Citando a san Agustín, recordó que la caridad es lo único que «vence todo» y genera la presencia del Resucitado
en la audiencia general de este miércoles, 4 de marzo, el Papa ha seguido profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, donde en el primer capítulo se describe a la Iglesia como «una realidad compleja».
Se plantea entonces la pregunta de en qué consiste esta complejidad. Lumen gentium afirma que la Iglesia es compleja porque es un organismo bien estructurado, en el que coexisten las dimensiones humana y divina, «sin separación ni confusión».
Sobre la dimensión humana, el Santo Padre recordó que somos una comunidad de hombres y mujeres con virtudes y también con defectos. Sin embargo, aclaró que la naturaleza de la Iglesia no se agota en su organización institucional, pues es «fruto del plan de amor de Dios». Es, por tanto, a través de sus miembros y sus aspectos terrenales limitados como se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora.
Para ilustrar esta paradoja, el Pontífice puso como ejemplo la vida de Jesús, cuya carne y voz manifestaban de modo visible al Dios invisible. León afirmó que «no existe una Iglesia ideal y pura», separada de la realidad de la tierra y de su historia. Por el contrario, la santidad reside en que Cristo habita y se dona en la «fragilidad de sus miembros». Así se comprende el método de Dios, que se hace visible a través de la debilidad de las criaturas y sigue manifestándose y actuando.
Por ello exhortó a los fieles a construir la Iglesia mediante la caridad, la cual «genera constantemente la presencia del Resucitado» entre nosotros. Siguiendo el pensamiento de san Agustín, recordó que la caridad es lo único que lo vence todo en este mundo. Por ello, instó a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» para edificar la comunión.
Al final de la audiencia, exhortó a reconocer a Cristo como la esperanza suprema del hombre. Invitó a los jóvenes a ser valientes testigos del Evangelio, «para influir positivamente en los distintos ámbitos de la vida». A su vez, dedicó unas palabras a los enfermos, a quienes recomendó la virtud de la paciencia, «para que vuestro sufrimiento, unido al de Cristo, sea ofrecido agradablemente al Padre». Y por último, como suele ser tradición, invitó a los recién casados a descubrir el valor de la oración en la «iglesia doméstica que habéis formado».











