La autora de «Reconciliación», las memorias del Rey en el exilio, nos invita a recorrer su reinado en una conversación que combina rigor histórico y fascinación por su figura. Nos habla también del dolor de un padre por las puertas selladas
Hija única de los revolucionarios Régis Debray y Elizabeth Burgos, Laurence Debray creció en un marxismo militante donde Papá Noel era una patraña capitalista y un campamento comunista en Cuba, el regalo ideal. Aquella infancia, desflorada políticamente antes de tiempo, le inculcó respeto por la historia entendida como conflicto, riesgo y mito. Elegante, de porte sereno y espíritu deliberadamente indócil, convirtió su herencia en materia de investigación cuando decidió desmontar la acusación de traición al Che que durante décadas pesó sobre su padre. Que Juan Carlos I la eligiera para escribir sus memorias no fue un gesto provocador, sino la consecuencia natural de su trayectoria y de su fascinación por las metamorfosis del poder. En «Reconciliación» (Editorial Planeta), propone releer el descrédito del monarca que encarnó la Transición sin hagiografía ni reproche fácil. En su análisis con LA RAZÓN combina distancia emocional y sofisticación francesa para ajustar cuentas con nuestro pasado y perfilar a un soberano shakesperiano y brillante, cuya grandeza y caída forman parte del mismo acto. Como Ricardo III que, enfrentado a su culpa, siente la punzada del tiempo.
¿Cuándo nace su admiración por la figura de Don Juan Carlos?
Pasé un par de años en Sevilla. El Rey era el héroe de la apertura, la Transición, la democracia… No soy monárquica, no me interesaba él, sino lo que había conseguido. Tuve además como testigo de su obra política a Alfonso Guerra, gran amigo de mis padres. Eso despertó mi admiración.

Se mudó a Abu Dabi para escribir «Reconciliación». Descríbame el proceso creativo.
Me llamó a París y me invitó para hablarme de ese proyecto que había intentado con otras personas. Siendo escritora de mis propios libros, no me sentía capaz de ponerme en su persona, pero quise intentarlo. Lo importante era que el libro transcribiera su propia voz, sus expresiones y sentimientos. Fue un trabajo a cuatro manos, uno al lado del otro en una mesa de trabajo. Hubo muchas horas de discusión para que los lectores al leer escuchasen su voz. Él no quería una obra políticamente correcta, descriptiva o fría. Consciente de la democracia en peligro, quería hablar a los jóvenes.
¿Felipe VI lo ha leído?
No tuve ni tengo relación con la Casa Real. Entrevisté a Felipe VI hace mucho, pero no sé si lo ha leído o qué ha pensado sobre su publicación. Quizá Don Juan Carlos lo sabe, pero no me inmiscuyo en la relación padre e hijo.
¿Para la Princesa Leonor será el aprendizaje que no ha tenido como nieta heredera?
La Corona está basada en la Constitución y el privilegio de la sangre azul. Él está orgulloso de la transmisión a su hijo, pero hacia su nieta no existe esa transmisión histórica, política y de unas vivencias. El Rey Juan Carlos es el padre de la Constitución española. Hay muchas cosas que puede transmitir a su nieta. También la Reina Sofía. Quizá un día se hará.
¿La distancia entre Felipe VI y Don Juan Carlos es pragmatismo borbónico?
Hay una relación personal de padre e hijo y otra de rey a rey. Son dos elementos y ellos los distinguen. El Rey Felipe para preservar la Corona impuso distancia y Don Juan Carlos lo aceptó por el bien de la Corona. Los dos hacen todo para preservar la monarquía. Es una trascendencia interiorizada. Otra cosa es la relación personal, que es privada, aunque marcada por la distancia geográfica.
¿Qué contienen las cien páginas eliminadas? ¿Hubo presión?
Voy a decepcionar a muchos, pero no hay nada interesante. Escribimos mucho, fueron dos años de trabajo. Lo que cortamos no es trascendente. Insisto en que no he tenido contacto con la Casa del Rey. Soy francesa republicana.

¿Qué habría aportado el Rey al libro si hubiese tenido acceso a los archivos de Don Juan?
Él tenía esa obsesión por acceder a ellos. Es una pena que no lo pensara antes. En Abu Dabi ya era tarde. Hay mucha curiosidad por la relación epistolar entre Don Juan y Franco. Creo que se está empezando a organizar ahora.
¿Qué hombre encontró cuando se mudó dos años a Abu Dabi?
Yo ya había escrito sobre él y había proyectado muchas cosas. Veía en él un animal político muy maquiavélico, cínico y muy amarrado al poder. Al conocerle, me di cuenta de mi falsa percepción. Tiene un don único para negociar con mucha autoridad, pero sin soberbia o egocentrismo. Descubrí en él autoridad natural. No tiene miedo al riesgo y mentalmente es muy fuerte. Sigue siendo ese hombre con disciplina militar en sus rutinas.
¿En su exilio se comporta como un rey sin trono?
Desde mi imaginario de Versalles, yo pensaba que todo rey tiene una corte a su servicio. Don Juan Carlos está solo y es él quien se ocupa de los demás. Habría sido un gran médico, pero España no habría tenido la Transición que tuvo.
España insiste en su fragilidad.
Desde el punto de vista físico, tiene problemas de movilidad, pero siempre los tuvo. Diría que está mejor ahora que cuando se fue. Tiene gran fuerza mental e intelectual y es una persona muy activa. Ha cumplido 88 años y está muy lejos, pero vulnerable no es.

¿Era necesario incluir en el libro las relaciones infieles?
Cuando empezamos, él tenía claro que tenía que hablar de todo. De lo bueno y de lo malo. Él es muy lúcido. Sabe que ha cometido errores y lo reconoce. Ha decepcionado a los españoles y lo dice claramente. Era importante reconocer esas relaciones, pero sin entrar en detalle. Que un rey tenga relaciones extramaritales a un francés le parece obvio. Nos inquieta más que Macron no tenga amantes. Pero no son mujeres que tengan un espacio en la historia. El libro es muy honesto. Lo hace más humano. Es un hombre con sus debilidades.
¿Se ha jugado en exceso con esas «debilidades»?
Él creyó justo limitar las «fake news». Hay demasiada imaginación en España y era importante que la última palabra fuese la suya y no los bulos o las interpretaciones de algunos políticos que distorsionan en su propio beneficio.
¿Qué lugar ocupa hoy en su corazón la Reina Sofía?
Hay un reconocimiento muy sincero del papel que tuvo a su lado como Reina, madre y esposa. Habla con emoción de su boda o el increíble viaje de luna de miel… Han vivido mucho juntos y siempre está pendiente de ella. Le preocupó mucho la salud de la princesa Irene de Grecia y le apenó no poder asistir a su funeral. De un día para otro, se quedó solo. Desde ahí mide lo que le queda, lo importante… Hace balance.
¿Ha comentado con usted la posibilidad de morir en el exilio?
No le abren las puertas de ningún Palacio, no puede acceder a Zarzuela, no puede dormir allí. Cuando viajó para el almuerzo en familia, comentó bromeando: «Al menos podré hacer una siesta en Zarzuela, ¿no?». No pudo ser.
¿Qué opina de los estándares políticos y éticos de un Gobierno que reniega de su figura?
Él está al día de la actualidad española. Es el único que ha renunciado, nadie más se hace responsable de sus errores. Ni el presidente ni ninguno de sus ministros. Es difícil ver que ni el Gobierno ni su propio hijo reconocen la Constitución de Juan Carlos y la estabilidad que dio a España. No se queja, pero es doloroso. Cree que celebrar sin él la Constitución fue como un bautizo sin el niño. Él tiene ese humor que lo protege.
¿La soledad le pasa factura?
Desde el punto de vista de la salud, tiene muy buenos médicos y está muy bien cuidado. Cuando vienen sus hijas y sus nietos, es una fiesta. Su mente militar le impide caer.
¿Le parece que su reinado tiene un final de tragedia romántica?
Es un destino shakesperiano. Su vida no cabe en una película.
¿La historia será indulgente?
Se estudiará como un gran reinado con sus errores. Los españoles autocritican su propia historia.
¿Es feliz?
Estaría más feliz en España, pero no es una persona amarga.
¿Quién se lamentaría más si muriese en el exilio?
Daría muy mala imagen de España, la de un país en la Inquisición que dejó morir solo, fuera y lejos a uno de sus grandes reyes. En España se entierra muy bien, espero que recibirá todos los honores.
¿A quién interesa enfrentar a dos reyes, padre e hijo?
Los dos están unidos por una Corona y un país. Me parece políticamente peligroso jugar a uno contra el otro porque debilita a la Corona, y al Estado. Solo es positivo para republicanos, independentistas y terroristas. Estamos en un mundo polarizado y echar más leña es jugar con la democracia.
«Ves a Don Juan Carlos y es España»
En este tiempo de recuento de aliados y enemigos, Laurence Debray ha cultivado una magnífica sintonía con el Rey Juan Carlos que hace extensible a otros miembros de la familia, como la Infanta Elena. Tanto en Abu Dabi como en sus reencuentros en Sanxenxo, observa cómo se emociona e ilusiona con cada uno de sus nietos. «Le transmiten esa energía joven. Se quieren, se abrazan y expresan sus afectos».

A pesar del exilio, no observa en él decepción. «Lleva a España dentro. Sigue horarios españoles y solo le gusta la comida española o el flamenco. Lo ves y él es España. Le duele mucho estar lejos, pero no quiere molestar ni a la Corona ni a su hijo».










