Nunca fue partidaria del enfrentamiento. Tampoco de la bronca. En ella eso era compatible con mantener la posición propia, cuando el interés general así lo demandaba
Fátima Báñez ya no está con nosotros. Pero nos deja muchas cosas. Tuve la fortuna de contar con un excelente equipo económico en el gobierno y también en la oposición. Ahí es más difícil. Antes y después de las elecciones de 2011, Fátima, figura señera de ese equipo, estuvo a mi lado. Entró en el gobierno cuando yo lo hice y salió en el momento en que yo dejé de ser presidente.
Escribo porque necesito hacerlo. También porque quiero que me lea. Era competente y muy capaz. A ella le debemos dos de las grandes reformas que pusimos en marcha en 2012: la reforma laboral y la de las pensiones. Junto con otras decisiones que adoptamos entonces, ambas fueron decisivas para recuperar la economía quebrada que heredamos del gobierno anterior y evitar el rescate europeo. Premiaron nuestro esfuerzo con dos huelgas generales, pero valió la pena.

El presidente Mariano Rajoy y la ministra Fátima Báñez durante la entrega de las Medallas al Mérito en el trabajo del Gobierno en 2017 GTRES
Después de aquello, Fátima me convenció para que recuperáramos el diálogo con los sindicatos. Confieso que, después de lo vivido, yo tenía mis dudas. Pero Fátima tenía razón. Nunca fue partidaria del enfrentamiento. Tampoco de la bronca. En ella eso era compatible con mantener la posición propia, cuando el interés general así lo demandaba. Esa política de construir y a la vez defender lo que es necesario hacer, es responsabilidad de quien gobierna y cuando no se actúa con un mínimo de cabeza y solo se busca arrasar al adversario, sucede que la convivencia se resquebraja y el ambiente se vuelve irrespirable.
Fátima era, como he dicho, inteligente y capaz; firme cuando había que serlo y flexible cuando el interés general lo demandaba. Lo contrario de un doctrinario. Y además, y sobre todo, era buena. Positiva en un mundo donde proliferan los negativos, algo que siempre es de agradecer. Componedora, muchos fueron los arreglos que consiguió, y de todo tipo: políticos y también personales. Una mujer además con un gran corazón. Por eso era respetada y querida por casi todos. Se lo merece y se lo ganó.
Hasta ayer en la CEOE siguió siendo la misma. Tuve la suerte de formar parte de un grupo de amigos, del que ella era miembro destacado. Nos reuníamos a menudo. Para intentar ser un poco más felices. Hoy estamos tristes. Pero nos vamos a recuperar. Estoy seguro de que Jaime y sus hijos también lo harán. Es lo que ella nos pide a todos. Recordaremos a Fátima, su simpatía, su alegría contagiosa, su generosidad. Porque recordar es lograr que vivan siempre entre nosotros los que nos han dejado y no queremos olvidar nunca.








