Menos, pero más convencidos: El giro católico de una nueva generación francesa ante la visita del Papa

Francia, bastión de la laïcité, lleva décadas asistiendo al declive de la asistencia a misa y a la lenta erosión de un catolicismo heredado desde los lejanos años sesenta. Y, sin embargo, los bautismos y conversiones de adultos han experimentado al mismo tiempo un fuerte repunte

En una cálida noche de verano de 2025, entre los vastos campos de Tor Vergata, me encontré sumergida en un mar de jóvenes católicos mientras el Papa León XIV se dirigía a la multitud congregada a las afueras de Roma con motivo del Jubileo. A mi alrededor se extendían miles y miles de peregrinos franceses, apenas una fracción de la inmensa multitud internacional que había convergido en la Ciudad Eterna. Al caer la tarde, mientras los cantos, las oraciones, las banderas y el calor sofocante empezaban a disolverse con el crepúsculo, me alejé unos instantes para caminar entre los campamentos.

Una y otra vez aparecieron rostros conocidos y desconocidos: antiguos participantes de investigaciones ajenas al catolicismo; jóvenes a quienes había conocido como ateos; otros criados en familias aún musulmanas; antiguos drogodependientes, y otros todavía buscando su rumbo entre la simple curiosidad y la conversión. Rostros pertenecientes a capítulos aparentemente inconexos de mi investigación y de mi vida parisina habían terminado confluyendo bajo el mismo cielo romano. Que trayectorias tan dispares desembocaran en un viaje en autobús desde Francia hasta la Santa Sede parecía casi irreal. Y, sin embargo, Tor Vergata no era sino un microcosmos de las sorpresas que han acompañado mi investigación doctoral sobre lo que podría describirse como un giro católico entre los jóvenes franceses.

Un año después del Jubileo de los Jóvenes, el Papa va a visitar Francia por primera vez. Francia, bastión de la laïcité, lleva décadas asistiendo al declive de la asistencia a misa y a la lenta erosión de un catolicismo heredado desde los lejanos años sesenta. Y, sin embargo, los bautismos y conversiones de adultos han experimentado al mismo tiempo un fuerte repunte. La paradoja es llamativa: menos jóvenes franceses se identifican hoy como católicos que sus abuelos, pero quienes sí lo hacen tienden a vivir la fe de forma más consciente, tanto en sus creencias como en su práctica. En mi trabajo de campo, conversos y personas que han vuelto a la fe describen una y otra vez el catolicismo no como algo recibido de sus padres de forma pasiva, sino como algo buscado, elegido y cultivado de manera deliberada.

Un sacerdote atiende a un joven durante la peregrinación a Chartres

Un sacerdote atiende a un joven durante la peregrinación a Chartres

Como ha señalado el sociólogo Yann Raison du Cleuziou, en una Francia donde la Iglesia ya no ocupa una posición culturalmente hegemónica, declararse católico exige cada vez más una decisión consciente y un compromiso férreo. Lo he comprobado en el terreno: muchos jóvenes acuden a misa varios días por semana y realizan tareas de voluntariado. Algo impensable hace apenas 50 años.

¿Cómo explicar, entonces, este auge repentino de las conversiones y el regreso a la fe en Francia?

Las causas

Las entrevistas longitudinales y la observación etnográfica revelan trayectorias tan diversas que resulta difícil fijar un único punto de partida. Aun así, varios acontecimientos recientes parecen haber actuado como catalizadores. El incendio de Notre-Dame en 2019, junto a otros episodios de profanación de iglesias, reavivó en algunos jóvenes el vínculo espiritual y patriótico con símbolos que encarnan Francia y el cristianismo.

La pandemia y los efectos alienantes de la tecnología y de la vida moderna agudizaron después una sed de estabilidad, sentido y trascendencia. Al mismo tiempo, las discusiones sobre qué es la «identidad nacional» devolvieron el catolicismo al debate público como parte de una reflexión más amplia sobre pertenencia.

En mis entrevistas, ciertos patrones aparecen con notable constancia. Sin pretender reducir estas trayectorias a una única explicación, en la llamada «derecha católica» la belleza ocupa un lugar central: el canto gregoriano, las iglesias barrocas, el silencio y la solemnidad del rito tradicional.

Aun así, el atractivo del catolicismo es también profundamente social. Un joven puede entrar en una parroquia y encontrarse con estudiantes, parejas jóvenes y familias numerosas en lugar de la estereotípica imagen de una congregación envejecida. Alrededor de la liturgia se forma todo un ecosistema de misas de estudiantes, retiros, peregrinaciones, aperitivos y eventos sociales. Parte de su fuerza reside precisamente en negarse a hacer de la religión algo fácil: confesión frecuente, dirección espiritual, rituales estructurados y un compromiso que se extiende mucho más allá de acudir a la misa dominical.

Jóvenes scouts católicos de Francia, uno de los grupos más activos

Jóvenes scouts católicos de Francia, uno de los grupos más activos

Sin embargo, este resurgir no debe confundirse con un fenómeno exclusivamente vinculado a la derecha. Mi trabajo de campo me ha llevado también a espacios católicos de izquierda e incluso de extrema izquierda. En el Festival des Poussières Lutte et Contemplation, jóvenes católicos alternaban la oración comunitaria con el trabajo ecológico, los talleres políticos y la meditación. El feminismo y el antirracismo se debatían. Allí, el amor incondicional de Cristo y la preocupación evangélica por los marginados y los migrantes proporcionan el lenguaje teológico a través del cual algunos interpretan el ecologismo o las causas LGTB.

Las diferencias políticas son evidentes, pero el mecanismo sociológico es muy similar. En ambos mundos el catolicismo se vive mediante densas redes de amistad, lectura, debate y actividad colectiva. Reducir este renacimiento a un simple desplazamiento electoral hacia la derecha no muestra la imagen completa de lo que ocurre. El catolicismo juvenil francés es plural, pero cada perspectiva desemboca en una misma fe, en comunidad.

Conversiones vía Internet

La conversión rara vez se produce en soledad. Una y otra vez, mis entrevistados mencionan a un amigo, un compañero, un sacerdote o incluso un vídeo en internet que los acercó a la práctica católica. Las redes sociales pueden abrir la puerta a lo sagrado por medios profundamente profanos: una imagen de Chartres, una publicación sobre la oración, un sacerdote hablando de ascetismo o castidad. Pero esa curiosidad solo se consolida cuando se transforma en relaciones humanas y vida comunitaria. Dicho en términos sociológicos: muchas personas llegan al catolicismo porque se encuentran con otras que les hacen imaginar que una vida espiritualmente enriquecedora también puede ser posible.

Y este anhelo tampoco se detiene en los Pirineos.

He pasado este verano en Asturias, donde la peregrinación de Oviedo a Covadonga sigue atrayendo a jóvenes hacia un paisaje histórico-religioso que muchos daban por caduco. Tanto los conversos como los católicos «de toda la vida» más vinculados a la misa en latín sitúan la Eucaristía en el centro de sus vidas.

En bares y fiestas de pueblo conocí también a jóvenes españoles no creyentes que hablaban, sin embargo, de momentos en los que se les habían abierto puertas hacia lo espiritual de forma inesperada. Las diferencias históricas entre países producen paisajes católicos distintos, pero el malestar ante una vida despojada de una finalidad mayor que la de simplemente «estar aquí» no puede considerarse un fenómeno exclusivamente francés.

Francia continúa secularizándose. Lo que está emergiendo no es una reconquista desde los números, sino algo más sutil: una población católica más reducida, pero con miembros más comprometidos que entienden la fe no solo como algo que uno es, sino como algo que uno hace.

A finales de septiembre –del 25 al 28–, el Papa llegará a Francia.

Los jóvenes volverán a congregarse, esta vez en suelo galo. La rapidez con la que se han solicitado plazas para los actos pontificios da una idea de la magnitud del interés. Incluso al margen de las inscripciones oficiales, muchos jóvenes siguen buscando la forma de poder asistir.

La próxima vez, en la que seguramente sea otra cálida noche de septiembre de 2026, me volveré a encontrar una multitud reunida en Francia, la hija primogénita de la Iglesia. Quizás el fervor intenso de ver al Sucesor de Pedro dure apenas unos días, pero la pregunta verdaderamente importante es qué queda cuando se vayan apagando los cánticos y la marea de asistentes se disperse. Si mi trabajo de campo sirve como prueba, la «sed del alma» no consiste simplemente en ver al hombre que representa a Cristo, sino en descubrir cómo la fe que el Santo Padre encarna puede seguir modelando el alma y marcando el rumbo de toda una generación. Una herencia espiritual que perdurará mucho después de que su avión abandone suelo francés.

Maria-Katrina Cortez es doctoranda en Ciencias Políticas en Sciences Po París