El viaje del Pontífice a España no sólo ha dejado momentos memorables: también ha permitido trazar el «retrato-robot» de cómo entiende Robert Prevost al Dios a quien ha consagrado su vida
De forma directa o indirecta, de un modo explícito o implícito, incluso «a tiempo y a destiempo» que diría san Pablo, toda la vida de un Papa consiste, esencialmente, en hablar de Dios.
Sin embargo, cada uno de los 267 Sucesores de Pedro que ha habido en la Historia lo ha hecho de un modo diferente, con acentos y matices diversos, para mostrar a los hombres y mujeres de su generación el rostro de Aquel a quien representan. Una diferencia que no nace tanto del deseo de ajustarse a las necesidades y anhelos de su audiencia o de un momento histórico, como de la querencia de su propia experiencia personal.
Porque también en la evangelización aplica aquello que dejó escrito Oscar Wilde –el genial escritor «maldito» que terminó sus días convertido al cristianismo– en El retrato de Dorian Grey: que «todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no tanto del modelo».
Por ese motivo, resulta tan llamativa la imagen detallada y poliédrica del Creador que León XIV ha trazado en sus discursos en España. Unos mensajes cuyo análisis permite descubrir quién y cómo es Dios para el Pontífice.
El retrato de Dios que hace el Papa
Porque León XIV no ha hablado de Dios como de una idea vaga, ni como de un consuelo piadoso para tiempos difíciles. Al contrario, en sus discursos y homilías, y también en sus referencias a la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa ha delineado un retrato muy reconocible del Creador.
Un Dios vivo y personal, sí, pero también poderoso, cercano, que entra en la historia y no abandona al hombre cuando la noche parece cerrarse, y que llama al cambio de vida.
Con un lenguaje bíblico y evocador, el Dios que ha anunciado el Papa Prevost aparece como Señor de la historia, capaz de poner límite al mal incluso en momentos de gran convulsión; como Padre misericordioso, que perdona sin rebajar la llamada a la conversión; como artista del cosmos, y también como interlocutor íntimo, que desea mostrar a cada persona su camino si esta se ofrece a escucharle.
El Dios que detiene al caos
Una de las imágenes más impactantes llegó junto al mar, en el puerto canario de Arguineguín. Ante el drama de la inmigración, León XIV recurrió a una escena profundamente bíblica: el mar como amenaza, oscuridad y caos. Allí recordó al Leviatán y a Rahab, figuras de las fuerzas del mal y de las potencias demoníacas que se levantan contra Dios y contra la vida del hombre.
«Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte», dijo el Papa en el puerto canario. Una frase que trasciende la cuestión migratoria para un mundo sumido en la desesperanza y la incertidumbre. Y que recuerda a la idea expuesta por Benedicto XVI en su segundo tomo de la trilogía de Jesús de Nazaret, cuando el Pontífice alemán recordó que «aunque pueda dejarle al mal un margen que a nosotros nos parezca super amplio, a Dios la historia no se le va de las manos».
«Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte», dijo el Papa en el puerto canario.
En esa misma intervención, León XIV evocó al pueblo de Israel atravesando el Mar Rojo y a Cristo caminando sobre las aguas. Porque Dios, tal como lo entiende el Papa, no es un espectador que contempla desde lejos el naufragio humano, sino Aquel que abre camino cuando todo parece cerrado. Un Dios que no elimina la responsabilidad humana, pero sostiene la esperanza cuando las fuerzas del mal quieren dictar sentencia.
Y esa visión aparece también en Magnifica Humanitas, donde León XIV contrapone la tentación de Babel –el poder humano que se absolutiza– con la llamada a edificar una ciudad en la que Dios y la humanidad puedan habitar juntos. La Historia, para el Papa, no es un mecanismo ciego ni un accidente tecnológico: es un lugar de combate moral y de cooperación con la gracia.
Un plan para cada vida concreta
Pero el Dios de León XIV no gobierna solo el cosmos. También acompaña la biografía concreta de cada persona. No es sólo «el que tiene que reinar» –como cantaban los 600.000 jóvenes reunidos en la Plaza de Lima– sobre la Historia, con mayúsculas: también es «el único rey» de la pequeña historia de cada uno.
Así, en la Sagrada Familia de Barcelona, el Papa se apoyó sobre una imagen privilegiada: un templo aún en construcción.
La basílica no era, para él, un monumento inacabado, sino una catequesis de piedra sobre la vida cristiana, que se trata de «un proyecto que Dios lleva a cabo».
Y por eso añadió una de las ideas más hermosas de cuantas empleó en su viaje:«Dios concibe nuestra vida como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (….) La Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores».
Así, el hombre no tiene que conquistar a Dios mediante la gnosis, la ascesis o el voluntarismo –como proponen las corrientes de la new age o ciertas corrientes evangélicas–, como quien se gana un puesto en una empresa. Es Dios quien prepara sitio para él en su corazón, incluso cuando se siente extraño, pecador o descartado.
Un Dios que «escucha y responde»
Este gobernador del Cosmos, capaz de someter al caos, es también un Dios que se revela a cada uno y se implica en su vida, explica León XIV. Más aún: es un Dios que habla.
Pero, ¿cómo se manifiesta a cada persona? ¿Cómo se puede descubrir su plan divino? León XIV lo respondió en la Plaza de Lima con un argumento absolutamente contracultural: para reconocer su voz «es en la experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios». Porque «cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer (…). En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece».
E insistió en no aceptar acríticamente la propuesta de la fe, sino que subrayó «la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. ¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad!».
Además, dejó una frase de gran ternura espiritual: «Dios conoce bien tu voz». No la voz impostada de las redes, ni la voz que intenta convencer a los demás. La voz real. La del deseo profundo. La del miedo. La de la oración pobre.
Y añadió: «Él os escucha y os responderá». El Papa no presentó un Dios cuya fe exige obediencia muda, sino como una Persona con quien mantener una relación viva.
Un Padre que perdona y corrige
Y, por supuesto, en consonancia con sus predecesores, el Papa insistió en el corazón misericordioso de Dios. Eso sí: la misericordia de León XIV no es blandura. Su Dios –o, mejor dicho, Dios por él mostrado– perdona, pero no deja al hombre instalado en sus cadenas. La frase más clara la pronunció en Brians 1, ante los presos: «¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!».
Una frase sencilla que condensa una antropología cristiana muy exigente: Dios no reduce a nadie a su pecado, pero tampoco canoniza la herida. Ama al hombre en su verdad y lo llama a levantarse. Por eso el Papa explicó que «si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones».
No desde un voluntarismo de Mr. Wonderful, sino dejando actuar a la gracia, que si es acogida, permite cambiar decisiones, sanar la memoria y empezar de nuevo. Y ese nuevo comienzo exige conversión: «El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
Una fe que saca del egoísmo
Ahora bien. Que, como indicó el Papa en Brians, Dios nos hable «en lo profundo de nuestras conciencias para hacernos descubrir que tiene su morada en medio de nosotros; y sólo espera que le demos una oportunidad», no significa que sea una divinidad intimista, o una espiritualidad personal que no trascienda al espacio público.
En la Misa del Corpus Christi en Cibeles, León XIV imbricó de forma indisoluble la presencia de Dios con el cambio de vida… y de sociedad. Porque si hay un modo de ver a Dios con los ojos, no de la fe, sino de la cara, es hacerlo ante su presencia real en la Eucaristía, explicó el Papa.
Por ese motivo, dijo, Dios no permanece encerrado en el templo: «camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados».
Dios, presente en la Eucaristía, «nos saca a nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada»
Esta es otra clave del Dios de León XIV: su cercanía nunca es intimista. Dios consuela para enviar. Perdona para transformar. «Nos saca a nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo».
El Creador que engrandece lo humano
En Magnifica Humanitas, esta visión adquiere una dimensión especialmente actual. En una época fascinada por la inteligencia artificial, por el rendimiento y por la tentación de superar técnicamente la fragilidad humana, León XIV insiste en que la verdadera grandeza del hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, consiste en no dejar de ser humano.
El Dios de León XIV no se arrepiente de su creación. La ama, la sostiene y la llama a plenitud. En la encíclica, el Papa afirma que cada persona posee una dignidad que no depende de su utilidad, de su éxito ni de su perfección moral, sino de haber sido querida, creada y amada por Dios.
Ese es el Dios que León XIV ha mostrado en España: Señor de la historia, Padre de misericordia, vencedor del caos y artesano paciente de una humanidad herida que, en sus manos, todavía puede ser magnífica.











