Madeleine Albright: “Lo que vemos en España con Cataluña ya lo vimos en Yugoslavia”

Cosas de los estadounidenses: el despacho de trabajo de Madeleine Albright en la consultora y gestora de patrimonios que lleva su nombre -y con la que trabaja la ex ministra de Exteriores española Ana Palacio– es más pequeño que el de un jefecillo de tercera en cualquier empresa de España. Por tener, hasta tiene las paredes de cristal. O sea, es más una “pecera” que un “despacho”.

Probablemente, Albright haya rumiado en esa oficina la frustración que se llevó en la noche del 8 de noviembre de 2016 cuando, contra todo pronóstico, Donald Trump ganó la Presidencia. La primera mujer que fue secretaria de Estado de Estados Unidos recuerda que se encontraba en Nueva York, lista para celebrar la victoria de Hillary Clinton, su amiga y, además, esposa de su mentor, Bill Clinton -en cuyo Gabinete ejerció de impulsora de la intervención militar en Kosovo-. “Fue un golpe muy duro. Me quedé estupefacta, en shock. Y aún lo estoy“, confiesa.

En los meses siguientes, Albright empezó a ver de manera cada vez más crítica la política de países como EEUU, Hungría, Polonia, Turquía y Venezuela, hasta el punto de escribir el libro, que ahora publica Paidós en España, ‘Fascismo. Una advertencia’. Es un volumen que “algunos dicen que es alarmista. Bien, es que quiero que sea una señal de alarma“, recalca. Si alguien sabe de los peligros del fascismo es la católica y estadounidense Albright, que nació judía en Checoslovaquia hace 81 años con el nombre de Marie Jana Korbelová, y que perdió más de dos docenas de familiares en los campos de exterminio nazis.

La tesis del libro es que el fascismo no es tanto una ideología como una forma de alcanzar y mantener el poder basada en fomentar las divisiones de la sociedad, y que, para que se dé, requiere tres factores: una fractura social, la debilidad del liderazgo político, y la aquiescencia de las fuerzas conservadoras.

Uno de los ejes del libro es el desprecio de Gobiernos y partidos por el sistema judicial y, en general, por la idea de Estado de Derecho. Para ellos, el líder -o el grupo social al que representa el líder- está por encima de la ley.

 

Depende en cada caso. Trump hace cosas como insultar a un juez que tiene un nombre hispano [Gonzalo Curiel], minusvalorar los aspectos legales de sus acciones y considerarse a sí mismo por encima de la ley. En otros países, como Polonia y Hungría, los Gobiernos están tratando de minar sus sistemas judiciales. Y una de las bases de una democracia es un sistema judicial independiente.
La idea de que las leyes o los acuerdos internacionales están solo para limitar a las sociedades y que éstas deberían empezar de cero se está extendiendo. El mes pasado, Max Boot [que es republicano, pero se opone a Trump] equiparaba en el ‘Washington Post’ lo que está pasando en Cataluña con el Brexit, en el sentido de que se trata de comunidades que creen que deben romper con el resto y seguir por su propia cuenta.
La globalización ha beneficiado a todos los países del mundo, pero también ha creado el problema de la identidad. Todos tenemos nuestra identidad étnica, religiosa, lingüística… Pero, si mi identidad odia o rechaza tu identidad, es un problema. Muchos países en Europa Central y Oriental fueron creados tras la Primera Guerra Mundial sobre la base de la identidad y eso, en algunos casos, lleva a la idea de que esas naciones tienen que tener una población homogénea. Para mí, eso es un error, como estamos viendo ahora en Hungría con Viktor Orban, que quiere que solo voten los que son étnicamente húngaros, vivan donde vivan, y no los inmigrantes o extranjeros que residen en el país. Eso también lleva a la creación de ‘microestados’ étnicamente homogéneos. Es algo que estamos viendo en España, y que ya vimos en la ex Yugoslavia. Es, insisto, un error, porque las sociedades multiétnicas son más estables.
En EEUU muchos culpan también a su partido, el Demócrata, de seguir una política de identidad, en la que cada uno debe votar por lo que es, no por lo que cree. En EEUU, los hombres -y muchas mujeres- blancos, y personas de nivel educativo bajo, votaron por Trump. Las minorías y los blancos con más educación, por Clinton. ¿No son responsables los dos?
No. La diversidad no es un problema para los demócratas, porque vivimos de ella, y somos conscientes de que ésa es la gran fuerza de EEUU. Nosotros no tenemos problemas con que nos voten más hombres. Sí creo, sin embargo, que la manera en que las sociedades se ven a sí mismas ha cambiado mucho en los últimos 20 años. Cuando yo llegué a EEUU [en 1948] este país era un crisol de razas y de culturas. Después, empezó un movimiento hacia la política de identidad con los afroamericanos, y el crisol se transformó en mosaico.
En su libro, usted cita una frase de Hitler, en la que éste alardea de que la clave de su éxito era presentar problemas complejos de una forma muy básica. Eso suena, y mucho, a lo que hacen las redes sociales hoy. ¿Empobrece la tecnología el debate público?
Mucho. La tecnología es como la globalización: tiene cosas buenas, pero también genera problemas. Recuerdo cómo una granjera keniana me contaba cómo había cambiado su vida ahora que no tiene que caminar kilómetros para pagar las facturas porque puede hacerlo con el teléfono. Eso es lo bueno. Lo malo es que la tecnología y las redes sociales han desagregado las voces. La gente vive en su propia cámara de eco, y solo oye lo que quiere oír, lo que confirma sus puntos de vista, y así no se puede hacer uno una idea fiable de lo que está pasando, lo que genera expectativas que no se cumplen, y rompe los partidos políticos. Y yo creo en los partidos políticos, porque, en mi opinión, ayudan a que la gente ponga sus puntos de vista en común y forme coaliciones con otras personas con las que tal vez no esté de acuerdo al 100%, pero sí en lo fundamental. Otro problema es la tiranía de la inmediatez. A mis alumnos [de la Universidad de Georgetown] les digo siempre: “La primera información que recibes siempre es equivocada”.
Usted no menciona a Benjamin ‘Bibi’ Netanyahu en su libro, a pesar de que sus políticas y su retórica encajan en lo que usted define como fascismo: explotar divisiones, cuestionar la Justicia…
En esta cuestión de la evolución de la relación entre los israelíes y los palestinos, en este momento, es exactamente lo que usted está diciendo. Solo puedo decir que no estoy de acuerdo con lo que Netanyahu está haciendo, y con cómo ha capturado la misión de un Estado judío, porque un Estado judío no significa que tengas que eliminar la presencia de otros grupos. Democracia es, sin duda, gobierno de la mayoría y derechos de la minoría. Por eso, el tribalismo de un grupo contra otro impide la democracia. Sin compromiso, no hay democracia.