Ante una delegación de las Fuerzas Armadas de Portugal, el Santo Padre elogia la vocación castrense, recuerda a dos soldados fallecidos al auxiliar en carretera y reivindica los valores de la obediencia, la disciplina y el coraje
En un solemne encuentro celebrado ayer lunes en la Sala del Consistorio del Vaticano, el Papa León XIV recibió en audiencia a la delegación del Ordinariato Militar para Portugal con motivo de una importante conmemoración histórica. El motivo de la peregrinación ha sido celebrar los sesenta años de la institución de su Vicariato, que en 1981 asumió el nombre de Ordinariato Castrense y que hace veinticinco años contó con su primer obispo. En sus palabras de saludo, el Pontífice ha querido hacer extensivo su afecto a todos los miembros de la Armada, el Ejército, la Fuerza Aérea, la Guardia Nacional Republicana y las Fuerzas de Seguridad Pública portuguesas.
La nobleza de la vocación militar
Durante su alocución, el Santo Padre ha querido dignificar y elevar la labor diaria que realizan las fuerzas del orden y de seguridad del Estado. Dirigiéndose a los uniformados presentes, subrayó la trascendencia de su labor cotidiana: «Cada día, a cada uno de vosotros os es confiada la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de Derecho, custodiando la seguridad de vuestros conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias».
Para hacer frente a esta exigente tarea, el Sucesor de Pedro les ha exhortado a revestirse de una fortaleza espiritual profunda, recordando las palabras de San Pablo a los Efesios: «Manteneos firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad y revestidos con la coraza de la justicia».
El ejemplo del centurión
Tomando el pasaje evangélico del centurión de Cafarnaúm –«Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8)–, León XIV ha analizado de qué manera la disciplina militar y la fe pueden convivir en perfecta armonía. Según el Pontífice, aquel centurión conocía muy bien las directrices que guían el día a día militar: «la obediencia, la disciplina, la renuncia, la lealtad, el compañerismo, la dedicación, la responsabilidad y el coraje». Sin embargo, ese mismo soldado poseía el coraje de la humildad para reconocer que el ser humano no se basta a sí mismo.
En este punto de su discurso, el Papa dejó una reflexión aplicable a cualquier persona con responsabilidades públicas o de mando: «El ser humano, por mucha responsabilidad que tenga, por mucho poder que ejerza, por muy irreprochable que sea, está siempre hambriento de infinito y sediento de eternidad». Un anhelo que, ha recordado, se encuentra al alcance de todos en la persona de Jesucristo.
Uno de los momentos más emotivos del discurso tuvo lugar cuando el Papa quiso rendir un sincero homenaje a la memoria de dos jóvenes militares del Ejército portugués fallecidos trágicamente el pasado viernes. León XIV ha destacado la heroicidad de su gesto final, señalando que «perdieron la vida mientras, generosamente, como el buen samaritano, se detuvieron a lo largo del camino para prestar ayuda».
Finalmente, el Pontífice dedicó unas palabras de especial gratitud y guía a los capellanes del Ordinariato, recordándoles que la Iglesia les confía el crecimiento espiritual de los militares y policías. «Acoged a todos, escuchadlos, iluminadlos con la sabiduría de la Palabra de Dios», les ha pedido, remarcando que su testimonio de amor a la Iglesia y a la nación actúa como un «bálsamo que consuela y da esperanza».











