Yo también soy uno de esos socialistas avergonzados a los que Feijóo pidió el voto ayer en un acto electoral. Pero se equivoca el líder del PP, porque no es vergüenza lo que sentimos, sino duelo. La vergüenza la debe sentir quien hizo algo mal, quien haya engañado o haya traicionado al PSOE. Nosotros estamos de luto porque hemos visto cómo se nos quitaba el partido.
Algunos dudan, les pesa no meter la papeleta del puño y la rosa porque su padre ya lo hacía y porque votar socialista era una forma de estar en el mundo. Temen que les puedan decir que no votar al PSOE es una traición a los suyos. No lo es. La traición no es de quien no vote al Partido Socialista el 29N, sino de quien convirtió un gran partido en una herramienta personal.
Los socialistas de toda la vida, que votaron a Felipe, a Rodríguez Zapatero y a Rubalcaba, que defendieron la papeleta socialista con sus compañeros de trabajo, con sus familiares o con sus amigos, los que llegaron a pegar carteles y que siguen creyendo en la libertad y en la igualdad, no se han movido de sitio, el Partido Socialista es el que se ha ido.
Un día pensamos que las elecciones primarias eran mejores porque los afiliados podían decidir directamente a quién querían al frente del partido, pero nunca nos imaginamos que una persona podría usarlas para eliminar el debate en el Comité Federal, para poner y quitar candidatos locales y autonómicos, para imponer personas en las candidaturas.
El PSOE no se rompió de golpe, lo vaciaron poco a poco. El día en que las primarias se convirtieron en un plebiscito al líder, el partido perdió los contrapesos que impedían que se ejerciese el poder de manera autocrática y los ocupantes de un Peugeot se hiciesen con el control total.
Cualquiera que conozca hoy el partido sabe que discrepar se paga con la lista, que la crítica se trata como deslealtad y que los barones callan mientras el Comité Federal aplaude sin hacer preguntas.
Cuando el líder acumuló todo el poder, convirtió al partido en algo irreconocible. Estamos de duelo porque no reconocemos como socialista la ley de amnistía y la reforma del Código Penal negociadas a cambio de votos, ni la normalización de la corrupción, ni cómo se ha gestionado la tragedia de Urda.
Se ha destruido la reputación de la alta velocidad, de Correos y del CIS y se ha llegado a poner en cuestión incluso el CNI con la invasión de Ceuta.
Un socialista puede cometer errores, lo que no debe hacer es mentir. Los errores se pueden llegar a perdonar, pero justificar la mentira es indecente. Por eso, tampoco reconocemos a un partido que manipula los hechos para no perder votos, que señala a un trabajador en el accidente ferroviario antes de conocer las causas o para distraernos de la verdad, o que se esconde detrás de un desahucio para que nadie hable de los cientos que han ocurrido durante su gobierno.
Sánchez apela al miedo. Pide que el voto de izquierda se movilice porque «Feijóo y Abascal son el pasado». Después de ocho años de gobierno, no le queda más argumento que el miedo al adversario. Pero el miedo no es un programa y un socialista no debe dejarse chantajear con él. Una cosa es el voto útil y otra el voto cautivo. Hay que votar por lo que se defiende y no por miedo a lo que venga.
No somos el granero de nadie. Feijóo tendrá que ganarse a sus votantes, nosotros queremos recuperar el PSOE. Cada socialista que sufre el luto votará según su conciencia, se abstendrá, votará en blanco o votará a otro. Estamos liberados de votar al PSOE porque el PSOE no se presenta el 29N. Se presenta Sánchez.
Que nadie confunda la lealtad con la sumisión. Nosotros seguimos siendo socialistas, son otros los que dejaron de serlo hace ya algún tiempo.
El PSOE ha atravesado por crisis semejantes, e incluso peores, en sus casi 150 años de historia y siempre se reconstruyó. Lo hizo desde la oposición, desde el debate y la reflexión y con nuevos dirigentes. El PSOE sobrevivirá a Sánchez, pero solo si Sánchez no sobrevive al 29N.










