De la ira de los dioses a la relatividad de Einstein: cinco eclipses solares que cambiaron la Historia de la Humanidad

Desde la guerra entre medos y lidios en el siglo VI a. C. hasta las expediciones de 1919 que pusieron a prueba los descubrimientos de Einstein, los breves instantes de oscuridad durante el día han sido mucho más que un espectáculo celeste. Viajamos por las transformaciones que provocaron en nuestra sociedad

Un eclipse total de Sol no es más que un alineamiento muy preciso entre el Sol, la Luna y la Tierra. No hay mayor secreto, y se trata de una configuración geométrica de muy corta duración: hoy sabemos que en los eclipses más largos la oscuridad apenas dura, en el punto donde alcanza su máximo, unos siete minutos. Sin embargo, en contraste con su brevedad, a lo largo de la Historia algunos eclipses han dejado una huella que ha perdurado durante siglos. Esa repentina oscuridad que sucede en pleno día, tan desconcertante, ha influido a veces en decisiones políticas, ha inclinado el desenlace de una batalla o ha definido el curso de una expedición. Y, sobre todo, esos breves instantes de oscuridad han abierto nuevas vías para la Ciencia; en particular, nos han ayudado a comprender mejor varios aspectos del universo.

Desde la guerra entre medos y lidios en el siglo VI a. C. hasta las célebres expediciones de 1919 que pusieron a prueba la relatividad general de Einstein, los eclipses siempre han sido mucho más que meros espectáculos celestes. Han actuado como detonantes de cambios, herramientas de conocimiento o han sido capaces de alterar la conducta humana.

Ahora, la proximidad del excepcional Trío de Eclipses que disfrutaremos desde España, con el primero de los tres en este 12 de agosto, es buen momento para repasar unos cuantos eclipses que nos muestran cómo unos pocos minutos de oscuridad, al producirse en pleno día, pueden tener grandes consecuencias. Son eclipses que, de una manera u otra, han marcado el rumbo de la Historia.

Cuenta atrás para el eclipse del siglo en el observatorio más pequeño de España: «Va a ser un momento crucial para poner en valor nuestros cielos»

La paz inesperada

Estamos en la península de Anatolia en la primavera del año 585 a. C. Aquí dos grandes potencias de Oriente Próximo, medos y lidios, libran una guerra que se prolonga desde hace ya cinco años. El 28 de mayo, en plena batalla y cuando ninguno de los dos ejércitos estaba dispuesto a ceder, el Sol comenzó a oscurecerse hasta desaparecer por completo. La inesperada oscuridad sembró el desconcierto entre los combatientes y, convencidos de que se trataba de un mensaje de los dioses, ambos bandos interrumpieron el combate y se dispusieron a negociar la paz.

Este episodio fue relatado por Heródoto, quien añade un detalle extraordinario: el eclipse habría sido anunciado con anterioridad por Tales de Mileto a los jonios. Lo cierto es que Heródoto no da detalles de la predicción, pero si su relato es exacto, esta sería la primera predicción documentada de un eclipse solar en la historia de la humanidad.

Los historiadores de la Ciencia dudan de que Tales pudiera calcular con precisión el lugar en el que iba a verse un eclipse total. Es posible que anticipase simplemente que aquel año podría producirse un eclipse, basándose quizás en los ciclos de eclipses que eran ya conocidos por los astrónomos babilonios. Pero es más difícil de creer que pudiese predecir el lugar exacto desde el que sería visible, pues los conocimientos astronómicos de la época difícilmente permitían determinar algo así. Tampoco es imposible que Heródoto adornara la historia con esta predicción cuando escribió su relato, un siglo después de los hechos.

La mecánica celeste permite hoy reconstruir con extraordinaria precisión eclipses ocurridos hace miles de años. Los cálculos astronómicos modernos confirman que el 28 de mayo de 585 a. C. un eclipse total de Sol cruzó precisamente la región donde se enfrentaban ambos ejércitos, junto al río Halis, lo que resulta coherente con el relato de Heródoto. Según el historiador, este río marcaría desde entonces la frontera entre ambos reinos que celebraron juramentos, concertaron bodas mutuas y se hicieron una incisión en los brazos para lamerse la sangre unos a otros como señal de paz.

Más allá de que realmente pusiera fin a la guerra o de que Tales lograra predecirlo con exactitud, este eclipse ilustra espléndidamente dos maneras de contemplar el cielo: la que veía en los fenómenos celestes la voluntad de los dioses y la que buscaba en estos eventos las leyes naturales interpretables con la razón. Así, Tales, uno de los Siete Sabios de la Antigüedad, puede simbolizar el momento en que el pensamiento griego empieza a sustituir la explicación mítica por la explicación racional de los eclipses.

Grabado de E. Kirkhall en el que se ve a un grupo de jinetes observando un eclipse solar total en 1724.
Grabado de E. Kirkhall en el que se ve a un grupo de jinetes observando un eclipse solar total en 1724.

El calendario de la Antigüedad

A diferencia de otros eclipses célebres, el del 15 de junio de 763 a. C. no detuvo guerras, ni inspiró descubrimientos científicos, ni marcó ningún acontecimiento dramático. Su importancia radica en algo mucho menos espectacular, pero es de un valor incalculable para los historiadores: permitió fijar con precisión el calendario de la Antigüedad.

Además de ser una de las primeras grandes civilizaciones, Mesopotamia es también uno de los lugares donde nació la escritura. Gracias a ello nos ha legado algunos de los registros históricos continuados más antiguos, en su mayoría en la forma de escritura cuneiforme sobre tablillas de barro. De esta manera, los asirios llevaron durante siglos un meticuloso registro de los acontecimientos celestes más importantes, incluyendo los eclipses. En lugar de numerar sus anales, identificaban cada uno con el nombre de un alto funcionario, los llamados limmu o epónimos. Gracias a esas listas, los cronistas podían ordenar los años de forma continua, aunque hasta hace poco no era posible relacionarlos con una fecha absoluta según nuestro calendario.

En una de esas listas aparece una anotación excepcional. En el año décimo del rey asirio Assurdan III se consigna que «en el mes de Simanu ocurrió un eclipse de Sol», y ese año recibió el nombre de «eclipse solar de Bur-Sagala». Durante siglos, esa breve frase fue poco más que una curiosidad. Pero al calcular retrospectivamente los eclipses del pasado, los astrónomos modernos descubrieron que sólo uno encajaba exactamente con esa descripción: el del 15 de junio de 763 a. C., que fue bien visible en buena parte del imperio asirio.

Este hallazgo ha proporcionado un punto fijo para datar toda la cronología asiria hasta el siglo X a. C. con suma precisión y, utilizando las listas de reyes asirios, se ha podido extender la datación hasta finales de la Edad del Bronce, en torno al siglo XIII a. C. en que Asiria resurge como una gran potencia. Gracias a este eclipse sabemos hoy las fechas de reinado de los monarcas, las campañas militares, las inscripciones reales y numerosos acontecimientos mencionados también por babilonios, egipcios, israelitas y otros pueblos del Próximo Oriente durante casi 1.000 años.

Vemos, pues, cómo unos minutos de oscuridad registrados hace casi 3.000 años se ha podido convertir una sucesión relativa de acontecimientos en una cronología absoluta. Gracias al eclipse y a una anotación de apenas media línea escrita sobre una tablilla de barro se ha reconstruido casi un milenio de historia. Ciertamente este eclipse no cambió el curso de la Historia, pero pocas veces un fenómeno astronómico ha tenido consecuencias tan profundas para el conocimiento histórico.

Cristóbal Colón, salvado

Situémonos ahora en la costa de Jamaica y en febrero de 1504, donde Cristóbal Colón está viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida. Durante su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, sus naves han quedado inutilizadas y la expedición lleva meses esperando un rescate que no termina de llegar. Las relaciones con los indígenas taínos, que al principio habían suministrado alimentos a los europeos, se van deteriorando muy rápidamente y la situación amenaza con volverse desesperada.

Como buen navegante, Colón lleva a bordo unas tablas astronómicas, en concreto unas efemérides del astrónomo alemán Johannes Regiomontano donde figuraban las fechas previstas para los eclipses de los años siguientes. Al comprobar que la noche del 29 de febrero de 1504 iba a producirse un eclipse total de Luna, decidió aprovechar aquel conocimiento en su beneficio.

Reunió a los caciques locales y les advirtió de que el Dios de los cristianos estaba indignado por el trato que recibían sus hombres. Como prueba de su ira, anunció que aquella noche la Luna se teñiría de sangre. Cuando el eclipse comenzó y nuestro satélite fue oscureciéndose poco a poco, el efecto fue tan impresionante como Colón esperaba y los indígenas, atemorizados, accedieron a reanudar el suministro de alimentos.

Colón aprovechó el eclipse de la noche del 29 de febrero de 1504 para apaciguar a los indígenas usando la supuesta ira del Dios cristiano

Según el relato de su hijo Hernando y de otros cronistas, Colón esperó un momento oportuno antes de anunciar que Dios aceptaba el arrepentimiento de los taínos y que la Luna recuperaría pronto su brillo. Cuando el eclipse terminó, su prestigio quedó temporalmente restaurado y la expedición pudo sobrevivir hasta la llegada del ansiado rescate.

Aunque la datación del eclipse es indiscutible, la verdad es que no estamos seguros de si todo este episodio ocurrió realmente como nos cuentan las crónicas. No obstante, el acontecimiento ilustra el poder que confería entonces el conocimiento astronómico.

Este episodio acabó convirtiéndose en un recurso literario. Mark Twain lo trasladó a la corte del rey Arturo y Hergé hizo que Tintín escapara de la muerte gracias a un eclipse. Es una prueba más de que pocos fenómenos naturales poseen una fuerza narrativa comparable a la del Sol o la Luna cuando desaparecen en el firmamento.

Un nuevo elemento fuera de la Tierra

Durante siglos, los eclipses solares totales constituyeron la única oportunidad de estudiar la misteriosa corona solar. Solo la invención del coronógrafo por Bernard Lyot en 1930 permitió observarla de manera rutinaria. Una de las campañas más fructíferas tuvo lugar durante el eclipse del 18 de agosto de 1868, que fue visible desde la India. Para la ocasión, se desplazaron allí numerosos astrónomos equipados con un instrumento relativamente nuevo: el espectroscopio.

Desde pocos años antes, los físicos sabían que cada elemento químico emite y absorbe luz en unas longitudes de onda características, formando una firma inequívoca, un auténtico código de barras luminoso. Analizando el espectro del Sol o de cualquier estrella era posible empezar a averiguar su composición sin necesidad de ir allí a tomar una muestra. Era una idea revolucionaria que todavía estaba dando sus primeros pasos.

Durante este eclipse en la India, el astrónomo francés Jules Janssen observó en las protuberancias solares una intensa línea amarilla que no coincidía con la de ningún elemento conocido. Poco después, y de manera independiente, el astrónomo británico Norman Lockyer, que analizaba observaciones espectroscópicas del Sol desde Inglaterra, llegó a la misma conclusión: aquella señal debía de pertenecer a un elemento hasta entonces desconocido.

Lockyer propuso llamarlo helio, en honor a Helios, el dios griego del Sol. Como suele suceder, la comunidad científica acogió inicialmente esta idea con cautela. Parecía extraordinario anunciar el descubrimiento de un elemento químico que nadie había encontrado en la Tierra. Y habrían de pasar casi treinta años, hasta que en 1895 William Ramsay aisló el gas helio a partir de un mineral terrestre, para confirmar que los astrónomos habían tenido razón.

Era la primera vez que un elemento químico se descubría fuera de nuestro planeta antes que en él. Aquel eclipse de 1868 confirmó de manera espectacular que la luz que nos llega de las estrellas contiene información valiosísima sobre su naturaleza física y química: había nacido la Astrofísica.

El triunfo de la relatividad

Cuando Albert Einstein publicó la teoría de la relatividad general en 1915, sus ecuaciones describían un universo muy distinto del imaginado por Isaac Newton. Según esta teoría revolucionaria, la gravedad dejaba de interpretarse como una fuerza que actuaba a distancia y pasaba a entenderse como la manifestación de la curvatura del espacio-tiempo provocada por la materia. Una de sus predicciones más sorprendentes afirmaba que la luz de las estrellas debía desviarse ligeramente al pasar cerca del Sol.

Comprobar aquella idea parecía imposible, pues el intenso resplandor solar impide observar las estrellas situadas en sus proximidades. Pero durante un eclipse total, el disco del Sol queda oculto por la Luna y algunas estrellas brillantes se hacen visibles durante unos minutos en sus proximidades.

La primera gran oportunidad para poner a prueba las ideas de Einstein llegó el 29 de mayo de 1919. La Royal Society y la Royal Astronomical Society, a propuesta, entre otros, del astrónomo real, Frank Watson Dyson, organizaron conjuntamente dos expediciones científicas. La primera, capitaneada por el prestigioso astrónomo Arthur Eddington, fue a la isla de Príncipe, en el golfo de Guinea, y la segunda, dirigida por dos astrónomos del Observatorio de Greenwich, Crommelin y Davidson, se instaló en la ciudad brasileña de Sobral. Aprovechando la duración récord de la totalidad de este eclipse (hasta 6 minutos y 51 segundos en el máximo), desde ambas expediciones se fotografiaron las estrellas que aparecían alrededor del Sol eclipsado para comparar posteriormente sus posiciones con imágenes obtenidas cuando el Sol ya no estaba en esa región del cielo.

En 1919, un eclipse récord de casi siete minutos proporcionó el primer gran respaldo a la teoría de la relatividad general de Albert Einstein

Los resultados indicaron que la luz se había desviado muy aproximadamente en la cantidad predicha por Einstein. Y aunque el análisis de aquellas placas fotográficas ha sido objeto de revisiones y debates posteriores, el resultado esencial ha sido confirmado con enorme precisión por observaciones mucho más modernas. Aquellas observaciones proporcionaron el primer respaldo experimental importante a la relatividad general.

Con el tiempo, el episodio ha pasado a conocerse popularmente como el eclipse de Eddington. Sin embargo, muchos historiadores consideran que sería más justo hablar del experimento o del eclipse de Dyson-Eddington, ya que Frank Watson Dyson desempeñó un papel decisivo en la organización científica de las expediciones.

Los resultados de las medidas dieron la vuelta al mundo. Los periódicos presentaron el resultado como el nacimiento de una nueva forma de entender la gravedad. Por ejemplo, The New York Times tituló La teoría de Einstein triunfa y, así, el nombre de Einstein pasó de ser conocido únicamente en los círculos científicos a convertirse en un símbolo universal del genio. Ningún otro eclipse ha tenido un impacto comparable sobre la percepción pública de la Ciencia.

Un eclipse sigue siendo exactamente el mismo alineamiento de tres astros que describíamos al comienzo. Lo que ha cambiado profundamente es nuestra manera de interpretarlo. Hoy podemos predecir un eclipse con una precisión de fracciones de segundo y calcular los que ocurrieron hace milenios o los que sucederán dentro de otros tantos. Esa capacidad de predicción es el hilo conductor de toda esta historia. Algunos eclipses han marcado el rumbo de la Historia. Pero, sobre todo, cada vez que suceden nos recuerdan que vivimos en un universo lleno de maravillas. Y quizá la mayor de todas ellas sea que ese universo es inteligible para la razón humana.

*Rafael Bachiller es astronómo, divulgador y director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN)