Probablemente, una de las homilías más contundentes que ha pronunciado durante estos cinco días de viaje, en la que advierte contra el «yo ampuloso» que impide escuchar a Dios y recuerda que solo desde la humildad es posible vivir el amor en la verdad
l viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». Como bien podría resumir esta frase del Evangelio, el Espíritu interpela de forma distinta a cada persona. Pero cuando una idea queda grabada en la memoria de miles de fieles, suele ser porque pone nombre a una realidad que ya llevaban dentro. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en la homilía que León XIV ha pronunciado en el Estadio de Gran Canaria esta tarde. ¿Y cuál ha sido el tema? La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, fiesta que se celebra mañana.
Un tema que cobra especial relevancia en España. Durante su homilía, el Papa recordó la importancia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en nuestro país donde, desde hace más de un siglo, mantiene un vínculo singular con esta advocación. La consagración nacional al Sagrado Corazón constituye uno de los hitos más significativos de la historia religiosa española, cuando el 30 de mayo de 1919, el rey Alfonso XIII leyó la fórmula oficial de consagración en el Cerro de los Ángeles, considerado tradicionalmente el centro geográfico de la Península Ibérica.
En todo caso, las palabras del Pontífice resonaron por su fuerza y capacidad de síntesis. Como quien utiliza un auténtico escalpelo, el Papa señaló uno de las crisis más características de nuestro tiempo: el problema del hombre contemporáneo no es la falta de sentimientos, sino el estruendo de un ego que le impide escuchar el latido de lo real, de los demás y, sobre todo, del amor de Dios por él.

León XIV llega para oficiar una misa en el Estadio de Gran CanariaAFP
El amor como condición de plenitud
León XIV comenzó situando el amor de Dios en una dimensión que rompe los esquemas de como podemos imaginarlo. Recordó que la elección divina no se basa en privilegios o méritos, sino en una gratuidad que es «fuego para el alma, luz para la mente e impulso irresistible para la libertad». Es algo que invade todo el ser y que se convierte en condición de plenitud para la existencia humana. Es el amor que late en sintonía con otros corazones y que no retrocede ni ante la incomprensión ni ante el rechazo.
Por eso subrayó que la respuesta más auténtica al Corazón de Cristo es el amor a los hermanos, lo que llamó el «admirabile commercium» o intercambio maravilloso. No se trata de una transacción, sino de traducir la medida infinita de Dios en la generosidad diaria con el prójimo, especialmente con aquellos que son «incapaces de devolver algo a cambio».
Esta clave del amor se aleja de cualquier forma de paternalismo estéril. El Pontífice aseguró que nuestra caridad no puede ser «mero asistencialismo». El objetivo del Corazón de Cristo es que cada persona recupere la confianza, se levante y logre «su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad». Es una invitación a abrazar al herido para que, como el paralítico del Evangelio, coja su camilla y eche a andar «para una vida libre y digna». Esta visión integral de la persona es lo que León XIV identifica como la «principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad», citando la herencia de Benedicto XVI.

León XIV saluda a la gente al entrar en el Estadio de Gran CanariaAFP
El silencio frente al «yo ampuloso»
La clave de bóveda de la homilía fue, sin duda, la disección de la soberbia intelectual. León XIV advirtió que el Corazón de Jesús es humilde y que, por esa misma razón, sus latidos son imperceptibles para los «doctos y los sapientes». No se refiere el Papa a los que estudian, sino a aquellos que viven en la «presunción de bastarse a sí mismos». Es la ceguera de quien cree que no necesita ni a Dios ni a los demás, una patología que el Pontífice diagnosticó como el mal endémico de una sociedad aturdida.
La expresión más dura y precisa de su discurso fue la denuncia de ese «yo ampuloso, omnipresente y agitado» que anula el silencio necesario para percibir el amor de Dios. Recordó que la riqueza y la autosuficiencia nos vuelven ciegos, llevándonos al error de pensar que la felicidad consiste en «lograr prescindir de los demás». Es una paradoja trágica: en la búsqueda de una autonomía absoluta, el hombre termina en el aislamiento. Por eso la ‘receta’ del Papa es un ejercicio de realismo: «bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana».
La paz nace de la verdad del Corazón
Recuperando el pensamiento de San Agustín, León XIV trazó una ruta circular: «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad». Es una tríada inseparable que define la salud de una sociedad. Si no hay humildad, el amor se corrompe en posesión, y si no hay amor, la paz es solo una tregua armada. El Papa insistió en que solo cuando somos humildes nos conocemos realmente tal como somos, y es en ese conocimiento honesto donde nace la capacidad de perdonarnos y entregarnos.
Al contemplar la imagen tradicional del Sagrado Corazón, con su llama y su corona de espinas, el Pontífice pidió a los fieles que no se queden en una contemplación estática. Nosotros, dijo, somos la «presencia viva del Señor en el mundo». Instó a los fieles a ser «portadores de su misericordia y de su paz». El objetivo final es ambicioso pero necesario: que desde el fuego de ese Corazón humilde, crezca a nuestro alrededor «una nueva humanidad, reconciliada en el amor». Una humanidad que no nazca del poder o la imposición, sino del latido manso de quien se sabe amado por Dios.










