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Más de 2.000 diabéticos contarán con un monitor para medir la glucosa el año que viene

Era una de las principales reivindicaciones de las personas diabéticas y en pocos meses pueden conseguirla. El Salud comprará de manera centralizada por más de cuatro millones de euros sistemas para monitorizar la glucosa para unos 2.200 pacientescon diabetes mellitus tipo 1. Estos sistemas permiten una lectura más exacta y continúa de los niveles de glucosa y evitan los pinchazos en el dedo. En concreto, actualmente, solo lo disponen unos 412 usuarios, la mayoría menores.

Entre quienes cumplan estas condiciones, se establecerá un orden de prioridad de acceso. Primero se atenderá a los pacientes con discapacidad visual o limitaciones funcionales graves y después, a aquellos que sufran hipoglucemias de repetición. El objetivo es que los aparatos se empiecen a distribuir este año y se continúe el que viene.

El jefe de servicio de Endocrinología del hospital Miguel Servet de ZaragozaJavier Acha, destaca los beneficios de estos sistemas, que están compuestos por un sensor con un filamento subcutáneo (del tamaño de un botón que se coloca en el brazo) y de un receptor (que incluso puede ser un móvil). “Mientras los pinchazos solo nos ofrecen una foto fija, ahora estos sistemas de monitorización nos ofrecen una información continua. Los pacientes pueden incluso pasarse por la consulta y podemos descargarnos un gráfico con más información”, asegura el especialista.

Solo para un tipo de diabetes

El facultativo hace hincapié en que estos sistemas solo están indicados para pacientes con diabetes tipo 1, que es aquella enfermedad autoinmune en la que se precisa insulina de por vida. En este tipo de diabetes el propio organismo es el que genera anticuerpos que destruyen las células beta del páncreas que son las que generan la insulina. En los últimos años, el número de afectados por esta patología ha aumentado.

Desde la Asociación de Diabéticos de Zaragoza (Adezaragoza) han mostrado su satisfacción por que se haya extendido la indicación de estos aparatos, ya que era una de sus principales reivindicaciones. “Estamos contentos por el paso dado. Nos mantendremos atentos a que toda la población afectada se beneficie”, asegura el asesor médico de la entidad, José Antonio Saz.

No obstante, adelanta que la intención de la asociación es solicitar que el aparato se indique a algunos casos concretos de diabetes tipo 2 (el cuerpo no produce o no usa bien la insulina). “Nuestra batalla continuará para intentar mejorar y extender el sistema a más gente”, reconoce el representante de la entidad.

Zaragoza estrena plano de su red de autobuses y asigna un color a cada línea

Zaragoza cuenta con un nuevo plano de su red de autobuses. Un mapa que ya está instalado en las paradas de bus del paseo de la Independencia y, progresivamente, se irá colocando en los 900 postes y 360 marquesinas de la ciudad. Ahora, cada línea está relacionada con un color y cada parada tendrá la información personalizada según sus correspondencias.

El hecho de que cada línea esté asociada a un color «favorece que zaragozanos y visitantes tengan más facilidad a la hora de seguir el itinerario de las distintas líneas, sobre todo en los puntos en los que se concentran numerosas líneas», asegura el jefe del Departamento de Movilidad Urbana, Santiago Rubio.

Además, se establece un nuevo termómetro en vertical con los recorridos de las líneas y el diseño pierde la escala del plano, pero se adapta a las zonas de mayor concentración de líneas con mayor o menor zoom, dependiendo de las rutas. De esta forma «clarificamos los recorridos, sobre todo en las zonas donde la red es más densa».

La responsable de Marketing de Avanza Zaragoza, Olga Serrano, ha hecho hincapié en que el objetivo ha sido conseguir una información «accesible y moderna», pero no solo para los vecinos de Zaragoza, «sino también para los que vienen de fuera y ni siquiera entienden el castellano». Además, es una información «muy visual». Y es que ahora «cada autobús tiene personalidad propia y un color diferente para facilitar seguir el recorrido en los planos.

Para este proyecto, ha explicado Javier Lapuerta, de Detalier estudio creativo, «hemos querido estructurar bien la información, prescindiendo de lo no relevante, dándole un tamaño adecuado al tamaño, altura y edad de los usuarios, y está todo traducido al inglés para facilitar la comprensión del turista».

Elecciones generales: Esta mujer decidirá el 28-A quién manda en España

El lunes, Claudia, de 24 años, salió de su casa en Zaragoza. Y los 20 minutos que tardó en llegar caminando hasta la oficina de Correos para votar -así lo han hecho varias amigas porque tienen que estudiar para los exámenes globales- estuvo debatiéndose. ¿Ciudadanos, el partido al que había apoyado hasta ahora, pero que podría pactar con Vox? ¿O el PSOE, que quizá en estos 10 meses no haya tenido suficiente tiempo para hacer las cosas bien con una oposición tan feroz? En el último momento, Claudia se decidió. Metió la papeleta de Pedro Sánchez en el sobre, lo cerró y lo entregó.

Como Claudia, estudiante de último curso de Derecho y Administración de Empresas en la Universidad de Zaragoza, Mari Carmen también duda. Tiene 78 años, es profesora de Primaria jubilada y vive en Figueras (Gerona). Lo que más le preocupa es «la unidad de España» y siempre ha votado al Partido Popular. «Pero me ha desilusionado. Aquí en Cataluña hemos estado muy dejados, no nos han defendido nada», se lamenta. Mañana decidirá entre ser fiel al partido de Pablo Casado o votar a quien pretende disputarle el liderazgo del centro derecha.

«Ya veremos…».

Al igual que Claudia y Mari Carmen, casi la mitad de las españolas que quieren votar el próximo domingo llevan días debatiéndose entre al menos dos opciones. Son las 6.207.494 mujeres indecisas, y superan a los hombres (4,8 millones).

El dato está calculado a partir de las cifras aportadas por la macroencuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), basada en 16.194 entrevistas personales realizadas a domicilio en 1.110 municipios entre el 1 y el 18 de marzo. Según el CIS, el 76,8% de las mujeres residentes en España con derecho a voto (17,9 millones en estas elecciones, por 16,8 millones de hombres) dice que va a votar con toda seguridad. Pero entre ellas, el 45% afirma no haberse decidido aún (frente a un 38% de los hombres).

Casi el mismo porcentaje, el 44,8%, ofrecía el domingo pasado la encuesta de Sigma Dos para EL MUNDO, realizada entre el 3 y el 17 de abril. Todos los estudios coinciden: entre los indecisos de la campaña electoral más tensa de los últimos años, ellas son mayoría. Y su voto final puede condicionar el escenario de pactos que se abrirá a partir de mañana por la noche.

LA BOLSA DE INDECISOS

Sobre el montante total de indecisos hay controversia. Hay quien lo rebaja a ocho millones de personas; incluso a cuatro. «Si hacemos una interpretación estricta del concepto de indeciso, yo diría que hay tres o cuatro millones de indecisos, cosa que no es una diferencia sustancial con otras elecciones generales a estas alturas», afirma el consultor político Ignacio Varela. «Lo nuevo es que quienes dicen tener el voto decidido en realidad lo tienen menos decidido que nunca y pueden cambiar de opinión en 48 horas. No los llamamos indecisos sino falsos decididos, y es una novedad, sobre todo en el centro derecha. De ahí que haya muchas dudas e inseguridades en las estimaciones. Porque en 30 años el centro derecha no ha estado acostumbrado a elegir y ahora tiene a tres partidos».

«Lo cierto es que esos porcentajes [de supuestos indecisos] siempre bajan», advierte el politólogo Manuel Mostaza, director de Asuntos Públicos de la consultora Atrevia. «No porque la gente mienta en las encuestas, sino porque, entre quienes dicen que van a votar seguro, hay una parte que después no va porque hace mal tiempo, porque tiene un viaje… y se quedan en la abstención».

También hay dudas sobre los debates electorales: ¿tienen efecto? Una encuesta de La Razón decía este jueves que, después de los cara a cara en TVE y Atresmedia, siete de cada 10 indecisos habían determinado su voto. Pero lo cierto es que, aún a día de hoy, predominan las incógnitas.

¿Quiénes son los indecisos? ¿Y las indecisas? El perfil robot es difícil de trazar, aunque los sondeos sí permiten algunas aproximaciones. Según los datos del CIS analizados por Manuel Mostaza, y resumiendo mucho, entre los indecisos se repiten varios patrones. A mayor juventud, mayor indecisión. Dudas crecientes en el espacio del centro derecha, una novedad. Muchos ex votantes de Ciudadanos que ahora no saben si confiar de nuevo en el partido de Albert Rivera, que es el que presenta una base menos sólida respecto a las anteriores elecciones. Además, los indecisos que votaron al PP dudan de manera clara entre PP y Ciudadanos (42,1%), y los de Podemos dudan entre el PSOE y Podemos (40,3%). Entre los que votaron al PSOE, el dilema más relevante es con Ciudadanos (21,2%).

Y sí, hay más mujeres dudando.

«En todas las encuestas, no sólo en las electorales, solemos encontrar mayores dosis de indecisión en las mujeres, porque en general ellas son más propensas a responder No sabe/No contesta, tienen más facilidad para admitir que no saben o que dudan», apunta Lluís Orriols, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. «Y en esta ocasión hay una sobrerrepresentación de mujeres entre los indecisos, que se repite en todos los partidos salvo en uno, Vox, que tiene un perfil altamente masculino», añade.

Mañana, cuando el país se asoma a las elecciones generales que salvo sorpresa darán la victoria al PSOE por primera vez desde hace 11 años, Crónica va en busca de las mujeres que pueden decidir el rumbo del país.

LA PRIMERA VEZ

En esta campaña un 56% de los menores de 24 años no había decidido su voto, cifra que baja hasta el 34% entre los mayores de 65 años, indica Mostaza. Entre los que se estrenan en el voto (1.157.196 jóvenes), casi dos de cada tres titubean. Un ejemplo es María Romano Martínez del Hoyo.

María tiene 20 años, estudia tercero de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y vota en Ciudad Real. «Yo considero que tengo una ideología más de izquierdas. Pablo Iglesias me gustó en el debate, pero también hay cosas de Podemos que no me gustan porque tienen propuestas demasiado idealistas que no podrían llevar a cabo… Albert Rivera me puede convencer, pero que esté dispuesto a pactar con el PP o incluso con Vox es algo que no quiero. No estoy convencida con el PSOE porque Pedro Sánchez no me merece confianza, pero sería el voto útil…».

Desde Madrid, Marina Martínez Grimal, estudiante de sexto curso de Medicina, 23 años, duda entre los socialistas y los naranjas. «Es por el descontento: veo los debates y me siento engañada. Parece todo un show y nadie habla de los problemas reales, de la educación y la sanidad», protesta.

¿PSOE O PODEMOS?

Aunque entre los más jóvenes la duda mayoritaria es otra: PSOE o Podemos. Paola Martín Gutiérrez tiene 24 años y vota en Algeciras. Su mayor preocupación es el empleo: «Estudio Criminología y ahora que voy a acabar la carrera, veo que de lo mío no hay mucho trabajo». También los alquileres: «Están muy caros. Llevo seis años viviendo en Málaga y han subido mucho. El primer año pagaba 180 euros al mes por una habitación con los gastos incluidos y ahora pago 230 sin gastos». En las anteriores elecciones, Paola votó a Ciudadanos, pero ahora se ha estado debatiendo entre el PSOE y Podemos, y fue el segundo debate electoral lo que la hizo decantarse por Pablo Iglesias, el «más correcto» en aquel «circo». Ya ha votado por correo.

Un perfil parecido es el de otra María, ésta de Teruel. Tiene 23 años y sobre todo le preocupan la calidad del empleo («Estuve de prácticas cuatro meses en un banco y me pagaban 400 euros por hacer lo mismo que una persona que cobraba más de 2.000») y el feminismo («Nunca me ha pasado nada grave, pero creo que no le doy suficiente importancia a algunas conductas machistas porque es como nos han educado siempre»). María también se debate entre los dos partidos de izquierdas. Aunque le gusta más Podemos, quizá se incline por el PSOE, porque es difícil que el partido morado consiga escaño en Teruel, argumenta. Voto útil.

En las mismas está Mayte (María Teresa) Bello Basalo, peluquera de 34 años y con dos niñas en El Barco de Valdeorras (Orense). «Yo no sigo la política, no tengo ni idea, pero quiero votar. Y estoy indecisa porque todos mienten y no sabes en quién confiar», dice Mayte. El Partido Socialista, al que apoyó en 2016, «es el que siempre ha estado aquí en El Barco», pero la aturde con los impuestos, «que si los suben, que si los bajan». Y «el Coletas» le da un poco de miedo: «A veces es mejor lo malo conocido…». Mañana decidirá.

LA GRAN BATALLA

La gran batalla está en el centro derecha. Y eso se refleja entre los indecisos: entre PP y Ciudadanos está la duda más frecuente, seguida de las opciones PSOE/Podemos y PSOE/Ciudadanos. La disyuntiva entre populares y naranjas es la más presente, además, entre los mayores de 65 años, como Mari Carmen, la profesora de Primaria retirada.

Con las mismas dudas se muestra Isabel García Bejarano desde Barcelona. Isabel, funcionaria de la Agencia Tributaria jubilada, estuvo muy implicada en los inicios de Ciudadanos en Cataluña, pero hace algún tiempo que está desencantada con el giro del partido, hoy más alejado de los principios socialdemócratas con los que se fundó. Por un lado, no le gusta que su cabeza de lista, Inés Arrimadas, vaya a mudarse a Madrid: «Es humanamente comprensible; cómo va a criar aquí a sus hijos si la llaman puta cuando va al mercado, es durísimo. Pero políticamente, ¿qué pasa con los que nos quedamos aquí?». A eso se añade la irrupción de la candidata popular Cayetana Álvarez de Toledo, «un terremoto» que la ha dejado «trastocada». «Al PP yo no lo he votado en mi vida, siempre he estado más a la izquierda, pero…».

LOS EX DE CIUDADANOS

Los antiguos votantes de Ciudadanos son precisamente los que más indecisión confiesan de cara a este domingo. «El indeciso fue mayoritariamente votante de Ciudadanos en 2016. El 49,3% de los que votaron a este partido no tienen aún decidido su voto», explica Manuel Mostaza.

Una de ellas es Sonia Santamaría Sanz. «Dudo porque no me creo nada», resopla. Sonia es enfermera, tiene 39 años y sus máximas preocupaciones son el paro y la equidad social. El domingo votará en Madrid. «Ciudadanos propone mucho, pero luego… Yo les voté pero no hicieron demasiada fuerza contra el PP». Su otra opción es el PSOE. «Me echa para atrás que quiera pactar con los independentistas. Tengo miedo a esos pactos. Así que voy a ver qué hago».

El «voy a ver qué hago» lo repite también Mercedes, dependienta de 42 años, votante en Valladolid. «Yo antes votaba Ciudadanos, pero lo de Vox no me gusta nada. Pedro Sánchez tampoco, pero que Cs pueda pactar con Vox… Ojalá formen gobierno juntos [PSOE y Cs]. Si pudiéramos decidir eso…». Lidia, de 38 años, de Albacete, antisanchista ferviente: «Albert Rivera me gustó en los debates. Pero que Vox pueda determinar las leyes de violencia de género me da mucho miedo». Su duda: Ciudadanos o el PP.

MÁS EN BALEARES Y ARAGÓN

Entre las comunidades autónomas con más indecisos gana Baleares, con el 50,3%. Desde las islas responde Cristina Sarabia. Cristina es catalana y se afincó allí hace 15 años. Tiene 45, mando superior en una empresa turística y tres hijos. Su problema: «Soy conservadora, pero no comparto el ideario extremo de Vox. No quiero a la extrema izquierda de Podemos, pero a ellos tampoco». Vacila entre el PP -de cuya actuación en Cataluña reniega- y Ciudadanos -¿y si su voto a Rivera catapulta a Vox a las instituciones?-. Los debates los vio con sus hijos y después del segundo, dice, casi arrojó la toalla.

En Aragón, vicecampeona de la indecisión (el 48,9%), votará María Ángeles Gracia López, de 54 años, auxiliar de farmacia en un pueblo de la provincia de Zaragoza. «Yo siempre he votado socialista, aunque una vez voté a Podemos. Cuando salió pensaba que iba a ser lo más, pero me ha defraudado», lamenta. Ciudadanos no le disgustaba, pero «los enfrentamientos» protagonizados por Rivera en los debates electorales la han incomodado. Quizá acabe votando al PSOE…

A 170 kilómetros de allí, Paula de Diego López, de 25 años, sale de trabajar en una óptica de Teruel. Mañana estará en Calatayud, votando. «A Vox no voy a votar y al PP tampoco. Así que me quedan tres. Quizá me inspire más confianza Ciudadanos, pero no sé qué hacer, la verdad».

LOS «GRITOS» DE VOX

La cuarta duda más extendida es llamativa: hay quien se debate entre el PSOE… y el PP. Entre los máximos rivales, los dos aspirantes claros a gobernar. «Es sobre todo gente mayor que antes de la crisis votó a los socialistas, que con la crisis se pasó al PP y que ahora puede regresar al PSOE», explica Varela.

Y luego está Vox. Entre sus votantes, según todos los sondeos, apenas hay indecisión. «Prácticamente te gritan su voto», cuenta Varela. Pero también existen. Y hay mujeres dudosas entre ellos, a pesar de que es el único partido con una mayoría clara de votantes hombres.

En Genovés (Valencia), Carmina Llopis Sivera, de 67 años, una hija y dos nietos, conocida empresaria de la zona, duda. Porque una cosa tiene clara: «Al PP no puedo votar. Con la corrupción tremenda que ha habido aquí… Me gusta Ciudadanos, pero Vox no me desagrada. Yo soy demócrata, no soy tan radical como Vox. Pero a veces pienso que Vox pondría a cada uno en su sitio y que es lo que España necesita».

Carmina quiere que supriman el impuesto de sucesiones («Para dejar un legado a nuestros hijos después del esfuerzo que nos ha costado»). Le inquieta la unidad de España («El tema de Cataluña es muy importante y estamos perdiendo el tiempo»). Y también la agricultura, porque ella vende naranjas como mayorista y, dice, «ningún partido se preocupa» por el campo.

Carmina, Mari Carmen, María, Paola, Marina, María Ángeles, Isabel, Mayte… La indecisión tiene seis millones de nombres de mujer. Y mañana se despeja.

La Habana: la ciudad detenida

ELLA ESPERA QUE su casa no se le caiga encima.
     Lo espera: de verdad lo espera pero teme. Ella no es una metáfora.
     Ella –llamémosla Ella, por si acaso– vive aquí desde 1976 cuando, a sus seis años, su madre se juntó con un señor que vivía aquí. Aquí, entonces, era una de las esquinas más presuntuosas de La Habana Vieja: un edificio monumental de fines del siglo XIX, cedro, vitrales, mármoles, la pompa de esos tiempos. Aquí, entonces, cada cuarto era el hogar de una familia, y había más de treinta: se habían mudado después de la revolución, cuando los dueños escaparon.

(Ese momento literalmente milagroso que solemos llamar revolución, cuando tantas normas cambiaron de sentido, tantas cosas que tenían dueño dejaron de tenerlo y había que ver a quién y a qué servían. Digo, por ejemplo: esos lugares que muchos habían mirado con deseo, con envidia, con rencor convertidos de pronto en casas para muchos o casas para jefes o escuelas o clínicas o centros culturales o focos de la revolución siguiente, un suponer.)

Una mujer vestida de blanco (practicante de la religión yoruba) camina frente a un grafiti de la bandera cubana. ver fotogalería
Una mujer vestida de blanco (practicante de la religión yoruba) camina frente a un grafiti de la bandera cubana. Yander Zamora

Aquí, en los noventa, plena penuria del final soviético, de pronto un techo se desmoronó. Fue lo primero; durante los veinte años siguientes –Ella se graduó de enfermera, se casó, tuvo dos hijos– el edificio se fue cayendo a trozos: un suelo acá, una escalera allá, todo un ala sobre una cisterna. Nunca hubo muertos, si acaso algún herido. Nadie reparaba; según se deshacía, evacuaban familias: ya solo quedan ocho. Entre ellas, la de Ella: ella, sus hijos, su pequeña nieta. Le pregunto si no tiene miedo.
–¡Claro que tengo miedo! ¿Cómo no voy a tener miedo? Esto se viene abajo, imagínate, cada vez que oyes un ruidito el corazón se te para, te piensas que se viene el derrumbe.
La casa que fue espléndida es, ahora, un basurero de sí misma: agujeros en el suelo, árboles en los huecos, andamios en el aire, escaleras cortadas, barandas que se sueltan. Le pregunto por qué se queda.
–¿Y qué quiere, que duerma en la calle? Esto es lo único que tengo. Yo soy pobre, no puedo irme a ningún lado. Lo unico que puedo hacer es esperar.
Dice, desesperada. En medio de las ruinas sus dos habitaciones están limpias, ordenadas, cuidadas con cariño; afuera es el naufragio.
–Y así hay miles.
Dice: que ese edificio es uno como tantos. Le pregunto cómo se arregla todo esto.
–Bueno, el que lo tiene que arreglar es el Estado. Si yo tuviera dinero ya me habría comprado algo, pero no tengo.
Ella es morena, sonriente, alta, delgada; ya no es enfermera, ahora gana más limpiando casas.
No es, insisto, metáfora de nada.

Dos viejos vehículos circulan frente a un edificio semidestruido.
Dos viejos vehículos circulan frente a un edificio semidestruido. Yander Zamora

Una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad –que parece– detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo cambio –en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo. Una ciudad que se parece a un trabalenguas, cuyo nombre es el nombre de un veneno: los habanos. Y hay, también, habaneras: unas canciones que ya pocos tocan, de las que descienden, dicen, otras; el tango y los tanguillos, por ejemplo.

Es invierno, alguien se queja del frío que nos hace:
–Casi veinte grados, mi hermano. Era verdá que el tiempo estaba loco.

Hay prejuicios. Siempre hay, pero sobre La Habana más. Si se aceptan los prejuicios, La Habana sería una ciudad vieja semiderruida donde se mezclarían putas, vividores, turistas talluditos y retratos del Che, coches de los cincuentas y una alegría que poco justifica. Si no se aceptan sería eso mismo –y tantas otras cosas.
Y es, sin duda, una ciudad histórica. También: una ciudad llena de historias y de historia. Lo más difícil, para contar La Habana, es que todo parece siempre atravesado por la historia: que hay que hablar siempre de la historia, que siempre hay una que contar.

Le digo que aquí en general me sonríen poco y me dice que por algo será.
–¿Por qué?
–No sé, por algo.
La ambigüedad es un arte muy local.

La historia está por todos lados. Está en la persistencia de esos edificios que tienen de 400 a 60 años; está en la persistencia de esos coches que también tienen 60; está en los carteles que hablan de una revolución que ya no revoluciona, en los restos de un movimiento que llegó para cambiarlo todo y ahora se dedica a conservarlo sin piedad.

–Lo que no funciona es que un camarero de la Ciudad Vieja gane diez veces más que un médico.
–No, no funciona. ¿Y entonces?
–Entonces nada. Yo no quiero ser camarero. Yo soy médico, ayudo a las personas.

Hace 257 años los españoles la habían perdido a manos de una flota inglesa. Tras un año de ocupación la canjearon por la Florida, una península anegada que no sabían usar. Y para evitar la repetición de la jugada –no tenían mucho más que entregar– edificaron fuertes con murallas tremendas. La Habana, entonces, ya tenía como 50.000 habitantes y esos palacios, esas iglesias, esas plazas que la volvían una villa imperiosa. “Siempre fidelísima”, decía ya entonces su escudo, iniciando una carcajada que duró varios siglos: siempre Fidelísima.
Mientras tanto creció, prosperó más. En 1837 inauguró el primer tren de América Latina; Cuba era rica, orgullosa, pujante, una colonia. Después se liberaron y se sintieron todavía más ricos. A principios del siglo XX se lanzaron a edificar con pompa y ambición y dinero del azúcar y el tabaco. En La Habana hay –al menos– dos edificios de tamaño y pretensión mayores que cualquier otro en la región. El Capitolio y la Universidad son bruto revoleo de escalinatas y columnas, cúpulas y estatuas, el ansia de una ciudad playa que se inventaba sus alturas, la ambición de un país nuevo por presentarse clásico. Cuba estaba –como siempre– a punto de transformarse en algo grande.
Y construyeron más edificios tan pomposos, explosiones neoclásicas, y el mar tan a menudo y el cielo siempre a mano: La Habana debe ser la capital más bonita del idioma. Y también la más rota y también la más triste. La Habana me entristece. Camino, miro, pregunto, escucho y me entristece. Para mi generación y alguna más, para los que creímos en todas estas cosas, La Habana es el resumen del fracaso, el lugar donde todo iba a ser y no fue nada.

–Imagínate, mi hermano. Un lugar donde hace 60 años que gobiernan los mismos. ¿Dónde tú vas a encontrar algo parecido?

La Habana es la melancolía.
Varias, diversas melancolías: aquí hay una para cada uno, todas para todos.

Unos pioneros (estudiantes de nivel de primaria) hacen educación física frente al Capitolio.
Unos pioneros (estudiantes de nivel de primaria) hacen educación física frente al Capitolio. Yander Zamora

–Yo quiero vender Cuba, pero diferente. Que no sea solamente las paredes rotas, esos carros, la ropa en los balcones, la negra en la ventana, el perrito, el tabaco; nuestra imagen es eso. Te lo digo con conocimiento de causa; yo he trabajado con Chanel, con Vogue, y ellos siempre vienen buscando lo mismo. Yo quiero mostrarles que tenemos muchas otras cosas, playas, paisajes, montañas, gente extraordinaria, pero no hay caso; solo pueden ver eso.
Hace ya 30 años, a sus 10, Luis Mario era un niño comunista –un pionero– con todos los honores: hijo de militares de alto rango, educado, entrenado, se sabía todos los catecismos y podía desarmar una kalashnikof con los ojos cerrados.
–Cuando era niño todos teníamos esos grandes ideales comunistas; después empiezas a conocer mundo y te das cuenta de que hay muchas cosas que repensar.
Hace 20, a sus 20, Luis Mario empezaba a ser fotógrafo y se hacía unos dólares armando vacaciones para italianos ricos que venían a disfrutar La Habana.
–Eso me permitió tener un poder adquisitivo importante, entender el poder del dinero.
Después sus amigos le consiguieron acomodo en Roma: fotografiaba moda y arquitectura, viajaba, se divertía, vivía mucho mejor que lo que nunca había imaginado. Al cabo de diez años volvió a La Habana para ocuparse de su madre –y buscarse la vida.
–La ciudad no había cambiado mucho. Pero justo entonces empezaron a abrirse cosas, pareció que se iba a poder emprender… Aunque después mucho de lo que se anunciaba no se concretó, fue un momento histórico, a bastantes nos cambió la vida.
En Cuba no existía, entre otras cosas, la publicidad. Luis Mario descubrió que esos jóvenes que fabricaban y trataban de vender nuevos productos –camisetas, zapatos, restaurantes, tours, estéticas–, necesitaban fotógrafos, diseñadores, publicistas, y armó su productora. Pero sus imágenes no tenían soporte; para dárselo produjo también una revista digital sobre bellezas, fiestas, mercancías, frivolidades varias: Vistar Magazine. Fue el primer medio no estatal en medio siglo.

Si yo fuera sociólogo, antropólogo, economista, comunista, periodista incluso, estudiaría La Habana: la manera en que una ciudad, una sociedad, van adquiriendo lo peor del capitalismo. Cómo se construye eso que en el resto del mundo damos por supuesto: el consumo, la competencia, la publicidad, las clases. Y me detendría en la aparición de esos sectores nuevos: jóvenes que descubrieron esos mecanismos y tratan de aplicarlos, entre trabas y alientos, en una sociedad que los rechazó durante décadas. Y ganan dinero y viven mejor y lo muestran –y producen tensiones. Tras tantos esfuerzos y sacrificios para establecer una sociedad igualitaria, las desigualdades crecen, se ven cada vez más: se consolida la división en clases de una sociedad que intentó o pretendió no tenerlas.
(Pero muchos de estos jóvenes prósperos modernos vienen de las grandes familias de la Revolución. La idea está tan instalada que produce incluso leyendas urbanas: la cantidad de bares, por ejemplo, adjudicados a “un nieto de Fidel”.)

–Sí, estamos en un momento muy difícil de describir, porque están por pasar muchas cosas pero todavía no ha pasado casi nada. Es cierto que se están creando esas desigualdades, que hacen que algunos envidien a los que tienen y empiezan a mostrarlo…
Cuando Obama visitó La Habana, Luis Mario fue uno de los emprendedores invitados a verlo; allí contó sus ideas y consiguió inversores, pero ahora ha decidido trabajar solo con recursos nacionales. Esta mañana de sábado, en su oficina en medio de un gran galpón con decorados, máquinas, parrillas de luz, donde funciona su productora de televisión y su estudio de fotografía, Luis Mario tiene su mejor cara de sueño, un hijo chico que corretea y demanda, una camiseta verde leve que dice Misled Youth –juventud engañada.
–A mí no me gusta el capitalismo, no me gusta Estados Unidos, no me gusta la bandera americana, no me gusta lo que han hecho en el mundo, no me gusta su sistema: creo que no son libres, son prisioneros de un banco, siempre pagando las cuentas y las hipotecas…
Dice, pero sus preocupaciones son las de un empresario con clientes y empleados. Y tiene un tren de vida muy distinto de la mayoría de sus compatriotas.
–Sí, yo soy un privilegiado aquí en Cuba. Mi privilegio es que hay mucha gente que me quiere conocer, que le da placer estar conmigo, tener una cuenta de 250 dólares en un restaurante y que te digan no, tú aquí no pagas…
–Bueno, el verdadero privilegio es poder ir a ese restaurante, donde quizá sí tienes que pagar esa cuenta y son diez sueldos de un cubano medio.
–Sí, es cierto. Pero yo hago muchas cosas que me permiten vivir así. Aquí hay gente que tiene mucho más dinero, lo consigue mucho más fácil. Yo voy más sobre lo social, comparto más mi ganancia con la gente que trabaja conmigo, pero sí, no dejo de ser parte de esta sociedad elitista cubana… Me muevo en el sector de la cultura, donde siempre hay pintores que venden cuadros, músicos que hacen conciertos, hay más dinero que para el resto de los cubanos, sí, que ganan 400 o 500 pesos, menos de 20 dólares, y no les alcanza y a lo mejor tienen que hacer cosas indebidas, corrompen su moral para poder llevarse alguito para sus casas…
Dice Luis Mario y se preocupa por lo que está diciendo. Empiezo a acostumbrarme a ese estilo cubano de relatos cautos, donde siempre faltan elementos, donde los silencios hablan tanto o más que las palabras.
–Digamos, un ejemplo mejor: tú tienes familia, tienes hijos, a lo mejor trabajas en una fábrica de tabacos y sabes que ese tabaco se está vendiendo en 13 dólares, pues te llevas algunos tabacos para venderlos. ¿Y eso cómo se combate? La única manera es llenándoles el refrigerador de comida. Porque la realidad es que ninguno de los dirigentes vive con ese salario, tienen sus cosas, tienen sus amistades… pero hay otro montón de gente que no encuentra salida, y yo estoy luchando por eso, porque esas personas no tengan que hacer nada malo para dar de comer a su familia.


Un grupo de personas esperando en una parada de ómnibus.
Un grupo de personas esperando en una parada de ómnibus. Yander Zamora

La última vez que estuve en La Habana Fidel Castro todavía estaba vivo. O no, quién sabe; quizá no todo el tiempo. Yo había pasado allí unos días de paseo, desconectado, sin la menor intención de enterarme de nada. El viernes 24 de noviembre de 2016 mi avión para Miami salía a las 18 y, tras la escala, mi vuelo a Madrid despegó a las 22,30. A la mañana siguiente, cuando aterricé en Barajas, encendí mi teléfono para mirar las novedades y lo primero que ví me hizo, literalmente, dar un grito. La mitad del avión se dio vuelta a mirarme. “¡Qué boludoooooo!”, había gritado yo, la voz en cuello, cuando ví que el portal de este diario decía –cuerpo catástrofe– que “Murió Fidel”.
No lo podía creer. Raúl, su hermano viudo, lo había anunciado por cadena nacional a las 22.25, mientras mi avión salía de Miami. Por azar había estado en el lugar donde tenía que estar; por ignorante me había ido –y me había perdido la historia que tantos periodistas esperaron durante tantos años. Desde entonces, siempre sospeché que, cuando salí, Castro ya estaba muerto: que esas muertes no se anuncian enseguida, que hay que preparar los mecanismos y las tropas y que seguramente me habían engañado una vez más. Eran pamplinas, excusas sin sentido; lo cierto es que fue el peor fracaso de varias décadas de profesión, llenas de ellos.

En las paredes de La Habana sobreviven, por supuesto, carteles y pintadas que hablan de la revolución y Fidel Castro y el pueblo unido y el imperialismo americano, pero ahora hay muchos más celebrando los 500 años de la ciudad: la historia reemplaza las antiguas proclamas de futuro.

Son las diez de la mañana en el Vedado y desayunamos en uno de esos cafecitos cool que están apareciendo en la ciudad, siete u ocho mesas que ofrecen frutas y sandwiches y zumos en inglés a precio dólar; éste, además, tiene un pequeño bebedero de agua azucarada donde vienen a libar los colibríes. Yo pido una tortillita con queso.
–Lo siento, no hay huevos.
Me dice el camarero, joven, su gorra rasta, y le digo que no entiendo. Él se arma de paciencia:
–Que no hay huevos, ¿no sabía? Hace como un mes que no hay huevos en ninguna parte.
Semanas antes, en Caracas, fue lo mismo. Que el socialismo latinoamericano esté falto de huevos es un chiste fácil. También es fácil llamarlo socialismo. Prefiero la explicación de Carlos Manuel:
–Es un asunto interesante. Cada vez hay más diferencias entre los consumos de los ricos y los pobres, pero de pronto aparecen estas carencias que igualan a todos. Ahora no hay huevos y es para todos, para nadie.
–La socialización de la carencia, ya que de la propiedad no.
Le digo; tres mesas vacías más allá dos chicas en sus veinte se miran, se susurran, se acarician.
–Es como si la muerte de Fidel hubiera permitido que la gente se atreviera a más. No que hayan cambiado las reglas o las leyes; es que falta esa presencia que mantenía una forma del orden.
Dice Carlos: que su ausencia, ahora, es la presencia más notoria.


La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

La Habana son columnas. Las ciudades, como el resto de los seres, suelen tener su esqueleto por adentro, tapado por sus carnes. La Habana lo tiene afuera, derritiéndose al sol: no hay ciudad que muestre más columnas. La Habana es una ciudad –relativamente– chica: dos millones de personas, casi un pueblo. Y su plano básico es también –relativamente– fácil de entender: la costa la organiza. Cuatro barrios tan distintos se suceden a lo largo del viejo Malecón. Primero, Habana Vieja es el distrito colonial más impresionante de la América hispana: palacios, fortalezas, templos, plazas, calles –y los turistas y el deterioro que empieza a revertirse para ellos. Después, Centro Habana es el primer ensanche, fines del XIX, calles amplias y secas y rectas, casas y edificios, cemento y baches –todo a medio caer. Después, el Vedado son calles verdes y avenidas, caserones, apartamentos art decó, construidos entre 1920 y 1960. Y por fin Playa, la zona verde y rica y palaciega, muy Miami vieja, sobre todo en su parte Miramar.
En Miramar y en el Vedado hay unos cientos –unos cientos– de esas casas que el castellano solía llamar mansiones y el español contemporáneo casoplón. En este caso, en su versión neoclásica 1900: dos plantas sólidas, extensas, rodeadas de una galería ancha de columnas, capiteles, vitrales, filigranas y su jardín alrededor, sus árboles como si el mundo fuera un árbol.

Y cada tanto se oye el ruido de algún coche que pasa.

Existe una ciudad sin coches. O, por lo menos, sin el caos que los coches suponen en el resto del mundo. Las ciudades más ricas se matan por encontrar formas de vencer esa plaga. La Habana ya lo hizo o casi, sin querer. Cuba no importa coches por no gastar divisas y el mercado, vengativo, hace lo suyo: con tan pocas ofertas, los precios siguen por las nubes. Un Lada de cuando había muros en Berlín puede costar 20 o 25.000 dólares; un Peugeot de los noventa puede llegar a los 50.000.
Así que no es fácil moverse por La Habana. Hay pocos buses, tardan, llegan llenos y además se llaman guaguas. En la ciudad más estatista, buena parte del transporte público estaba a cargo de la iniciativa privada de estos coches enormes americanos de 60, 70 años, totalmente recauchutados por el ingenio local, que llaman almendrones o, digamos, pinkies. Hacían rutas fijas levantando pasajeros –cinco o seis– y les cobraban 10 pesos –30 céntimos– por tramo. Pero algunos se pasaron al turismo y otros dejaron de ser rentables: con la caída de Venezuela la gasolina aumentó mucho, así que quedan pocos. Y están los que llaman directos, un taxi más nuevo que va donde le digas por una cifra negociable, pero son caros y escasos. Y hay rickshaws, aunque la idea de que alguien pedalee para llevar a otro, para que otro se mueva sin moverse, no parece especialmente socialista –ni eficiente.

–Acá no hay cuento, mi hermano. Te pasas el día manejando, dándole y dándole. A quién le vas a contar que es por el socialismo, el bien de los cubanos, el mañana. Es p’hacerte unos pesos, mi hermano, acá no hay cuento. Es triste, pero es la realidad.
Su Chevrolet ’47 tiene volante de Peugeot, motor de Kia con repuestos de factura propia, la palanca de cambios que es un trozo de caño y una imagen de san Lázaro que lo mantiene andando. El santo, pequeño sobre el salpicadero, es un señor de taparrabos, malherido, cojo, y Néstor, también 47, lo mantiene rodeado de billetes y monedas.
–Mientras él se ocupe, todo chévere.
Me dice, y que sí, que él es médico y sigue trabajando en el servicio de nefrología de un hospital pero que con eso no hay quien viva, que si no fuera por el taxi su familia la pasaría muy mal y que bueno, qué se le va a hacer, así es esto mi hermano. Y que sí, que lo pensó pero no quiere hacerlo descapotable y pintarlo de rosa porque no tiene ganas de ponerse un sombrero y salir a pasear gringos.
–Además la cirugía esa te cuesta un dineral. ¿Yo de dónde lo saco?
Sería negocio: una hora de recorrido se puede cobrar 30 o 40 dólares, según la cara del cliente. Me reía imaginando algún rincón oculto de la China donde una fábrica de obreros semiesclavos fabricaban en secreto coches que parecían antiguos; después alguien me dijo que los hacen en talleres de La Habana, que recuperan almendrones y los rearman para volverlos convertibles. No es fácil simular la historia, pero aquí hay especialistas entrenados.

Los pinkies se han vuelto un estandarte –tan extraño, inesperado– de La Habana. A veces son de otros colores –rojo, violeta, verde, azul, celeste incluso– pero siguen teniendo el alma pinky: un pedazo de chicle hecho automóvil, el genuino sabor americano de esos tiempos, que solo el socialismo supo conservar y Trump añora tanto. Y están por supuesto sus choferes, disfrazados de chulos tropicales con sus camisas blancas y sus sombreros panamá. Porque los pinkies son cosa de hombres: no se ven mujeres manejándolos. Tampoco llegan, si es por eso, a un cuarto en el Consejo de Ministros –que data más o menos de la misma época.


La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

Melancolía, recuerdos. A sus turistas, La Habana ofrece sus pasados –de ella, no de ellos: de la gloria colonial quedan las fortalezas, palacios, catedrales; de la gloria azucarera quedan los monumentos y avenidas y ambiciones; de la gloria cabaretera quedan pinkies y hoteles, Tropicana; de la gloria revolucionaria quedan los frescos y consignas y esa sensación de estar en un lugar que, para bien o para mal, ya no es de este mundo.

(Aquel día fue tremendo. Hasta entonces las ciudades habían servido para tanto: en ellas sus habitantes se juntaban, se conocían se enfrentaban se mejoraban los unos a los otros, ganaban y perdían, se querían se robaban se copiaban; en ellas se fabricaban cosas, las ideas, los objetos de uso y de deseo; en ellas se apiñaban las armas y las pompas y los demás poderes; en ellas se inventaban las maneras nuevas; sin ellas, nada podía ser lo que era. Pero aquel día, de pronto, los azorados habitantes descubrieron que ya no sabían qué hacer con las ciudades. Desesperaron: brevemente desesperaron, se mesaron los pelos, dijeron en voz alta ay dios ay dios y después murmuraron ay dios y por fin, en un rapto, descubrieron el truco del turismo. Oh, el turismo será la salvación, proclamaban por calles y plazas, tugurios y merenderos, salones de los bancos. Oh, ellos vendrán y viviremos, oh, por el turismo viviremos, oh, pregonaban, y pusieron manos a la obra.
Fue dulce y, como siempre, la historia pudo reescribirse: ahora millones saben –como se saben esas cosas– que las ciudades, antes del turismo, no existían.
O, dicho de otro modo: ¿será que realmente no hay forma de evitar que todos los lugares diferentes, evocadores o coquetos de las ciudades del mundo se vuelvan decorados para el paseíto? ¿Será que solo los espacios más feos conservarán su vida? ¿O alguna vez, dentro de 20 o 30 años, la realidad virtual o lo que entonces sea hará inútil el viaje y las viejas ruinas reacondicionadas volverán a su antigua condición de ruinas, y las viejas ciudades serán lugares para que vivan las personas?)

La Habana vive en gran medida del turismo y el turismo la cambia y cambia a sus habitantes y los convierte en servidores de lugares comunes, de esos clichés que atraen a los turistas: servidores. Algunos –algunas– intentan descubrir formas nuevas de hacerlo. Formas que no sean puro tributo a la nostalgia, formas que les permitan hacerse vidas nuevas, y ofrecer algo nuevo, algo distinto.
Las Four Wives son cuatro mujeres en sus treintas que estaban allí cuando Cuba empezó a estar allí, en la mira de cierto jet-set. Trabajaban en producción de cine, se conocieron en rodajes y viajes de famosos, decidieron unir fuerzas y crearon “especie de empresa” para ofrecer turismo de calidad. Ya recibieron, entre otros, a Madonna y a Jagger; ya recibieron becas para aprender “excelencia de negocios” en Columbia Business School de Nueva York. Lili y Verónica son dos de las Four.
–Nuestros visitantes se impresionan con la cultura, la creatividad que hay en La Habana. Cuando los llevamos a la Fábrica el guau está garantizado. Están los que dicen guau y se quieren ir a los cinco minutos, los que dicen guau y se quedan cinco horas, pero el guau está siempre.
Dice Lili: la Fábrica del Arte es la cumbre del cool habanero, una antigua fábrica convertida en complejo de salas, galerías, bares, pistas, exposición, conciertos, rumba. Y Lili es elegante, su sonrisa medio irónica, la palabra fácil; su padre es un cuadro del gobierno y ha viajado mucho.
–Nosotras queremos dar un mensaje a nuestros visitantes.
Dice ahora: que en Cuba hay mucho talento, mucho capital humano.
–Y que es algo muy único que merece conocerse. Todos los países son únicos, pero este modelo no existe en ningún otro lado.
–¿En qué consiste su unicidad?
Lili remolonea, se resiste, pero termina por lanzar su lista:
–Cuba es único porque es un país muy pobre que no tiene miseria; Cuba es único porque la gente trabaja y no se le paga de acuerdo a su trabajo pero no se muere de hambre; Cuba es único porque la gente no trabaja pero no se muere de hambre; Cuba es único porque tiene una población extremadamente educada pese a la pobreza; Cuba es único porque no tiene recursos naturales; Cuba es único porque se ha plantado ante los Estados Unidos por más de 60 años y todavía no nos han podido poner el pie arriba.
Dice, casi exaltada, la exalumna de Columbia Business.

Lili y Vero viven en Miramar, la zona elegante, entre árboles como palacios y palacios como bosques y casas y avenidas y el Caribe allí mismo. Lili y Vero tienen coche, viajes, buena ropa, acceso a tantas cosas que la mayoría de los cubanos solo ven en sueños. Son, lo saben, parte y ejemplo de esa nueva clase.

Y Verónica dice que últimamente La Habana se ha hecho más permisiva, para bien y para mal, que la gente es más tolerante con las personas distintas: gays, negros, extranjeros.
–Ya no te juzgan tanto por cómo vas vestido, si tienes el pelo verde o rojo. Era una sociedad muy conservadora; sigue siéndolo, pero se ha relajado un poco.
–¿Sigue siendolo, dices?
–Bueno, es que el cambio no se da porque alguien lo diga; se va haciendo con los años, no va a pasar de un día a otro.
–Pero ahora hubo todo el lío con el matrimonio gay en la Constitución…
Le digo, y Lili vuelve a intervenir:
–A mí no me gustó que al final no pusieran el matrimonio gay en la Constitución, pero no porque me pegue directamente… O sea: nosotras somos pareja, pero yo no creo en el matrimonio como institución. Yo no me casé con el padre de mi hijo, no me quiero casar con ella, no necesito que medie un papel. Pero dos cosas me molestaron: que el gobierno ha dejado que se vea como una victoria de la Iglesia, y que no entiendo qué tiene en la cabeza cada personita de Cuba cuando iba a las discusiones de la Constitución y de lo que hablaba era del matrimonio gay. En un país con tantos problemas, que está haciendo una reforma constitucional, ¿de verdad usted está preocupado por si se van a casar dos mujeres o dos hombres? Señor, preocúpese por la ley de propiedad, por los salarios, por los impuestos, porque le están diciendo que el partido es el órgano rector de la sociedad, ¿pero tú estás loco? ¿Tú de verdad te estás preocupando por quién se acuesta con quién?
Dice, se exalta.
–Eso me molestó mucho. Fue una cortina de humo, y mucha gente fue tan tonta que se quedó mirándola.


La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

Afuera llueve como si no hubiera mañana; adentro, él dice que la lluvia también la manda Dios.
–No se confundan, la lluvia no la manda el Diablo; él no tiene poder para eso…
Grita el pastor, y le gritan que amén.
–La lluvia nos la manda Dios. Por eso, tu nombre lo exaltamos y glorificamos, Señor. ¡Aleluya! Tú eres el grande, eres el máximo, eres el amo…
Afuera, bajo la lluvia, el Templo Metodista de la calle K es un zigurat tipo torre de Babel pasado por Nueva York 1930; adentro, inundado de personas, es un hangar pintado de cremita, azul y rosa, sin santos ni vírgenes ni hostias; en lugar de vitrales, tres pantallas HD donde el predicador y su orquesta bullanguera se reproducen y se imponen. La música es un dechado de entusiasmo: teclado, bajo y mucha batería y los fieles que cantan gritan con un fervor y un ritmo que la hinchada de Boca envidiaría:
–Lo mío no pasa, es para siempre;/ empiezo en enero, sigo hasta diciembre./ Suelta la botella, todo lo que te daña…
Los fieles baten palmas y saltan y revolean los brazos pero no adoran a Maradona sino a otro dios que también es, insisten, todopoderoso. Y se creen que no precisan esperar los goles; que igual ganan.
–Él se ha llevado todo mi dolor,/ me ha hecho libre…
Grita el cantor y redoblan tambores y la tribuna se suma, se entusiasma.
–Me gozaré, gozaré, gozaré en Jehová a-a-a-aaaaa. ¡Go-za-ré!
A mi lado una mujer se retuerce como partida por un rayo y cae al suelo de rodillas, llora, se sacude, llora más. Después se levanta, saca su celular, lo enarbola en su brazo extendido para grabar las bendiciones. Es el momento: los dañados se acercan al estrado, todos cantan más, gritan más, tambores más y el pastor les aprieta la cabeza y les grita al oído; algunos extravían la mirada, otros se caen redondos.
–¡Sombra, fuera! ¡Sombra, vete lejos!
El pastor es un muchacho blanco atildado en sus 40, chaqueta negra y anteojos de pasta, que cuenta a los gritos durante media hora cómo el rey David conquistó Jerusalén y que, al entrar, dice, repite, mandó matar a los ciegos y los cojos.
–Sí, lo primero que hizo fue matarlos a todos. Todos los ciegos y los cojos, palabra del Señor.
Dice, y saca consecuencias morales sobre la fe y la decisión y el valor y esas cosas, y al final dice que quiere contar la historia de Voltaire –“voltaire”, dice, en perfecto castellano– que era un filósofo francés que en los años 1700 anunció que en un siglo no habría ni una Biblia más y que cuando se murió la sociedad bíblica de Francia compró su casa para guardar biblias y que ya pasaron muchos siglos y la Biblia está por todas partes y de ese Voltaire nadie se acuerda, grita, así que no se dejen intimidar por falsas amenazas, el que manda mensajes de intimidación no muestra su fuerza sino su miedo y su debilidad, grita, por vigésima vez, y que ahora todos los periodistas vienen a pedirle entrevistas, que hoy mismo vinieron de la agencia francesa, dice, a pedirle una entrevista y él les dijo que no, que hoy es el día del señor, que qué se creen esos que no creen, dice, y cientos le levantan los brazos y le gritán amén amén y más amén. Y no explica que lo vienen a buscar porque su iglesia, sus gritos, sus manifestaciones fueron la vanguardia del movimiento que, hace unos días, consiguió que el gobierno cubano retirara de su nueva Constitución el derecho al matrimonio gay. “El matrimonio es mujer y hombre. Estamos a favor del diseño original, la familia como Dios la creó”, dice un cartel muy grande a la entrada del templo, radiante de triunfo.
Y eso que la adalid del movimiento por los derechos LGBT es una señora Mariela Castro, hija de un señor Raúl Castro, de una familia con ciertas influencias –que, durante décadas, reprimió a los homosexuales como en pocos lugares de Occidente en estos tiempos.


La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

Como tantos, como todos los que pueden, la señora Tania ofrece lo que tiene para conseguir algunos dólares: su pequeño apartamento, en este caso. Aquí, en nombre de la sociedad sin clases se armó una sociedad dividida sobre todo en dos clases: los que tienen acceso al dólar, los que no. Los que reciben dólares de algún pariente que emigró o pueden vender algo en dólares –un cuarto, una cama, un trayecto en su coche, una comida, un cuerpo, su cama, unos cigarros– por un lado; los que tienen que vivir de su sueldo –cada vez menos, cada vez más difícil– por el otro.

–Pero te insisto que no traigas a nadie. O si vas a traer a alguien, que se anote.
La señora Tania me muestra el apartamentito que le alquilé por Airbnb, llena papeles y más papeles de control y me cuenta historias de turistas asaltados por las chicas o chicos que se llevaron a sus alojamientos.
–Y aunque no te maten, chico, igual te llevas un susto del carajo.
La señora Tania es una mulata robusta y sonriente, buena verba, que de verdad parece preocupada. Yo le digo que no vengo en ese plan y ella me dice que uno nunca sabe y hace un gesto de no te preocupes no te juzgo –ni te creo: qué otra cosa puede buscar en La Habana un señor solo y mayorcito. La primera vez que escuché las palabras “turismo sexual” creí que era un modo bromista de decir follar aquí y allá, casual, sin mayor compromiso; tardé en entender que se refería a los esfuerzos de sujetos tan comprometidos con sus apetitos que viajan miles de kilómetros para saciarlos con personas que en sus lugares no estarían a su alcance: los que aprovechan las desigualdades del mundo para dar de comer a sus fantasmas.
Aquí pasa, sigue pasando. Y, por alguna razón que se me escapa, la opinión más general condena a los cubanos y cubanas que lo aprovechan y lo sufren mucho más que a los extranjeros y extranjeras que lo explotan.

(Elegía de los labios rojos: como quien dice aquí quiero tus ojos, tu mirada, esto es lo que tienes que mirar, lo que yo digo, que para eso están rojos. Advertencia de las uñas barrocas: como quien muestra sus arabescos y dorados, dibujitos, brillos, variedad de colores, garfios interminables, para decir que la belleza rasga.)

Así que por edad, por raza, por condiciones generales –voy solo, miro mucho, escucho– yo sería uno de esos “europeos” que vienen a coger por encima de su liga o, por lo menos, más barato. Lo sé pero no deja de irritarme ese vendedor joven, ambulante, que, tras entregarme el paquete de galletas, me dice que también tiene una jeva:
–También tengo una jeva justo para usted.
Una jeva, en cubano, es una chava una chavala una chama una chamaca. O, esta noche: una mercadería.

(Todo está en la manera de caminar, lo que en Colombia llaman el caminado. Los hombres casi tanto como las mujeres, habaneras y habaneros caminan como si cada paso fuera una obra de arte, su modo de decir este soy yo, así desdeño el suelo, así me impongo: los hombros echados para atrás, su cuello extenso, su mentón altivo, la espalda recta, cada nalga un despliegue de certezas, cada pierna su ineludible consecuencia.)

Pero aún en estas calles, en esta sociedad, las nuevas tecnologías se van abriendo paso. Un moreno grandote, la camiseta negra apretada para marcar los pectorales, me muestra al paso un móvil con la foto de una mujer desnuda.
–Woman.
Dice, pedagógico, y me mira de nuevo:
–Not expensive, cheap.
Yo estoy por ofenderme, y después no.

(Todo, también, en la ropa. Aquí la ropa, once meses al año, es un adorno, no una necesidad, y muchos usan su mínima expresión: un short, una camiseta, unas chanclas de plástico. El resto es vanidad o es uniforme.)

Y menos cuando me cuentan un chiste, viejo pero eficaz:
–Sí, por fin en Cuba hay gente que sigue de verdad las enseñanzas del Che Guevara.
–¿Ajá? ¿Y quiénes son?
–Las jineteras, chico. Sí, mira a las jineteras, que no paran de buscar al hombre nuevo cada noche.
Pero también es cierto que no siempre se trata de trucos puramente sexuales: muchos cubanos y cubanas ofrecen más, ofrecen una vida, matrimonio –para irse.

La morena rotunda, pelos rojos, zapatos como torres, le dice al señor alto y flaco, rubicundo, levemente encorvado, que todo bien mi amol, que le dijeron que no necesita el papel de soltería, que menos mal, que se pueden casal. El señor suspira y le sonríe. En la sala de espera de la Consultoría Jurídica Internacional las parejas son enconadamente desparejas –y vienen a casarse. La Consultoría es un chalet pequeño en Miramar, sus bancos blancos para esperar afuera, sillones negros para esperar adentro, sus empleadas diligentes.
–Aquí casarse es fácil. Es un papel, qué importa.
Dice Olgui, la recepcionista. En la sala las dos parejas no se miran: la morena y su largo rubicundo se quedan de pie; en un sillón, una francesa de cincuenta y tantos, las piernas abundantes, el vestido apretado, el pelo corto rubio, se pega a un mulato bajo y fuerte, el diente de oro, la pulsera de oro, las zapatillas nuevas. El mulato y la rubia teñida se ríen, la mano de ella sobre el muslo de él. Esperan: en un rato más los llamarán para que muestren sus documentos, firmen los papeles, paguen los 700 euros; pasado mañana volverán para casarse y recibir el certificado y empezar los trámites de legalización, así él podrá irse a Francia. Les quedan dos o tres meses de trámites: los casamientos sirven para burlar fronteras y los estados se defienden, multiplican las aduanas burocráticas. La morena y el larguirucho salen a fumar; yo salgo para tratar de hablar con ellos pero me interrumpen.
–¿Puedo pedirle ayuda, jefe?
Me dice un cuarentón cubano enorme, el cráneo bien lustrado, su pantalón y su camisa nuevos, escasos para tanto músculo.
–Sí, claro, ¿qué necesita?
El atleta me pide que le haga el nudo de la corbata, que él no sabe.
–Sin corbata no es boda, es cualquier cosa.
Me dice, la sonrisa tímida, y que lleva más de diez años en Valencia pero a la hora de casarse se buscó una cubana y ahora tiene que hacer todo esto para poder llevársela. Yo lo ayudo, con dificultades; el hombre está nervioso y se va a dar una vuelta. Hace calor, vuelvo a los sillones.
–¡Oye, otra parejita para ver documentos!
Grita Olgui, y de adentro le gritan que pasen, y la francesa y el moreno entran. No queda más nadie en la sala de espera y Olgui calcula que ya llevo suficiente tiempo y viene a preguntarme si necesito algo. Yo le digo que espero a alguien que no llega; amable, compasiva, me dice ya vendrá, no se preocupe. Y si no viene, no viene, me dice: quiere decir que esa mujer no le convenía. Yo le digo que cuánta verdad e intento un buen suspiro; me sale más o menos.

La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

Aquí hay ruinas.

Me gustan las ruinas porque son el estandarte del descontrol: alguien mandó construir un edificio para que sirviera de prisión –digamos, o palacio o iglesia o gallinero– y ahora sirve para que gente lo visite y piense en esos tiempos en que alguien lo hizo construir, para que gente lo visite y se sienta más culta, para que un chico o una chica coman mostrándolo a esa gente, para tantas cosas tan distintas de las que imaginó quien lo hizo hacer. Me gustan las ruinas porque son una risa corta sobre la nadería del poder, los engaños del tiempo.

Me gustan las ruinas, pero no para vivir en ellas.

Alrededor de mi casa en Centro Habana siempre parece que algo hubiera pasado –algo ominoso. Las calles suelen estar vacías, las fachadas heridas por el tiempo y el descuido, los silencios. Es plena ciudad y no hay negocios. Odio tener que aceptar que el comercio hace que una ciudad parezca viva. O, mejor: que nuestra idea de una ciudad viva es una donde la gente compra y vende. Acá todos los días parecen una mañana de domingo.
Y hay, por todas partes, montones de basura, los escombros. Allí donde los carteles habituales dicen “No arrojar basura”, aquí dicen “No arrojar basura ni escombros”. Las casas producen escombros como las personas producen basura, sus desechos; los restos de edificios están en cada esquina.
La calle está vacía pero atruena: es raro que no suene a mil alguna música, reguetones jadeados, boleros suspirados, pop latino. La Habana tiene música. Es literal: en las zonas turísticas abundan –de verdad abundan– los grupos que la hacen en vivo, tras el dólar, sin perdonar ningún lugar común del trópico. Pero también hay muchos locales donde se hace buen jazz, buen son, buena clásica, búsquedas diversas. Y en cada calle televisiones, equipos, altavoces.

(Cinco mujeres lo rodean y él las mira entre azorado y extrañado: quizá nunca antes las vio así. Deben ser una madre, dos tías, dos hermanas o primas y le bailan: por la calle pasa una comparsa con tambores y ellas le bailan alrededor y él las mira. Él tiene dos, quizá tres años y parece asustado. Al final se resigna y trata de imitarlas. Ellas lo aplauden, él lo intenta más, da saltitos, se ríe, bailotea. Está a punto de hacerse caribeño.)

Y entre basuras y escombros y ruidos, las ventanas. Las ventanas aquí suelen tener personas –rejas y personas– porque los interiores son chicos, son oscuros, y qué mejor que asomarse, mirar la calle, ver pasar la vida. Y tras cada ventana hay un cuarto lleno de gente y esos sillones mofletudos, gordos, que abundan en el trópico. Y algún señor fumando ante la tele, y algún chico jugando, una mujer limpiando o cocinando, una abuela durmiendo –la perfecta imagen de familia y cuatro o cinco más alrededor, los espacios repletos.

Se podría simplificar diciendo que es una ciudad pobre, si no fuera porque es la ciudad que prometió que ya no habría tal cosa como ricos y pobres. Es duro cuando algo –cuando alguien– tiene que responder por sus palabras.

Pero tras unos días los ojos se acostumbran: te parece que caminar entre escombros y casas derruidas es lo normal, que así son las ciudades. Entonces te parece que la ves con ojos habaneros.
Y después de aprender a mirarla, aprender a vivirla. Vivir de a poco, de lo poco, sin esas prisas que, de todos modos, te darán muy poco. Un arte de vivir amenazado.
O también: un arte de vivir amenazado.

Te decían que la salud, la educación: que Cuba tenía problemas pero estaba tanto mejor que los demás países latinoamericanos en cuestiones de salud y educación y probablemente, entonces, fuera cierto. Ahora te dicen que la seguridad: que Cuba está tanto mejor que los demás países latinoamericanos, que puedes caminar tranquilo por la calle, que no hay esa violencia de los demás países, y parece que es cierto: un Estado que intenta, desde hace más de medio siglo, el control absoluto tiene sus ventajas. Entonces te dejas llevar por la fe y caminas sobre las aguas, esas calles. Es tarde, están oscuras y vacías, te cruzas cada tanto con sombras ominosas, muchachotes, personas que en cualquier otro medio no serían personas sino pura amenaza y vas tranquilo, cómodo, porque te han dicho que no hay problemas de seguridad, y lo has creído. Nada calma tanto como la fe –y aquí lo saben.


La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

–Esto es Cuba, mi hermano. ¿Quieres ver la realidad cubana? ¡Esta es la realidad cubana!
Me grita Yorman, un negro poderoso. Yorman está sentado a la entrada rota de una casa, su short de fútbol, sus chancletas. La fachada está en ruinas: unos arcos sin nada detrás, sin techo encima. Yorman me dice que si quiero ver, que pase.
–¿Y cómo está la realidad cubana?
–En candela. Pésimo.
Me dice y se sonríe. Los habaneros hablan como si les faltara boca, como si las palabras no les cupieran en la boca y tuvieran que abrirla tanto para hacerles lugar. Yo le digo que no tiene cara de pésimo y él me dice que el cubano siempre está alegre, pase lo que pase, y que él de todas formas ya es como si no estuviera, que en unos días se va a Suecia porque su mujer está allá y que acá siempre los mismos se lo quedan todo, que no tiene remedio, y que pase, que mire.
–¿Quieres ver la realidad cubana?
Adentro, al final de un pasillo, tras las ruinas, hay un patio rodeado de cuartos: lo que aquí llaman un solar –y allí corrala o conventillo o inquilinato o vecindad, según. En el patio hay baldosas partidas, ropa tendida, adultos conversando, chicos a gritos, perros quietos. Cada cuarto tiene unos veinte metros cuadrados, una puerta, si acaso una ventana, su bañito y su rincón cocina; cada familia vive toda junta. En tantos otros sitios un sitio así alojaría pobres muy pobres, marginales varios; aquí, en este solar, me dice Yorman, hay una médica, un funcionario de la televisión, un utilero de teatro y siguen firmas. Y que no pagan alquiler y pagan, por agua, luz y gas, dos o tres euros al mes, pero a veces se quedan sin agua.
–¿Así que argentino, eh?
Me dice Abel y me sonríe. Abel tiene la cara angosta y picada de granos, los ojos muy azules; me dice que su madre era de Santiago y llegó a este edificio en el ’56, huyendo de alguna persecución porque era del movimiento de Fidel y que él nació aquí mismo, en el solar, hace 40 años.
–¿Y qué tal con Macri? ¿Los está destruyendo?
Yo le pregunto cómo sabe; porque lo ve en la tele. Abel tiene dos o tres dientes en la boca y una cruz dorada del tamaño de un plátano con su Jesús colgándole del pecho.
–Cada sistema tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Claro, a mí lo que me gustaría es el comunismo científico de Marx y Engels, pero eso es científico, en la vida real no se puede. Me gustaría, porque ahí no existe el dinero, todo se hace por camaradería, por solidaridad. Pero eso en este mundo no se puede, así que hay que sacar lo mejor de cada sistema. Hasta del capitalismo se pueden sacar cosas buenas.
–¿Como qué?
Abel se hace el tonto, saluda a una vecina, azuza al perro. Yo le insisto: qué, por ejemplo.
–Y, que uno puede ser una persona.
–¿Cómo?
–Sí, en el socialismo todo lo hace el Estado, no hay lugar para las personas. Yo, la verdad, chico, prefiero cuando se puede ser una persona.
Yorman suelta su carcajada; Dirma –la esposa de Abel– le grita que otra vez diciendo tonterías. La discusión empieza; va a ser larga.

Una sociedad donde el Estado intenta controlar tantas cosas será una sociedad donde muchas cosas se hagan al margen –por detrás, en contra, lejos, en detrimento– del Estado.

Diría que casi todos detestan la política y que no conozco otro lugar donde se hable tanto de política. O, por lo menos, de quienes gobiernan y de cómo, tan presente en sus vidas. Es el resultado de 60 años de un gobierno que decidió ser lo más importante que sucedía a sus ciudadanos.
Pese a lo que algunos quisiéramos, la política suele importar a pocos: no hay nada menos masivo que la democracia. Aquellos movimientos revolucionarios supusieron que era un error, otro efecto de la alienación capitalista, e intentaron involucrar a todos.
(Y entonces ese momento estrepitoso en que unos pocos deciden que sí saben lo que millones necesitan pero ignoran –y se lanzan a dárselo, se sacrifican para dárselo, hacen de dárselo el centro de sus vidas. Y, si tienen mucha mucha suerte, se lo dan, lo imponen: millones viven entonces como esos pocos decidieron. Hay algo de monstruoso, de terrible en todo eso pero, sin esos pocos, sin los intentos tantas veces fracasados de esos pocos, ¿todo seguiría siempre igual? ¿Seríamos, digamos, siervos de la gleba?)

La Habana: la ciudad detenida
Yander Zamora

Y la invención de una época, una épica. Se precisaba un relato muy potente para mantener a millones de personas viviendo más o menos mal, sufriendo privaciones, aceptando mandos y controles, esperando un futuro que no llegaba nunca. Sorprende que algo así haya durado décadas. El problema es que al caer no dejó casi nada: el recuerdo de tanto sacrificio para muy poca recompensa, la urgencia de buscarse metas nuevas. Ahora, entonces, sin filtros ni barreras, el único set de metas que nuestro tiempo ofrece: el placer del yo, entendido como coche casa ciertos supuestos lujos, el consumo. La gran paradoja es que creer en el futuro es ser antiguo. Modernizarse es dejarlo atrás, vivir para un presente –algo– más cómodo.

Un barrio, llueve a mares. Bajo un techo de lata, en el bochinche, docena y media de refugiados esperamos que pase. El muchacho está por terminar ingeniería y me habla con envidia de un su abuelo que sí hizo cosas importantes, dice, cosas que quedan en la historia: a sus 20 se metió en la guerrilla, lo apresaron, lo torturaron, se escapó.
–Mírame, a mi edad él ya había hecho una revolución. Esos sí que eran tiempos.
–¿Y ahora, en estos, qué puedes hacer?
–¿Qué voy a hacer? Si yo no creo en nada.
La lluvia arrecia.

¿Cómo fue que el futuro se nos volvió pasado, tan callando? ¿Fue de tanto esperarlo?


Hay una imagen de Ernesto Guevara que es el Che. Es esa imagen infinitamente repetida, impresa, pintada, embanderada, de una cara acuciante entre barbas, una boina, una estrella y los pelos al viento. Esa foto, esa imagen, resumió para muchos durante mucho tiempo la actitud a tomar: la mirada segura enfocada allá lejos, en las luces por venir, la definición de esa boina y esa estrella y la determinación de los pelos flameados por el viento de la Historia. Esa foto era una forma de estar en la Historia. Esa foto fue tomada en un acto protocolar, en una tribuna de altos funcionarios en La Habana.
Hay imágenes que son lo que no parecen; la mayoría ni siquiera parece, no figura, no imagina.

Yo tenía 11 o 12 años, fines de los ‘60, en Argentina había una dictadura y mi padre, intelectual de izquierda, agitador, había imprimido unos afiches rojos con esa cara de Guevara que decían “Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared”. Me lo mostró, le pregunté para qué entonces.
–¿Entonces, pa, para qué se muere un guerrillero?
Se le cruzaron, supongo, tres o cuatro respuestas, y prefirió el silencio.

Aquí en La Habana esa cara está por todas partes. Y, ahora, también, la del otro, su amigo, el jefe del que quiso separarse.

Guevara joven, Castro viejo. Ahora que los dos, con medio siglo de diferencia, terminaron de morirse, sus caras llenan juntas la ciudad y cuentan dos historias tan diversas. Es brutal ver codo a codo la historia de ése que lo entregó todo y la de ése a quien todos se entregaron; el que siempre se escapó del poder, el que nunca dejó que el poder se le escapara; el que se volvió un modelo, el que construyó un modelo; el que quería que todos fueran como él, el que como él decía. Es extraño, casi cruel, tan elocuente ver colgados de las mismas paredes al joven triunfante en la derrota, el viejo derrotado en el triunfo; el que se hizo más y más global, el que se hizo más y más local; el que se compran los turistas, el que no.

–Por medio de este escrito hago constar que he decidido quitarme la vida por un problema personal. Digo, por un problema con personal, con el departamento de personal. Soy un trabajador humilde, cumplidor, nunca he faltado ni un minuto, pertenezco a varias organizaciones, pero estoy disconforme con lo que me pagan: considero que es mucho, demasiado.
El hombre flaco está subido a una especie de cubo negro y habla desde allí y dice que no soporta más, que ahora mismo se tira. Tiene la voz quebrada, plañidera.
–Es tanto dinero que cuando cobro nunca sé lo que voy a hacer con esta cantidad. Le pedí al jefe de personal que me lo rebajara pero me dijo redondamente que no, que si me paga menos ya es ilegal, que puede ir preso. Eso es mentira. Aquí nadie va preso por pagar miseria. Si no, cuántos habría ya con pena de muerte.
El público se ríe a carcajadas. En un teatro que por alguna razón se llama “Karl Marx”, grande, bien hecho, humoristas celebran los 500 años de La Habana con un show.
–Y no crean que no he buscado alternativas. Yo un día le dije mira, dame la baja que me voy pa’ otro lugar donde me paguen menos…
Dice, y se calla: no necesita decir más; el público se ríe porque sabe. Hay una forma del humor de régimen que consiste en sugerir, nunca decir; callarse justo antes para que sea el espectador –la complicidad del espectador– quien escuche lo que no debe ser dicho. Una forma de crear un nosotros: somos los que sabemos, los que no necesitamos palabras para hablar. Otro, ahora, celebra la ciudad con una suerte de oda:
–¡Cuánto la quiero! La Habana, mi ciudad, mis recuerdos, mis escombros. ¡La Habana, donde nadie nunca se acuesta sin comer…
Dice, y calla para que cada quien complete. Otro cuenta que ha recibido una postal de Italia de un amigo que le dice que ojalá algún día pueda viajar para ver esas ruinas magníficas. ¿Yo, viajar?, dice el cómico, ¿para qué quiero yo viajar? –y hace el mimo de abrir una ventana. Y que después sigue leyendo que su amigo le dice que aquello es especial, las ruinas espléndidas de una civilización próspera que fue invadida por un malvado imperio del Oriente. Ajá, dice, y otra vez las carcajadas sin palabras.


Era lunes. Ya había pasado cuatro días en La Habana cuando una amiga me llamó preocupada:
–Del CPI te buscan.
Me dijo, como si eso alcanzara para el pánico.
–¿De dónde?
–Del CPI, el Centro de Prensa Internacional. Quieren saber qué estás haciendo acá, si estás investigando algo.
Yo no investigo; miro, si acaso, escucho, escribo. El funcionario del CPI había dicho que lo llamara urgente: que si no me acreditaba, me expulsaban. Me pareció un exceso; lo llamé. El trato no fue amable:
–Si usted vino a hacer alguna actividad periodística, no cumplió con las leyes de Cuba.
–Disculpe, como no estoy haciendo nada de actualidad… Pero no hay problema, ¿qué quieren que haga?
–No es lo que nosotros queramos, es que si usted va a un país tiene que cumplir con sus leyes. Si yo voy a la Argentina o a España me van a hacer cumplir la ley, ¿o no?
–Seguramente, pero nadie lo va a buscar para averiguar qué está haciendo.
–¡Cómo que no! ¿Usted se cree que yo me chupo el dedo? Yo he viajado mucho y sé cómo es.
El diálogo no siempre acerca a los pueblos. Al final me dijo que me presentara al día siguiente para pedir una acreditación. Era tajante: si no, tendría problemas graves.
Al otro día, cuando fui a reportarme, una recepcionista hosca me dijo que el funcionario estaba reunido y tardaría un par de horas. Yo, una vez más, no supe cómo interpretarlo. Me fui, le dije que volvería al día siguiente.
–Ya tú sabes, chico. Ya tú sabes.
Al otro día volví. El funcionario seguía ausente o reunido o incapaz de verme. Si los buenos trabajan así, no es extraño que ganemos los malos. Dejé anotado mi teléfono y dije que si me precisaban me llamaran.


¿Hace cuánto que no me despertaba sin noticias? ¿Cuánto, desde la última vez en que empezar el día no consistió en manotear una pantalla y mirar si pasó algo en casa, si me escribieron del trabajo, si el mundo sigue andando?
La Habana no solo es una ciudad –casi– sin coches; también es una ciudad –casi– sin internet. Es decir: una donde los hogares no tienen internet, donde los teléfonos móviles no tenían internet hasta hace unos meses y donde, todavía, la mayoría no lo tiene: el 3G es demasiado caro. Así que, cuando un cubano quiere llamar, por ejemplo, a sus parientes de Miami para pedirles algo o mirar el último video de Maluma o el resultado del Madrid, se compra una tarjeta que le da un tiempo de internet y se suma a ese paisaje tan radicalmente habanero: personas –docenas de personas, mayoría de jóvenes– sentadas o paradas en todos los rincones de una plaza que tiene un “punto wifi”, cada cual enfrascada –enfrascada es la palabra– en su teléfono. Se reúnen para aislarse, se encuentran en un lugar para acceder a otros.
O sea que en La Habana “conectarse”, estar comunicado, no es algo que existe por defecto, no una fatalidad, no una constante; es una decisión que hay que tomar, un momento elegido. Supone volver a aquellos días en que la comunicación sucedía en ciertos tiempos y lugares. Aquí, ahora, es como entonces: debo llegar a un lugar donde pueda conectarme y ver cómo ha cambiado –sin cambiar– mi vida en las seis horas anteriores. Y eso por no hablar de la aventura inmarcesible de llegar a los lugares sin google maps ni google leches.

Pero la resistencia del gobierno cubano a abrir el internet a sus súbditos se parecía tanto a esos intentos de tapar el sol con cuatro dedos. El 3G cada vez más accesible producirá un cambio que quizá cambie mucho más que el reemplazo de un viejo jerarca del Partido Comunista por un jerarca maduro del Partido Comunista: la irrupción de internet en la vida cotidiana. Mientras tanto, siguen siendo tiempos del paquete. Probablemente nada, en las últimas décadas, cambió la vida cubana tanto como el paquete.

Dicen que todo empezó en esa Universidad de las Ciencias Informáticas que creó Fidel Castro a principios de siglo. Era uno de los pocos lugares de Cuba con buenas conexiones; allí, entonces, a alguien se le ocurrió bajar y compilar cada semana gigas y gigas de programas de televisión mayormente americanos –deportes, músicas, noticias, series, espectáculos varios– y armar una red para distribuirlos. Lo llamaron el paquete y los habaneros se fueron acostumbrando a pasar, cada lunes, a cargar su pendrive en la casa de su distribuidor vecino. Con el tiempo los vendedores se fueron haciendo menos clandestinos; ya no hay barrio que no tenga sus puestitos: un tera de tele por un dólar.
Su aparición fue un cataclismo: el taladro que rajó el muro de silencio. Durante décadas, los medios oficiales habían creado el paraíso dibujando el infierno: todos sabían que aquí no se vivía muy bien, pero la tele y la radio contaban lo horrible que se vivía allá afuera. El paquete fue la primera grieta seria en la fortaleza del relato; el Estado perdió el monopolio de la información.
Abdel La Esencia o Michel Butic, jerarcas del paquete, tienen el poder que antaño tenían ciertos burócratas: el de armar la escena cultural. Antes un músico –digamos un músico– para ser escuchado debía salir por la televisión o la radio oficiales, los únicos que había. Ahora le basta con pagar a estos señores para que lo incluyan. Sin el paquete no podría explicarse, por ejemplo, el triunfo del reguetón cubano.

La música retumba y unas chicas bailan alrededor de un chico; en Prado, el paseo más tradicional de La Habana, un reguetonero principiante está grabando su video. El chico hace como que canta y hace gestos; a sus lados las chicas muy chicas, de espaldas, zarandean sus glúteos con denuedo.
–Dale lai. Dale lai. Conecta y dale lai, que todo Cuba lo consuma, dale lai.
Canta, poco más o menos, el chico y tardo en descubrir que lai es like y que el chico se llama José y que eso es lo que quiere.

José usa esos jeans angostos que terminan encima del tobillo, las zapatillas gordas, las cadenas doradas guesas sobre el pecho, los colmillos de oro, los aritos de oro en la nariz y oreja. Su familia siempre vivió en el Cerro, un barrio modesto. Su papá es médico neurólogo, su mamá es maestra, y él, cuando salió del colegio, hace seis o siete años, estudió para fisioterapeuta; era serio, terminó sus estudios. Pero, mientras, intentó una carrera más rentable: decidió hacerse del santo. Fue a ver a un babalao –sacerdote del culto yoruba– que le dijo que el suyo era Changó, y ahí mismo empezó su formación. Así que tuvo que buscarse la vida para encontrar la plata necesaria: casi dos mil dólares.
–Es caro, sí. Hay que pagarle al babalao. Y hay que comprarse muchas cosas: los instrumentos, los recipientes, los animales.
–¿Qué animales?
–Los animales para sacrificar, chivos, gallos, gallinas, codornices.
Dice, y que eso está muy difundido en Cuba, que por supuesto hay personas que creen en Dios solamente pero que él cree en los dos, en Dios supremo omnipotente y en su santo.
–Hay quienes se hacen del santo por salud, para ganar más, para tener éxito. Yo me hice para estudiar, para ser babalao y ganarme la vida. Es una carrera buena, se gana buen dinero.
Sus clientes lo contactan por las redes sociales; en esos ritos, José aprendió a tocar los tambores, empezó a pensar más en música.
–Pero nunca se me había ocurrido ser reguetonero, hasta que me vinieron a buscar. Un amigo me llevó a un estudio, me dijo que probara. Y yo me sentí bien, como si hubiera encontrado mi lugar.
Y entonces, cuando tuvo que hacerse un nombre, se hizo llamar El Like porque, dice, cada vez que subía una foto en Facebook le daban muchos likes. José es grandote, cuerpo bien trabajado, cara bien dibujada. José sonríe como esos que saben que su sonrisa los ayuda, les consigue cosas; una sonrisa que se sonríe a sí misma.

En los últimos años el reguetón se ha convertido en la banda sonora de América Latina –y La Habana es uno de sus nidos. Es, también, para Cuba, un fracaso cultural muy bruto: con sus letras, sus coches, sus mansiones, sus oros y sus culos es un canto al capitalismo más extremo. Las autoridades, al principio, lo combatieron; el paquete les ganó la batalla. Ya hace un tiempo que aceptaron su derrota, y ahora tratan de unirse a él, de cooptarlo: postulan un reguetón cubano “con valores distintos”. No es el que más se oye.

–Tú eres una loca calurosa/ que te gusta hacerte la fría/ pero conmigo tú gozas,/ así que quítate la ropa y conmigo retoza./ Como te gusta el chucuchucuchú/ no te pongas nerviosa…
Canta José en otra de sus obras. Y después me dice que sí, que él sabe que la imagen del reguetón es un poco turbia, de pistola, pero que él nunca se ha fajado con nadie.
–¿Por qué elegiste el reguetón?
–Porque camina mucho. Por lo menos aquí en Cuba camina, llega rápido a todas partes.
El año pasado, cuando empezó, Butic le metió un par de canciones en el paquete “gratis, porque es hermano de la religión”, y le fue bien, empezó a hacer eventos, a ganar un dinero, pero entonces descubrió que su representante le robaba y lo echó, y su carrera volvió a fojas cero.
–Hay que tener paciencia, mucha paciencia. A veces te pasas días y días sin trabajar, que no te llaman. Pero yo tengo esperanzas de que vamos a salir adelante, yo sé que a la gente le gusta lo que hago. Y eso es lo que yo quiero, que la gente me conozca y me valore, que reconozca mis canciones, que me aplauda.
José tiene claras sus metas: dice que lo primero que hay que buscar es la fama “porque si llega la fama después el dinero viene solo”.
–Y nosotros los cubanos somos conformistas. Como no somos capitalistas, como nunca hemos tenido tanto, uno se conforma con un carro, una casa, unos viajecitos, unas mujeres buenas… Sería un sueño.
–¿Y si no funciona?
–Va a funcionar, va a funcionar, no te preocupes.
Yo no me preocupo pero lo vuelvo a preguntar. José me mira con fastidio.
–Mira, chico, si al final no funciona yo me vuelvo a mi santo y santas pascuas.


La mujer –negra, las carnes desbordadas, pura licra– viene orgullosa por la calle portando dos cartones de 30 huevos cada uno, porque hoy llegaron huevos a mi barrio, y el jolgorio y las colas infinitas. En la puerta de su casa su marido –negro, flaco, pantalón corto, sus chancletas– la espera de muy mala cara, un cigarro en la boca:
–¿Mujer, no hiciste nada de comer?
Ella se calla.
–¿No ves que tengo hambre? ¡Coño, tengo hambre!

Media libra de aceite – Tres libras de azúcar blanca – Una libra de azúcar morena – Cinco libras de arroz – Una libra de frijoles – Un paquete de pasta – Una libra de pollo – Una caja de fósforos – Un cuarto de libra de café mezclado a 50% con chícharo – Diez huevos – Dos libras de papa – Un pan al día.
(Una libra son 453 gramos; estos son los productos que recibe cada mes, contra un total de dos o tres euros, cada cubano con su libreta de abastecimientos. El resto tiene que comprarlo al precio que pueda.)
Pero antes, te dicen, la libreta traía mucho más: había comida en cantidad. Y entonces, te dicen, todos comían y tenían más o menos lo mismo –salvo, quizá, algunos jefes escondidos. Pero la población en general estaba acostumbrada a esa igualdad. Un hombre me cuenta que cuando era chico sus parientes de Miami a veces le mandaban algo de ropa y le daba vergüenza:
–Todos los chicos teníamos la misma ropa, las mismas zapatillas. Yo no quería ponerme eso que me mandaban, yo con eso era el friki, el diferente, no quería. Todo era más sencillo, más sano…

Alguien alguna vez instalará una instalación: una góndola medio vacía, ocho o diez productos de colores tristes repetidos hasta lo indecible, que llamará “Socialismo real” o “¿Socialismo?” y alguien dirá que ya es hora de cambiarle el nombre. Que cuando algo fracasó en el 98,6 % de los casos es mejor barajar y dar de nuevo. O sea: buscar nuevas ideas, nuevos nombres para la noble intención de construir sociedades que no resulten tan indignas.

(El mes pasado un amigo actor le pidió que se quedara con su perro una semana, que él tenía un trabajito fuera, y Zulma le dijo que sí. Entonces su amigo le dejó una decena de filetes de hígado para el animal; Zulma tardó dos días en decidirse, al tercero explotó: no podía ser que el perro comiera tanto mejor que ella. Y, además, seguro que no iba a contar nada.
Zulma dice que nunca en su vida había comido tanta carne.)

Así que hay colas: de pronto en cualquier calle aparece una cola porque hay que hacer un trámite o acaba de salir el pan del horno. La diferencia de clase también está en las colas. Están los pringaos habituales, los que tienen que hacer cola para casi todo. Y están los nuevos ricos, los que, ante cualquiera cola, siempre pueden conseguir un empleado que, por una propina, les permita no hacerla.
Esperar. Tania me dice que la vida habanera es una educación de la paciencia. Esperar en la calle a ver si llega, si acaso, algún transporte; esperar en la cola a ver si llega, si acaso, tu momento de comprar o pagar o tramitar o presentarte; esperar, si acaso, que algo llegue.
Esperar, por ejemplo, más de sesenta años.


–¿Tú eres un privilegiado?
–Sí, seguro que sí. Soy un privilegiado porque mi padre es un gran actor, una personalidad, así que me ha hecho conocer a personas que son difíciles de llegar para una persona normal, artistas, dueños de lugares, todo eso.
Adán mide como dos metros de alto, alguno de ancho, pelo y barba levemente hipsters; Adán tiene 22, estudió piano clásico, toca en un grupo pop y no había cumplido 18 cuando se embarcó con su padre en la aventura de convertir una panadería semiderruida de San Isidro, un barrio duro de La Habana, en un centro de arte. Ahora se pasa los días en su Galería Gorría; está terminando de poner en marcha el hotel boutique del segundo piso y el bar de la terraza, sus vistas rimbombantes. Pero pretende más: quiere armar en ese barrio portuario un distrito de arte que se pueda caminar, con galerías, teatros, espacios culturales.
–Muchos vecinos son difíciles, la mayor parte no trabaja…
–¿Y qué hacen?
–Nada. No sé, pasa mucho aquí en La Habana Vieja, en Centro Habana, especialmente la gente joven no está trabajando, se dedican a ver lo que les cae por ahí, el turista que le pueden raspar algunos dólares… Inventan, inventan.
Dice Adán, y que intenta que participen de sus iniciativas, que organiza conciertos, festivales, cursos infantiles, murales grafiteros, y que es muy bonito hacer un trabajo comunitario y social, que tiene toda esa parte filosófica.
–Pero además a mí, como cuentapropista, me conviene que la gente de aquí cambie su manera de pensar, deje de ser marginal. Yo quiero traer turismo, que va a ser nuestro mayor ingreso; para que vengan, las calles tienen que estar más limpias, la gente tiene que dejar de botar la basura, no meter bulla, no pelearse por una botella de ron en la esquina, todos esos cambios que necesitamos para que esto funcione.
Me dice, y que La Habana ha envejecido porque muchos jóvenes se fueron, pero que ahora se están yendo menos.
–Ya no es tan fácil irse a Estados Unidos, y además ahora el que trabaja aquí en un bar gana lo mismo que en Miami. Un primo mío que está de bartender saca 800, 900 dólares al mes, que con eso aquí vives espectacular porque no tienes que pagar renta, no tienes que pagar nada, puedes vivir bien. Y ahora además puedes viajar, no como antes, que ahora a mí me parece una cosa loca, que no podías salir, para salir de Cuba tenías que pedir un permiso especial.

–La Habana es un lugar maravilloso, pero también te asfixia. Si puedes tienes que irte, coger aire, para volver mejor.
Tania tiene como 50 años, una sonrisa ancha, mucha prisa porque está por tomarse un avión. Tania es una artista de fama global, que ha expuesto en la Tate Gallery, la Bienal de Venecia, Documenta y tantas más, pero ahora en su ciudad no puede. Es famosa, también, por sus críticas a la inmovilidad y a ciertos cambios. Tania vive en una casa de La Habana Vieja y me dice que la mayoría de sus vecinos ya son extranjeros, europeos, una china.
–Ya están volviendo las cosas malas del capitalismo, el clasismo, el racismo. Yo conozco personas que sus hijos no se mezclan con personas de otras clases. Tienen un mundo construido donde van a tomarse un helado en dólares, a los restauranes, a las fiestas. Ya empezaron a existir varios mundos…
Ya existen; también en eso –sobre todo en eso– La Habana empieza a ser una ciudad como las otras.

Pero no del todo: ninguna lo es del todo.

Y la manera en que el viejo del piano de ese hotel se recuesta sobre el piano después de cada pieza, agotado, acabado, y se acaricia la cabeza. Y la manera en que esa madre gorda negra le pega a su nena de seis o siete años y le grita que corra más despacio, que no se vaya a lastimar. Y la manera en que dos hombres flacos recogen los escombros de una pared caída, con tanta parsimonia, tanta calma, como si cada piedra fuera un mundo. Y la manera en que esa cuarentona con uñas como fuegos y pelos como llamas y piernas como piernas en su falda tan corta camina con la cabeza gacha, como quien vuelve de allí mismo. Y la manera en que esos dos muchachos con ropas de colegio se amenazan que se van a pegar y no se pegan y se insultan pero con cuidado porque saben que no vale la pena. Y la manera en que ese negro flaco, ropa pobre, gorra descolorida, baila solo en la calle frente a la ventana de uno de esos cafés con orquesta, puro goce. Y el gato que se detiene y que lo mira, y el policía que no quiere mirarlo, y el chico rubio que lo mira y se ríe. Y el olor de basuras y de aguas y las voces de tantos y los ruidos y sones y la pereza y todo el tiempo por detrás, y alguno por delante.

La Habana Vieja; llueve pero poco.

La Junta no puso por escrito el informe sobre la propiedad de la Mezquita

La Junta de Andalucía, con Susana Díaz al frente, nunca llegó a poner por escrito el informe sobre la titularidad de la Mezquita-Catedral de Córdoba a pesar de que el dictamen ocupó páginas y páginas de declaraciones públicas de responsables políticos de aquella etapa. Sencillamente, es un documento que nunca existió dado que su contenido se había avanzado tan improcedente para los intereses del Gobierno andaluz de la época que se optó por no elevarlo a oficial para no quedase rastro del mismo en los archivos y nadie pudiese reclamarlo legalmente por las vías establecidas en la normativa para entregar los documentos.

La historia de este documento fantasma es larga. El 21 de febrero de 2014, la entonces delegada del Gobierno de la Junta en Córdoba, la actual alcaldesa, Isabel Ambrosio, anunció que el Ejecutivo andaluz había optado por pedir un dictamen legal de sus servicios jurídicos con el objetivo de saber qué posibilidades tenía de establecer una reclamación de titularidad y/o gestión sobre el principal monumento de Córdoba.

Ante el empuje de la plataforma que reclama la propiedad pública del principal templo de la diócesis, la respuesta de la Junta fue la de anunciar que encargaba una consulta a sus servicios jurídicos con un objetivo muy concreto: saber de quién era propiedad la Mezquita de Córdoba. «Si le compete a la Junta de Andalucía, hará todo lo que tenga que hacer», dijo Isabel Ambrosio. De esa fecha en adelante, fueron varios los altos cargos de la Administración autonómica los que hicieron referencia a ese dictamen. ABC pidió en dos ocasiones tener acceso al contenido del documento, dada su supuesta trascendencia.

La primera, a principios de 2015, ante la Delegación del Gobierno que respondió que la solicitud había sido girada a los servicios centrales pero éstos nunca respondieron. La segunda vez, en noviembre de ese mismo año, por medio de los cauces legales pero ante los servicios centrales de la Junta. Esa vez sí hubo respuesta de la viceconsejera de Presidencia, Felicidad Montero, quien denegó directamente el acceso al mismo a pesar de que no afectaba a cuestiones sensibles como la seguridad del Estado o los supuestos en los que las administraciones pueden vetar el acceso a determinados documentos públicos. La respuesta afirmaba que era «una nota interna preparatoria».

El 18 de enero de este año, con el popular Juanma Moreno ostentando la Presidencia de la Junta. Este periódico volvió a pedir por tercera vez la documentación. Los nuevos responsables públicos de la Junta han buscado durante semanas el famoso dictamen sobre la Mezquita-Catedral. La respuesta oficial es que ese documento no existe porque nunca ha formado parte de expediente alguno y no consta en los archivos oficiales ni siquiera como nota preparatoria.

El relato de hechos que realizan fuentes de la Junta es el siguiente. Efectivamente, había un interés por realizarlo porque se llegaron a realizar consultas orales a los letrados de la Administración que, en condiciones normales, hubieran escrito el informe. La respuesta al cuerpo político de la Junta fue que no había ninguna posibilidad de sostener con argumentos legales otra cosa que la propiedad eclesiástica del monumento. En ese momento, el Gobierno del PSOE optó por abortar el dictamen.

 

Los partidos terminan la campaña electoral con la vista puesta en los indecisos

La campaña electoral ha terminado este viernes, dos días antes de que miles de aragoneses acudan a las urnas para elegir a los representantes de las tres provincias en el Congreso de los Diputados y Senado. Los partidos han apurado las últimas horas realizando sus últimos encuentros públicos con la ciudadanía antes del cierre definitivo de campaña.

Tras quince días recorríendose la Comunidad Autónoma de arriba a abajo, en sus últimos mensajes los candidatos han apelado al momento histórico que vive el país y la importancia de ejercer el derecho al voto el próximo domingo para acabar con las incertidumbres que por las que pasa España. Por ello, todos miran hacia los indecisos, ya que, según las últimas encuentas publicadas, ronda el 40% de los electores.

El Partido Popular ha cerrado este viernes dos intensas semanas de campaña electoral haciendo un llamamiento a lo que considera el «voto útil» para investir presidente a Pablo Casado. Para su candidato por Zaragoza, Eloy Suárez, es «el mejor candidato, con el mejor equipo y el mejor programa» porque está en juego «recuperar la dignidad del país». Para el número uno popular, en estos comicios está en juego «no volver a ver escenas donde esta nación se rendía ante el independentismo».

«Hemos hecho una campaña propositiva, explicando lo que hemos hecho en el Gobierno de España estos diez meses». Con estas palabras ha definido la número uno del PSOE al Congreso por Zaragoza, Susana Sumelzo, en el último día de campaña electoral, las últimas dos semanas. Asegura que los socialistas han huido de «la política basura que abominamos», la cual cree que han ejercido otros partidos. En concreto, se ha referido a Ciudadanos, quienes «han pasado toda la campaña diciendo que su objetivo es echar a Sánchez de la Moncloa».

Unidas Podemos llega a la recta final de la campaña electoral con un claro mensaje: la esperanza es la baza con la que el electorado ha de jugar el próximo domingo. Así lo ha declarado en el acto de clausura de la campaña electoral el cabeza de lista al Congreso por Zaragoza, Pablo Echenique, pidiéndole a la gente que el sobre a depositar en las urnas contenga un combinado de “corazón, cabeza, y memoria”. Pero, sobre todo, ha dicho, “llenarlas de esperanza”, confiado en dar «un sorpresón».

El candidato de Cs al Congreso de los Diputados por Zaragoza, Rodrigo Gómez, ha hecho balance de una campaña que ha calificado como «apasionante». Asegura que tanto él como su equipo están «muy contentos» porque considera que «se han hecho muy bien las cosas y hemos conseguido transmitir nuestro mensaje, nuestras ideas y nuestro proyecto regenerador y reformista». Y sobre todo, ha resaltado, en esta campaña «hemos conseguido transmitir los valores de igualdad y libertad que defiende Ciudadanos».

El presidente provincial de Vox en Zaragoza, Santiago Morón, ha asegurado que «hay confianza en que el partido logre representación», detallando que «sería bueno lograr un diputado», aunque desde la formación «se espera incluso alcanzar la brillante cifra de dos».

La Guardia Civil de Aragón organiza un concierto benéfico con motivo del 175 aniversario de su fundación

La Octava Zona de la Guardia Civil de Aragón ha organizado un concierto de música benéfico, enmarcado en los actos conmemorativos que se celebran este año con motivo del 175 aniversario de su fundación.

La Unidad de Música de la Academia General Militar ofrecerá el lunes, 13 de mayo, a las 19.30, un concierto benéfico en la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, ha informado la Benemérita en una nota de prensa.

Dicho concierto, organizado por la Guardia Civil y patrocinado por el Grupo San Valero y las cinco entidades que lo componen –Centro San Valero, Fundación Dominicana San Valero, Formación CPA Salduie, SEAS Estudios Superiores Abiertos y Universidad de San Jorge– tiene un fin benéfico cuya recaudación irá destinada a la Asociación Española de Militares con Discapacidad.

Todo aquel que desee asistir a este evento puede adquirir las entradas y fila 0 a través de los cajeros de Ibercaja y Taquillas del Auditorio, cuyo precio máximo es de diez euros.

Nadal alcanza la semifinal tras otro partido sufrido ante Struff

Con un passing magistral, Rafael Nadal llevó el puño al cielo barcelonés. Superada otra ronda, el balear ya está en semifinales del Conde de Godó. Aunque Jan-Lennard Struff le plantó cara para obligarlo a seguir buscando sus mejores golpes. Por el momento, le sirvieron para ganar al alemán, con altibajos, desaprovechando un 4-1 a favor en el primer set. Pero sabe que tiene que subir el nivel ahora que llegan las rondas finales.

Persigue Rafael Nadal ese nivel que le otorgue confianza plena para el final de la temporada de tierra batida. Va por el buen camino, aunque el día a día sea duro y mucho más complicado que otros años. No obstante, ya está en las semifinales del Conde de Godó, y cada victoria es un paso más hacia sí mismo.

Ayer, ante Jan Lennard-Struff, el balear subió varios enteros, aunque sigue sin desprender esa superioridad que le ha acompañado durante toda su carrera en tierra batida. Aceleró en el pulso con el alemán a pesar de sufrir algún que otro altibajo contra un rival incómodo, con un tenis difícil de entender y con el que no era sencillo encontrar buen ritmo.

Al número 2 del mundo se le vio algo más fresco que en rondas anteriores, más convencido de que está en el proceso de encontrarse para pelear por todos los títulos. Enseguida encontró las debilidades del alemán, nervioso en los primeros instantes y con demasiados huecos en su estrategia de subir a la red golpe sí golpe también. Todavía con margen para mejorar su contundencia con la derecha, el de Manacor hurgó en la temblorosa mano del rival y enseguida se puso con ventaja.

Pero que a Nadal aún le queda para ser ese Nadal que saca lustre a la tierra batida se notó a partir de ahí. Un bajón de confianza y un repunte de la agresividad del alemán lo hicieron desaprovechar un 4-1 y lo obligaron a sacar su lado más trabajador para llevarse el set.

Struff continuó apostando por la velocidad en el golpeo, pero en la segunda manga Nadal mantuvo siempre la situación más controlada, más seguro incluso en las veces en las que su servicio le jugaba malas pasadas y tenía que revertir situaciones de peligro. El marcador se mantuvo igualado hasta que la mayor experiencia del español acabó por desequilibrar las esperanzas del alemán. Al resto, con un passing shot marca de la casa con el que sacó la rabia acumulada, el balear atrapó la semifinal. Queda todavía para ver a ese Nadal extraordinario en tierra, pero está en proceso. Hoy (16.00 horas, Teledeporte), toca Dominic Thiem o Guido Pella. Prueba de nivel.

 

Pedro Sánchez: “Hay un riesgo real de que sume la derecha con la extrema derecha”

Pedro Sánchez (nacido en Madrid hace 47 años) camina lanzado hacia su primera victoria electoral después de dos durísimas derrotas, una destitución al frente de su partido, un regreso triunfal en sus segundas primarias y una moción de censura exitosa. El presidente se prepara para gobernar con Podemos y otros aliados pero no lo da ni mucho menos por hecho y trata de movilizar para evitar que la derecha dé el vuelco y sume como en Andalucía.

Pregunta. Decenas de miles de jóvenes se manifiestan en toda Europa y en España porque creen que sus políticos no hacen frente a un problema gravísimo que es el cambio climático. ¿Por qué no se habla de temas como este en la campaña electoral ni en los debates?

Respuesta. Suele ser un debate que no entra dentro de las prioridades de la conversación mediática. Pero este Gobierno ha sentado las bases para esa transición ecológica de la economía. Hemos aprobado un plan nacional integrado de energía que ha situado en el año 2050 que nuestra economía sea neutra en carbón. En el año 2030 vamos a tener en torno a un 47% de utilización de energías limpias, frente al 17% que tenemos ahora.

P. ¿Cree que los debates fueron espectáculos edificantes?

R. Yo creo que todo debate es positivo porque das a conocer tu proyecto político. Es evidente que la derecha está viviendo unas primarias. Hay una batalla campal para a ver quién compite por la medalla de plata, por el segundo puesto. Pero también hay un riesgo real. Nadie daba que Trump iba a ser presidente de EE UU y lo ha conseguido. Nadie pensaba que Bolsonaro pudiera ser presidente de Brasil. Nadie pensaba que en Andalucía iba a gobernar la derecha con la ultraderecha y lo está haciendo. Tenemos un riesgo real, que sume la derecha con la ultraderecha y puedan hacer en España lo que están haciendo en Andalucía. El único partido que puede frenar el paso a la derecha y a la ultraderecha es el PSOE.

P. ¿Por qué crece tanto Vox? ¿Puede ser una respuesta a la moción de censura?

R. No. En las conversaciones que yo tuve con Mariano Rajoy cuando era presidente del Gobierno, una de las cosas que más me llamaba la atención es que él ya me hablaba de la ultraderecha en España, de Vox. Esto no lo he dicho nunca. Cuando Rajoy era presidente, Vox ya estaba en el radar de la derecha, en sus estudios demoscópicos. Eso tiene mucho que ver con el fracaso del proyecto político de la derecha en cuanto a la regeneración democrática, en cuanto a la lucha contra la desigualdad, que es uno de los principales males que tiene nuestro país. Y también su fracaso en evitar la crispación territorial que se vivió en 2017. La ultraderecha siempre ha existido en nuestro país, fuera o dentro del PP. Es una amenaza real, y es una ultraderecha temible, porque estamos hablando de gente que lleva a franquistas confesos en sus listas, que niega el Holocausto, que piensa que esto de la violencia de género es un camelo, que el cambio climático es algo que no existe y que las autonomías tienen que ser suprimidas. Y resulta que aquellos que se tachan de constitucionalistas a quien le ponen un cordón sanitario es al PSOE.

P. ¿Está utilizando a Vox para movilizar a la izquierda?

R. Es evidente que existe una amenaza real y yo no puedo ocultar algo que me parece que es importante que conozcan los españoles. Con independencia de que en otros momentos, incluso en las próximas elecciones municipales y autonómicas, haya gente que vaya a votar a otros, el próximo 28 de abril nos estamos jugando si gana el bloque de la involución o lo frenamos votando al PSOE.

P. En los debates se le ha visto muy cómodo con Pablo Iglesias.

R. Yo con el señor Iglesias y con Unidas Podemos solamente puedo tener palabras de gratitud. Hay una lección de estos diez meses y es que la izquierda puede entenderse cuando quiere y hacer cosas buenas por la mayoría social de este país. Esa es la enorme oportunidad que tenemos a partir del próximo 28 de abril: dar respuestas desde la izquierda a los nuevos desafíos de la España del siglo XXI.

P. ¿Y Ciudadanos?

R. Hay una enorme decepción. Ciudadanos ha abrazado a la ultraderecha y ha empezado su declive como proyecto político.

P. ¿Qué le pasa con Albert Rivera? ¿Es personal? En los debates parece que hay más que política.

R. No, en absoluto.

P. Estuvieron a punto de hacer un Gobierno y ahora todo el mundo da por imposible…

R. Es muy decepcionante. Rivera apareció como un líder político que venía a regenerar la vida democrática de este país y acabó votando en contra de la moción de censura. El señor Rivera dice ‘hay que echar a Sánchez, es una emergencia nacional’. Pero también pone un cordón sanitario en la Comunidad Valenciana o en Madrid. ¿Ángel Gabilondo también es un peligro público?

P. Si la opción es acuerdo PSOE-Ciudadanos o repetir las elecciones, ¿cambiaría de opinión Rivera?

R. El lunes será el lunes, pero antes está el 28 de abril. Si el bloque de la involución triunfa, aquí habrá más desigualdad, volverá la corrupción, porque el PP no se ha regenerado, y se enquistará la crispación política y la confrontación territorial. Este país necesita un horizonte de concordia nacional en torno a estos desafíos, el de la transición ecológica, el de la desigualdad, el del empleo digno, el de la protección de los autónomos, el de una contribución positiva de España al proyecto europeo, que está debilitado.

P. ¿Qué le dice Macron sobre Ciudadanos?

R. Es evidente que yo tengo buena relación con el presidente de la República Francesa. No puedo desvelar mis conversaciones privadas con los líderes europeos. Lo que sí le puedo garantizar es que en la familia liberal europea hay auténtico estupor con la actitud de Rivera, no lo comprenden.

P. ¿Hay preocupación en los líderes europeos porque exista una fuerza antieuropea potente dentro del Parlamento Europeo?

R. Sin duda. Los enemigos de Europa no solamente están fuera. Están dentro. Hay un movimiento reaccionario. Uno de los datos que más me ha llamado la atención es que, según una encuesta que leí hace pocos días, España es el segundo país del mundo donde se es más pesimista respecto al futuro de nuestros hijos. Ese caldo de cultivo, ese miedo al futuro, es precisamente lo que alimenta la reacción. Tenemos que luchar todos juntos contra ella.

P. ¿Por qué se niega a una coalición con Podemos? ¿Por qué hay tanta resistencia en España a las coaliciones que es lo más normal en Europa?

R. No me he negado nunca.

P. Bueno, ha dicho que quiere gobernar en solitario. Podemos quiere una coalición.

R. Los españoles han podido ver que en estos diez meses nosotros con 84 diputados hemos puesto en marcha el pacto de Estado contra la violencia de género, hemos regularizado más de 240.000 empleos que eran precarios y ahora mismo son contratos indefinidos, hemos recuperado el subsidio al desempleo para los parados de más de 52 años, hemos recuperado la cotización a la Seguridad Social de las mujeres cuidadoras de los dependientes, hemos revertido los recortes educativos…

P. ¿Pero si Podemos le pide entrar en el Gobierno, es un problema para usted?

R. ¿Para mí? Vamos a ver. ¿Cómo va a ser un problema para mí gobernar?

P. Que entre en el Gobierno Podemos.

R. No es ningún problema. La extraordinaria noticia el próximo domingo sería que España continúa avanzando. Yo no tengo un sentido patrimonialista ni tampoco monopolístico del poder. Pero, insisto, es que el problema no es ese, el desafío que tiene España no es el 29 de abril, es el 28 de abril. Por eso le decía a Iglesias, vamos a hablar de que se movilice toda la ciudadanía progresista.

P. ¿Es inviable gobernar con los independentistas?

R. No son de fiar. Ellos saben que la independencia no es posible. Los líderes independentistas están metidos en su laberinto, cuando salgan ahí estaremos esperando para poder encontrar un espacio de diálogo dentro de la Constitución que sirva para resolver un conflicto de convivencia. Es un laberinto que han creado a base de mentiras. No podemos hacer descansar el futuro y la estabilidad de nuestro país en líderes que han demostrado todo menos coherencia.

P. Pero si ellos no son de fiar y con Ciudadanos ya nos ha explicado la situación tan difícil, si con Podemos no le da, ¿con quién va a gobernar?

R. Eso será el 29 de abril. Lo más importante es que el 28 este país siga mirando al futuro.

P. ¿Es posible un diálogo en Cataluña sin Ciudadanos?

R. No, pero por eso es importante que también ellos sientan el reproche de la ciudadanía catalana y de la ciudadanía española, que les digan por ahí no, no podemos continuar con la confrontación y la crispación territorial.

P. ¿Convocará usted, si es presidente, una mesa para la reforma del Estatuto e invitará a Ciudadanos y al PP a participar en ella?

R. El único partido ahora mismo que está defendiendo el Estado de las autonomías es el PSOE. Ciudadanos, el PP y la ultraderecha quieren recentralizar competencias. El independentismo y, desgraciadamente, también Unidas Podemos defienden un referéndum de autodeterminación en Cataluña, que me parece una enorme equivocación, porque lo que hace es fracturar aún más la convivencia.

P. Hay muchos datos que indican que hay una desaceleración importante. ¿Le puede tocar a España una crisis con una inestabilidad política fuerte?

R. Por eso necesitamos estabilidad, una mayoría parlamentaria, un Gobierno que dependa de sus propias fuerzas. Tenemos que hacer una modernización de nuestra estructura económica. Tenemos pilares muy importantes, la construcción o el sector turístico, pero necesitamos abordar la transición ecológica de nuestra economía, apostar de nuevo por la ciencia, la innovación, también por la industria cultural, necesitamos seguir siendo competitivos en la agroindustria.

P. El peligro más fuerte que tiene España son los atentados del ISIS y no se ha hablado nada sobre esto en la campaña electoral. Tampoco de la posición de España en los problemas de América Latina, empezando por Venezuela.

R. El Estado Islámico ha sido derrotado. Hay algunas incertidumbres, sobre todo después del anuncio de EE UU de una retirada de tropas de Siria, pero también creo que lo mejor es que se actúe mucho y se hable poco y desde luego preservemos la unidad de todos los demócratas contra este desafío. Y con Venezuela cuando hablamos es simplemente para que la derecha tire los trastos a la izquierda y diga que no somos demócratas. Pero España está liderando la respuesta internacional en Venezuela.

P. Usted habla de acercarse a la media europea de presión fiscal. ¿En cuánto tiempo? ¿En cuatro años?

R. Ahora mismo los ingresos públicos en España representan un 39% del PIB, la media europea me parece que está en torno al 48% [en realidad es el 46%]. Nosotros vamos a caminar para que España en cuatro años esté por encima del 40%. Si defendemos que haya justicia social tiene que haber justicia fiscal.

P. ¿Qué compromisos puede hacer en cuanto a la reducción de la pobreza infantil?

R. En siete años de Gobierno del PP, España ha escalado a la tercera posición de Europa en pobreza infantil. 2.360.000 niños y niñas sufren o están en riesgo de sufrir pobreza infantil. Nosotros hemos hecho varias cosas, como elevar la prestación por hijo a cargo para las familias con menos recursos económicos. Eso significa que salgan de la pobreza 80.000 niños. Mi compromiso es erradicar la pobreza infantil en cuatro años. ¿Cuál es la principal de las medidas en este sentido? Es el ingreso mínimo vital.

P. Usted en las primarias prometió derogar la reforma laboral y denunciar el concordato con la Iglesia. ¿Por qué ha suavizado todas esas posiciones en el Gobierno? ¿Se ha moderado?

R. No, tienes más experiencia y entiendes también que se pueden formular de otras maneras los mismos objetivos. Cuando nosotros hablamos de aprobar una ley de libertad religiosa estamos hablando de que no hace falta tener acuerdos con terceros países. Por tanto de facto estamos hablando de denunciar esos acuerdos. Cuando hablamos de aprobar un nuevo Estatuto de los Trabajadores es poner rumbo al futuro, no hablemos de derogar la reforma de 2012 y, por qué no, la de 2011. Tenemos también que aprobar una modificación del RETA, del Régimen Especial de los Trabajadores Autónomos, para que se cotice por los ingresos reales que tengan los trabajadores autónomos…

P. ¿Por qué está tan seguro de que ya no hay cloacas en Interior?

R. Porque la decisión política desapareció. Había una minoría muy minoritaria de policías corruptos que fueron utilizados por los que tomaron esa decisión política. Hasta que no haya sentencia en firme no podemos actuar contra funcionarios, pero desde el punto de vista político yo sí que le puedo garantizar que las cloacas del Estado se fueron por el desagüe de la moción de censura.

EL PAÍS concluye hoy su serie de entrevistas electorales. Tanto Pablo Casado, candidato del PP, como Santiago Abascal, de Vox, han rechazado participar.

El sector hotelero amenaza con impugnar los pliegos de los viajes del Imserso

Tras la presentación de los los pliegos del programa de viajes del Imserso para los próximos cuatro años, la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos (Cehat) se plantea la posibilidad de impugnarlos debido a que son «absolutamente incompatibles con el producto de calidad que estamos obligados a ofrecer, no corresponden con ninguna política que favorezca la cualificación del empleo y la mejora de las condiciones laborales y no contempla la devolución de lo que el sector hotelero aporta a las arcas públicas«.

El documento afectaría el principal objetivo del programa de vacaciones de mayores que es proporcionar ocupación a miles de trabajadores que se encontrarían en el desempleo al finalizar la temporada turística»según un comunicado de la Cehat.

A este planteamiento se suma la Asociación Empresarial Hotelera de Benidorm y la Costa Blanca (HOSBEC) que ha manifestado que los «argumentos y estudios» presentados en las reuniones «han sido obviados» por los redactores de los pliegos.

Además, afirma que se «vuelve a primarse la oferta hotelera de cuatro estrellas» y que «se incluyen más servicios a cargo del establecimiento hotelero», así obligando a los establecimientos a mantener una ratio de un empleado por cada 7,5 estancias y que «todos los menús deberán contar con una adecuada variedad y calidad de alimentos».

El problema principal

Los hoteleros comentan que problema de los pliegos reside en el diseño del plan económico, debido a que el precio por persona debería situarse en los 25 euros por persona y no entre los 22, 1 y 22, 5 euros, que es el precio actual.

Hosbec apunta su convencimiento de que los usuarios finales «tienen la capacidad suficiente» para asumir este aumento de forma progresiva durante los años de vigencia del programa.

La patronal afirma que se ha encontrado con «un pliego demoledor» en el que no se considera «ningún incremento ni de la aportación del usuario ni del Estado, y se permite el lujo de bajar los precios de venta al público en los paquetes, hasta un 12 % en algunos casos».

Temporada baja

El sector hotelero critica la eliminación de la temporada baja: «Ahora todos pagan igual, los que viajen en octubre o mayo o los que viajen en enero», han asegurado las mismas fuentes.

Hosbec considera que los pliegos del programa vacacional «son absolutamente incompatibles con el producto de calidad» que están «obligados a ofrecer y no se corresponden con ninguna política que favorezca la cualificación del empleo y la mejora de las condiciones laborales».

Por estas razones, el sector hotelero manifiesta que el Estado no toma en cuenta las contribuciones que este sector hace a las arcas públicas».

El presidente de Hosbec, Toni Mayor, ha recalcado que «quien de verdad subvenciona el programa de vacaciones sociales de mayores» son los hoteleros, que aportan «más financiación al sostenimiento del programa que el propio Estado».

Por lo que ambas organizaciones piden que se los tome en serio y que la tomadura de pelo tiene un límite.