El párroco de Los Yébenes fue el voluntario que más tiempo estuvo en la zona cero ayudando a los sanitarios y consolando a las víctimas
Fue uno de los primeros vecinos en llegar a la zona cero para ayudar. Y uno de los últimos voluntarios en marcharse. Se pasó varias horas ayudando a los heridos, consolando a los moribundos y administrando el sacramento de la confesión a todos ellos. «Hice lo poco que podía hacer», asegura el párroco de la localidad toledana de Los Yébenes sobre su entrega incansable en la mañana del trágico miércoles. Nada hacía presagiar que sería testigo de algo «verdaderamente terrible» cuando se dirigía a primera hora al centro de salud. Fernando Fernández de Bobadilla tenía pendiente solicitar una cita médica cuando un amigo suyo le llamó por teléfono alertándole de un posible accidente. El sacerdote dejó el aviso en cuarentena. Pero cuando llegó al ambulatorio saltó la alarma de emergencia y los equipos se pusieron en marcha para dirigirse a la zona del siniestro. Él no lo dudó. «Cogí el coche y me fui directamente para allá. De hecho, llegué un poquito antes que los servicios sanitarios», comparte el presbítero.
«Ya había unos guardias civiles acordonando la zona, pero apenas habían llegado unos pocos médicos y enfermeros», rememora, a la vez que trae al presente las escenas con las que se topó cuando comenzó a caminar entre los almendros para llegar a las vías: «Lo que me encontré fue espantoso, con personas deambulando, heridos graves con amputaciones y fallecidos por el suelo. Uno de los vagones del AVE estaba completamente abierto, rajado de arriba abajo». Es más, admite que «era de tal gravedad lo que estaba contemplando que fui consciente de que no tenía capacidad para atender a nadie yo solo».
En ese instante, se detuvo, y de manera natural emergió su ser y hacer como ministro ordenado: «Di la absolución colectiva, que se nos enseña en la teología del sacramento de la penitencia». Fernando explica que «en situaciones de catástrofe se pueden dar absoluciones colectivas, aunque no haya confesión individual». Y así lo hizo: «Entonces, a voz en grito, me dirigí a todos los que estuviesen en peligro de muerte. Hice lo que sentí que podía hacer en ese momento y que no podía hacer nadie más que yo: el perdón de los pecados y prepararlos por si tenía que llamarlos el Señor al cielo».
Le bastaron unos segundos para hacer presente a Dios y su misericordia en medio de la tragedia a través de la oración. De inmediato, se puso a echar una mano –en realidad, las dos– a los equipos de emergencia: «En todo momento me puse al servicio de los sanitarios. Si tenía que ponerme de cuclillas aguantando la cabeza de otro herido, apoyaba así. Si me pedían que agarrara a otra persona por el hombro y la cadera para meterle en una improvisada camilla, me ponía manos a la obra».
La serenidad de este veterano presbítero de 71 años le permitió además ser voz de consuelo psicológico y espiritual a cuantos se iba encontrando: «A uno le coges la mano, a otro le preguntas cómo está y qué le duele, a otro simplemente le dices: ‘‘Soy el cura y voy a rezar por ti’’». Ni un gesto de rechazo. Más bien lo contrario: «Cada persona reaccionaba como podía. Uno te apretaba la mano, otro solo tenía fuerzas para levantarte las cejas, otro te sonríe, otro no contestnopa porque está en shock o inconsciente».
Pasaron las horas sin que el cura de origen jerezano pudiera mirar el reloj. Un par de guardias civiles le abrieron paso para que también pudiera ser bálsamo en el lado donde se encontraba el tren Iryo. Pero allí, la escena era todavía más dantesca. «Poco más podía hacer que rezar un responso tras otro ante todos los cadáveres que se iban sacando del vagón», expone sobre el duelo que tenía enfrente. Acompañado del arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, que llegó en ese momento, intensificó sus plegarias y su solidaridad: «Sacerdotalmente, lo que podíamos era eso; humanamente, en paralelo, ayudábamos con lo que se nos indicaba para sujetar, apoyar, colocar…». Entre las imágenes que tiene grabadas está la de una persona a la que estaba sujetando la bolsa de suero mientras el médico lo atendía. «Vi cómo ese doctor estaba haciendo lo imposible por salvarle la vida, perforándole los pulmones para drenarle. Pero no respondió. Al ratito dijo: ‘‘Ya no podemos hacer más, ya está, se ha muerto’’».
El sacerdote asegura que «ante una encrucijada así, simplemente tienes que hacer sentir la presencia de alguien que habla con bondad, que acoge y abraza. Se trata de estar y hacer sentir cercanía. Porque hacer comprender lo que está sucediendo es imposible y razonar es inútil». No hay recetas para plantarse ante la muerte: «Aunque no se estén enterando o no sean conscientes, Dios está regalándoles su bondad y misericordia en un trance tan difícil. Ofreces lo que tienes. Les dices: ‘‘Estoy rezando por ti, rezo por ti. No sé si eres creyente o no eres creyente, yo rezo por ti’’. Se trata de acompañar». «La palabra de consuelo es palabra de fe», asevera el párroco de Los Yébenes.
A las dos de la tarde, Fernando dejaba el epicentro de la tragedia, no por cansancio, sino porque la mayoría de los enfermos y fallecidos habían sido evacuados y los bomberos iban a comenzar a trabajar con la maquinaria pesada para mover los vagones. «Hace un año me operaron de un cáncer y tengo algunas limitaciones físicas, pero no sentí dolor alguno ni en la caminata que me pegué ni con el esfuerzo que tuve que hacer», deja caer, convencido de que mereció la pena gastarse y desgastarse por todos y cada uno: «Mi mediación puede ser simple y aparentemente inútil, pero Dios sabe aprovechar las rendijas».









