A pesar de sus propios padecimientos físicos, el Siervo de Dios, hermano Columba O’Neill, dedicó su vida a «trabajar con las manos y rezar con todo el corazón»
Un pequeño taller de zapatería en la Universidad de Notre Dame (Indiana, Estados Unidos) no parece el lugar más obvio para un milagro, pero hace un siglo lo fue al convertirse en destino de quienes buscaban la intercesión de un sencillo religioso. Según relata el National Catholic Register, el hermano Columba O’Neill, un humilde religioso de la Congregación de Santa Cruz, volvió a cobrar protagonismo tras el inicio formal de su proceso de canonización en 2022. Conocido en vida como el «Hombre Milagro de Notre Dame», este zapatero de oficio fue el canal de miles de curaciones atribuidas a su intercesión y a su inquebrantable devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Nacido como John O’Neill en Pensilvania en 1848, su propia vida estuvo marcada por la prueba desde el primer momento: sufría de pie zambo, una malformación congénita que le impedía seguir los pasos de su familia en las minas de carbón. Este impedimento lo llevó a aprender el oficio de zapatero, el cual perfeccionó antes de ingresar en la vida religiosa en 1874. Su labor en la universidad no se limitaba a reparar calzado; Columba se convirtió en un apóstol de los «detentes» del Sagrado Corazón, pequeñas insignias de tela que él mismo confeccionaba y repartía a todo aquel que se acercaba a su taller. Se estima que a lo largo de su vida distribuyó cerca de 30.000 medallas del Sagrado Corazón y 10.000 del Inmaculado Corazón de María.
Los favores atribuidos a su intercesión
Los testimonios de su intercesión son numerosos. Uno de los casos más conmovedores es el de Jean Schwartz, una niña de cuatro años cuya pierna había quedado paralizada por la poliomielitis. Tras ser llevada ante el hermano Columba, este simplemente le acarició la cabeza y le aseguró que «la pequeña estaría bien». Al regresar a casa, la pierna de la niña, que los médicos daban por perdida, recuperó su posición normal. Este es solo uno de los 1.400 favores documentados en las cartas que el religioso recibía a diario, respondiendo en ocasiones hasta a cientos de ellas en una sola jornada, a pesar de sus limitadas habilidades de escritura.
El interés por esta figura se revitalizó en 2020 con el descubrimiento fortuito de cajas que contenían unas 10.000 cartas dirigidas a él, muchas de ellas detallando curaciones físicas y espirituales. Monseñor Kevin Rhoades, obispo de Fort Wayne-South Bend, destacó que el hermano Columba no era un hombre de grandes discursos, sino de una fe «infantil» y absoluta.
Rezaba hasta 70 novenas diarias por las intenciones de quienes le escribían y, aunque nunca ‘cobró’ por sus oraciones ni por los miles de «detentes» que repartía gratuitamente, los fieles que buscaban su ayuda enviaban masivamente ofrendas voluntarias en señal de gratitud. Estas donaciones espontáneas, que por el enorme volumen de peticionarios llegaron a sumar el equivalente a entre 5 y 6 millones de dólares actuales, fueron entregadas íntegramente por el religioso a su congregación para sus obras, manteniendo él su estricto voto de pobreza hasta la muerte.
Un zapatero camino de los altares
La apertura formal de su causa de canonización el 24 de junio de 2022 –coincidiendo significativamente con la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús– marcó el inicio de la investigación diocesana que hoy pone bajo el foco de la Iglesia su ejemplar vida de servicio. Tras aceptar la petición de las provincias de la Congregación de Santa Cruz, el obispo Kevin C. Rhoades otorgó oficialmente al religioso el título de Siervo de Dios, rescatando lo que su propio superior definió como el «secreto de su santidad»: una síntesis de humildad, pobreza y una confianza absoluta en Dios.
A la espera de un milagro que valide su beatificación, el legado de este zapatero –que trabajó durante 38 años en los talleres de la universidad– se sostiene sobre una premisa que él mismo repetía: no se atribuía mérito alguno por las curaciones, asegurando que eran fruto de la intercesión al Sagrado Corazón y del Inmaculado Corazón de María.
Es precisamente esa naturalidad la que puso en valor el provincial Kenneth Haders al celebrar la apertura de la causa, viendo en el hermano Columba el ejemplo de una santidad que no necesitó de grandes escenarios, sino que se fraguó en la sencillez de quien supo «trabajar con las manos y rezar con todo el corazón».










