El embrujo de Zidane

Zidane metió en un millonario lío al Real Madrid al poco de llegar como jugador, en 2001. Una anomalía en su historial. Porque nunca dio después dolores de cabeza económicos al club, bastante distanciado de esa guerra de aumentos, celos y reclamaciones constantes que es el día a día entre los futbolistas de élite. Una rara avis, según aseguran desde los despachos del Bernabéu. Renunció en 2006, sin que nadie se lo pidiera, a un año de contrato, al sentir que sus piernas no daban más de sí y en su renovación como entrenador, el pasado verano, su firma estaba puesta antes que la cantidad que pasaría a cobrar (en torno a seis millones de euros limpios). También fue claro con sus superiores desde el primer día: “No quiero problemas con Hacienda, pagaré lo que haya que pagar”. Tras esa petición le derivaron a un prestigioso y caro bufete madrileño, sin que su nombre se haya visto envuelto nunca en los turbios asuntos con el fisco que otras estrellas del fútbol sí han protagonizado.

Pero volvamos a la primera línea, al embrollo donde se metió el club por su culpa… aunque fuera sin querer. Al fichar por los blancos, grandes multinacionales quisieron unirse al panel de patrocinadores del Madrid. Una fue Carrefour, la cadena francesa de supermercados, en plena expansión por entonces en España. Sin embargo, cuando los abogados comenzaron a elaborar el contrato descubrieron que Zidane ya tenía un acuerdo con una pequeña empresa de comercios de su Marsella natal. Al interesarse el club por tan modesto sponsor, sin remuneración aparente, les explicó que era un gesto de agradecimiento por las veces que a sus padres les habían dado facilidades en estas tiendas de barrio para llenar la cesta de la compra, en los humildes comienzos de la familia en Francia.

Continuidad incuestionable

Por todo esto, no hay dudas en el Madrid de que cuando toque romper amarres con el entrenador, el adiós será sencillo en términos económicos. Un escenario que esperan que sea lo más tarde posible, tras comprobar su buena mano con el vestuario. A pesar del enfado en parte de la directiva por la pobre Liga y, sobre todo, por la eliminación en Copa, Zidane tiene su futuro asegurado. Para la final cunde el optimismo gracias a un líder tocado de un halo especial en la Champions, grabado su sello, de una forma u otra, en las cuatro últimas ganadas: en 2002, con su volea; en 2014, como asistente de Ancelotti; y en 2016 y 2017, ya al frente. Salvo sorpresa (es decir, una feísima cornada ante el Liverpool), nadie en el club cuestiona que seguirá incluso cayendo ante los reds.

La clasificación para la final, eliminando a gigantes como el PSG, la Juventus y el Bayern, más los tres títulos conquistados en el primer tramo de la temporada (Supercopa de España y Europa y Mundial de Clubes) aplacan el insaciable apetito de la entidad deportiva más exigente del mundo, donde el último entrenador que estuvo más de tres temporadas fue Del Bosque (1999-2003). Zidane comenzaría el próximo curso su cuarta, igualando con el ex seleccionador y ya sólo por detrás de Miguel Muñoz, el preparador más longevo de la historia del Madrid (1960-1974). El marsellés rompería así la teoría de los tres años que, según el alto mando blanco, suele castigar a los entrenadores en tan delicado puesto. Mourinho fue la última víctima. No llegó a la cuarta campaña.

Algunos indicios hicieron pensar a sus superiores que el tiempo de Zidane podría estar acabando. De hecho, llegaron a sospechar que quizá él mismo decidiría poner punto final a su etapa en junio. Esta idea se esfumó pronto al insistir públicamente el técnico en sus ganas de continuar en el cargo. Ni se ha hartado él ni su mujer quiere mudarse fuera de España, al tener aún dos hijos estudiando en Madrid y jugando en las categorías inferiores. La opinión de Veronique siempre pesó mucho.

Decisión equivocada

En el club no gustó la negativa de Zidane a fichar a un portero (Kepa) en enero ni su gestión de la eliminatoria copera ante el Leganés. Hasta él ha confesado que fue su error más grave. Antepuso su compromiso con los suplentes a la seguridad de una clasificación para semifinales que, en aquel momento, era muy importante para el equipo. Arruinado en la Liga y con el PSG esperando en la Champions, la Copa parecía la vía más directa hacia La Cibeles. Pero la posterior reacción en la máxima competición resultó soberbia, cargada de escenas inolvidables (la chilena de Cristiano) y decisiones del entrenador que, con más o menos sufrimiento, acabaron saliendo bien. Sentó a Bale y a Benzema, se la jugó sin Casemiro… Todo hasta lograr el pase a Kiev. “No seré el mejor estratega, pero tengo pasión y otras cosas”, reivindicó ZZ el pasado martes.

Es cierto que la vuelta de semifinales dejó nervios en el estómago del palco hasta muchas horas después, por culpa en parte de las arriesgadas apuestas del francés, pero el objetivo se consiguió, y el sábado el Madrid jugará su tercera final consecutiva de Champions con Zidane. En el club no creen que haya mejor patrón para tan difícil nave, el vestuario sigue de su lado y la afición del Bernabéu, la que en el último extremo siempre baja el pulgar a los entrenadores, no olvida todo lo logrado desde enero de 2016. Si gana al Liverpool, sería el primer técnico en levantar tres Copas de Europa en la historia del club.