Un obispo explica por qué solo el sacerdote puede dar la homilía: «No es por desconfianza hacia los laicos»

Monseñor Xabier Gómez señala que «no es simplemente una charla», sino que es una parte integrante de la misa

Algún sector de la Iglesia en Alemania intentó recientemente que Roma autorizara a los laicos a impartir las homilías de la misa, pero la respuesta del Vaticano fue negativa: sólo un sacerdote puede predicar desde el ambón la Palabra de Dios. ¿Es por discriminación, por prudencia pastoral, por «deseo de control»? «No es por desconfianza hacia los laicos», asegura el obispo de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), monseñor Xabier Gómez García, OP, en su carta pastoral del próximo domingo.

«Hay cuestiones que, explicadas solo desde la norma, pueden sonar a prohibición; pero, leídas desde la dimensión sacramental de la Iglesia, revelan una pedagogía profunda», señala el prelado dominico. Y establece una primera distinción: la que existe entre una homilía dentro de la Eucaristía y una reflexión en una liturgia de la Palabra. «El Concilio Vaticano II nos ha ayudado a redescubrir la dignidad bautismal de todo el Pueblo de Dios. Cada bautizado es discípulo misionero, llamado a anunciar el Evangelio con la vida, la palabra, el testimonio, el servicio y el compromiso en medio del mundo», recuerda el obispo de Sant Feliu.

«No es una reunión cualquiera»

Sin embargo, «la Eucaristía no es una reunión cualquiera». «Es el sacramento fontal donde la Iglesia se manifiesta como Cuerpo de Cristo», argumenta. «La Palabra proclamada, el altar, el ministro ordenado, la asamblea y el pan partido forman una única acción sacramental», observa. Por eso, «la homilía de la misa no es simplemente una charla, una breve catequesis o un comentario bíblico. Forma parte de la misma acción litúrgica y está unida al misterio que después se hará presente en el altar: Cristo que habla a su pueblo y Cristo que se entrega en la Eucaristía». Esa es la razón, según explica monseñor Xabier Gómez, por la que «la Iglesia la confía al obispo, al presbítero o al diácono, que han recibido sacramentalmente el ministerio de servir, enseñar y presidir en comunión con la Iglesia».

Por su parte, «en una liturgia de la Palabra, una oración comunitaria, una vigilia o un encuentro formativo, un laico preparado puede predicar y ayudar a la comunidad a escuchar el Evangelio». «No sustituye la homilía de la misa; despliega su misión bautismal», puntualiza. «Cuando cada ministerio sirve desde el don recibido, toda la Iglesia habla mejor de Cristo», concluye.