La ministra ha emprendido una huida hacia delante con la aprobación de un Estatuto Marco que retrata su fracaso como gestora
Mónica García va a pasar a la historia como la peor ministra de Sanidad de toda la democracia, superando con creces a otros titulares de la cartera que parecían haber hecho méritos suficientes para ello. Las autonomías la desprecian. Los sanitarios están hartos de ella y los pacientes, que a la postre son votantes, no paran de dar la espalda a los partidos ultraizquierdistas a los que se asió para medrar y ocupar su actual cargo en el gabinete de Pedro Sánchez.
IA y salud
El colofón a una gestión lamentable, que ha empeorado las principales cifras sanitarias en el conjunto del país, ha sido la crisis de Ceuta. Obligada por las circunstancias, la todavía máxima responsable de la sanidad española pisó por primera vez la ciudad autónoma y salió escaldada entre el cabreo lógico de los manifestantes, hartos de tanta palabrería vacua y de tanta chulería de un Gobierno que ha hecho clara dejación de funciones y dado sobradas muestras de incompetencia durante la invasión. Sus burdos intentos de negar la mayor, al minimizar el impacto sanitario de dicha invasión espoleada por Marruecos, sus alardes terminológicos para intentar dejar en mal lugar a los dirigentes de la ciudad y su sectarismo ideológico han terminado por retratarla.
Sabedora quizás de este desastre, que no presagia nada bueno para sus aspiraciones a relevar a Isabel Díaz Ayuso al frente de la Comunidad de Madrid, García ha decidido emprender una huida hacia delante con la aprobación de un Estatuto Marco que no quieren ni las autonomías que han de aplicarlo –incluidas las socialistas y las nacionalistas–, ni sus socios de Gobierno, ni la oposición, ni los médicos, un colectivo al que no para de agredir con su verborrea de vendedor de crecepelo. La norma, que no va a ver la luz, retrata su fracaso total como gestora.










