La carta del Papa a la Marcha por la Vida nos recuerdan que la dignidad humana no se concede ni por ley, ni por consenso, sino que precede a toda decisión y a todo poder.
Las Marchas por la Vida en EEUU nacieron en 1974, como una respuesta cívica y moral a la legalización del aborto tras la sentencia Roe versus Wade. Desde entonces, se han consolidado como la movilización provida más constante y numerosa del mundo.
Su importancia no reside solo en el número de participantes, sino en haber demostrado, durante décadas, que la defensa de la vida puede expresarse de forma pública, perseverante y pacífica, articulando una conciencia social y una esperanza cultural.
Por esa fidelidad en el tiempo, la Marcha por la Vida estadounidense ha iluminado e inspirado innumerables marchas provida en otros países que han visto en ella un modelo de continuidad y de transmisión intergeneracional.
En este contexto histórico, el mensaje del Papa León XIV para la marcha por la vida de 2026 –recientemente celebrada en Estados Unidos– adquiere un peso singular, y sus palabras no son solo un gesto protocolario o una declaración genérica, sino una afirmación clara y reiterada del magisterio Pontificio.
El Papa envió una carta para esta edición de la Marcha por la Vida en Washington, en la que afirmó que la protección del derecho a la vida es el fundamento indispensable de todos los demás derechos. Y animó a los participantes, especialmente a los jóvenes, a seguir trabajando para que la vida sea respetada en todas sus etapas.
Es oportuno destacar que, muy recientemente, en su discurso anual ante los miembros del cuerpo diplomático acreditados ante la Santa Sede, celebrado este año el 9 de enero de 2026, el Papa León XIV, además de referirse a otras muchas cuestiones de interés internacional, propuso un mensaje nítido sobre la defensa de la vida, insistiendo en que es fundamental que las familias puedan acoger y cuidar la vida no nacida, siendo esto una prioridad, especialmente en países que han experimentado un drástico descenso de la natalidad.
Con ello, recuerda que la vida es un don inestimable que debe ser apreciado, y que la familia es su guardiana y responsable. Ante el auditorio de diplomáticos, rechazó categóricamente cualquier acto que niegue o explote el origen de la vida o su desarrollo, mencionando entre ellos el aborto y la eutanasia. Expresó su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad para acceder al mal llamado «derecho al aborto seguro». Considera deplorable que se destinen recursos públicos a suprimir la vida en lugar de invertirse en apoyar a las madres y a las familias. Y se refirió a la práctica de la gestación subrogada, con la cual se viola la dignidad tanto del niño, reducido a un producto, como de la madre, quién explota su cuerpo y distorsiona profundamente su vocación.
El Papa no dudó en señalar que una sociedad sana y verdaderamente progresista es aquella que protege activamente la vida desde su origen hasta su fin, promoviendo no solo leyes, sino también estructuras sociales y políticas que respalden a las familias. Convocó a los Estados a favorecer el apoyo efectivo a la vida en lugar de financiar el acceso a procedimientos que la suprimen. Su reflexión reclama a la diplomacia internacional una mayor valentía para defender la vida como un bien universal y no negociable.
La voz de León XIV en la defensa de la vida resuena con claridad, destacando que no es una cuestión secundaria, sino el cimiento mismo de la sociedad. Sus palabras nos recuerdan que la dignidad no se concede ni por ley, ni por consenso, sino que precede a toda decisión y a todo poder.
Ojalá las Marchas por la Vida vayan cobrando fuerza y presencia en muchos países, como reflejo de que la sociedad se pone en pie en favor de la vida, una vida siempre digna en la fortaleza y en la debilidad, al inicio, en su transcurso y hacia su fin.
Carmen Sánchez Maíllo es subdirectora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.










