El refugio de guerra que aún conservan 16 vecinos del centro de Zaragoza: un búnker oculto en pleno centro

Oculto dos plantas por debajo del nivel de la calle, en el Paseo de la Constitución de Zaragoza se halla un refugio subterráneo construido entre 1938 y 1940

Tener un búnker debajo de casa parece algo reservado a películas de Hollywood, a historias de la Guerra Fría o a urbanizaciones de lujo preparadas para cualquier catástrofe imaginable. Sin embargo, en pleno centro de Zaragoza existe un edificio cuyos vecinos conviven desde hace décadas con un refugio subterráneo construido para sobrevivir a la guerra. Ocurre en el Paseo de la Constitución, donde, oculto dos plantas por debajo del nivel de la calle, permanece un espacio que fue concebido para proteger vidas en uno de los momentos más inciertos del siglo XX.

Lo que hoy es una curiosidad que sorprende a cualquiera que la descubre fue, en realidad, una medida de precaución. Mientras Europa se precipitaba hacia la Segunda Guerra Mundial y España acababa de salir de la Guerra Civil, entre 1938 y 1940, el arquitecto encargado de levantar el inmueble decidió construir un refugio bajo el edificio. Su objetivo era ofrecer protección a los residentes ante posibles bombardeos, derrumbes o cualquier escenario derivado de una escalada bélica que pudiera alcanzar el país.

Más de ocho décadas después, aquel refugio sigue ahí. Nunca ha tenido que utilizarse para una emergencia real, pero sí ha permitido a los vecinos del edificio presumir de una historia difícil de igualar. Porque no todos los días se puede decir que bajo el portal existe un búnker construido para resistir una guerra.

  1. «SOMOS 16 VECINOS Y EL BÚNKER ES DE TODOS»
  2. ASÍ ES EL BÚNKER EN LA ACTUALIDAD

«SOMOS 16 VECINOS Y EL BÚNKER ES DE TODOS»

Uno de los vecinos que mejor conoce el lugar es Santiago Gonzalo. Como él mismo explica, el refugio forma parte de la vida de la comunidad desde hace generaciones. «Somos 16 vecinos y el búnker es de todos. Cada propietario tiene una llave para acceder porque es un espacio comunitario», cuenta.

Para Santiago, el refugio nunca ha sido una simple estancia abandonada bajo tierra. Durante años formó parte de la vida cotidiana de quienes crecieron en el edificio: los niños bajaban a explorarlo, recorrían sus pasillos y jugaban entre unas galerías que aún conservaban parte de sus instalaciones originales. Además, hasta 1986 la comunidad utilizó una caldera de carbón como sistema de calefacción, por lo que el búnker se empleó como carbonera, almacenando cerca de 10.000 kilos de combustible para garantizar el funcionamiento continuo de la instalación. De aquella etapa todavía quedan huellas visibles, como el polvo negro que cubre el suelo y que recuerda el intenso uso que tuvo este espacio durante años.

El acceso comienza en la planta de trasteros. Desde allí, una escalera desciende una planta más hasta alcanzar el refugio. «Está dos niveles por debajo de la calle. Primero están los trasteros y después se baja directamente al búnker», explica. Al cruzar la puerta, la sensación es la de entrar en otro tiempo. El ruido del tráfico desaparece y da paso a un espacio silencioso, construido para resistir.

Pero si hay algo que sigue despertando la imaginación de quienes lo visitan es su posible extensión. Según relatan los vecinos, el refugio no terminaba en los límites del edificio. «Lo más curioso es que parece que ocupaba toda la manzana», asegura Gonzalo.

Todavía hoy pueden verse tabiques de adobe que separan el refugio de los portales contiguos del edificio contiguo. La teoría más extendida es que aquellos espacios estaban conectados y que las galerías permitían desplazarse de un inmueble a otro en caso de emergencia. Una especie de red subterránea que garantizaba alternativas de evacuación si alguno de los accesos quedaba inutilizado tras un bombardeo.

ASÍ ES EL BÚNKER EN LA ACTUALIDAD

Aunque el paso del tiempo ha dejado huella, el refugio conserva buena parte de la estructura original con la que fue concebido hace más de 80 años. Está construido con robustas vigas de hormigón y muros reforzados capaces de soportar importantes cargas. No dispone de tomas de agua, pero sí cuenta con respiraderos que garantizaban la ventilación del espacio durante largos periodos de permanencia.

Actualmente el búnker permanece completamente a oscuras. Ya no existe la instalación eléctrica que tuvo en el pasado y cualquier visita requiere la ayuda de una linterna o la luz de un teléfono móvil. Esa falta de iluminación contribuye a reforzar la sensación de encontrarse ante un lugar detenido en el tiempo.

Algunas de las antiguas conexiones con otros edificios han sido cerradas por motivos de seguridad, aunque todavía se conservan evidencias de que existieron. Los tabiques de adobe y determinadas estructuras permiten imaginar la magnitud que pudo tener el conjunto original, mucho más amplio de lo que aparenta desde el exterior.

Y aunque pueda parecer una rareza única, lo cierto es que no es el único refugio de estas características que existe en Zaragoza. El más conocido es el búnker situado bajo el Ayuntamiento de Zaragoza, al que se accede desde el hall principal del edificio consistorial. De hecho, el arquitecto Ramón Betrán, responsable de la gestión de este refugio aéreo municipal, ha señalado en distintas ocasiones que podrían existir miles de refugios repartidos por toda la ciudad.

Mientras tanto, bajo el Paseo de la Constitución, este refugio sigue cumpliendo una función muy distinta a aquella para la que fue construido. Ya no protege a nadie de las bombas ni del miedo a la guerra. Ahora guarda algo diferente: una pequeña parte de la memoria subterránea de Zaragoza, escondida a escasos metros del bullicio de una de las avenidas más emblemáticas de la ciudad.