El autor de superventas cristianos como ‘La paz interior’ o ‘La libertad interior’ intervino ayer en El despertar, un multitudinario acto que llenó el Palacio de Vistalegre en Madrid
Dicen que, hasta ahora, la fe no interesaba, pero antes de Rosalía, el sacerdote francés Jacques Philippe ya había vendido más de un millón de libros. El autor de superventas cristianos como ‘La paz interior’ o ‘La libertad interior’ —más de 30 ediciones en 26 lenguas— intervino ayer en El despertar, el multitudinario encuentro que organizaron It’s time to think y The Nomba, que llenó el Palacio de Vistalegre en Madrid. Hábito, gafas Converse y chaleco plumífero, analiza en esta entrevista las claves del resurgir del cristianismo en la sociedad actual y el camino para acercarse a la Fe: «El que busca a Dios, encuentra». Fuera, nieva en Madrid.
—¿Cuánto tiene el regreso a la Fe de regreso a las raíces?
—Es verdad que, para mí, lo que caracteriza en parte nuestra época cultural es que hemos roto con ciertas raíces antiguas de nuestra cultura, que eran las raíces del cristianismo, las que habían influido profundamente en la vida social y en la vida moral. Ha habido, por tanto, una especie de cuestionamiento de Dios y de los valores cristianos, y se ha producido una ruptura entre, diría yo, las mentalidades del mundo actual y la tradición cristiana que había marcado e inspirado nuestra cultura. También hay una reivindicación de libertad en ese sentido. Una de las características del mundo de hoy es que el hombre quiere ser el dueño absoluto de su vida. Desde el nacimiento hasta la muerte, puede soñarse como el amo absoluto de su existencia, sin referirse a ninguna trascendencia, a ninguna divinidad ni a una ley universal a la que todos los hombres deberían adherirse.
—¿Ahora es el individuo quien ocupa el centro?
—Lo que se coloca en el centro de la cultura actual es la reivindicación del individuo. Se quiere ser, por ejemplo, el dueño absoluto de la propia sexualidad, y en otros aspectos también: el individuo prima incluso sobre el cuerpo social. Se absolutiza al individuo y se considera que, cualesquiera que sean sus reivindicaciones o aspiraciones, tendría derecho a realizarlas sin someterse a nada más que a su propio deseo. Eso resulta bastante destructivo para la vida social. Las relaciones se vuelven más complejas. Hoy, el hombre y la mujer empiezan a tener miedo el uno del otro, entran en conflicto, y hay conflictos de poder por todas partes. Pero la gran cuestión es: ¿dónde está la verdadera libertad?
«Se ha separado la noción de libertad de la noción de amor. Si mi libertad no está al servicio del amor, del bien del otro y también del propio bien, aparece el problema»
—¿Cree que está cambiando el concepto de libertad?
—Antes, cuando se hablaba de libertad, esta existía, por supuesto, y además formaba parte de los grandes temas de la vida cristiana, del Evangelio. No era una libertad absoluta como la que hoy se pretende, sino también una libertad capaz de someterse a realidades que la superan, a una trascendencia. Hoy existe, en cambio, una tendencia a querer una libertad sin límites. Es verdad que hay muchos malentendidos en torno a la cuestión de la libertad. Creo que el problema es que se ha separado la noción de libertad de la noción de amor. Si mi libertad no está al servicio del amor, del bien del otro y también del propio bien, aparece el problema.
—Opinadores, artistas, intelectuales y gente de la calle proclaman su Fe hoy en día. ¿Qué está ocurriendo?
—Las personas se enfrentan a un vacío interior tan grande que necesitan encontrar algo que dé sentido a su vida, algo que las motive. Creo que también necesitamos recuperar la esperanza. Vivimos en un mundo con una inseguridad extremadamente fuerte: todas las tensiones sociales, las guerras… Existe un sentimiento de inseguridad muy intenso. Hay distintas maneras de responder a esta situación. Algunos se lanzan a buscar experiencias intensas, a vivir al máximo, a veces de forma ambigua o incluso peligrosa. Otros, en cambio, buscan algo sólido, una verdad en la que apoyarse, una verdad que dé sentido a su vida. Muchas personas viven en la inseguridad, con un vacío interior y dificultades para dar sentido a su vida cotidiana, y eso las empuja a buscar a Dios, a acercarse, al menos a plantearse la cuestión religiosa. Existe la necesidad de pertenecer a comunidades, a grupos que compartan una fe y que puedan ayudar en el camino personal. Hoy hay un gran sentimiento de soledad en el mundo. Muchas personas se acercan a la Iglesia porque sienten que allí pueden encontrar una comunidad donde ser acogidos y donde vivir relaciones positivas con otros. Todo esto tiene también aspectos psicológicos, pero creo que hay algo más profundo: una búsqueda de equilibrio interior, de una vida espiritual sana. Hoy existe una gran necesidad de esperanza, de una verdad en la que apoyarse, de una comunión auténtica con los demás. Y creo que estos elementos conducen a un nuevo interés por el cristianismo.
—La destrucción de Dios no ha funcionado.
—No, en absoluto. Ha producido más bien efectos negativos. El hombre que se separa de Dios acaba un día por odiarse a sí mismo. Porque si estoy completamente separado de Dios, ¿dónde voy a encontrar razones para amarme, para tener confianza en mi vida, en mi futuro? Aparece una forma de odio hacia uno mismo. El hombre que se separa de Dios se enfrenta a sus límites, a su fragilidad, a sus errores, y ya no sabe muy bien qué hacer con todo eso. Si no hay alguien que me perdone, si no hay alguien que me diga: «Tú eres mi hijo amado»; si no hay alguien que me diga: «A pesar de tus errores y de tu fragilidad, eres infinitamente amado y tu vida puede tener sentido, tu vida puede volver a empezar», no veo muy bien de dónde pueden venir hoy los motivos para la esperanza fuera de la fe. La mayor carencia de nuestro tiempo es la esperanza. No un vago optimismo de que «quizá todo se arregle», sino una certeza profunda de que nuestra vida puede tener consistencia y realizarse de manera positiva. Creo que eso es, quizá, lo principal que los cristianos tenemos para ofrecer: no para decir que somos mejores que los demás, sino para proponer una esperanza sólida. Hay una imagen muy bella en la Carta a los Hebreos: la esperanza es como un ancla a la que uno puede aferrarse. Eso es lo que nos falta hoy: un anclaje. Antes hablábamos de las raíces. Quizá no tenemos esperanza porque nos hemos separado de nuestras raíces espirituales, cristianas, de nuestra cultura. No se trata de volver atrás por nostalgia, sino de recuperar un contacto vivo con Dios. Y a través de ese contacto real, reencontrar la esperanza, la confianza en la vida y la capacidad de amarse a uno mismo. Hoy es difícil, por ejemplo, el amor propio, la estima de uno mismo. Son cuestiones que tratan mucho los psicólogos, y pueden hacer un buen trabajo, pero creo que las razones profundas por las que una persona puede amarse y valorarse a sí misma están en el hecho de ser hijo de Dios. Esa identidad es inalienable. La Fe nos libera de la oscuridad, de la duda, del error. La esperanza nos libera del miedo, del desánimo, de la angustia. La caridad nos libera del egoísmo, de la cerrazón, de la incapacidad de amar. La caridad nos abre a Dios y a los demás. Ese es el único acto de libertad auténtico: el amor.
—Hay muchas personas interesadas en Dios, pero que aún no tienen la gracia de la Fe.
—Creo que la respuesta está en la palabra de Jesús: «Quien busca, encuentra; busquen y encontrarán; pidan y recibirán; toquen y se les abrirá». Creo que alguien que busca de manera sincera terminará por obtener ese don de la Fe.













