la observación del cielo. En Zaragoza, aquella huella sigue siendo visible en pleno siglo XXI.
“La orientación de la ciudad romana estaba muy vinculada al Sol. Con el solsticio de invierno se puede observar esa alineación con la calle Mayor y entender de una forma muy visual cómo fue concebido este espacio”, explica Julia Sanz.
El fenómeno se aprecia especialmente en el entorno del cruce de las calles Mayor y Don Jaime I. Allí vuelven a encontrarse simbólicamente los dos grandes ejes de Caesaraugusta mientras la luz del amanecer recorre el trazado de la antigua ciudad romana. En los últimos años, este momento se ha convertido además en una cita divulgativa en Zaragoza, acompañada de actividades sobre astronomía, arqueología, historia y la propia fundación de la ciudad.













