No tomó parte ayer en la reunión mundial convocada por Starmer para liberar el estrecho del Golfo Pérsico
La ausencia del Gobierno ayer en la cumbre telemática convocada por Reino Unido para tratar el bloqueo del estrecho de Ormuz es el retrato de una soledad creciente. Que nuestro país no fuera invitado a una reunión de más de 35 mandatarios de todo el mundo o que, si lo estuvo, declinara la invitación es de una gravedad diplomática casi sin precedentes. Y que va mucho más allá de la legítima postura de España contra la guerra de Trump y Netanyahu.
Este periódico trató de aclarar el enigma tanto en Moncloa como en Exteriores sin éxito alguno. Sea como fuere, el Ejecutivo socialista debió de pensar que era una buena idea seguir en la línea del llanero solitario para marcar diferencias con la Casa Blanca. Estuvieron presentes desde Francia a Italia pasando por Japón, Alemania, Países Bajos o Canadá. Países nada sospechosos de hacer seguidismo a EE UU pero sí preocupados por liberar a 2.000 buques con 20.000 marineros a bordo varados en el estrecho de Ormuz. Una situación que ha disparado el precio del petróleo y con él la inflación de en las economías europeas, incluida la española.
Por razones que escapan a la razón, el Gobierno España tampoco quiso sumarse al comunicado conjunto suscrito el pasado 19 de marzo por una amplia coalición internacional que condenó los ataques de Irán contra buques comerciales y contra infraestructuras energéticas en el Golfo. Poco después, el régimen iraní excluía a las naves españolas del bloqueo y se mostraba «receptivo» a sus solicitudes de paso.
Aquel gesto iraní recordó a la felicitación que los terroristas de Hamas dedicaron a Sánchez el pasado once de marzo por decidirse a cesar de manera permanente a la embajadora en Israel, Ana Salomón. Unas acciones las del Gobierno que pueden estar en consonancia con su línea de pensamiento pero cuya puesta en escena, exagerada y dedicada al consumo interno, les aleja aún más de sus aliados naturales, muchos de los cuales han perdido la confianza y aumentado el recelo.
La postura de Giorgia Meloni es un buen ejemplo de cómo hacer oposición a esta guerra con mano izquierda y mesura diplomática. La primera ministra italiana ya anunció que no iba a permitir a los aviones estadounidenses usar las bases de su país para atacar objetivos iraníes porque no pensaba ser «cómplice» de una guerra que no era la suya. Meloni llegó a vetar la base siciliana de Sigonella como lugar de partida o tránsito de vuelos implicados que ya se encontraban en pleno vuelo. Unas medidas que, a diferencia del Gobierno de Sánchez, llevará al Parlamento para su votación y que no han incendiado la relación bilateral con Estados Unidos.













