La torre medieval que lleva 700 años vigilando Zaragoza: «Es una de las mejores del mudéjar zaragozano»

La torre de la iglesia de San Gil Abad tiene una historia ligada a un templo que también sirvió de refugio para los vecinos y que aún conserva un camino de ronda medieval

Desde la calle Don Jaime I es imposible no ver la torre de la iglesia de San Gil Abad. Sobresale entre los edificios del Casco Histórico con el inconfundible color del ladrillo mudéjar y una silueta que lleva contemplando Zaragoza desde hace casi siete siglos. Sin embargo, pocos imaginan que esa torre guarda algunas de las historias más sorprendentes de la ciudad.

La iglesia de San Gil Abad fue mucho más que un lugar de culto. Durante la Edad Media también protegía a los vecinos cuando la ciudad corría peligro. Sus gruesos muros, su corredor defensivo y su imponente campanario recuerdan una época en la que la arquitectura debía servir tanto para rezar como para defenderse.

«Su elemento más destacable es la torre-campanario, documentada en 1356, una de las mejores del mudéjar zaragozano», asegura Luis Rodríguez, colaborador de la parroquia. Un patrimonio que permanece prácticamente inalterado en su aspecto exterior y que todavía hoy sigue despertando preguntas sobre sus orígenes.

  1. LA TORRE MUDÉJAR QUE LLEVA CASI SIETE SIGLOS VIGILANDO ZARAGOZA
  2. CUANDO SAN GIL TAMBIÉN ERA UNA FORTALEZA
  3. LA REFORMA BARROCA CAMBIÓ EL INTERIOR, PERO RESPETÓ SU HISTORIA

LA TORRE MUDÉJAR QUE LLEVA CASI SIETE SIGLOS VIGILANDO ZARAGOZA

Aunque la parroquia de San Gil aparece documentada desde el siglo XII, la iglesia actual comenzó a levantarse durante la primera mitad del siglo XIV, cuando el crecimiento de la feligresía hizo necesario construir un templo de mayores dimensiones. De aquella época procede la torre que hoy se ha convertido en uno de los referentes del mudéjar zaragozano.

Rodríguez destaca especialmente su decoración, realizada íntegramente con ladrillo siguiendo las técnicas tradicionales de los maestros mudéjares. «En un primer tramo aparecen los motivos decorativos que hacían los mudéjares mediante ladrillos. Iban creando cenefas que se repiten por toda la superficie que decoran», explica Luis.

Rombos, arcos entrecruzados y diferentes composiciones geométricas recorren la fachada de la torre, mientras que el cuerpo superior, donde se alojan las campanas, fue transformado durante la reforma barroca del siglo XVII.

Pero uno de los aspectos que más llama la atención de los especialistas está en su propia estructura. «Es una torre que en su arranque es cuadrada y luego pasa a ser rectangular. Hay un arco que hace doblarse ese cuadrado hasta convertirse en un rectángulo», detalla Rodríguez.

Precisamente ese arranque cuadrado ha dado pie a una de las teorías más conocidas sobre el edificio. Algunos investigadores consideran posible que la torre se levantara sobre una construcción anterior.

«Ese arranque cuadrado puede ser un indicio de que esté construida sobre algo anterior. Se dice que quizá podría ser el alminar de una antigua mezquita que después se convirtió, como ocurrió con otras, en una iglesia románica y más tarde en una iglesia mudéjar», comenta el colaborador de la parroquia.

A ello se suma otro detalle constructivo que sigue despertando el interés de los historiadores. «En la parte inferior, aunque la torre es de ladrillo, la base tiene sillares de alabastro. Ese también puede ser un indicio que da pie a esa teoría», añade Luis.

CUANDO SAN GIL TAMBIÉN ERA UNA FORTALEZA

La torre no puede entenderse sin el edificio al que pertenece. La iglesia de San Gil Abad fue concebida como una auténtica iglesia-fortaleza, una tipología muy extendida en los territorios fronterizos durante la Guerra de los Dos Pedros, cuando era necesario proteger a la población ante posibles ataques.

«Era una iglesia que aunaba el culto con una función defensiva porque servía de refugio a los parroquianos en caso de peligro», explica Rodríguez. «Por eso el templo tiene las paredes tan altas y, en la parte superior, un corredor a modo de adarve o camino de ronda».

Ese corredor recorría buena parte del edificio igual que en un castillo y permitía vigilar el exterior desde una posición elevada. «Las iglesias-fortaleza tienen una planta normalmente rectangular y lo que las caracteriza es ese camino de ronda que iba rodeando el edificio con una función claramente defensiva«, detalla Luis.

Actualmente todavía se conservan dos tramos de ese corredor medieval. El situado en la fachada norte ha sido restaurado y puede visitarse, mientras que el del lado sur permanece cerrado al público.

A pesar de las numerosas transformaciones sufridas a lo largo de los siglos, Rodríguez considera que el edificio sigue mostrando claramente su origen medieval. «La iglesia conserva muy bien su aspecto medieval. En la parte exterior todavía puede apreciarse perfectamente el estilo de iglesia-fortaleza propio de otras zonas de Aragón como Calatayud».

LA REFORMA BARROCA CAMBIÓ EL INTERIOR, PERO RESPETÓ SU HISTORIA

Entre 1719 y 1725, la iglesia experimentó una profunda reforma barroca que transformó completamente su interior. Se modificó la orientación litúrgica del templo, se trasladó el altar y también cambió el acceso principal.

«La puerta se colocó en la calle San Gil, la actual Don Jaime I, porque anteriormente la entrada estaba en la parte trasera, hacia la zona de El Tubo», recuerda Rodríguez. «También cambió por completo la disposición interior para adaptarse al lenguaje barroco».

Sin embargo, esa intervención respetó buena parte de la estructura exterior medieval, permitiendo que la torre, las torres-contrafuerte y el antiguo sistema defensivo hayan llegado hasta nuestros días prácticamente intactos.

Quienes quieran descubrir de cerca esta parte menos conocida del patrimonio zaragozano pueden hacerlo a través de las visitas guiadas organizadas por el Alma Mater Museum durante el curso escolar, que permiten recorrer el corredor restaurado y comprender cómo funcionaba este singular conjunto defensivo.

Entre el bullicio del centro de Zaragoza, la torre de la iglesia de San Gil Abad continúa siendo uno de los mejores ejemplos del mudéjar aragonés. Su arquitectura, las incógnitas sobre su posible origen islámico y la historia de una iglesia que protegía a sus vecinos convierten este monumento en una de las construcciones más singulares del patrimonio histórico de la capital aragonesa.