El jefe del Estado no ha ido a Ceuta contra su deseo. Los atribulados ceutíes se han visto privados de esta presencia porque el presidente del Gobierno, acaso para no importunar a los arrendatarios del sistema de espionaje Pegasus, no cree que este sea el momento oportuno. Don Felipe ha reaccionado, no obstante, con presteza y ha invitado al presidente de la ciudad autónoma a hablar largamente en Marivent. El Rey, que no quiere guardar silencio, abraza así a Ceuta del único modo en que por ahora puede hacerlo.
Lo ocurrido en Ceuta, invadida de forma irregular y no anunciada por varias decenas de miles de nacionales extranjeros, en su mayoría marroquíes, no solo ha preocupado a don Felipe, sino que lo ha indignado. Es una comprobación, no una deducción. A través de su Casa ha manifestado, de modo claro y sin eufemismos, que siente «gran preocupación» y, además, «indignación». Es palabra fuerte y poco frecuente en este tipo de mensajes. Es, pues, preciso tomar nota de que el Rey experimenta sentimientos muy vivos tras estos sucesos.
La condición objetiva del caso es un aluvión inacabable de personas que ha violado de forma masiva, súbita y desordenada las fronteras españolas que son también límites de un Estado miembro de la Unión Europea.
Don Felipe se ha creído obligado a recordar que «el Estado debe velar por su seguridad» (la de Ceuta) y por evitar que estos hechos se reproduzcan. Es un juicio que, sin rebozos, pone en duda que se haya hecho lo debido. Añádase un especial dolor por la «triste y trágica pérdida de decenas de vidas». Su mensaje implica una especie de mandato moral, una advertencia formal dirigida a quienes tienen la responsabilidad directa de que estos hechos no se repitan.
«Don Felipe se ha visto obligado a recordar que «el Estado debe velar por su seguridad» (la de Ceuta)»
Don Felipe concluye pidiendo a los españoles «el apoyo y cariño» que merecen y esperan los ceutíes y los melillenses, que debe llegarles «de forma unida, clara y determinante».
Difícilmente podrá encontrarse una expresión más neta de compromiso institucional con ambas ciudades, que son parte integrante del territorio nacional de España desde hace largos siglos. Melilla es española desde 1497 y Ceuta (portuguesa desde 1415) es española y por decisión propia desde 1640.
Entonces, ¿por qué no visita el Rey a los ceutíes, que están viviendo una tribulación tan grande y peculiar y es obvio que agradecerían el bálsamo de su presencia? ¿Será, acaso, por falta de valor para arrostrar una situación en la que sin duda habría tensiones y expresiones de dolor y descontento? Como a todos los militares, al Rey el valor se le supone; solo que, en su caso, está ya probado. En fecha trágica y cercana, aún no hace dos años (fue en noviembre de 2024), pudimos verlo en Paiporta, localidad cruelmente maltratada por la dana. Fue con la reina Letizia y en su comitiva descollaba Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. En un ambiente sumamente tenso, fueron recibidos con insultos y agresiones en forma de objetos varios y pellas de barro. Conociendo su forma de ser, hubo de resultarle muy duro soportar lo sufrido por su esposa. Los escoltas le rogaban que abandonase el lugar, sugerencia que fue fulminantemente cumplida por el jefe de Gobierno, pero que el Rey optó por ignorar: decidió permanecer allí, franquear el cordón de seguridad y escuchar en plena calle a los desesperados vecinos. Fue una muestra, nada teatral ni fingida, de serenidad y de coraje. Quien escogió esa actitud en circunstancias tan hostiles mal puede ser acusado de evitar comparecer en Ceuta por miedo.
La respuesta correcta es obvia: el Gobierno de Pedro Sánchez no se lo autoriza. Y don Felipe, que antepone sus deberes constitucionales a cualquier otra consideración, opta por comportarse lealmente con un Gabinete que, a juicio de no pocos, abusa de sus prerrogativas. No faltarán quienes encuentren inverosímil o improbable esta explicación. ¿Cómo es posible que el Gobierno impida al jefe del Estado la visita a una ciudad española que está viviendo en una situación tan amarga? No hay que lucubrar, porque hay antecedentes indiscutibles; y, en uno de ellos, con confesión de parte, pues uno de los ministros de Sánchez, preguntado por un periodista inteligente, confesó que el Gobierno había negado a Felipe VI su aquiescencia para presidir un acto solemne y relevante en Barcelona. No fue poca cosa.
«El Rey concluye pidiendo a los españoles «el apoyo y cariño» que merecen los ceutíes y los melillenses, que debe llegarles «de forma unida, clara y determinante»»
En la España constitucional, la Justicia se imparte en nombre del Rey. Lo previene el artículo 117.1 de la Constitución: «La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial». ¿Por qué en su nombre? Porque el Rey constitucional es la única persona que encarna formalmente al Estado, lo que no implica que pueda interferir de ningún modo. De ahí que el Rey tenga empeño, cada año, en presidir la entrega de nombramientos a los jueces que, tras aprobar su oposición, han concluido el curso de capacitación que imparte, en Barcelona, la Escuela Judicial de España. El acto, de gran solemnidad y relevancia, lo preside el Rey como jefe del Estado, con asistencia de los presidentes del Tribunal Supremo, del Consejo General del Poder Judicial y del ministro de Justicia. El jefe del Estado entrega uno a uno los nombramientos y dirige un mensaje específico a los nuevos jueces. Pues bien: el Gobierno de Sánchez le vedó asistir a la ceremonia el 25 de septiembre de 2020. Y el ministro Campo acabó explicando que ciertas causas «desaconsejaban su asistencia». No tuvo el coraje de aclararlas, pero eran dos: la inminente sentencia del Tribunal Supremo que inhabilitaría al presidente de la Generalidad catalana, Quim Torra, y el tercer aniversario del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017. La cobardía gubernamental se tradujo en un veto a Felipe VI.
El Rey no ha ido a Ceuta contra su deseo. Los atribulados ceutíes se han visto privados por Sánchez de esta presencia, muy deseada, acaso para no importunar a los arrendatarios del sistema de espionaje Pegasus. Don Felipe ha reaccionado, no obstante, con diligencia y buen sentido: ha invitado al presidente de la ciudad autónoma a hablar largamente en su residencia de Marivent. No lo hizo esperar: bajó con presteza y agilidad los nueve escalones de la entrada y dio al presidente Vivas muestras visibles de su afecto. Resultó emotivo: el Rey, que no quiso guardar silencio, abrazaba a Ceuta del único modo en que podía hacerlo. Y ha dicho que acudirá. Cuando pueda hacerlo sin faltar a su deber, naturalmente.










