Adolescentes y salud mental: «Se ‘psiquiatrizan’ casos para tratar sufrimientos normales de la vida»

Varios expertos advierten que muchos jóvenes se creen enfermos, por lo que ven y escuchan, «pero no lo están»

«Algunos adolescentes dicen: ‘Si la vida no me da lo que espero, me bajo de la vida’»

Los expertos en salud mental advierten de que se está produciendo una «invasión» de encuestas basadas en consultar a las personas cómo se encuentran. «Es cierto que tienen un valor informativo, pero debe pasar tiempo para tener una tasación exacta, de rigor científico, que nos descubra cómo es el estado de la salud mental de los jóvenes», puntualizó José Antonio Luengo, decano del Colegio Oficial de la Psicología (COP) de Madrid durante la celebración del foro de ABC ‘Adolescentes y salud mental’

Por su experiencia profesional, María Velasco, psiquiatra del Hospital Ramón y Cajal y autora de numerosos libros como ‘Criar con salud mental’, aseguró que, sin esperar a estas encuestas, «porque las tasas de suicidio juveniles han aumentado, así como los ingresos psiquiátricos», puede afirmar que trata a chicos que sufren mucho por tener grandes carencias, por estar muy conectados a las redes sociales, sentirse solos, que tienen muchas cosas que son efímeras, no les llenan, y no saben hacia dónde encaminar su vida y, por ello, presentan una sintomatología mayor. «No obstante –resaltó– también es cierto que tenemos una sobre psiquiatrización del sufrimiento porque las personas en la vida pasamos por muchas situaciones y ahora los jóvenes son más frágiles y vulnerables al contar con menos fortalezas y resistencia ante las adversidades. Creo que se están ‘psiquiatrizando’ casos para dar salida a un sufrimiento humano que es normal. Hay jóvenes que se sienten tristes y ven en las redes que deben autolesionarse y, al final, acaba pareciendo que tienen un trastorno psiquiátrico, cuando en realidad son jóvenes normales y frágiles que expresan su malestar de una manera psiquiatrizada».

Raül Adames, director del área de Colegios CEU, aseguró que si antes de la pandemia ya observaban un aumento de este tipo de problemas en las aulas, después del confinamiento se han encontrado muchas situaciones de gran dificultad que hay que asumirlas de una manera profesional porque son casos que no se pueden tratar de forma voluntarista. «La prevención, por tanto, pasa por una formación muy profunda de nuestros profesionales para que sepan cómo tratar a estos alumnos en los centros escolares». Del mismo modo, animó a los padres a ir muy unidos, de la mano de los colegios, «porque en las aulas detectamos lados del prisma de la personalidad de los hijos que en casa no es fácil ver y cuando estamos en contacto podemos ayudar a que ese acompañamiento, ese crecimiento de los chavales, sea más adecuado».

Responsabilidad social

A este respecto, María Velasco destacó el efecto que tiene la soledad que sienten muchos jóvenes, en la mayoría de los casos por la escasa posibilidad de conciliación de sus padres. «Se trata de una responsabilidad social más que de los progenitores, porque los padres viven en un ambiente muy complejo, de muchísima exigencia». Señaló que se debe a que vivimos de forma mucho más impersonal, lejos de nuestras familias de origen, de los vecinos de toda la vida… «Antes, cuando se criaba a los hijos te ayudaban muchas personas, pero ahora los padres están muy solos y bajo la presión de demasiadas exigencias. Si esto está pasando hoy, hay que replantearse como una responsabilidad social qué hacer de manera preventiva. Podemos abrir muchísimas unidades de psiquiatría, hacer que ingresen los adolescentes, medicarles, diagnosticarles, estigmatizarles e impedirles que tengan una vida saludable, o podemos invertir en políticas de prevención para proteger ese entorno familiar y saber qué necesita un niño para crecer saludable».

Sentir cierta satisfacción

El decano del COP añadió que «es imprescindible establecer los parámetros de vida que antes funcionaban y permitían vivir con cierta satisfacción. Hoy, los modelos de vida de los progenitores les obligan a estar mucho tiempo fuera de casa con una gran exigencia profesional, y al regresar lo hacen con sus limitaciones y no siempre tienen energía y sosiego para atender las demandas de los hijos. Como señalaba el Observatorio de la Soledad, la juventud es el sector de población con más porcentaje de personas que se sienten solas, por encima de los mayores. Y es que antes los jóvenes jugaban en la calle, se relacionaban, aprendían, y, lo más importante, desarrollaban su autonomía e independencia. Están cambiando tantas cosas que los más vulnerables son siempre los damnificados: niños y adolescentes».

En esta misma línea se manifestó Raúl Adames, quien aseguró que un factor protector ante esta situación es el diálogo. Explicó que hay adolescentes a los que les cuesta mucho expresar su interioridad, no saben mostrar sus sentimientos, «mientras los padres, por falta de tiempo, pretenden mantener con ellos una conversación unidireccional; es decir, que el adolescente les cuente cómo se siente, pero los progenitores no le explican nada suyo. Si no hay un diálogo bidireccional, no se genera un clima adecuado para que el joven verbalice lo que siente».

Confesó que en los colegios muchas veces son los propios compañeros los que avisan al ver algún comportamiento extraño en un alumno. «En nuestros centros tenemos muy instaurada esta conciencia de colaboración. Este tipo de situaciones a veces desbordan a los colegios por no disponer de los medios adecuados. No podemos pretender que los orientadores conozcan todos los protocolos y maneras actuar, pero en nuestro caso, dentro del Programa Mentis, contamos con un equipo de tres psicólogas que actúan, apoyan y dan recursos a toda una lista de posibles casos para ofrecer una respuesta profesional y adecuada».

José Antonio Luengo resaltó que un estudio de la Fundación Manantial asegura que de cada diez chicos que dice tener un problema de salud mental, 6 reconoce que ese autodiagnóstico lo ha extraído de conversaciones con amigos o familiares, o de redes sociales. «Ojo con esto. Dicen tener depresión, ansiedad… sin haber pisado la consulta de un especialista. Es decir, hay a veces tal inflación de estos conceptos que se creen enfermos cuando no lo están».

María Velasco recalcó el caso de una niña de 10 años que publicó en internet que sufría mucho. Inmediatamente se la invitaba a suicidarse, indicándole métodos porque ni sus padres ni ella sufrirían. «Es un asunto muy serio y peligroso. No son conscientes de que el sufrimiento, la frustración o la incertidumbre son emociones necesarias que nos ayudan a pensar, avanzar, crecer… Es decir, la sensación de bienestar, de serenidad… son momentos vitales a los que llegamos si los luchamos y trabajamos. Sin embargo, esas malas sensaciones las buscan en redes sociales en las que les dicen supuestamente lo que eso significa y les da un sentido patológico de que ‘yo tengo una enfermedad’ y no solamente eso, sino que va a haber alguien externo, un psiquiatra, que me va a dar un medicamento mágico, que me va a quitar todo lo que me pasa. Es decir, no voy a tener ni que pensar: yo deposito el malestar en un sitio y se me va a devolver como una sensación de bienestar, no tengo que hacer ningún proceso mental por el camino. Los adolescentes están perdiendo la salud mental, sí; pero eso no es lo mismo que tener un trastorno mental».

Advirtió esta psiquiatra que todo esto hay que trabajarlo desde la infancia. «Todo se construye en esta etapa para que al llegar la adolescencia sepan expresar sus emociones, tener criterio, escuchar, apoyarse en otros…».

Coincidió con ella José Antonio Luengo al asegurar que los padres no pueden esperar a hacer todo esto en la adolescencia «porque es perder la oportunidad de modelarles. Los padres tenemos que desperezarnos. Educar no es fácil, y ahora menos».

Diferencias

Para diferenciar un problema de salud mental de un trastorno, María Velasco recomendó a los padres que se fijen en la discapacidad o afectación que esas emociones o pensamientos producen en la vida del adolescente. Si lo está pasando mal, pero sigue sacando buenas notas, entrando y saliendo de casa con sus amigos… o no. «No obstante, a mí me preocupa un adolescente que es muy bueno, que cumple todas las normas, que estudia, que se pasa el día callado, metido en su habitación… Los extremos no son buenos. Esto es lo que nos debe hacer ir a consultar con un especialista, por supuesto infanto-juvenil, una especialidad que ya se ha reconocido a nivel de psicología de psiquiatría».

Luengo insistió en que los padres trasladen a sus hijos el mensaje de que les van a acompañar de manera incondicional «y de que la adversidad no es una enfermedad, es un reto, una ventana que se nos abre para superar conflictos y superamos», concluyó.

 

Raúl Adames, director del área de Colegios CEU, aseguró que si antes de la pandemia ya observaban un aumento de este tipo de problemas en las aulas, después del confinamiento se han encontrado muchas situaciones de gran dificultad que hay que asumirlas de una manera profesional porque son casos que no se pueden tratar de forma voluntarista. «La prevención, por tanto, pasa por una formación muy profunda de nuestros profesionales para que sepan cómo tratar a estos alumnos en los centros escolares». Del mismo modo, animó a los padres a ir muy unidos, de la mano de los colegios, «porque en las aulas detectamos lados del prisma de la personalidad de los hijos que en casa no es fácil ver y cuando estamos en contacto podemos ayudar a que ese acompañamiento, ese crecimiento de los chavales, sea más adecuado».

Responsabilidad social

A este respecto, María Velasco destacó el efecto que tiene la soledad que sienten muchos jóvenes, en la mayoría de los casos por la escasa posibilidad de conciliación de sus padres. «Se trata de una responsabilidad social más que de los progenitores, porque los padres viven en un ambiente muy complejo, de muchísima exigencia». Señaló que se debe a que vivimos de forma mucho más impersonal, lejos de nuestras familias de origen, de los vecinos de toda la vida… «Antes, cuando se criaba a los hijos te ayudaban muchas personas, pero ahora los padres están muy solos y bajo la presión de demasiadas exigencias. Si esto está pasando hoy, hay que replantearse como una responsabilidad social qué hacer de manera preventiva. Podemos abrir muchísimas unidades de psiquiatría, hacer que ingresen los adolescentes, medicarles, diagnosticarles, estigmatizarles e impedirles que tengan una vida saludable, o podemos invertir en políticas de prevención para proteger ese entorno familiar y saber qué necesita un niño para crecer saludable».

Sentir cierta satisfacción

El decano del COP añadió que «es imprescindible establecer los parámetros de vida que antes funcionaban y permitían vivir con cierta satisfacción. Hoy, los modelos de vida de los progenitores les obligan a estar mucho tiempo fuera de casa con una gran exigencia profesional, y al regresar lo hacen con sus limitaciones y no siempre tienen energía y sosiego para atender las demandas de los hijos. Como señalaba el Observatorio de la Soledad, la juventud es el sector de población con más porcentaje de personas que se sienten solas, por encima de los mayores. Y es que antes los jóvenes jugaban en la calle, se relacionaban, aprendían, y, lo más importante, desarrollaban su autonomía e independencia. Están cambiando tantas cosas que los más vulnerables son siempre los damnificados: niños y adolescentes».

En esta misma línea se manifestó Raül Adames, quien aseguró que un factor protector ante esta situación es el diálogo. Explicó que hay adolescentes a los que les cuesta mucho expresar su interioridad, no saben mostrar sus sentimientos, «mientras los padres, por falta de tiempo, pretenden mantener con ellos una conversación unidireccional; es decir, que el adolescente les cuente cómo se siente, pero los progenitores no le explican nada suyo. Si no hay un diálogo bidireccional, no se genera un clima adecuado para que el joven verbalice lo que siente».

Confesó que en los colegios muchas veces son los propios compañeros los que avisan al ver algún comportamiento extraño en un alumno. «En nuestros centros tenemos muy instaurada esta conciencia de colaboración. Este tipo de situaciones a veces desbordan a los colegios por no disponer de los medios adecuados. No podemos pretender que los orientadores conozcan todos los protocolos y maneras actuar, pero en nuestro caso, dentro del Programa Mentis, contamos con un equipo de tres psicólogas que actúan, apoyan y dan recursos a toda una lista de posibles casos para ofrecer una respuesta profesional y adecuada».

José Antonio Luengo resaltó que un estudio de la Fundación Manantial asegura que de cada diez chicos que dice tener un problema de salud mental, 6 reconoce que ese autodiagnóstico lo ha extraído de conversaciones con amigos o familiares, o de redes sociales. «Ojo con esto. Dicen tener depresión, ansiedad… sin haber pisado la consulta de un especialista. Es decir, hay a veces tal inflación de estos conceptos que se creen enfermos cuando no lo están».

María Velasco recalcó el caso de una niña de 10 años que publicó en internet que sufría mucho. Inmediatamente se la invitaba a suicidarse, indicándole métodos porque ni sus padres ni ella sufrirían. «Es un asunto muy serio y peligroso. No son conscientes de que el sufrimiento, la frustración o la incertidumbre son emociones necesarias que nos ayudan a pensar, avanzar, crecer… Es decir, la sensación de bienestar, de serenidad… son momentos vitales a los que llegamos si los luchamos y trabajamos. Sin embargo, esas malas sensaciones las buscan en redes sociales en las que les dicen supuestamente lo que eso significa y les da un sentido patológico de que ‘yo tengo una enfermedad’ y no solamente eso, sino que va a haber alguien externo, un psiquiatra, que me va a dar un medicamento mágico, que me va a quitar todo lo que me pasa. Es decir, no voy a tener ni que pensar: yo deposito el malestar en un sitio y se me va a devolver como una sensación de bienestar, no tengo que hacer ningún proceso mental por el camino. Los adolescentes están perdiendo la salud mental, sí; pero eso no es lo mismo que tener un trastorno mental».

Advirtió esta psiquiatra que todo esto hay que trabajarlo desde la infancia. «Todo se construye en esta etapa para que al llegar la adolescencia sepan expresar sus emociones, tener criterio, escuchar, apoyarse en otros…».

Coincidió con ella José Antonio Luengo al asegurar que los padres no pueden esperar a hacer todo esto en la adolescencia «porque es perder la oportunidad de modelarles. Los padres tenemos que desperezarnos. Educar no es fácil, y ahora menos».

Diferencias

Para diferenciar un problema de salud mental de un trastorno, María Velasco recomendó a los padres que se fijen en la discapacidad o afectación que esas emociones o pensamientos producen en la vida del adolescente. Si lo está pasando mal, pero sigue sacando buenas notas, entrando y saliendo de casa con sus amigos… o no. «No obstante, a mí me preocupa un adolescente que es muy bueno, que cumple todas las normas, que estudia, que se pasa el día callado, metido en su habitación… Los extremos no son buenos. Esto es lo que nos debe hacer ir a consultar con un especialista, por supuesto infanto-juvenil, una especialidad que ya se ha reconocido a nivel de psicología de psiquiatría».

Luengo insistió en que los padres trasladen a sus hijos el mensaje de que les van a acompañar de manera incondicional «y de que la adversidad no es una enfermedad, es un reto, una ventana que se nos abre para superar conflictos y superamos», concluyó.