La caída de un árbol en la zona de la Cantera dejó uno de los momentos más delicados del descenso, que comenzó en Murillo y concluyó en Santa Eulalia
El río Gállego volvió a ser ayer el gran protagonista del Descenso de Nabatas, que cerró las Jornadas Nabateras con una edición marcada por las condiciones exigentes del caudal y una respuesta masiva del público. El día estuvo condicionada por las lluvias registradas el sábado aguas arriba de Murillo de Gállego, que provocaron una crecida con abundante carga de sedimentos, dejando sin visibilidad las piedras del fondo y elevando notablemente la dificultad del recorrido.
Los nabateros y nabateras tuvieron que apoyarse así en su experiencia, conocimiento del río y pericia para completar el descenso con éxito. La bajada, fiel a la recreación del antiguo oficio maderero, volvió a poner de manifiesto la complejidad de esta práctica tradicional, considerada de alto riesgo y que exige coordinación y toma de decisiones constante.
Uno de los momentos más delicados se produjo en la zona de la Cantera, donde una de las nabatas tuvo que sortear un árbol caído que cruzaba el río a aproximadamente un metro de altura sobre la superficie. Aunque inicialmente se preveía evitar el obstáculo por el lado derecho, la fuerza del caudal obligó a los tripulantes a reaccionar sobre la marcha, optando por tumbarse sobre la propia estructura para evitar el impacto. Durante la maniobra, uno de los nabateros vio cómo las ramas le rasgaban la camisa, en una escena que ilustra la dureza y la autenticidad del descenso.
A pesar de estas dificultades, la jornada se desarrolló con normalidad y concluyó con gran éxito, tanto en la parte organizativa como en participación. Miles de personas se reunieron en distintos puntos del recorrido, especialmente en la salida en Murillo y en la llegada a Santa Eulalia, donde se volvió a batir récord de asistencia.
El ambiente festivo estuvo además acompañado de la música de los gaiters y gaiteras de Tierra Plana, que reforzó el carácter cultural y popular del evento.
La edición de este año ha tenido un componente simbólico especial con la incorporación de dos nuevos nabateros, Paula Cano y Jorge Fernández, quienes recibieron ayer el tradicional bautismo nabatero a su llegada a la playa de Santa Eulalia. El rito, que consiste en mojar la boina en el agua del Gállego y colocársela en la cabeza, representa la integración en una tradición que sigue viva gracias al relevo generacional y el compromiso colectivo.
También se rindió un homenaje a Pedro Borau, presidente de la asociación los últimos doce años, en reconocimiento a su dedicación, compromiso y labor. El programa concluyó con el tradicional baile nabatero en Biscarrués.










