«El Congreso se ha clausurado por ahora y solo quedan los tribunales»
Casi de niño, leí una novela estupenda que había sido agraciada con el Premio Nadal, cuando este, como los demás (no los de ahora), suponía la decantación cierta de la literatura española del momento. Se llamaba La frontera de Dios y recogía, entre otras, la figura de un tipo inmisericorde, cruel, que era calificado por el autor como un sátrapa. Tuve entonces que mirar en el diccionario para conocer la significación del término, definición que ya se me quedó grabada para los restos. Sátrapa: tipo despótico que goza atizando a los demás con su poder arbitrario.
Esta pasada semana, contemplando cómo Pedro Sánchez respondía a la derrota parlamentaria que retrataba, una vez más, su clamorosa minoría política en el Congreso de los Diputados. No solo despreciaba Sánchez el zurriagazo que le había atizado el Parlamento, sino que se mofaba de quienes, los diputados de la mayoría, le habían exigido la dimisión y la convocatoria de elecciones anticipadas.
Los esbirros del Grupo Socialista siguieron la instrucción del dúo Pachi López-Simancas y, como lo que son, esbirros al servicio de un autócrata, prorrumpieron en un aplauso interminable (luego también en el Comité Federal) al que se sumó, desvergonzadamente, el propio líder, el ilegítimo presidente Sánchez. Nunca se habrá visto en Parlamento democrático alguno una escena más repugnante que la descrita.
Una prueba, desde luego, de que al sátrapa Sánchez la democracia le trae exactamente por una higa. Que el Congreso o el Senado, incluso al alimón, le reprueban, pues el sátrapa se befa de las Cámaras, conocedor de que en horas se cierra el hemiciclo y no se reabre hasta bien entrado septiembre. Aquí, en España, ya solo queda un remedo de democracia que, eso sí, se parece absolutamente a la popular que se lleva por los hemisferios comunistas. La orgánica del franquismo era más decente porque no presumía de las presuntas ínfulas liberales de esta, la de ahora mismo. El sátrapa se exhibe sin otra prueba de respaldo que no sea la presencia de diputados-basura que ovacionan al jefe porque de él depende su subsistencia personal, la política y, por tanto, la económica. La supervivencia en suma.
El Congreso se ha clausurado por ahora y solo quedan los tribunales. Veremos hasta cuándo, porque este régimen leninista instalado en la Moncloa está en el trance de terminar con ellos. Harían bien los jueces y fiscales empeñados en desentrañar la hedionda corrupción del dúo ZapaSánchez en ponerse las pilas definitivamente y acelerar los procesos, porque el enemigo que ya les persigue sin disfraces va a por ellos como si se tratara de conejos huidizos. Por lo que se adivina, más que por lo que se sabe con seguridad, dos de los enormes escándalos que ahora se dibujan en los tribunales están a punto de salir a escena.
Uno es el de la indiscutible financiación ilegal con que el PSOE ha cubierto sus cuentas durante años; el otro, es la posibilidad de que un par de personajes que están nutriendo la escandalera se suelten interesadamente la lengua y cuenten lo que saben, que es mucho, para reducir lo más posible la muy probable condena penal que va a terminar por caerles encima. O sea, no se trata de que los pecadores se hayan vuelto buenos y temerosos de la Justicia y se entreguen a ella para restituir sus faltas; ¡qué va!: pretenden «hacerse un Aldama» y evitar condenas por encima de los veinte años de rejas. La desmadejada Leire Díez y el pintiparado amigo de Zapatero, Julito Martínez, están a punto de darnos grandes tardes de júbilo en el momento que saquen a colación las fechorías por ellos cometidas.
Será esa una jornada grandiosa para nuestro país porque demostrará al mundo que se puede cerrar de un plumazo el Parlamento Nacional, pero que los soldados de fortuna que rodean a Sánchez no son capaces de abatir el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional o el último juzgado pueblerino, como, por ejemplo, el que investiga al devastador y vengativo Montoro en Cataluña. Para que vean que no nos olvidamos de ningún forajido. El que aún habita en la Moncloa (próximamente en la Mareta, Lanzarote) está convencido de que, como afirma ese despreciable vendedor de humo que atiende por Iván Redondo: «La situación se puede revertir». No es una chulada de taberna barriobajera, a pesar de venir de quien procede; no, es una pista de que lo van a intentar todo, desde luego el gran pucherazo que ya están construyendo, buscando y pagando nietos por el Universo Mundo.
¿Qué hace falta para que la oposición, estos días tan aguerrida, tome el caso como la principal de sus ocupaciones e intente desactivar la descomunal triquiñuela electoral en la que los esbirros de Sánchez no se cansan de trabajar? Como en este país menudean los idiotas, esta denuncia que formulamos recibe el desdén de gentes de la derecha plausible que proclaman: «¡Esto no es posible!». No entenderán de lo que hablamos hasta que el día de las generales se proclamen resultados imposibles e increíbles. Pero, ¡hombres y mujeres de Dios, sí, como contábamos al comienzo de esta crónica, los corraleros de ZapaSánchez se han roto las manos aplaudiendo la derrota de la democracia urdida por todo un jefe del Gobierno! Han ovacionado al sátrapa y con certeza que le ayudarán a perpetrar todas las golfadas posibles porque el capo de la mafia ya les ha ordenado un objetivo: «Hasta el 27… y después más». Vivimos los días oscuros que ha cantado el Rey, pero en el fondo, y mientras dure la mamandurria de los fines de semana y las vacaciones con tanga y paella, nadie terminará de creerlos: Para eso está, atenta a la jugada, la «TelePravda» del tal López, alias el Chupaíto.










