Todos los presidentes han terminado alejándose de la realidad tras varios años de mandato. Sánchez no es una excepción. Acaso lo sufre más
De un tiempo a esta parte, Pedro Sánchez se deja ver más. El presidente del Gobierno se ha subido al tren de las redes sociales. Lleva meses explotándolas como un influencer: música, libros, trabajo… Su vida a golpe de TikTok. Pero sus apariciones son digitales, ideadas y ejecutadas, salvo excepciones, al calor del búnker de la Moncloa, ese palacio que atrapa a quien vive en él de forma prolongada y que, en España, da nombre a un síndrome muy estudiado.
En la literatura psicológica se conoce como síndrome de Hubris. Y describe una transformación progresiva de la personalidad provocada por el poder: quien lo sufre acaba por dejar de escuchar. Primero a su entorno y después a la calle. La percepción se altera: él se empieza a convencer de que su visión es más completa, más sofisticada, más certera que la de cualquiera. Justo en ese momento, la distancia deja de ser política y pasa a ser casi existencial. En ese aislamiento, el poder se vuelve autosuficiente, impermeable… y, a menudo, arrogante.
El neurólogo británico David Owen fue uno de los primeros en describir este patrón tras su paso por la política. Su tesis es que el poder prolongado deforma el juicio. Una idea que comparte el politólogo Víctor Lapuente, que advierte: «No hay que preguntarse si un presidente sufre el síndrome de la Moncloa, sino en qué grado. A lo largo de la historia de la humanidad, de los libros de los profetas al Señor de los Anillos, pasando por todo Shakespeare y los Founding Fathers de EE UU, ese síndrome de Hubris es el problema subyacente fundamental».
Y añade: «Es absolutamente esencial articular mecanismos de control, de pesos y contrapesos, porque hasta la persona mejor intencionada caería en ese síndrome. ¿Existen esos pesos y contrapesos en el PSOE hoy o en el Gobierno? Que cada uno se lo responda».
El síndrome no irrumpe de golpe. Se desliza. Aparece en fases avanzadas del liderazgo y adopta formas reconocibles: aislamiento progresivo, desconfianza hacia el entorno, reducción del círculo de confianza a un núcleo mínimo. La exposición pública se controla al milímetro. Y se instala una sensación de infalibilidad que alimenta la adulación interna. El líder ya no contrasta la realidad: la interpreta desde dentro.
El analista Ignacio Varela introduce un matiz revelador: «Se le diagnosticó a Suárez y, tras él, a todos los demás. No se ha librado ninguno, hasta el punto de que el famoso síndrome pasó a ser un tópico. Nadie sabe precisar en qué consiste salvo una desconexión de la realidad exterior. Pero el hecho es que los presidentes pasan menos tiempo en la Moncloa que la mayoría de nosotros en nuestra casa. Me parece más interesante el ‘‘síndrome del último teléfono’’. Ese sí es jodido. Cuando eres presidente y tu teléfono es el último antes de la decisión da mucho vértigo». Más que el encierro físico, apunta, es la soledad decisoria la que marca el proceso.
Si hay alguien que ha diseccionado este fenómeno es la periodista Pilar Cernuda: «Todos lo han sufrido salvo Calvo-Sotelo. Fue su gran logro. Recuerdo que me lo encontré en un restaurante por las buenas. Se iba al teatro, tenía una vida normal. Rajoy lo tuvo, pero menos acusado. Teníamos acceso a él. Aunque hay que decir que esto no afecta solo a políticos. Lo hace a todo aquel que tenga poder del tipo que sea. Se terminan convirtiendo en personas destructivas, psicóticas. Y cuando el presidente Sánchez deje el poder se va a hundir. Cuando vea que no le cogen el teléfono, porque ya no es él. En su caso va más allá. No solo se ha aislado: ve enemigos por todas partes y está convencido de que tiene tanto poder que no se puede equivocar».
En el caso de Pedro Sánchez, la evolución apunta a un liderazgo más cerrado, más personalista e introspectivo. El punto de inflexión fue su retirada de cinco días para «reflexionar» y de la que está a punto de cumplirse dos años.
Aquella pausa dejó a su partido en suspenso y marcó una forma de gobernar cada vez más concentrada en el núcleo presidencial. La reaparición, medida y sin preguntas, reforzó una idea que ya circulaba en el PSOE: que el poder se ejerce desde Moncloa.
Ese desplazamiento tiene consecuencias orgánicas. El círculo de confianza se ha estrechado al máximo. Figuras que antes articulaban el poder lo han perdido. Las decisiones ya no se cocinan en los Consejos de Ministros ni en Ferraz, sino en un perímetro reducido.
La comunicación se filtra y se cronometra. El Gobierno se ordena en torno a una lógica presidencialista que minimiza la deliberación. Muestra de ello ha sido el último cambio de Gobierno. El ascenso del ministro Carlos Cuerpo no fue meditado con nadie. El presidente lo rumió en la más estricta intimidad. Ni un solo comentario, ni una sola consulta a ni uno solo de sus colegas en el Consejo de Ministros.
Mientras tanto, las federaciones socialistas pierden influencia. Y la calle se ha convertido en un espacio lejano, mediado por dispositivos de seguridad. Desde dentro, sin embargo, la percepción es distinta: todo parece bajo control. Es ahí donde el síndrome despliega su efecto más seductor: la convicción de control.
El patrón no es nuevo. Todos los que han prolongado su estancia allí han mostrado síntomas: Felipe González, en su etapa final; José María Aznar, tras la guerra de Irak; José Luis Rodríguez Zapatero después de los recortes y Mariano Rajoy, en la crisis catalana. La diferencia, apuntan fuentes socialistas, es el grado. Y Sánchez, que está decidido a «culminar la década», tiene a muchos asustados. «Va a lo suyo», zanjan.













