No a la guerra, a ver si pillamos unos cuantos votos

La utilización de la política exterior para hacer campaña electoral es tan irresistible para Sánchez como para Trump

«Nosotros tenemos una confianza absoluta en la fortaleza económica, institucional y también diría moral de nuestro país».

MoralFortaleza moraldice Pedro Sánchez.

El hombre que está cercado por inmoralidades de corrupción política, empezando por la amnistía; de corrupción económica, con un secretario general del partido —Ábalos— acusado de organización criminal, cohecho, tráfico de influencias, malversación y uso de información privilegiada, y otro —Cerdán— de cohecho, organización criminal y tráfico de influencias; el hombre que está rodeado de sospechas familiares poco compatibles con la moral, con una mujer —Begoña Gómez— investigada por posible tráfico de influencias y corrupción, y un hermano, David Sánchez, en el banquillo por posibles delitos de prevaricación administrativa y tráfico de influencias; el hombre cuyo único interés es poder, caiga quien caiga, habla de fortaleza moral.

No a la guerra. Eso es todo lo que tiene que decir el presidente del Gobierno —naturalmente, no en el Parlamento, sino en el búnker de La Moncloa y sin periodistas— ante la peligrosa y complicada situación en la que se encuentra el mundo desde el pasado fin de semana. Esta elaboración profunda y novedosa —tanto como el hacer campaña electoral contra Aznar— va de la mano del enfrentamiento directo con EEUU y del alejamiento de los principales socios europeos, a los que no les gusta en absoluto —y lo dicen— la decisión de los gobiernos —israelí y estadounidense— que han entrado en combate con el régimen de Teherán, pero que son conscientes de quiénes son los amigos y quiénes los enemigos de los sistemas democráticos.

El presidente francés, Emmanuel Macron, da el tono: crítico con Trump y con Netanyahu, sabe sin embargo dónde está su sitio y toma medidas: pone a disposición de los aliados europeos un paraguas nuclear, de acuerdo con Reino Unido y Alemania, no se olvida ni por un momento de la guerra de Ucrania y se ofrece para defender a los países atacados con misiles por Irán. «Un cambio a la altura de nuestros desafíos nacionales y europeos». Todo ha cambiado, nos guste o no: ajustémonos a esos cambios, dice Macron.

Sánchez no cambia. Si el panorama electoral es malo, como se ha visto en las últimas elecciones —generales y regionales—, hay que aplicar las políticas que han dado resultado en otros momentos. La división, los bloques, los banderines de enganche de la radicalidad, puesto que se ha abandonado la centralidad, para la movilización partidaria. No a la guerra. Sí a insultar a los aliados que actúan con «un seguidismo ciego y servil». Sánchez no entiende que la crítica a Trump y Netanyahu es compatible con tener una política exterior seria y responsable, no subordinada a las necesidades de la política interior (otro elemento de contacto entre el populista Trump y el populista Sánchez).

«El gobierno de España está con quienes tiene que estar». Visto lo visto —Irán ha dado las gracias al Gobierno español por negar a EEUU la utilización de las bases militares de uso conjunto de Rota y Morón, y China ha salido en defensa del Gobierno español—, la afirmación de Sánchez es un poco temeraria. El gobierno de España debería estar con los gobiernos de Francia, Reino Unido, Alemania e Italia. Ahí está el interés de España y de los españoles. El interés de Pedro Sánchez es otro.

¿Que el enfrentamiento frontal con EEUU y la consolidación de la imagen de España como un país no fiable tendrán consecuencias? ¿Qué es extremadamente arriesgado para los intereses políticos, económicos, tecnológicos y de seguridad de los españoles tener a EEUU —no a Trump; a EEUU— en contra? ¿Que Washington no va a perdonar nunca el veto de las bases de utilización conjunta, diga lo que diga la letra del Convenio?

Bueno, ya se les pasará, piensa Sánchez. Y mientras tanto, esto del no a la guerra aquí funciona. El electorado que se iba a abstener en las próximas elecciones lo mismo se moviliza, y eso es lo que cuenta. Los problemas derivados de la guerra comercial que Trump declara a los productos españoles —y la crítica expresa en la Casa Blanca del canciller alemán Friedrich Merz, por el incumplimiento español del compromiso de aumento del gasto de defensa— ya los pagarán los que vengan después.

¿Qué son esas minucias comparadas con la gran oportunidad de presentarse a las elecciones con el disfraz de antiTrump y la pancarta del No a la guerra? Si caigo, habrá sido por una causa gloriosa. ¿Y si no caigo? ¿Y si rebaño votos suficientes?

Estamos en las apuestas permanentes. En el interés personal. En la insensatez sin escrúpulos.

Creía Sánchez que estaba hablando este miércoles de Trump, sin nombrarle, y no se daba cuenta de que se miraba al espejode que dibujaba con sus palabras exactamente su conducta: «Es absolutamente inaceptable que aquellos dirigentes que son incapaces de cumplir con ese cometido —mejorar la vida de la gente— usen el humo de la guerra para ocultar su fracaso y llenar de paso los bolsillos de unos pocos, los de siempre».

Muy de acuerdo. Es absolutamente inaceptable.