A su regreso del viaje a Turquía y Líbano, el Papa mencionó la posibilidad de una próxima visita a África, con Argelia entre los destinos que se están estudiando, mientras que en el entorno vaticano no se descarta que este viaje pueda preceder a una eventual visita a España
La diplomacia vaticana no da puntada sin hilo, y el posible desembarco de León XIV en Argelia como segundo viaje apostólico —probablemente antes que España—, sería mucho más que una visita pastoral. Para un Papa agustino, que ya manifestó en el vuelo de regreso a Roma su interés por viajar al país magrebí, pisar suelo argelino no supondría solo volver a las raíces de su orden, vinculadas a san Agustín de Hipona, sino también reivindicar la vigencia de una Iglesia que, en palabras de los expertos, se define como una «Iglesia huésped en la casa del otro».
En un reciente encuentro en Roma, Livia Passalacqua, profunda conocedora de la realidad argelina, y François Vayne, autor de Tibhirine vive. El legado de los monjes mártires en Argelia, han desgranado las claves de un país donde el cristianismo no se mide en número de fieles, sino en la profundidad de sus testimonios y en un modelo eclesial singular: el de una Iglesia pequeña, minoritaria y profundamente arraigada en el diálogo. Una Iglesia que, lejos del proselitismo, ha construido su presencia a través de la vida compartida, la amistad y el testimonio silencioso, encarnado en figuras como Charles de Foucauld, los monjes mártires de Tibhirine y obispos como Léon-Étienne Duval y Henri Tessier.
«Creo que hoy la voz de la Iglesia –llegó a decir el entonces cardenal Prevost en una entrevista en la televisión– el testimonio de la Iglesia no como institución, sino como comunión de los fieles, con los mártires, con la presencia y el testimonio de hombres y mujeres que dan su vida tantas veces incluso en situaciones de violencia, de guerra, de conflicto, es una voz que ofrece una gran esperanza al mundo». Unas declaraciones que anticipan por qué Argelia, que se podría definir como una tierra donde el cristianismo es una ‘Iglesia de testigos’, se perfila como un destino clave en la agenda del Papa.
San Agustín: el argelino que une a dos mundos
Esta capacidad de testimonio y entrega que destacó el Papa se refleja también en la figura de san Agustín, cuyo legado en Argelia ha experimentado una transformación notable. Si bien durante décadas se le vio con recelo como un «colaborador del imperio romano» contra los donatistas [un movimiento cristiano cismático que sostenía que solo sacerdotes moralmente irreprochables podían administrar válidamente los sacramentos y que los pecadores no debían formar parte de la Iglesia], hoy el pueblo argelino lo ha adoptado como propio.
Como señala Passalacqua, cuando León XIV se presentó como «hijo de san Agustín», una ola en redes sociales en Argelia respondió con orgullo, ya que hoy es cada vez más reconocido por los argelinos musulmanes como filósofo y pensador, «más allá de su fe cristiana».
La comunidad agustina que hoy custodia la basílica de San Agustín en Annaba —la antigua Hipona— mantiene viva la llamada «amistad agustiniana», considerada el corazón del mensaje cristiano en la región. En esa misma clave se inscribe el saludo «La paz sea con vosotros», convertido en una de las expresiones más recurrentes del Papa León y reflejo de un principio central de la Iglesia en Argelia: el vínculo de la paz que une a las comunidades.
Inspirada en la carta de san Pablo a los Efesios —«soportaos unos a otros con amor y esforzaos por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz»—, la Iglesia ha hecho de este mensaje una guía para la convivencia y el diálogo. Ese «vínculo de paz» (Ribât el-Salâm) es, precisamente, el que una visita de León XIV podría fortalecer hoy.
El legado del cardenal Duval y los mártires de Tibhirine
Como ya se ha señalado, no puede entenderse la relevancia de esta visita sin la tradición de testimonio que ha marcado a la Iglesia en Argelia. Figuras como Charles de Foucauld, los monjes de Tibhirine y obispos como Léon-Étienne Duval y Henri Tessier muestran que el anuncio del Evangelio en este contexto ha pasado menos por el discurso que por la vida compartida, el servicio incondicional y, en algunos casos, el martirio.
En esta misma clave se inscriben las palabras del Papa en su primera bendición Urbi et Orbi, cuando describió la paz de Cristo resucitado como «una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante», evocando de forma implícita la memoria de los mártires de Argelia, asesinados entre 1994 y 1996 y beatificados bajo el pontificado de Francisco. La expresión remite especialmente a la oración del hermano Christian de Chergé, prior del monasterio de Tibhirine —«Señor, desármalos. Y desármanos»—, símbolo de una Iglesia que optó por el diálogo y la fraternidad sin renunciar a la verdad, incluso en medio de la violencia más extrema.
Esta historia no puede separarse de la figura del cardenal Duval, quien obtuvo la nacionalidad argelina en 1965 y fue apodado por el propio pueblo como «Mohammed Duval» por su firme defensa de la justicia y la fraternidad. Duval fue además el gran protector de los monjes de Tibhirine y, ante las amenazas islamistas, cuando Christian de Chergé le pidió consejo, fue tajante: «¡Constancia, padre, constancia!».
Una presencia discreta, pero firme
La Iglesia en Argelia es hoy una comunidad muy pequeña —unos 6.000 católicos en una población de 47 millones de musulmanes— que opera bajo un marco legal estricto que prohíbe el proselitismo. A pesar de ello, ha encontrado fuerza en su capacidad de convivir y ejercer el perdón.
El posible viaje de León XIV subraya este enfoque y lo sitúa como el Papa del equilibrio entre el diálogo, la unidad y la misión evangelizadora. Su carácter reservado, unido a su pertenencia a una Orden de raíces mendicantes, con vocación tanto contemplativa como misionera, no limita esa visión; al contrario, la refuerza.
Esa misma lógica de fe encarnada en la relación con el otro fue expresada con claridad por Christian de Chergé, cuando escribió en una carta antes de morir que «Argelia y el Islam, para mí, son otra cosa; son un cuerpo y un alma…». Sus palabras condensan una espiritualidad nacida de la experiencia y del respeto mutuo, y ayudan a comprender por qué Argelia sigue siendo hoy un lugar clave para interpretar el mensaje de paz que León XIV quiere proponer al mundo.













