Es una anomalía arquitectónica. Un búnker de mármol sobre lava, diseñado por Higueras y Manrique
El sol de julio golpea los muros de Teguise con una verticalidad implacable. La piedra volcánica absorbe una luz quirúrgica. Teguise no es un destino. Es un sedimento. En las casonas de tea, el tiempo se estanca. Los adoquines guardan un silencio mineral. La capitalidad se perdió hace siglos. La dignidad señorial persiste, encapsulada en la inercia de una clase media local que observa la deriva con indiferencia técnica. La historia ha dejado de ser un proceso. Ahora es decoración. El aire huele a salitre y a una nostalgia que nadie se atreve a nombrar.
Una anomalía entre la lava
El litoral de Costa Teguise presenta otra realidad. Exclusión operativa. La Mareta es una anomalía arquitectónica. Un búnker de mármol sobre lava, diseñado por Higueras y Manrique. Julio de 2026. La estancia de Pedro Sánchez durante treinta y tres días convierte el entorno en un enclave inaccesible incluso para las autoridades canarias. En La Moncloa no hay debate político. Solo gestión de seguridad. El Estado proyecta presencia mediante patrulleras y perímetros. El poder es esto. Excluir a otros. Convertir la costa en un objeto privado. La residencia se alza como un tótem de hormigón y lujo frente a la inmensidad atlántica.
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La política como intrusión
Juan, pescador de décadas, observa el despliegue desde el muelle. Sus manos, curtidas por la sal, revisan redes secas. «La política es una intrusión física», afirma. El mapa de sus caladeros se ha reducido. Las patrulleras vigilan un territorio expropiado. Juan no siente ira. Siente el hastío biológico del hombre que comprende que el poder no negocia. Solo ocupa. Su vida es una rutina interrumpida por la logística de la alta política, una pequeña catástrofe sin importancia global. Cuando las patrulleras se vayan, el mar seguirá siendo igual de indiferente.
El refugio del votante fiel
Manuel Rodríguez es un jubilado de Las Palmas afincado en Teguise. Compró casa con el dinero ganado en Venezuela en los años de esplendor de Pérez Jiménez. «Ahora hubiera sido imposible», detalla. «Yo conocí a César Manrique, que de izquierdas nada, era de derechas total, pero bueno, el caso es que Sánchez se aloja ahí y la verdad que tenerlo aquí cerca se me antoja curioso, soy votante socialista desde que él llegó al poder, antes me rechinaba el PSOE porque me recordaba a las chapuzas de los Cisneros en Caracas, la verdad que no sé qué encanto tiene Venezuela con el PSOE que tanto daño le ha hecho a Sánchez y al también vecino Rodríguez Zapatero, yendo a la pregunta lo mejor que puede hacer Sánchez es salir de La Mareta sin hacer ruido por la isla, aquí el PSOE tiene mucho apoyo callado».
El peso de la mirada ajena
Sarah ordena catálogos de arte en una terraza a la espera de atender a Vozpópuli. Británica, doce años aquí. Le preocupa que Canarias quiera aplicar una norma que restrinja la residencia de foráneos. Su mirada es la del observador alienado. Para ella, La Mareta es una estructura de control envuelta en prestigio. «La arquitectura es magnífica, pero es fría», dice, bebiendo un café diluido. La estancia presidencial es un ciclo económico estéril. Fallas de agua, inflación inmobiliaria. Todo es ruido de fondo. Joana Ferrer, artesana del cristal, añade: «Me concentro mejor en silencio, si Sánchez viene mejor que esté ahí en La Mareta, nada de ruidos de sirenas y helicópteros sobrevolando, que me pone nerviosa, no termino de crear con ruidos». El silencio es un bien escaso en una isla devorada por la visibilidad excesiva.
El desencanto del artesano
Juan Moreno trabaja la madera. Sánchez le ha comprado artesanía en el mercadillo de Haría. «La seguridad te neutraliza antes y, aunque me gustaría decirle algo sobre el coste de ser autónomos en la isla, no espero nada de La Mareta, que no molesten a la gente, aquí hay mucho extranjero y no saben quién es Sánchez, sus intereses en el baloncesto o los chanchullos de su esposa en La Moncloa. De hecho también vienen mandatarios europeos y hay una especie de pacto de silencio, ni una línea de periódico porque llaman la atención, hablo de gente que se sienta en los mismos foros europeos que Sánchez, quizás debería aprender de eso y ubicarse en un hotel, pero un mes entero puede ser agotador».
La vida entre comitivas
El asfalto de La Mareta es una cinta sintética, obsesivamente limpia. Niega el entorno. En la parada de guaguas de la Villa —punto neurálgico donde los residentes esperan las líneas 7, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 52 o 53—, la seguridad presidencial impone su ritmo estático. Otros años los viajeros, camino a la capital o Famara, ven retrasos cuando paran el tráfico por alguna comitiva. El poder es una fuerza atmosférica. Similar al alisio. Simplemente sucede, como las compras de productos de Hiperdino durante el periodo cercano de Sánchez en La Mareta. Los lanzaroteños se convierten en figurantes. Al isleño le molesta. El tiempo de espera en el bus es una medida exacta de la insignificancia del ciudadano ante el Estado.
El cinismo del arquitecto
Paco Arbelo, arquitecto técnico local, desglosa la infraestructura con cinismo. «Es un activo de representación», explica mientras camina a su estudio para ver fotos aéreas de la urbanización Los Noruegos, donde tiene casa José Luis Rodríguez Zapatero, un artificio urbanístico surgido en el franquismo. «La Mareta existe para reafirmar que el Estado puede sostener el lujo en cualquier latitud, lo mismo que pasa en Los Noruegos». Desconexión estructural. Teguise lucha por su identidad frente al monocultivo turístico. El Estado garantiza que una familia disponga de un palacio. Teatro del vacío. Cimientos de retórica.
El símbolo frente a la realidad
En La Mareta solo prevalece el símbolo. La soledad de la finca no es retiro. Es la soledad técnica del tecnócrata. No hay libros en esas estancias que hablen del futuro. Solo informes y comunicaciones cifradas. «Dicen que Zapatero este año no aparecerá por la tienda de Otilia en Famara, que descubrió gracias a su esposa Sonsoles Espinosa; pero yo creo que sí, aquí en Los Noruegos les esperan», señala a Vozpópuli José Gil, agente inmobiliario. En Los Noruegos el metro cuadrado de suelo está a 5.300 euros. El valor de la tierra no se mide en metros. Se mide en la capacidad de aislarse del ruido humano.
El final del verano
El sol declina. Sombras largas sobre fachadas encaladas. La estancia terminará. La Mareta volverá a su estado de espera. Envuelta en mármol, vigilada por sistemas invisibles. Los vecinos discutirán sobre el precio de la madera, la escasez de agua y la llegada de turistas. Teguise sobrevivirá. No hay trascendencia. Solo una transitoriedad que se agota. La vida sigue. Privada de épica. Centrada en la materia. En la parada de guaguas, alguien mira su reloj. El autobús llega con retraso. La política es un ruido efímero para los lanzaroteños. La piedra es el único testigo real.
El canario, solo ante su destino, observa el horizonte. Sabe que nada cambiará. El eterno retorno del verano solo trae más de lo mismo bajo una luz que no perdona ni al gobernante ni al humilde. La inmensidad del paisaje es el único juez que permanece en silencio, observando cómo los hombres de paso intentan, en vano, dejar una huella sobre la lava endurecida por el tiempo. La isla sigue su curso. Ajena a los palacios. Envuelta en una calma que a veces parece, erróneamente, eterna.












