Entro en 1830, en Londres: en la sordidez de su niebla y en el silencio de un escenario todavía vacío, pero que se llenará de niños y jóvenes, de actores y cantantes, de música y baile y una historia social sobre las diferencias de clase, sobre la penuria del hambre, sobre el desvalimiento de quienes no tienen familia y se ven obligados a delinquir.
El argumento de Oliver Twist, siendo niños los protagonistas, no es precisamente amable. Charles Dickens nos presenta esa sociedad victoriana que lucha contra el mal y le cuesta mucho hacer el bien. Nos relata la corrupción, la violencia incluso del poder policial y judicial, de las necesidades precarias para el sustento y de cómo se está al borde de la ley, en un submundo de delincuencia, de explotación infantil, de miseria e injusticias en las clases desfavorecidas.
Y, sin embargo, convertida en musical por Pedro Víllora, que hace la adaptación, por Juan Luis Iborra, que lo dirige con mucha solvencia, y de la música de Gerardo Gardelin, con el productor Rafa Coto, que también llevaron a escena Los chicos del coro, lo truculento, la angustia del sufrimiento se hace más grata, pues resuelven con medios técnicos y humanos una difícil puesta en escena.
Y así, cantando e interpretando, también es un buen método para dar a conocer la denuncia social de la explotación del trabajo infantil, de la brecha cada vez más grande entre la clase alta y pudiente y los que sufren que van perdiendo todo, casas, propiedades, trabajo, hasta la familia.
Es curioso y latente el personaje del doctor que prejuzga por su forma de pensar, negando la probabilidad de redención a los que tacha de abocados a la delincuencia, en la imposibilidad de salir de su condición de marginados, por una cuestión incluso sanguínea y de costumbre.
El sistema judicial de la época tampoco sale bien parado, mostrando una total falta de empatía, aunque los acusados sean menores. Impera el castigo como ejemplo.
Unos muy creíbles Oliver y compañía
Daniel Escrig y Heneko Haren se ajustan bien al personaje de Oliver Twist y, alrededor, todo el elenco cumple a la perfección con sus cometidos.
Comentario necesario también es la escenografía y el vestuario que consiguen dotar de precisión a los diferentes ambientes del lugar donde se desarrolla la acción, simplemente cambiando unos pequeños detalles y ayudado por una iluminación que contribuye a reflejar esa atmósfera pesada y neblinosa de un Londres decimonónico.
La cuestión ahora es… ojalá estos musicales, estas representaciones que pretenden enganchar a un público joven, atraídos por su elenco, también fueran acicate para que cogieran esas novelas, esos libros que nunca pasarán de moda, pero que ahí están muertos de silencio, y se pusieran a leerlos para descubrir cosas que, lógicamente, en la puesta en escena no es posible reflejar.










