La iglesia de Zaragoza que todavía guía a los perdidos con 33 campanadas cada noche

La torre de San Miguel de los Navarros esconde siglos de historia, arquitectura mudéjar y la Campana de los Perdidos, que aún suena cada noche

La torre de San Miguel de los Navarros se eleva sobre los tejados de Zaragoza con una silueta difícil de confundir. El ladrillo de su construcción mudéjar va dejando paso, a medida que la mirada asciende, a uno de sus elementos más singulares: un chapitel de hierro que corona el conjunto y que guarda una historia estrechamente ligada a la ciudad. Allí se encuentra la conocida como Campana de los Perdidos, cuyo sonido sirvió durante siglos para orientar a quienes trataban de regresar a Zaragoza entre la oscuridad y la niebla.

El templo que hoy se levanta junto a la plaza de San Miguel es, además, el resultado de siglos de transformaciones. Su origen se vincula a una primitiva ermita levantada después de la conquista de Zaragoza por Alfonso I en 1118 y, posteriormente, llegó la construcción gótico-mudéjar del siglo XIV. Reformas renacentistas, una profunda transformación barroca y diferentes restauraciones contemporáneas terminaron configurando la iglesia que ha llegado hasta nuestros días.

Buena parte de esa historia puede leerse todavía en su arquitectura, pero hay una zona que permanece lejos de la mirada habitual. La torre no se puede visitar, según explica Fernando Fernández, miembro de la comisión de patrimonio de la parroquia de San Miguel. En su interior y en su remate se conservan algunas de las claves para comprender la evolución de esta joya del mudéjar aragonés y una tradición que continúa viva cada noche.

  1. DE UNA ERMITA TRAS LA CONQUISTA A UNA JOYA DEL MUDÉJAR
  2. UNA TORRE MUDÉJAR QUE HA CAMBIADO DURANTE SIGLOS
  3. EL CHAPITEL QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA SILUETA DE SAN MIGUEL
  4. LA CAMPANA QUE EVITABA QUE LOS ZARAGOZANOS MURIERAN EN LA NIEBLA
  5. 33 CAMPANADAS QUE TODAVÍA SUENAN CADA NOCHE
  6. DE LA GRAN REFORMA BARROCA A LAS RESTAURACIONES DEL SIGLO XX

DE UNA ERMITA TRAS LA CONQUISTA A UNA JOYA DEL MUDÉJAR

La historia de San Miguel de los Navarros comienza mucho antes de la construcción del edificio que conocemos actualmente. Según la documentación facilitada por Fernando Fernández, de la comisión de patrimonio de la parroquia, su origen se encuentra en una ermita levantada después de que Alfonso I conquistase Zaragoza en el año 1118.

La tradición relaciona incluso el nombre del templo con aquel episodio. Gran parte de las tropas de Alfonso I eran navarras y habrían atacado la ciudad por el sector donde posteriormente se levantó la iglesia. Según el relato transmitido por la parroquia, un milagro de San Miguel habría hecho posible la victoria y, en agradecimiento, se construyó aquella primera ermita dedicada al arcángel. De ahí procedería la denominación de San Miguel de los Navarros.

El crecimiento de la Zaragoza cristiana acabaría transformando por completo aquel entorno. San Miguel se encontraba fuera de la antigua muralla de piedra, en el sector suroriental de la ciudad, entre esta defensa y la posterior cerca de ladrillo y tapial. El desarrollo urbano dio lugar al denominado Ensanche de San Miguel, en un proceso comparable al experimentado por la parroquia de San Pablo.

La gran transformación llegó en el siglo XIV, cuando se levantó el templo gótico-mudéjar. La iglesia tenía entonces unas dimensiones más reducidas que las actuales, con una única nave y un ábside poligonal, siguiendo un modelo que presentaba similitudes con la cercana iglesia de Santa Catalina.

UNA TORRE MUDÉJAR QUE HA CAMBIADO DURANTE SIGLOS

De aquella etapa medieval procede también la torre. La documentación histórica recoge que en 1396 los maestros Stevan Ferrer y Pascual Ferriz adquirieron a Gil Pérez Del Put ladrillos y calcina. Su estructura original estaba formada por tres cuerpos y presentaba una abundante decoración realizada mediante el propio ladrillo.

l primero era un cuerpo liso; el segundo estaba dividido en dos pisos decorados con relieves de ladrillería, con arcos mixtilíneos sobre pilastrillas en la zona inferior y rombos en la superior. El tercer cuerpo correspondía a las campanas y también se dividía en dos niveles abiertos. La torre terminaba originalmente en un antepecho almenado y una aguja piramidal, una apariencia histórica que llegó a quedar recogida en la perspectiva de Zaragoza realizada por Anton van den Wyngaerde.

Los motivos geométricos no se limitan a la torre. En el ábside del siglo XIV se conserva un gran friso superior de ladrillo compuesto por relieves de pilastrillas y rombos. También aparecen cuadrados junto a los ventanales con cruces flordelisadas, elementos presentes en otras iglesias mudéjares como las de Azuara o Herrera de los Navarros.

«La torre conserva buena parte de su estructura original y todavía pueden apreciarse los elementos decorativos característicos del mudéjar aragonés, como los relieves de ladrillo, los rombos y la cerámica vidriada», explica Fernando Fernández.

EL CHAPITEL QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA SILUETA DE SAN MIGUEL

Hay que levantar bastante la vista para descubrir otro capítulo de la historia del monumento. El remate que actualmente corona San Miguel no pertenece a la construcción medieval. En 1898, el arquitecto Ricardo Magdalena Tabuenca y el maestro hojalatero Santiago Fau realizaron el singular chapitel modernista que hoy caracteriza la silueta de la torre.

La estructura arranca desde una base troncopiramidal de cobre que funciona como tejado del cuerpo de campanas. Sobre ella se levanta un entramado de hierro forjado cubierto de decoración floral, vegetal y lineal. La documentación destaca precisamente la capacidad de Magdalena para integrar la arquitectura del hierro propia del siglo XIX con el lenguaje mudéjar tradicional del edificio.

Y es precisamente en este espacio donde se encuentra una de las grandes protagonistas de la historia popular de San Miguel: la Campana de los Perdidos. Una campana cuya función fue durante siglos mucho más importante que marcar simplemente las horas.

LA CAMPANA QUE EVITABA QUE LOS ZARAGOZANOS MURIERAN EN LA NIEBLA

Para comprender su origen hay que imaginar una Zaragoza muy diferente. Fernández explica que en 1505, al otro lado del río Huerva, no había viviendas, sino árboles y monte. Los jornaleros salían a recoger leña para venderla posteriormente en la ciudad y debían regresar atravesando un territorio que durante las noches de invierno podía convertirse en una trampa.

La niebla podía llegar a ser tan espesa que algunos perdían la orientación. Según la historia conservada por la parroquia, un mes de enero, cuando se abrieron las puertas de Zaragoza, aparecieron dos mujeres muertas después de no haber conseguido encontrar el camino de vuelta.

La ciudad buscó entonces una manera de evitar que aquello volviera a suceder. La primera solución fue instalar un faro en lo alto de la iglesia de San Miguel para que su luz sirviera de referencia a quienes permanecían fuera de las murallas durante la noche. Sin embargo, aquella señal no duró para siempre: en 1556 una tormenta de cierzo lo arrancó de cuajo.

La respuesta fue sustituir la luz por el sonido. Se decidió hacer sonar una campana cada media hora durante la noche. Sus tañidos atravesaban la oscuridad y permitían a los extraviados orientarse hacia Zaragoza. Había nacido así una especie de «faro sonoro», una referencia que podía escucharse incluso cuando la niebla impedía distinguir cualquier punto en el horizonte.

33 CAMPANADAS QUE TODAVÍA SUENAN CADA NOCHE

Zaragoza terminó creciendo más allá de sus antiguas murallas. Los campos que rodeaban San Miguel fueron ocupados por calles y edificios y aquella función de orientación dejó de ser necesaria. La tradición, sin embargo, sobrevivió.

«La ciudad se urbanizó pero la tradición de la Campana de los Perdidos continuó durante siglos», señala Fernández. Y todavía hoy permanece un pequeño recuerdo de aquella función que tuvo la torre cuando la Zaragoza nocturna terminaba mucho antes de donde lo hace actualmente.

Cada noche, a las 22.05 horas, la Campana de los Perdidos sigue dando 33 campanadas simbólicas, según la información facilitada por la comisión de patrimonio de la parroquia. Un sonido que ya no necesita orientar a jornaleros entre la niebla, pero que mantiene vivo uno de los episodios más curiosos ligados a la iglesia.

DE LA GRAN REFORMA BARROCA A LAS RESTAURACIONES DEL SIGLO XX

La torre medieval tampoco puede entenderse sin las numerosas transformaciones experimentadas por el resto de la iglesia. En el siglo XVI comenzó una etapa de ampliaciones. En 1517 se contrató a Gil Morlanes y Alí Morisco para realizar trabajos que debían mantener la apariencia de la parte antigua del templo. Dos años después, en 1519, se contrató a Damiá Forment para realizar el Retablo Mayor.

La reforma más importante comenzó el 26 de abril de 1666, cuando la Junta de Obras suscribió la capitulación con Juan de Marca, Gaspar Bastarrica y Pedro Cueio. Para 1669 las obras generales estaban terminadas. Las antiguas bóvedas de la nave fueron sustituidas por bóvedas de cañón con lunetos, aunque se conservó en la cabecera la bóveda de crucería medieval del siglo XIV. Las capillas laterales también fueron transformadas para crear una nave menor y el conjunto se enriqueció con yeserías.

La portada barroca fue otra de las grandes novedades. Su composición incluía un acceso de medio punto, pilastras, un entablamento clásico y una hornacina central con una monumental representación de San Miguel luchando contra el demonio, atribuida por Antonio Ponz al artista Gregorio de Mesa.

Los siglos posteriores volvieron a dejar su huella. Entre 1971 y 1978, Fernando Chueca Goitia planteó dos proyectos de intervención en San Miguel. Entre las actuaciones que llegaron a ejecutarse estuvieron la liberación del ábside y la fachada norte de construcciones añadidas, una nueva cubierta metálica para la nave central y la restauración de la gran concha de la portada barroca.

Posteriormente, entre 1986 y 1996, Jesús Heredia Lagunas intervino para devolver al cuerpo de campanas sus dimensiones primitivas mediante una solución estructural de hormigón armado anclada al núcleo resistente de los muros de ladrillo de la torre.

Así, la iglesia de San Miguel de los Navarros es hoy el resultado de más de ocho siglos de historia acumulada. De la tradición de aquella primera ermita levantada después de la conquista cristiana al mudéjar del siglo XIV; del barroco al hierro modernista de Ricardo Magdalena. Y en lo más alto permanece una campana que recuerda una época en la que escuchar San Miguel entre la niebla podía significar algo tan sencillo y trascendental como encontrar el camino de vuelta a casa.