El Bernabéu dicta sentencia tras las elecciones y el Clásico: divorcio con Mbappé y pulso a Florentino

Se esperaba una reacción airada de la afición madridista tras la derrota en el Clásico y la hubo a medias, sobre todo con dos dianas claras

El Santiago Bernabéu es un animal herido. Y la noche de este jueves mostró en él un goteo incesante de desafección, un juicio sumarísimo con sabor a fin de ciclo. La tarde ya avisaba de que no sería una jornada cualquiera. El autobús del equipo, acostumbrado a baños de masas y decibelios de apoyo, fue recibido por un grupo reducido pero ruidoso que cambió los cánticos por el metal de los silbatos. Y la víspera de San Isidro y el escaso botín en juego propiciaron una de las peores entradas del curso, pero los que fueron, fueron a hablar. Y no del 2-0 ante el Real Oviedo, ya descendido matemáticamente a Segunda División. Eso era lo de menos en Chamartín.

La tensión se palpaba en el cemento. No fue una pañolada masiva como algunos apuntaban, pero sí que hubo un ambiente enrarecido, una atmósfera de oficina de juzgado donde cada nombre que escupía la megafonía pasaba por el escáner del socio. El club, precavido, intentó blindar a los suyos: el speaker evitó el tradicional juego de silencios para que la grada completara los apellidos. Se buscaba anestesiar el ruido con música, pero el Bernabéu encontró las grietas.

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Mbappé, en el ojo del huracán

Si hubo un nombre que personificó el divorcio con la grada, ese fue el de Kylian Mbappé. El estadio no le perdona su reciente viaje a Italia en pleno proceso de recuperación, un gesto que el madridismo más purista ha interpretado como una falta de jerarquía y compromiso. Ya en el anuncio de las alineaciones se llevó el primer aviso, pero la verdadera tormenta estalló cuando saltó a calentar en el segundo acto.

Fue una pitada atronadora que se repitió sistemáticamente en cada balón que tocó el galo tras entrar al césped. El idilio que se prometía eterno el día de su presentación se ha transformado en un matrimonio de conveniencia que hoy duerme en habitaciones separadas. Junto a él, Vinícius y Tchouaméni también escucharon música de viento, aunque en menor escala. Al brasileño se le cuestiona el foco; al francés, su reciente y mediático expediente disciplinario tras la refriega interna con Fede Valverde.

Pero el pleito no se quedó en el césped. La sombra de la comparecencia de Florentino Pérez el pasado miércoles sobrevoló la zona noble durante los noventa minutos. El anuncio del anticipo electoral y sus dardos hacia una supuesta «campaña orquestada» -señalando sin citar a Enrique Riquelme– no han terminado de calar en un sector crítico de la afición que ayer decidió alzar la voz.

Apenas se habían cumplido diez minutos de juego cuando la seguridad privada del estadio tuvo que intervenir. Dos pancartas con el lema ‘Florentino, culpable’ y ‘Florentino, vete ya’ aparecieron en diferentes sectores de la grada. La rapidez con la que fueron retiradas por los operarios del club no impidió que el mensaje llegara a su destino. Incluso la realización televisiva captó un momento de tensión en el que el presidente parecía intercambiar palabras con aficionados situados justo debajo del palco.

Fuera, en Marceliano Santa María, el núcleo duro de la animación y los señalados por el club como «ultras» también dejaron su sello, con mensajes directos contra la gestión de la Superliga y la influencia de ejecutivos como Anas Laghrari. En mitad del desierto anímico, solo hubo un oasis de respeto: la ovación cerrada a Santi Cazorla, un gesto de señorío hacia una leyenda que recordó lo que antes era este estadio.