«La verdadera Reforma del siglo XVI no la hizo Lutero; la hicieron nuestros santos del Siglo de Oro»

El sacerdote y editor Pablo Cervera adapta al lenguaje actual la autobiografía de San Ignacio de Loyola, cuya fiesta se celebra hoy

Monseñor José Ignacio Munilla recomendaba este miércoles una lista de libros para leer en verano, y uno de ellos era San Ignacio de Loyola. Ignatius. Relato del peregrino (Bookman Premium, Madrid 2026). La Iglesia celebra cada 31 de julio la fiesta del santo fundador de los jesuitas, que nació un año antes del Descubrimiento de América y falleció en 1556.

San Ignacio de Loyola escribió su propia autobiografía, «un rico texto pero de no fácil lectura en el original» para el lector del siglo XXI, según señala el sacerdote y editor Pablo Cervera, quien ha preparado esta nueva impresión. «La edición se ve bellamente enriquecida por la serie de grabados que el gran Pedro Pablo Rubens realizó siguiendo la vida del santo», explica Cervera, lo que a su juicio es «un libro de deliciosa lectura y sosegada contemplación». «No todos los libros son iguales… Miguel Ángel Blázquez, ‘artesano’ de libro, lo ha publicado en su sello Bookman», añade el sacerdote y editor.

–¿Qué novedades podemos encontrar en este libro?

–En realidad, no se trata de una cronología de hechos biográficos que el santo recupera al final de su vida. Se trata de poner por escrito lo que le pedían sus primeros compañeros (especialmente Jerónimo Nadal Gonçalez de Cámara): cómo Dios le había ido conduciendo a lo largo de su vida. Por eso, podríamos decir que es una autobiografía espiritual de cómo el santo fue llevado por la mano de Dios, como si fuera un niño, en la búsqueda y cumplimiento de la voluntad divina amorosa sobre él.

La portada del libro editado por Pablo Cervera

La portada del libro editado por Pablo Cervera Bookman

En un libro hay contenido y continente. Diré algo también sobre el continente. No siempre es fácil combinar impresión y belleza –por los costes que esto implica–, pero, cuando se puede hacer, es de agradecer al editor. Supone una gozada tener una obra de artesanía en las propias manos. El que lea este libro podrá combinar la lectura de texto con la visión de esos maravillosos dibujos del gran artista.

–No debe ser sencillo «actualizar» al siglo XXI el español de san Ignacio sin traicionar su tono, su estilo y, en definitiva, su experiencia espiritual. ¿Qué criterios ha seguido?

–El criterio de la actualización es el texto al que desde los 14 años me he dedicado a leer a fondo: san Ignacio en todos sus escritos: Constituciones, Cartas, Diario espiritual, Ejercicios espirituales; leer, estudiar y empaparme, como por ósmosis, con el personaje. Esto es lo que me ha permitido comprender el texto de la Autobiografía, y además traducir algunos vocablos incomprensibles para el hombre de hoy; igualmente y, sobre todo, articular mejor la frase que en san Ignacio normalmente es muy dura (hipérbaton, lugar del verbo…), porque él no era un gran conocedor del castellano. Hay una actualización en la parte literaria y, en algunos casos, una facilitación de la comprensión espiritual del texto, pero siempre con la máxima fidelidad al santo, aunque eso no signifique literalidad.

–No es la primera vez que escribe sobre San Ignacio. ¿Por qué le llama tanto la atención?

–Efectivamente, desde los 14 años me enamoré del santo y, durante 40 años, he leído, escrito y profundizado sobre él. Es lo que me llevó a una lejana primera edición de esta Autobiografía.

Con el tiempo, la comenté línea a línea en 50 programas de Radio María, y después transcribí y anoté todas aquellas emisiones radiofónicas convirtiéndolas en un libro que llamé El peregrino de Loyola. La Autobiografía de san Ignacio de Loyola, escuela de discernimiento espiritual. Lo publicó la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).

Entonces descubrí que un hilo conductor de lectura de El relato del peregrino o Autobiografía podía ser lo que considero es la gran aportación de San Ignacio para nuestros días en medio de tanto barullo, ruido y voces: el discernimiento espiritual. La lectura de El relato del peregrino no solo enseñó a los primeros jesuitas cómo Dios le había llevado, sino que, a cualquier hombre o mujer de nuestros días, le puede indicar un camino espiritual experimentado sobre cómo llegar hacia la Jerusalén definitiva.

Digo esto porque san Ignacio creía que Dios le llamaba a quedarse en Jerusalén. Con el tiempo vio su Jerusalén sería Roma, antes de la Jerusalén celestial. Su itinerario no fue fácil: equivocaciones, salud, contrariedades, calumnias, procesos canónicos, incomprensiones, que surgieron a lo largo de su rica existencia. Eso es lo que hace tan actual este texto para el lector de hoy.

Reforma y Contrarreforma

El relato del peregrino, las Confesiones de San Agustín, Historia de un alma de santa Teresita, el Libro de la vida de santa Teresa de Jesús, las Florecillas de san Francisco de Asís… ¿qué le dicen estos títulos?

–Se trata de libros todos ellos escritos por los propios santos de manera autobiográfica, como el libro que hemos presentado. Esto me hace recordar el sabio consejo de un director espiritual mío en los años de seminario en Toledo: Pablo, lee a los clásicos de nuestro Siglo de Oro, a los Santos Padres, porque, si hay algo bueno en tantos libros de espiritualidad como se publican hoy, ya lo había dicho ellos.

Entre estos santos que has mencionado hay varios de nuestro Siglo de Oro. Siempre he dicho que la reforma del siglo XVI no la hizo Lutero. La verdadera reforma la hicieron nuestros santos del Siglo de Oro: san Juan de la Cruz, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Juan de Ávila, san Carlos Borromeo, san Pedro Fabro… Nunca he entendido que a estos se les conociera como la Contrarreforma. ¡No! Son la verdadera reforma de la Iglesia de ayer y de siempre: los santos. Y esto es lo que hoy necesitamos.

¿Estás frío, tibio, desganado, alejado espiritualmente? Dime cuánto tiempo hace que no lees la vida de un santo… Y, siempre mejor, sus propias autobiografías…