Un arzobispo hace de cronista: así ha sido mi día a día con León XIV en España

El arzobispo de Oviedo, con su habitual estilo esmerado, pulido y poético, ha ejercido de relator ‘extra oficial’ durante el viaje apostólico del Santo Padre a nuestro país

Es 6 de junio 2026 por la mañana. «Todos miramos al cielo». Son horas de alto vuelo desde que despegó en Roma. Todos miramos al cielo esperando la llegada del papa León XIV. Pero cuando aterrice seguiremos alzando la mirada, como indica el lema de esta visita del Sucesor de Pedro. Sí, alzar la mirada cuando tantas realidades nos la humillan hasta abajar nuestros ojos, secuestrados con impostura por tanta corrupción varia, por tanta fealdad malévola, por tanta insidia pervertida en las cloacas. Sin embargo, nuestros ojos nacieron para otra cosa, por eso con el papa queremos alzar la mirada, y levantar de nuevo el vuelo de la esperanza. Nos lo reclaman los horizontes de una belleza no manchada, de una bondad no envilecida, de una verdad no engañada. A esos horizontes nos asomamos mientras el avión que nos trae al Santo Padre aterriza en nuestra tierra. Tantas personas deseamos que él confirme nuestra fe y nos ayude a dar razones de nuestra esperanza, mientras con un corazón encendido nos abrimos al amor de una caridad sin tacha. Bendito el que viene en el nombre del Señor.

6 junio 2026. (17 h) «Primera etapa cumplida»

Las calles abarrotadas de fe y entusiasmo para recibir cálidamente al Santo Padre. Había ganas de salir en multitud para elevar el canto de la gratitud ante alguien que merece la pena, que viene con su paz desarmada y desarmante para poner en los corazones la Buena Noticia. Pero la cita primordial de la mañana estaba en el Palacio Real. El Rey como anfitrión junto a la Familia Real, abrió las puertas del impresionante y emblemático edificio que tantos secretos custodia, tuvo unas palabras de bienvenida que fueron verdaderamente elocuentes. Trazó la geografía y la historia de España, que desde hace dos mil años rezuma su clave cristiana: la fe de un pueblo, la cultura que nos identifica, aquello que nos une junto a la lengua de Hispania, tiene ese inequívoco marchamo que se deriva del hecho católico de nuestra gente porque tenemos desde hace veinte siglos unas raíces cristianas.

El papa León XIV acompañado de los reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía ascienden por la Escalera de Embajadores del Palacio Real,

El papa León XIV acompañado de los reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía ascienden por la Escalera de Embajadores del Palacio Real EFE

Ha glosado el Rey el valor que supone esta connivencia y convivencia entre España y la Iglesia Católica a través del tiempo. El compromiso eclesial de sacerdotes y diáconos, de religiosos y religiosas, de jóvenes y voluntarios: ¡qué enorme labor social, educativa, asistencial, pastoral y misionera en tantos lugares donde la Iglesia se hace presente con sus hijos! Felipe VI se hace portavoz del reconocimiento y gratitud de todo un pueblo. No ha querido obviar el contrapunto que puede suponer el tema de los abusos de menores, pero ha señalado con audacia y valentía, que esa minoría de abusadores no representa la inmensa comunidad eclesial, frente a los que se ensañan focalizando sólo en la Iglesia esa desgracia de crímenes terribles.

Subrayando la sólida formación científica del Santo Padre, el Rey ha querido mencionar la primera encíclica del papa para reivindicar que la persona debe estar siempre en el centro de la vida, sin que sea eclipsada, desplazada o sustituida por anónimos y artificiales algoritmos. Y como colofón de ese vibrante discurso de un rey católico que da la bienvenida al Sucesor de Pedro, ha recordado su Majestad las primeras palabras del que estrenaba su pontificado minutos después de ser elegido con aquella humilde petición: «Ayudadnos a construir puentes con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un único pueblo siempre en paz». Ha sido un oportuno recordatorio ante un auditorio con todas las autoridades políticas y diplomáticas de nuestro país: construir los puentes de la concordia y convivencia, y no cavar las trincheras de la insidia y la confrontación que se derivan de las corrupciones y las mentiras.

Con una sintonía preciosa, el Santo Padre ha dejado en su primera intervención un claro sabor de esperanza y de ánimo moral. También el papa ha señalado el vínculo histórico de España con el Evangelio, que a través de los dos mil años ha dejado una profunda huella espiritual, cultural y social en nuestro pueblo desde la siembra apostólica de Santiago el Mayor: la fe popular como auténtica dramaturgia de la salvación, el patrimonio artístico y musical, las cofradías y las asociaciones caritativas… son un testimonio vivo del encuentro entre Cristo y el pueblo español, un pueblo lleno de pasión que ama la vida y lo manifiesta.

El Papa León XIV pronuncia un discurso durante la ceremonia de su bienvenida en el Palacio Real, a 6 de junio de 2026, en Madrid (España). La recepción reúne a las máximas autoridades del Estado y de la Iglesia católica en España y marca el inicio oficial de la agenda del pontífice en el país.

Alberto Ortega / Europa Press
06 JUNIO 2026 VISITA PAPAL
06/6/2026

El Papa León XIV pronuncia un discurso durante la ceremonia de su bienvenida en el Palacio Real Europa Press

No viene el papa como un mandatario a una cumbre de políticos, sino como él ha afirmado, viene para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, pero también para facilitar y acompañar la reconciliación y cooperación profunda entre las distintas fuerzas de nuestra Nación. Por eso ha revalidado también el papa que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, lo que genera una sólida convivencia próspera y estable. Y ha recordado cómo la verdad es siempre mas grande que nosotros, hasta el punto de sorprendernos y atraernos a una reconciliación purificada, capaz de entablar un diálogo con los otros y con Dios.

Pero ha querido poner dos referencias inmediatas de dos hijos de la Iglesia que marcaron el rumbo de la honda renovación en una coyuntura histórica complicada como fue el siglo XVI. De San Juan de la Cruz ha citado su poemario de la noche oscura cuando se nos apagan hoy día tantos caminos que no conducen a nada. Es en esa penumbra donde nace el reconocimiento de que hemos nacido para la luz a pesar de las negruras del momento actual, y la sociedad necesita hombres y mujeres en la vid pública, que intuyan esa luz desde la oscuridad, que poco a poco nos traerá el don de la paz y la civilización del amor. En este sentido, con Santa Teresa de Ávila, nos ha adentrado en el castillo interior, avanzando de habitación en habitación hasta llegar a lo más íntimo del corazón: allí la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven y el universo se convierte en hogar. La Iglesia católica, ha dicho, está al servicio de esta sed del corazón humano, desde el testimonio evangélico de los mártires y los santos, trabajando por el futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz.

De ahí su incisiva y valiente invitación, por amor a la verdad, a abandonar narrativas divisivas y polarizantes en nuestra historia remota y actual. Así podríamos aportar algo precioso para la construcción de nuestra vocación de Europa, en la que España ha tenido un protagonismo especial siempre en el Viejo Continente. No levantando muros ni usando las armas, sino usando el diálogo, la convivencia sin traicionar las propias raíces, como España demostró en el encuentro entre judíos, cristianos y musulmanes. Elegir, como hizo San Ignacio de Loyola, la paz en lugar de las armas, los santos en vez de los poderosos, transformando así las crisis en gracia.

Las palabras del papa León XIV han caído en una tierra que estaba necesitada de esa semilla cordial de verdad que no traiciona, de bondad que no se embrutece y de belleza que embelesa. Es el paso del Evangelio que nuevamente nos trae su heraldo como Sucesor de Pedro en esta tierra de raíz cristiana, en esta tierra de María.

6 junio 2026. (23,45 h) «Una fiesta de jóvenes cristianos»

Iba cayendo el sopor del calor vespertino, pero subía por momentos la cálida convivencia de ese casi millón de jóvenes citados para la vigilia de oración. Fueron caldeando el ambiente distintos artistas con el ritmo, las letras y las músicas que gustan a la gente joven de nuestros días. Ya veo que voy distanciándome por momentos de esas edades cuando me sitúo en el escenario de la generación actual como un pingüino en un bosque austral.

Era verdaderamente una fiesta de jóvenes cristianos que se juntaban para rezar como tantas veces. Por eso, tras los cantos de ambientación y acogida, según iban llegando los grupos hasta colmar el inmenso espacio de la plaza de Lima y toda la avenida de la Castellana, comenzamos propiamente la oración con una plegaria mariana. Rezamos el santo Rosario, y se escogieron los misterios luminosos. Necesitamos esa luz que nos marque el camino y nos señale en lontananza la meta, que no es otra sino Cristo. En esto nos ayuda siempre nuestra Señora. Así fuimos desgranando nuestras cuentas del Rosario, intercalándolas con lecturas bíblicas, testimonios y algunos cantos apropiados. Necesitábamos esa presencia de la Virgen Santa como preámbulo de nuestra vigilia.

La gran cruz instalada en la Plaza de Lima para la vigilia del Papa León XIV con los jóvenes

La gran cruz instalada en la Plaza de Lima para la vigilia del Papa León XIV con los jóvenes Ayuntamiento de Madrid

El encuentro se hizo explosivo de alegría jovial cuando el papa llegó saludando por la inmensa improvisada explanada a tantos jóvenes desde el «papa móvil». Fue un continuo ofrecerle niños, algunos de sólo unos meses de edad, para que bendijera esas tiernas vidas. Pienso en las fotos que inmortalizaron ese momento y en cómo recordarán los pequeños cuando vayan cumpliendo sus años, que fueron bendecidos por el Sucesor de Pedro en su primera visita a Europa, a España.

Me conmovió el diálogo que se estableció entre un escogido grupo de chicos y chicas y el Santo Padre. Eran preguntas que ambientaban por inquirir los años mozos del papa, sus santos más referenciales, o su experiencia misionera en Perú. Pero luego avanzaron las preguntas en cuestiones más significativas: ¿cómo reconocer la voz de Dios en medio del vocerío de un mundo? ¿Cómo acompañar a los jóvenes cristianos, a los que se están acercando a la fe o a los que no quieren saber nada de Dios? ¿Qué hacer para afrontar problemas de la generación más joven contemporánea cuando el desafío de las tecnologías y la inteligencia artificial, el acceso al mundo laboral, la vivienda y la polarización social nos retan de manera radical?

Si fueron oportunas las preguntas, las respuestas estuvieron llenas de sabiduría, donde el papa dialogaba en un tú a tú con sus hermanos más jóvenes como nadie es capaz de hacerlo de cuantos los corrompen, los exprimen, los usan y tiran tras haber obtenido de ellos un voto electoral, una mercadería de consumo, una dependencia de cualquier índole en el campo de las drogas, el alcohol o sencillamente las modas pasajeras o las ideologías caducas. El papa León XIV fue directo, sugerente y creativo, para proponer con sabor a novedad el Evangelio perenne que la Iglesia ha proclamado en su larga tradición y los santos han testimoniado. El amor a la verdad, el decirles que tienen en sus manos la construcción de la historia y de un mundo diferente, la apertura a la vocación sacerdotal, religiosa o matrimonial, fue el legado que el papa quiso entregar a todos estos jóvenes que serán el futuro del mañana en el hoy del mundo y de la Iglesia.

El Papa León XIV dando la bendición con el Santísimo Sacramento en la Vigilia con Jóvenes en Madrid

El Papa León XIV dando la bendición con el Santísimo Sacramento en la Vigilia con Jóvenes en Madrid

Terminamos el encuentro con la adoración del Santísimo Sacramento. Impresionaba el silencio de ese millón de jóvenes que de rodillas hablaban con Jesús en la Eucaristía. Las cámaras de televisión enfocaban indistintamente a la Custodia, al papa, o a los rostros de chicos y chicas con sus ojos cerrados y abierto el corazón, adorante de la Santa Eucaristía. Sí, fue preciosa la vigilia de oración, y sólo Dios sabe los frutos que se darán en los corazones de esos muchachos. Me preguntaba quién es capaz de convocar a tantos chavales, para algo tan serio y con una propuesta evangélicamente tan revolucionaria. Sólo Jesús, sólo la Iglesia, sólo el Santo Padre. Yo doy gracias a Dios.

7 junio 2026. «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas»

Día intenso en esta festividad del Corpus Christi. Amaneció Madrid con las calles tomadas por un pueblo cristiano. Niños, jóvenes, familias, ancianos… en un ambiente de verdadera fiesta por el significado litúrgico de esta jornada en torno a Jesús en la Eucaristía, pero también porque lo presidía nada menos que el Sucesor de Pedro, garante que nos confirma en la fe y que nos acompaña en la esperanza que no defrauda. Impresionaba ver a miles y miles de personas de todas las edades, que se agolpaban por calles, avenidas y plazas para celebrar junto al papa León XIV esta festividad entrañable en el calendario cristiano.

La homilía del papa fue jugosa, salpicada de ideas llenas de unción, de historia de la religiosidad hispana, de hondo significado del don de la Eucaristía. Devoción y arte, honda espiritualidad entreverada de música y poesía en torno a la presencia de Jesús Resucitado en la santa Eucaristía, donde la piedad se hace también gesto de caridad, porque Cristo y los hermanos son amores diferentes pero inseparables. Nos dejó una verdadera perla a modo de legado que nos compromete. Dijo el Santo Padre: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy».

El Papa León XIV a su llegada a Cibeles para la misa el pasado domingo

El Papa León XIV a su llegada a Cibeles para la misa Europa Press

Luego vino la procesión. En aquellos aledaños del que fuera mi barrio de niñez y juventud en mi Madrid natal, acompañé al Señor portado en vilo por el propio papa, mientras tantísimas personas, entre ellas muchas jóvenes y muchísimos niños se inclinaban de rodillas al paso del Señor bajo el palio que le protegía. Muchos niños, sí, como está siendo una constante de estos días. Pienso en un pueblo como el cristiano, que ama la vida y por ese motivo es bendecido con la alegría de los niños. Otros caminos son senda a ninguna parte, y tienen su fecha de caducidad inscrita en todos sus costados por la esterilidad de sus vidas y el horizonte alicorto donde no hay salida.

Por la tarde tuvimos el encuentro en el Palacio de los Deportes de Madrid, Movistar Arena. Un encuentro con la cultura, el arte, la educación, la empresa y el deporte. Fueron varias intervenciones a cual más hermosa y emocionante, comenzando por la sentida aportación de Antonio Banderas: «No tememos equivocarnos al decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad. En el corazón de ese impulso creativo está quien atraviesa los siglos, los estilos y las culturas. Y que, con total seguridad, ha sido la figura más representada en la historia del arte. Se trata de Jesucristo, el gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes Cristo como un icono de paz, de amor, de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable… El arte es pregunta, es reflexión, es contraste, es revolución, es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos. El arte ha sido y debe seguir siendo, el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia. El arte debe ser una alternativa a la violencia… Estamos obligados a mirar, y a ver, y a tratar de entender las complejidades del alma humana. Todos los seres humanos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿Quiénes somos? ¿Qué sentido tiene la vida y el dolor? ¿Qué significa amar de verdad al prójimo como a uno mismo? ¿Qué hay más allá?… Santo Padre, en un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos ayuda a recuperar la profundidad y el alma que está tratando de ser robada por inteligencias artificiales que deben estar al servicio del ser humano y no al revés. Un alma que nos susurra que hay algo más. El constante susurro de la esperanza de ese algo más. Necesitamos seguir creando y compartiendo. Seguir preguntando. Seguir buscando belleza, sí, pero también verdad».

Vuelve a ver el discurso íntegro de Antonio Banderas en honor al Papa León XIV

Antonio Banderas saluda al Papa León XIV

Me pareció una intervención llena de sentido y belleza, donde el relato de este artista internacional se hace testimonio inusual de cómo Dios nos trabaja el alma más allá de las apariencias.

Nos recordó el papa aquel grito de esperanza que supuso la primera aparición como pontífice de San Juan Pablo II: «¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!» Y recordando a Benedicto XVI, añadirá: «Jesucristo no nos quita nada y nos da todo». Y con su autoridad moral reconocida por todos los que estábamos allí llenando el Movistar Arena con más de 12.000 personas, nos dijo el Santo Padre: «Queridos amigos: os invito entonces a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».

No eludió el apunte crítico en torno a la cultura sobre lo que estamos construyendo o destruyendo en este recodo de la historia que nos toca a nosotros protagonizar: «Porque «cultura» evoca «cultivo», como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas».

Nos está sorprendiendo muy gratamente el papa. No porque durante el año que ya lleva de pontificado no haya dado muestras de su altura creyente, pastoral, intelectual y paterna, sino porque en estos días le estamos viendo moverse con una soltura profunda y armónica, donde escuchando su palabra sentimos en lo más profundo de nuestro corazón que estamos siendo confirmados en nuestra fe. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Todo un regalo de consuelo y esperanza en estos días de convulsión social y ajetreo político. ¡Qué brisa de viento fresco nos entra en las rendijas del alma!

8 junio 2026. «Ovación interminable»

Discurso en el Parlamento. Había levantado la máxima expectativa el hecho de que por primera vez un Pontífice hablase en el hemiciclo parlamentario delante de todas las máximas autoridades políticas y judiciales de España, con una nutrida tribuna de invitados representativa de la sociedad. Yo tuve mis dudas sobre su acierto de comparecencia, no por lo que pudiera decirnos el Santo Padre, sino por su utilización por parte de algunos grupos políticos de fácil adivinación. Los que no acudieron al encuentro ya se expresaron con el desdén de su rechazo, y que han querido poner después un pie de foto al mutis de su ausencia.

Yo tuve mis dudas sobre su acierto de comparecencia, no por lo que pudiera decirnos el Santo Padre, sino por su utilización por parte de algunos grupos políticos de fácil adivinación

No se le interrumpió en ningún momento con aplausos, pero la ovación final de más de 7 minutos fue la mejor gratitud por las palabras que escucharon de los labios del Sucesor de Pedro. La presidenta del Congreso tuvo unas palabras de bienvenida que fueron cordiales y respetuosas, aunque deslizó algunas ideas con carga de profundidad en temas que al gobierno les resultan importantes subrayar tanto en sus opciones de política internacional como en sus desmedidas e injustas focalizaciones en la cuestión de los abusos de menores que se empeñan en imputar sólo a la Iglesia Católica.

El Santo Padre comenzó diciendo que su presencia allí era un gesto de cercanía hacia España, sabiendo que la Iglesia coopera con los Estados en el mutuo servicio a la persona humana. Conoce bien nuestra historia, nuestros referentes literarios, intelectuales y el testimonio de nuestros santos. Pero con sencillez se quiso presentar como representante máximo de una comunidad cristiana que no es ajena a los avatares de los hombres: «la Iglesia ‘camina con la humanidad’, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar ‘por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy’. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce ‘la autonomía de las realidades terrenas’ y ‘la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política’; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia». Con esta claridad sencilla y valiente, trazó el papa la pertinencia de la Iglesia en medio de la sociedad como parte integrante de la ciudad de la que forma parte.

El Papa León XIV recibe la ovación del Congreso de los Diputados

El Papa León XIV recibe la ovación del Congreso de los Diputados Pool

Pero lo más importante que el Santo Padre quiso insistir y revalidar es que no hay nada que se pueda construir con verdad si no tenemos presente el alto y supremo valor de la persona humana, precisamente en tiempos en los que se usa la cultura del descarte, como decía el papa Francisco. En esta coyuntura en la que nos jugamos tanto y tantos movimientos de cambio se imponen, afirmaba León XIV que «ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común. Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento».

No sólo la dignidad de la persona humana en abstracto como si fuera un valor retórico y teórico, sino la persona humana cuya vida se acoge, se custodia y tutela en todas las fases de su existencia. Era esperado este requiebro del papa ante una cámara donde se legislan y aprueban leyes como el aborto considerado como un derecho, o la eutanasia abaratando la muerte con subvención. Decía con claridad el papa: «Una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás». «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad». Realmente, un punto brillante y valiente en la intervención papal en ese hemiciclo de la soberanía española.

No ha faltado una referencia a la problemática de la emigración, que nos afecta particularmente en España como puerta de Europa, por ser la ribera donde tantos nos llegan provenientes del continente africano. Tuvo el papa la delicadeza de tocar este asunto, pero con un equilibrio verdaderamente ejemplar: «La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática». Ahí queda dicho todo con ponderación justa y respetuosa, reclamando nuestra razonable generosidad, pero no de modo ciego ni demagógico como algunos pretenden.

No ha faltado una referencia a la problemática de la emigración. Ahí queda dicho todo con ponderación justa y respetuosa, reclamando nuestra razonable generosidad, pero no de modo ciego ni demagógico como algunos pretenden

No dudó tampoco en afrontar el desafío actual en torno a la paz y cómo estamos amenazados por la insidia de las guerras en curso. Pero esa paz no es un objetivo cualquiera conseguido de un modo inadecuado. Nos ofreció puntos de discernimiento: «el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia. En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera».

Pero la familia será también un importante punto en su discurso, dado que en ella descansan los valores más sólidos o se introducen los extravíos más vulnerables para cada persona y para la entera sociedad. Sin tapujos, abordará la cuestión de la familia y la educación, dando el protagonismo a los padres: «reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer. También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas»». Es muy posible que quienes hacen de la familia una cuestión de arma política banalizando su sentido, confundiendo su significado identitario, y usando la educación como manipulación ideológica, les habrá resultado este apartado especialmente provocativo.

Y no podía acabar sin un reclamo a la libertad religiosa, precisamente en un contexto en el que la Iglesia está siendo especialmente perseguida con guante blanco, a través de un acoso que pretende derribarnos y expulsarnos de tantos foros sociales y culturales. Por eso el papa reivindicó el derecho de la libertad religiosa junto al deber que tienen los Estados de tutelarlo: «de este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe. Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida. Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública».

La ovación interminable que al final se le brindó al Santo Padre, dice mucho. No fueron palabras vacías que no comunicaron nada, sino palabras verdaderas que rescataban los valores más esenciales en donde nos jugamos la propia humanidad. Interpreto esos casi ocho minutos de aplausos como un reconocimiento precioso y sorpresivo, cuando en medio de la orfandad en la que nuestro mundo adolece en estos momentos de mentiras, corrupciones y violencias, de pronto se reconoce en la verdad, la bondad y la belleza de lo que el Santo Padre ha afirmado y defendido, al padre que nos está faltando, un padre que dice palabras verdaderas, que no utiliza las carencias de los oyentes y que los acompaña bondadosamente hacia la presencia misteriosa pero real de Dios. En medio de nuestra orfandad, ha emergido este padre al que no se ha dejado de aplaudir con inmensa gratitud.

9 junio 2026. «Encuentro con la Conferencia Episcopal»

Tuvimos también un encuentro esperado de nuestra Conferencia Episcopal con el Santo Padre. Tuvo lugar en nuestra sede habitual, donde celebramos tantas reuniones, aprobamos documentos y hacemos reflexiones y discernimientos de cómo llegar a la gente de nuestros días para llevar con gozo el santo Evangelio. Fueron unas palabras audaces y sugerentes llenas de apuntes para reflexionar sobre cómo somos pastores viandantes que acompañan el camino de las personas que nos han sido confiadas: «se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón. Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega. De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz».

Preciosa parábola de lo que es el camino de la vida, también en nuestro ministerio de pastores para aprender incesantemente a ser obispos que dan la vida por las personas que nos han sido encomendadas, sin apropiarnos jamás de seguridades y privilegios, sino desde la conciencia de estar siempre en camino con el pueblo que acompañamos.

Encuentro con la comunidad diocesana. Goleada en un estadio. Así fue el comentario del papa León XIV al aparecer en ese impresionante escenario del estadio Bernabéu. Flotaba en el ambiente lo que de varios modos se convierte en uno de los más bellos estribillos de su mensaje en esta visita apostólica. Lo dijo durante la vigilia de oración con los jóvenes: «El joven cristiano se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva».

El Papa León XIV a su llegada al Bernabéu, este lunes

El Papa León XIV a su llegada al Bernabéu Europa Press

Quiso el Santo Padre retomar la parábola de la música para explicar los vínculos de nuestras relaciones, el sentido del verdadero diálogo y la convivencia humana desde nuestra aportación como cristianos. «Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades». Qué hermosa sinfonía compuesta por voces que se unen, por instrumentos que se complementan, por notas y silencios en el pentagrama de la vida donde se alaba a Dios y se bendice a los hermanos. Es una verdadera escuela de humanidad que hace un mundo más humano, menos desesperado, llenando la ciudad de alegría como comprobaron los primeros cristianos (Hch 8), la auténtica Ciudad de Dios que describió San Agustín.

Podría parecer que un viaje papal es un paseo triunfante por las grandes aglomeraciones que aclaman al Santo Padre con sus ¡vivas! y sus aplausos sin cesar. También esos escenarios tienen lugar y son siempre bienvenidos. Pero un papa, además de confirmar en la fe, proponer grandes catequesis en las que se retoman los temas más troncales y queridos de la tradición cristiana, y en los que se señalan los desafíos pastorales de nuestro tiempo en el aquí y el ahora del momento presente, además de todo esto, digo, también abraza la realidad más punzante y dolorosa de la humanidad que tenemos delante.

El 'arzobispo-cronista', en Montjuic

El ‘arzobispo-cronista’, en el Bernabéu

Es lo que en la vigilia de oración de Monjuic tuvo lugar especialmente con los jóvenes (de muchas edades). Antes tuvo en Madrid, así como en Barcelona, visitas a lugares significativos donde el dolor tiene diversas formas. El centro Cedia, con transeúntes sin techo ni hogar, y los dos centros penitenciarios con sus mundos siempre difíciles de abrazar. En la vigilia de oración en Barcelona, nos presidió la cruz de Jesús que fue solemnemente entronizada. Luego vinieron tres testimonios de un chico y dos chicas, a cuál más duro de escuchar: la depresión de quien pierde el significado de las cosas y corre el riesgo del suicidio; o el haber sido testigo del intento de asesinato de tu madre por manos de tu padre, que terminó en la cárcel de éste y en el refugio de aquélla en las drogas, teniendo que ser internada en un centro de menores llevado por religiosas; o las preguntas clásicas de quien mastica su soledad más solitaria sin que Dios aparezca como horizonte creíble que te dé paz y seguridad.

Tras los testimonios, estos jóvenes formularon preguntas al papa. Sus respuestas fueron verdaderamente paternales, yendo al corazón de sus personas y a la raíz de sus cuestiones: No inculpéis a Dios, cuando Él es el mayor inocente. Preguntaos vosotros, vuestros padres y las personas adultas que no os acompañaron, preguntad a la sociedad que no sabe protegeros, preguntaos vosotros mismos y vuestras reacciones. Realmente fue una cura de humildad y un deseo de responsabilidad para cada cual, sin inhibición cómoda y fugitiva: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda; Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad, y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad. Nos ha dado su mismo Espíritu, precisamente para que el amor sea la clave de todas nuestras relaciones humanas. Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».

Se leyó el evangelio de san Juan cuando cuenta las incursiones nocturnas de Nicodemo. También él tenía oscuridad, también él buscaba en la noche. Hasta que se topó con Jesús que se le presentó como luz que permite darnos a luz volviendo a nacer. Este hombre es todo un camino que nos permite entrever nuestras andanzas, nuestras búsquedas, nuestras preguntas. Sólo en Jesús está la respuesta. Sólo Él es la luz que nos alumbra sin deslumbrarnos hasta cegarnos.

León XIV toma a una niña en sus brazos a su llegada al Estadio de Montjuic

León XIV toma a una niña en sus brazos a su llegada al Estadio de MontjuicAFP

Fue hermoso el canto de la Rosa d’avril a la Virgen Moreneta que interpretó la Escolanía de Monsterrat. A ella nos acogemos como hacemos los cristianos en la oración final de cada día.

10 junio 2026. «Piedras vivas»

Mañana en el santuario de Monserrat. Espacio emblemático para toda Cataluña donde el hogar de una Madre ha arropado a sus hijos durante siglos. Por allí han pasado santos, e incluso alguno citado por el papa, será decisiva aquella noche de vela de armas ante la Moreneta, para terminar dejándolas y seguir a Jesús fundado la Compañía: es el caso de San Ignacio de Loyola. Esto le inspirará al papa para «desarmarnos»: «Contemplemos a María de Montserrat que nos muestra a Jesús como un niño indefenso descansando en su regazo, pues aquí está Ella, junto a su Hijo, invitándonos a amarnos unos a otros. Depongamos hoy a sus pies las corazas que han endurecido poco a poco el corazón. El Niño Dios que María sostiene en sus brazos, no lleva armaduras y será Él mismo quien luego, desnudo en la cruz, se abandone totalmente al Padre para salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor. Alcemos la mirada a María y supliquémosle que nos ayude a revestirnos únicamente con las armas de Dios».

Fuimos citados para rezar sencillamente el rosario. Es una oración mariana que acompaña la vida de tantas gentes sencillas que a diario lo rezan, pasando sus cuentas entre avemarías. La vida misma es un rosario con sus misterios de gozo, de dolor, de gloria y de luz. Era hermosa esta cita que nos reunión a un buen grupo de cristianos, muchos jóvenes y niños, muchas familias, y el nutrido sector de obispos que venimos acompañando al Santo Padre.

Monseñor Jesús Sanz, a la derecha, con otros obispos en Montserrat

Monseñor Jesús Sanz, a la derecha, con otros obispos en Montserrat

Nos invitó una vez más a la unidad, a esa comunión a la que no deja de insistirnos el papa agustino. Y lo hizo fijándose en la hermosa imagen de María sedente con el Niño en sus rodillas: «Consideremos también cómo la Virgen, en su mano derecha, sostiene la esfera del mundo, signo de su cuidado materno, porque el mundo entero tiene cabida en su corazón. Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división. Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz».

Era bello desgranar estas cuentas del rosario, teniendo estos sentimientos de unidad que nos permitió asomarnos a una convivencia distinta cuando entramos en esa dinámica del amor humano y fraterno que nos permite poner las bases de la civilización del amor.

Pero mientras nosotros serpenteábamos la carretera que nos conducía a Montserrat, el Santo Padre hizo una breve parada en una cárcel de seguridad: el centro penitenciario Brians 1. Una vez más, el papa no se quedaba en un escenario favorable y cómodo para hacer una piadosa oración con el pueblo fiel, sino que también tenía este intrincado requiebro haciendo parada en donde hay gente que pena sus penas en el límite de la esperanza. Dos breves testimonios de dos reclusas, muy conmovodores, provocarán el hermoso mensaje que les dijo León XIV: «No existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada. Es una verdad consoladora que nos acompaña en todo momento y que nos recuerda cómo su amor misericordioso está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho. Esto es válido, de manera particular, para vosotros queridos hermanos y hermanas, que lleváis el peso de estar lejos de vuestros seres queridos y sufrís, además, a causa de vuestra actual condición. Cuando os venga la tentación de sentiros menos y penséis que no vale la pena seguir adelante, ‘alzad vuestra mirada’ hacia Aquel que, a través de la presencia de tantas personas, nunca deja de mostraros su amor y cercanía. Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos de vuestro camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona… Si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones. Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y busquemos su rostro. Dejémonos acompañar por su amor».

Quiero pensar en el consuelo que dejarían estas palabras tan verdaderas, cuando nadie seguramente se las dice a los reclusos que tienen sólo el remordimiento de lo sucedido en el pasado y el recuento de los días que les quedan todavía en la prisión, sin un horizonte de verdadera esperanza capaz de cambiar sus vidas.

Terminó el periplo catalán de este viaje apostólico con la misa en la Basílica de la Sagrada Familia y la bendición posterior de la Cruz en la torre de Jesús. El marco era impresionante. La asistencia de un nutrido de obispos de bastantes diócesis que dan al Mediterráneo (Francia, Italia, España, Norte de África) y los que le estamos acompañando al papa de nuestra Conferencia Episcopal Española. Pero también la deferencia de sus majestades los Reyes y muchas autoridades civiles, culturales, sociales y militares. Estábamos en esa bellísima Basílica fruto del genio de Antonio Gaudí, el «arquitecto de Dios». Todo un remedo de la sierra de Monserrat que se plasma en sus catorce torres, emergiendo la principal que en este día fue bendecida por el mismo papa.

El Papa León XIV bendice la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia

El Papa León XIV bendice la Torre de Jesucristo de la Sagrada FamiliaEFE

La Cruz tiene luz, y tanto durante el día con sus espejos, como durante la noche con sus luminarias, viene a ser como un faro que nos orienta y protege en medio de las tempestades de la vida. Pero la misma construcción es ya una parábola de la vida: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama».

Somos piedras vivas de una construcción habitada por quien nos invita a formar parte de ese hogar como verdaderas piedras hermanadas. Una vez más se desliza ese estribillo de unidad en la diversidad, de comunión diferenciada, haciendo entre todos, con el don que cada uno ha recibido de Dios (1 Pe 4), algo bello que da gloria al Creador y se transforma en bendición para los hermanos.

11 junio 2026. Encuentro con los migrantes en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria)

Madrugamos bastante este día, a las cuatro de la madrugada, puesto que había que tomar el avión a una hora muy temprana. Dejábamos atrás tantas emociones que nos llenaban el corazón, por las palabras y los gestos de un papa que nos ha conquistado del todo por devolvernos la alegría de la fe y haber despertado de nuevo la esperanza. Pero había que seguir el viaje que nos llevaba a las Islas Canarias.

Era un viejo sueño del papa Francisco, cuando tuvo noticia del desgarrador destino de tantos inmigrantes que huyendo de la hambruna, de la guerra, de la explotación de los países ricos y de los poderosos sin entraña, se aventuraban en un viaje con tantos inconvenientes. Casi comenzaba el Santo Padre con estas palabras: «Esta isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche».

Él mismo, mostrando su anillo episcopal como Obispo de Roma, explicó que se le llama el «anillo del pescador», recordando cómo Pedro fue llamado a dejar las redes para convertirse inmediatamente en «pescador de hombres». Y esto es lo que los cristianos que abordan la tragedia de la inmigración (obispos, sacerdotes, religiosas, laicos… parroquias, cáritas) viven a diario en el sentido más literal: pescar a los hombres del mar de sus desgracias. De hecho, el mar en las páginas bíblicas también es sinónimo del mal, porque en sus misteriosas profundidades se creía que vivían monstruos marinos capaces de devorar la humanidad que surcaba sus aguas. Por eso decía el papa que «también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».

En uno de los momentos más hermosos de su discurso, no le temblará a León XIV la voz para decir en voz alta lo que la Iglesia tiene que decir y hacer cuando está ante una deriva tan terrible: «Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte… Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: ‘¡Calla, enmudece!’. Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».

Los testimonios fueron impresionantes y desgarradores, pero también hermosos por dejar traslucir el atisbo de esperanza que se dejaba ver venciendo el fatalismo. Tantos obispos presentes, tantas realidades diocesanas que con sencillez daban testimonio de mucha entrega. Y tantas autoridades de primer rango que no aparecieron cuando la tragedia se cernía desmedidamente en aquellas costas Canarias pero fueron ahora aprovechando el momento y la foto. Ante todos, quiso decir el Santo Padre, como quien tiene autoridad moral para gritarlo, lo que más iluminó y consoló de sus palabras:

«Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de sirenas’, son industrias de muerte. Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante. Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego «pasar de largo» ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Deberemos ir una y otra vez sobre este discurso, porque se trata de uno de los más importantes pronunciados por el papa en este viaje apostólico a España. No estamos huérfanos de esperanza cuando ha emergido con tanta fuerza el padre que nos la sostiene y despierta desde Jesús y su Evangelio. Una gran noticia que sabe a Buena Nueva.

12 junio 2026. «Todas las expectativas han sido colmadas»

Ha concluido el viaje de León XIV a España. Todas las expectativas han sido colmadas y ninguno de los temores hallaron cauce. Una verdadera bendición para nuestro pueblo, que necesitábamos a raudales. Es cierto que el papa nos ha visitado, pero también el Santo Padre ha sido visitado por España. Nos lo decía conmovido por tanto afecto que ha podido constatar. Han sido niños, jóvenes, familias enteras, personas mayores.

Una verdadera bendición para nuestro pueblo, que necesitábamos a raudales

Recordamos aquel titular de la famosa periodista Paloma Gómez Borrero: «Huracán Woityla». Esta vez ha sido la «brisa Prevost». No por la diferencia de intensidad eólica, porque ambos fueron realmente potentes, sino por el tono personal que caracteriza a ambos pontífices, que tienen no pocos puntos en común. Una brisa huracanada podría ser lo que mejor responda a este paso de León XIV entre nosotros.

Tal y como he dicho más arriba, el milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan desde los tambores de guerra internacionalmente y desde la saturación de corrupción política con las gobernanzas mendaces, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, todas las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan han puesto en evidencia la orfandad de nuestro momento en el mundo. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo con lo que no contábamos, con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos como siempre suscita Dios. Ese algo ha sido la vivencia agradecida de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.

El estribillo constante ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de cavar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente. Lo dijo en su mensaje en la Basílica de Montserrat: «Jesús nos muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre. Al mismo tiempo, desenmascara la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide. Esa violencia escondida puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias… Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz».

Aunque es cierto que hubo tentativos de utilizar la visita papal como distracción embaucadora por parte de algunas formaciones políticas o queriendo aprovechar el tirón del Santo Padre para salir en la foto o deslizar sus fijaciones, quedó totalmente eclipsado el intento ante la evidencia palpable de lo que ha supuesto de grata sorpresa y saludable conmoción. La «brisa Prevost» fue un huracán de esperanza evangélica que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad, a abrazar humildemente la bondad y a no censurar la belleza que nos dilata alzando la mirada.

Ha sido ejemplar y especialmente generosa la actuación de la Guardia Civil, la Policía Nacional y las Policías Locales, con una amabilidad que por doquier se derrochaba. Cuando los obispos les agradecíamos a todos ellos la impagable labor que estaban realizando poniendo orden, coordinación y seguridad en unos eventos tan masivos, ellos declinaban cortésmente nuestra gratitud diciéndonos que lo hacían con sumo gusto y también ellos agradecidos por poder ayudarnos a todos. La Guardia suiza y la Gendarmería vaticana son dos cuerpos de seguridad que acompañan al Santo Padre, que también tuvieron su círculo de seguridad en el entorno inmediato del papa en todos sus movimientos y celebraciones. Creo que, además de su preparación técnica, su forma física y el adiestramiento en judo, artes marciales y esgrima, tendrán que especializarse en una nueva modalidad: levantamiento de niños y bebés. Porque han sido cientos y cientos de pequeñas criaturas que le acercaban al papa para que les bendijese. Impresionaba como se ponía delante de ellos, los miraba y sonreía sin prisa, y luego les bendecía en sus frentes. Qué hermosa parábola de la vida, del evangelio de la vida, cuando la infecundidad de tantas ideologías se empeña en imponernos su fracaso estéril y vacío.

En la última misa celebrada ya como colofón de esta inolvidable visita, nos dejaba su último mensaje lleno de agradecimiento. Porque ha sido una visita recíproca: el papa León XIV a España y nuestro pueblo fiel ha visitado también al Santo Padre. Eran sus palabras finales, donde visiblemente conmovido nos dejaba esta despedida cariñosa: Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España. Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!».

Regresa el papa a su sede romana, nosotros quedamos aquí en nuestras encrucijadas. Tal y como decía el Santo Padre a un pequeño grupo de obispos ya en el aeropuerto: ahora nos toca a nosotros acompañar a los hermanos fructificando y profundizando lo mucho recibido en estos días verdaderamente intensos. Y es lo que pedimos al Buen Dios y a nuestra Madre la Virgen María, que sepamos entender cuando se nos ha dicho y que hagamos con ello un precioso camino de bienaventuranza, para que alzando la mirada, se llenen nuestras ciudades de alegría y nuestras comunidades cristianas de la esperanza que nunca defrauda.