Ningún creyente serio piensa que Dios decide quién marca un gol o quién levanta una copa. Reducir la fe a una especie de amuleto sería una caricatura. La cuestión es mucho más profunda. La fe no cambia el resultado de un partido; cambia la manera de vivirlo
España vuelve a celebrar un Mundial. Las imágenes de los abrazos, las banderas y la alegría compartida recorren estos días televisiones y redes sociales. Pero, entre todas ellas, hay un detalle que ha pasado casi desapercibido y que, sin embargo, dice mucho más de lo que parece: la naturalidad con la que varios de los protagonistas han hablado de Dios. Algunos jugadores señalaron al cielo. Otros dieron gracias ante los micrófonos. El seleccionador, Luis de la Fuente, volvió a expresar públicamente su fe y su agradecimiento. Y, curiosamente, eso sigue sorprendiendo.
¿Por qué nos llama todavía la atención que un deportista hable de Dios? Resulta llamativo que hayamos normalizado escuchar a los grandes deportistas hablar de nutrición, psicología, descanso, gestión emocional o salud mental, pero que la dimensión espiritual siga pareciendo un asunto incómodo, casi privado, como si no pudiera formar parte de la vida de una persona que compite al máximo nivel.
Y, sin embargo, quizá sea precisamente el deporte uno de los lugares donde con más fuerza afloran las grandes preguntas del ser humano.
El deporte no es solo rendimiento. Es también incertidumbre. Es aprender a convivir con el límite, con la lesión, con el fracaso, con la presión y con la espera. Es descubrir que el talento, por sí solo, nunca basta; que hay victorias que llegan después de años de esfuerzo silencioso y derrotas que no siempre encuentran una explicación. En ese escenario, tarde o temprano, surgen preguntas que van mucho más allá del marcador.
La fe no es un amuleto
La fe no aparece porque se gane un Mundial; aparece porque el deporte pone continuamente al ser humano frente a aquello que lo supera.
Conviene aclararlo. Ningún creyente serio piensa que Dios decide quién marca un gol o quién levanta una copa. Reducir la fe a una especie de amuleto sería una caricatura. La cuestión es mucho más profunda. La fe no cambia el resultado de un partido; cambia la manera de vivirlo. Permite afrontar la derrota sin desesperar y el éxito sin creerse el centro del mundo.
Quizá por eso resulta tan significativo que, en medio de la celebración, algunos deportistas hayan preferido dar gracias antes que atribuirse todo el mérito. La gratitud revela algo profundamente humano. Porque quien agradece reconoce que, detrás de cualquier logro, hay mucho más que esfuerzo individual: una familia, unos entrenadores, unos compañeros, unas oportunidades recibidas… y, para quien cree, también la presencia de Dios acompañando el camino.
No todo se reduce al marcador
Existe, además, otra consecuencia de la que apenas se habla. Cuando una persona sabe que su valor no depende exclusivamente del resultado, compite con mayor libertad. Si la propia identidad se juega únicamente en ganar o perder, cada partido se convierte en una sentencia. En cambio, cuando uno descubre que vale mucho más que una medalla o un título, el éxito deja de ser una necesidad para convertirse en una posibilidad. Entonces es posible darlo todo sin quedar reducido al marcador.
Quizá esa sea una de las aportaciones más interesantes que la fe puede ofrecer al deporte contemporáneo: recordar que el rendimiento no agota el valor de la persona; que, antes que campeones, somos personas y que ninguna victoria puede aumentar la dignidad de quien ya la posee.
En los últimos años hablamos con frecuencia del deporte como escuela de valores. Y es verdad. Pero quizá deberíamos atrevernos a decir algo más. El deporte también puede ser una escuela de sentido. Un espacio donde aprendemos a convivir con nuestros límites, a descubrir que necesitamos de los demás y a preguntarnos qué permanece cuando se apagan los focos y termina la competición.
Tal vez por eso las imágenes de estos días han conectado con tantas personas. No porque todos compartan la misma fe, sino porque todos intuimos que hay alegrías demasiado grandes para quedarse encerradas en uno mismo. La alegría auténtica necesita compartirse. Y el agradecimiento necesita un destinatario.
Incluso después de conquistar un Mundial, algunos levantaron la mirada al cielo.
Porque hay alegrías que no caben en una copa.
Como escribió san Agustín, «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Quizá por eso, incluso cuando alcanza la cima, el corazón humano sigue buscando un horizonte más alto.
Gema Sáez Rodríguez es profesora titular del Grado en CAFyD en la Universidad Francisco de Vitoria y directora del grupo de investigación «Deporte y Hecho Religioso»













