Caminando por valles oscuros recoge el testimonio de un hombre que aprendió a reconocer su lugar exacto ante Dios y a encontrar una serenidad que ni el sistema comunista soviético pudo arrebatarle
Hay libros que tienen el poder de remover lo más profundo del corazón humano, ya sea por la brutal sinceridad de su relato o por la intensidad con que transmite cada emoción. La vida del sacerdote jesuita estadounidense Walter J. Ciszek (1904-1984) pertenece a ambas categorías. Durante más de dos décadas, Ciszek desapareció tras el telón de acero, convirtiéndose en un ‘fantasma’ para el mundo occidental, mientras recorría uno de los valles más oscuros de la historia del siglo XX: las prisiones y campos de trabajo de la Unión Soviética comunista.

En 1955, el padre Ciszek ofició la boda de una pareja en Norilsk Jesuits USA
Sus vivencias personales, relatadas en Caminando por valles oscuros son de esas que no dejan indiferente, porque recuerdan que el ser humano, incluso en la soledad, el abatimiento, la persecución más cruel, las torturas o los insultos, puede seguir viviendo con la profunda certeza de que la mano de Dios está en todo ello, que su Padre no le abandona, que puede seguir encontrando propósito incluso en medio del sufrimiento más profundo, y que el Señor es un pastor que cuida de sus ovejas. Así, «aunque camine por valles oscuros», nada temen, porque «tu vara y tu cayado me sosiegan» (Salmo 22).
El quiebre en Lubianka: cuando el «yo» se rinde
Su viaje comenzó con un sueño misionero que lo llevó a Polonia y luego a entrar en Rusia en 1940. Sin embargo, la epopeya espiritual que narra en Caminando por valles oscuros, no es la de un héroe que conquista, sino la de un hombre que es despojado de todo hasta quedar solo frente a Dios.
Tras ser arrestado en 1941 y acusado injustamente de espionaje para el Vaticano, Ciszek fue trasladado a la temida prisión de Lubianka, en Moscú. Allí, el aislamiento y los interrogatorios implacables de la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética) lo llevaron al borde de la desesperación. Fue en ese abismo donde Ciszek aprendió su primera gran lección: el peligro de confiar únicamente en la propia fuerza física e intelectual.
En un momento de angustia total, Ciszek se dio cuenta de que su fe había sido hasta entonces un intento de «burlar» a sus captores con su propio ingenio. La verdadera conversión ocurrió cuando soltó las riendas: «Sabía que ya no podía confiar en mí mismo, y parecía sensato confiar totalmente en Dios». Este abandono total no fue una derrota, sino el inicio de una paz que ni siquiera el pelotón de fusilamiento podría arrebatarle.
Siberia: el ‘sacramento’ del trabajo diario
Condenado a 15 años de trabajos forzados, Ciszek fue enviado a los Urales y luego a Norilsk, en Siberia. Allí, bajo condiciones inhumanas, moviendo carbón y soportando un frío que entumecía los huesos, aprendió que la voluntad de Dios «eran para nosotros las veinticuatro horas de cada día: las personas, los lugares, las circunstancias que nos presentó en ese tiempo».
Mientras otros prisioneros veían en el cumplimiento de las horas de trabajo una forma de esclavitud deshumanizante, Ciszek descubrió que el esfuerzo físico era, en realidad, una «participación en la creación de Dios». Al emular a Cristo carpintero, entendió que incluso la tarea más mundana posee un valor intrínseco como «colaboración con lo divino». Esta nueva perspectiva le permitió arrebatarle el sentido de su labor a sus captores: «No construí una nueva ciudad en Siberia porque Joseph Stalin o Nikita Khrushchev lo quisieran, sino porque Dios lo quería».
Así, el cansancio extremo se transfiguraba en un «elemento sacramental» que dotaba de propósito a su cautiverio, bajo la firme convicción de que «fui colocado aquí en medio de los campos de trabajo para trabajar como él podría haber trabajado si hubiera estado aquí», entendiendo que incluso la tarea más humilde tiene un valor eterno si se realiza en obediencia al Padre.
Misas en las «catacumbas» del siglo XX
A pesar de la vigilancia constante y el desprecio de algunos reclusos, el Padre Walter nunca dejó de ser sacerdote. Celebraba la Eucaristía en secreto, a veces sobre un tronco de madera en el bosque o frente a frente en las camas de los barracones, usando materiales improvisados. Bajo la sombra del castigo inminente, el Padre Walter comprendió que la Misa no era un rito de costumbre, sino un «tesoro» cuya valía solo se comprende plenamente cuando se es privado de ella.
En los campos de Siberia, la liturgia se despojaba de todo ornamento para quedar en su esencia más pura: sacerdotes y prisioneros ayunaban con rigor durante jornadas extenuantes, desafiando el agotamiento físico y el hambre, solo para poder participar en la Santa Misa de forma clandestina. Cada encuentro era una maniobra de «máxima secreto y precaución», una recreación de la Iglesia de las «catacumbas» donde el pan y el vino eran contrabandeados con un riesgo que, para ellos, «siempre valía el sacrificio».
Para aquellos hombres despojados de todo por el sistema soviético, el sacramento era «tan esencial como la comida», pues Ciszek estaba convencido de que debía «ir a cualquier extremo» para asegurar que aquel «pan de la vida» estuviera disponible en medio del horror del Gulag.
Probado como «oro en el horno»
En los confines del Gulag, Ciszek aprendió que la verdadera libertad es un baluarte interior inexpugnable; comprendió que, aunque el cuerpo sea confinado por muros y alambre de espino, nada puede destruir la libertad del alma ni la capacidad de la voluntad para elegir su propia respuesta ante el dolor. Descubrió que «la humildad es la verdad», entendida como el reconocimiento de nuestro lugar exacto ante el Creador, aceptando que la propia fuerza es insuficiente si no se apoya totalmente en la gracia divina.
Al ser liberado finalmente en 1963, el jesuita no regresó carcomido por el rencor, sino con la convicción de que cada valle oscuro es, en realidad, un camino trazado por la Providencia Divina para purificar su espíritu como «oro en el horno» (Proverbios, 17) y encontrarnos con el amor constante de Dios.
Un testimonio que sigue hablando a cada alma, en las circunstancias y en la vocación a la que ha sido llamada por Dios. No todos estamos destinados a vivir las experiencias que vivió Ciszek, pero sí estamos llamados, en la alegría y en la certeza de sabernos hijos de Dios, a aprender a decir de corazón: «Hágase tu voluntad».













