La región italiana reivindica su importancia histórica y devocional con la puesta en valor de los itinerarios que recorren los hitos fundamentales de los dos santos que forjaron la identidad cristiana del continente
El Lacio no es solo Roma. En sus valles y montañas se custodian las huellas más profundas de dos de las tradiciones que han sostenido la espiritualidad europea a lo largo de los siglos: la franciscana y la benedictina. A través del proyecto «Antichi Cammini d’Italia», se busca ahora resaltar estos itinerarios que permiten al fiel y al viajero cultural reencontrarse con las raíces de la fe en escenarios de una densidad histórica excepcional.
El Valle Santo de Rieti: el lugar de Francisco
El Camino de San Francisco encuentra en suelo lacial su tramo más significativo, especialmente en la Vía del Sur, que une Roma con Asís a lo largo de 300 kilómetros. El punto culminante de este recorrido es el Valle Santo de Rieti, donde la presencia del Poverello de Asís se vuelve tangible en cuatro santuarios clave: Greccio, lugar donde Francisco, en 1223, dio vida al primer belén de la historia; Fonte Colombo, conocido como el «Sinaí franciscano», donde el santo dictó la Regla de la Orden; La Foresta, escenario del milagro de la uva; y Poggio Bustone, donde recibió la revelación del perdón de sus pecados.
Este camino no es solo un trayecto geográfico, sino una inmersión en la humildad y la relación del santo con la comunidad, que culmina con la entrega del Testimonium en la basílica de San Francisco de Asís.
San Benito: el patrón de Europa y el silencio monástico
Por su parte, el Camino de San Benito recorre 300 kilómetros entre Umbría y el Lacio, uniendo los tres lugares fundamentales en la vida del fundador del monacato occidental y patrón de Europa. Es en territorio lacial donde el itinerario despliega su mayor riqueza narrativa a través del valle del Aniene.
El recorrido destaca hitos de una importancia histórica incuestionable: Subiaco, donde se encuentra el Sacro Speco, la gruta en la que Benito vivió como ermitaño durante tres décadas; la Abadía de Santa Escolástica, cuna de la imprenta en Italia, que ya en 1465 acogió la primera prensa del país; y Montecassino, la abadía fundada por Benito hacia el año 529, que se mantiene como el corazón palpitante de la Orden benedictina.
Estos caminos atraviesan un Lacio interior jalonado de abadías, eremitorios y pueblos que, alejados de los grandes flujos turísticos, conservan intacta la esencia de la cristiandad. El proyecto actual contribuye a que estos lugares, donde la espiritualidad marcó el rumbo de la historia europea, sean hoy más accesibles para quienes buscan un el conocimiento de este patrimonio y un contacto especial con el legado de los santos.










