Sánchez, a la desesperada, ataca a la Corona y se aferra al ‘modelo plurinacional’ para movilizar a la izquierda

El presidente necesita precisamente eso: que su electorado vuelva a percibir las elecciones como una batalla entre dos proyectos de país y no como una evaluación de los resultados de su Gobierno

Pedro Sánchez vuelve a mirar al mismo lugar cuando el viento empieza a soplar en contra: la polarización. El presidente necesita recuperar oxígeno político, mantener unido a un bloque de izquierdas cada vez más difícil de cohesionar y evitar que el desgaste de su Gobierno termine convirtiendo las próximas elecciones en un juicio sobre su gestión. Y para hacerlo vuelve a recurrir a una vieja fórmula del sanchismo: convertir el debate sobre qué Gobierno en una discusión sobre qué España. La Corona y el denominado modelo plurinacional empiezan a ocupar ese espacio.

El movimiento no se produce mediante un anuncio solemne de Moncloa. Sánchez no necesita proclamar una ofensiva contra la Monarquía ni presentar un proyecto cerrado para reformar el modelo territorial. El método es otro: dejar que sean sus ministros y dirigentes quienes abran el debate, elevar determinadas controversias y observar cómo se ordenan los bloques. Óscar Puente ha asumido ahora ese papel.

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El ministro de Transportes ha decidido convertir la fotografía de Felipe VI con Javier Negre en una cuestión política de primer orden. «Quien ha sobrepasado el límite es la Casa Real», ha afirmado. Una frase que adquiere una dimensión mucho mayor cuando se pronuncia desde el Consejo de Ministros y que permite a Sánchez situar a la Corona dentro de un terreno especialmente rentable para la izquierda: el de la confrontación ideológica.

Puente ha hablado de una «línea roja», ha acusado al Rey de haberse «equivocado gravemente» y ha calificado la fotografía de «intolerable». Pero lo verdaderamente relevante para la estrategia de Sánchez no está tanto en la fotografía como en lo que ocurre después. El ministro ha reivindicado su «alma republicana». Y, aunque después ha reconocido que la Monarquía «ha sido útil y ha servido para unir al país», el mensaje ya está lanzado.

Sánchez sabe que estas batallas tienen una capacidad de movilización que otros asuntos no tienen. La gestión desgasta; la identidad moviliza. Y el presidente necesita precisamente eso: que su electorado vuelva a percibir las elecciones como una batalla entre dos proyectos de país y no como una evaluación de los resultados de su Gobierno.

Sánchez necesita volver a fabricar un adversario

La política de bloques ha sido una de las principales herramientas de supervivencia de Sánchez. El presidente ha construido buena parte de su relato alrededor de una frontera nítida entre una izquierda que se presenta como defensora de determinados avances sociales y una derecha a la que identifica con el retroceso. Ahora esa frontera puede desplazarse hacia la propia definición del Estado.

La Monarquía, la Constitución y el modelo territorial ofrecen a Sánchez un terreno extraordinariamente útil para recomponer una izquierda que presenta problemas de cohesión. PSOE, Sumar y sus diferentes aliados territoriales no siempre comparten programa ni intereses, pero sí pueden coincidir en una misma idea: la necesidad de frenar a una derecha presentada como amenaza para un determinado modelo de España. El modelo plurinacional encaja en esa estrategia.

La expresión permite a Sánchez hablar simultáneamente a varios electorados. A los socialistas les ofrece un discurso de reconocimiento territorial; a sus socios nacionalistas les permite mantener abierta la puerta a nuevas cesiones; y a una parte de la izquierda le proporciona la imagen de un proyecto de transformación del Estado frente al modelo defendido por PP y Vox. No se trata únicamente de una cuestión territorial. Es una herramienta para mantener vivo el bloque que sostiene al presidente.

Sánchez necesita que sus socios sigan teniendo razones para permanecer a su lado. Pero necesita algo más: que sus propios votantes entiendan que, pese al desgaste, todavía hay una batalla que merece la pena librar. Por eso la cuestión de la Corona resulta especialmente útil.

La institución forma parte del núcleo del sistema constitucional y, precisamente por ello, cualquier cuestionamiento adquiere una dimensión mucho mayor que una disputa partidista convencional. Si la Monarquía entra en el debate electoral, también lo hace indirectamente el modelo constitucional. Y si el modelo territorial entra en paralelo en la discusión, la campaña puede acabar planteándose en términos de una transformación profunda del Estado.

Ese escenario beneficia a Sánchez más que una campaña centrada exclusivamente en sus problemas. El presidente lleva tiempo demostrando que prefiere enfrentarse a la derecha en terrenos donde puede movilizar a su electorado antes que someterse a una comparación estricta sobre gestión. La estrategia vuelve a aparecer ahora, cuando el Gobierno acumula desgaste y cuando la mayoría parlamentaria depende de equilibrios cada vez más frágiles.

La crisis de Ceuta añade, además, un elemento incómodo para Moncloa. Felipe VI reclamó una respuesta del Estado después de la entrada masiva de inmigrantes y expresó su «preocupación e indignación» por lo sucedido. El mensaje situó al Estado ante sus responsabilidades y colocó indirectamente al Ejecutivo bajo los focos. Poco después, la Corona vuelve a ser objeto de críticas desde el propio Gobierno.

No es necesario establecer una relación directa entre ambos episodios para advertir el cambio de escenario. El Rey vuelve al centro del debate político justo cuando Sánchez necesita recuperar la iniciativa. La operación tiene riesgos. Una parte del electorado puede interpretar el movimiento como una huida hacia adelante. Y la derecha dispone de un argumento sencillo: presentar el ataque a la Corona y el modelo plurinacional como síntomas de un Gobierno dispuesto a modificar las reglas del Estado para conservar una mayoría que ya no tiene por sí misma.

Pero esa misma confrontación puede ser precisamente lo que busca Sánchez. El presidente sabe que una campaña tranquila, centrada en la economía, los servicios públicos o el balance de la legislatura, le obliga a responder por su gestión. Una campaña polarizada sobre la Monarquía, la Constitución, el territorio y la amenaza de la derecha le permite jugar en un terreno distinto. Ese terreno en el que el sanchismo ha demostrado mayor capacidad de supervivencia.

Por eso Puente representa mucho menos como protagonista que como síntoma. Su ofensiva contra Felipe VI puede interpretarse como una pieza más de una estrategia que necesita recuperar intensidad política. Sánchez no tiene por qué pronunciarse todavía sobre una República ni sobre una reforma constitucional. Le basta con que el debate exista, que genere posiciones enfrentadas y que obligue a cada elector a situarse.

El presidente vuelve así a la casilla que mejor conoce: polarizar para sobrevivir. Si consigue que las próximas elecciones no sean un examen sobre Sánchez, sino una elección entre dos modelos de España, habrá logrado cambiar las reglas de la campaña antes incluso de que empiece. Y esa puede ser, precisamente, la estrategia.