No hay jornada sin tregua. Está secándose con la toalla cuando el timbre del móvil empieza a sonar con la sintonía reservada a las llamadas de contactos especiales
El presidente del Gobierno lleva ya unos días de descanso en La Mareta y el suave ritmo canario empieza a tomar el control de su cuerpo. De su alma también lo tomaría, en caso de tenerla. Su mandíbula ha dejado de considerarse zona tensionada, como habría sucedido en cualquier capital si la ley de vivienda funcionara. No recuerda ya el último día que se puso una corbata, acaso la manera más cómoda de luchar contra el cambio climático. Cada mañana se hace unos largos en la piscina dejando la mente completamente en blanco, técnica que aprendió de Patxi López. Cada tarde prueba un vino nuevo de La Geria: le gusta el malvasía frío y seco, como son sus mensajes de Whatsapp desde que Marruecos le clonó el teléfono. Y cada noche se pone un par de capítulos de alguna de sus series favoritas, todas de intriga política: House of Cards, Baron Noir y Vota Juan.
Pedro Sánchez emerge una mañana más de la piscina gigante dispuesto a no hacer absolutamente nada, siguiendo la tónica de la legislatura desde la ruptura con Junts. La jornada se presenta de lo más prometedora, algo parecido a un ensayo de microteatro para un solo espectador que coincide con el único actor. El sueño de su vida.
Pero no hay jornada sin tregua en la vida de los grandes líderes. Está secándose con la toalla en la que acaba de envolverlo amorosamente un solícito asesor, licenciado en Ciencias Políticas, cuando el timbre del móvil empieza a sonar con la sintonía reservada a las llamadas de contactos especiales. Descuelga, pero no dice nada. Prefiere esperar a que el otro se presente para ganar un segundo de ventaja, calibrando el tono de su voz y ajustando la respuesta propia.
-¿Hola? ¿Pedro? Soy yo.
-¿Quién eres? Perdona, ahora no caigo.
-Y ojalá no caigas nunca, ja, ja, ja. Soy José Luis. Te llamo desde Famara. Estoy aquí, en la isla.
-Ah, José Luis. Cómo estás, hombre. ¿Todo bien?
-Llamaba para darte las gracias nuevamente por el apoyo que me sigues prestando a pesar de las insidias de Julito. Te juro que todo quedará en nada, ya verás.
-Estoy seguro. Te diré que a alguno que tengo cerca le empieza la flaquear la fe. No te gustarían las insinuaciones recientes que me ha hecho Félix. Por su cargo tiene que hablar de vez en cuando con esos jueces franquistas. Pero ya sabes que yo confío en tu inocencia más que en la de Begoña, si me apuras.
-Me conmueve tu lealtad, Pedro. De corazón te lo digo. Como diría Borges, la amistad es un sendero que se bifurca pero siempre termina siendo un espejo. O algo así.
-Bueno, bueno. No nos pongamos solemnes. ¿Todo en orden por tu chalet? ¿Están Sonsoles y las niñas contigo? Lo de niñas es un decir: ya sé que son unas empresarias hechas y derechas.
-Pues de eso quería hablarte. Esta vez he viajado solo. De hecho tuve que ponerme gorra, gafas de sol y unas mallas de running para que nadie me reconociera en el aeropuerto. Y aún así me reconocieron unos fachas que me increparon hasta que crucé el umbral de la sala VIP.
-Te entiendo, José Luis. La extrema derecha campa a sus anchas por todo el país, no solo en Paiporta. Debemos ir con cuidado y no mezclarnos nunca con el pueblo, que ya no es como antes. Ahora está muy maleado por los programas de Iker Jiménez.
-Pero lo que me preocupa no son los insultos: para eso tú y yo tenemos escoltas vitalicios. Me preocupa el juez Calama. Desde que tasó las joyas, mi célebre falta de afán patrimonial ha perdido mucho crédito. Ando buscando una segunda opinión, a ver si algún tasador de confianza me baja el montante. Pero entretanto tengo un problema. Hay una cosilla que no te conté en su momento, Pedro. No quería molestarte más. Pero creo que debes saber que la caja fuerte del despacho de Ferraz no es la única que tengo. Y no es la única que guardaba bagatelas de algún valor…
-Qué se supone que me estás contando, José Luis.
-Pues que aquí, en mi casa de Lanzarote, guardo alguna bisutería de la del rey Abdalá, ya sabes. Bueno, hay también unos lingotitos del Orinoco. Y un taco de los bonos de PDVSA de Delcy... En fin, de algo tiene que vivir uno. La idea de traerlo aquí fue de Gertru. «Hay que diversificar, presidente». Pero en cualquier momento Calama podría ordenar un registro de todas mis propiedades inmobiliarias. Incluyendo este rinconcito isleño que tan feliz hace a Sonsoles… Necesito que me guardes la caja en La Mareta hasta que se calmen las cosas. Ahí seguro que nadie va a rebuscar.
-¿Pero tú te has vuelto loco? ¿Te parece que no tengo ya suficientes problemas judiciales? Olvídate de acercarte por aquí.
-Me apena tu reacción, Pedro. Sobre todo teniendo en cuenta que te exculpé en TVE de toda irregularidad en el rescate de Plus Ultra. Y los dos sabemos cómo se tomó esa decisión…
-¿Me estás chantajeando?
-No perdamos el talante, presidente. Ya sabes que ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho. Tú me guardas esta caja B y yo no le cuento al juez los detalles previos a aquel consejo de ministros. ¿Estamos?
-No me esperaba esto de ti, José Luis. Siempre has sido mi referente…
-Y visto lo visto no puedo decir que hayas sido mal alumno, Pedro. Esta tarde te mando al mensajero. ¡Cuídate mucho!










