Un joven aragonés estudia el deshielo de las cuevas del Pirineo que borra miles de años de memoria climática: «Es la última oportunidad y deberíamos estar muy preocupados»

El investigador oscense Mario Bielsa acaba de recibir una prestigiosa beca de La Caixa para analizarlas.

Las cuevas heladas del Pirineo están perdiendo depósitos de hielo de hasta 4.000 o 5.000 años de antigüedad y, con ellos, información sobre el clima del pasado que el investigador oscense Mario Bielsa trata de analizar antes de que desaparezca para siempre.

«Ya tenemos varias cuevas donde se ha perdido todo o prácticamente todo el hielo que había», explica este joven de Castejón de Sos (Huesca), que desarrolla su doctorado en Geología en la Universidad de Zaragoza con una beca de la Fundación La Caixa. 

La investigación de Bielsa explora una transformación menos visible que el retroceso de los glaciares, escondida en cavidades donde el hielo conserva señales de antiguas temperaturas y precipitaciones, además de restos vegetales cuyo material genético ayuda a conocer el pasado.

Sin embargo, la urgencia acompaña las campañas de los investigadores, que en ocasiones recogen las máximas muestras viables ante la posibilidad de que, cuando regresen, ya no queden depósitos que estudiar.

«Sabíamos que era la última oportunidad», recuerda Bielsa sobre una de esas intervenciones en Monte Perdido, donde decidieron ampliar los muestreos de una cavidad que ya habían investigado ante la perspectiva de que el hielo se fundiera.

El altoaragonés describe pérdidas de «dos o tres metros de hielo» en las últimas dos décadas, y otras donde el descenso ha sido «solo de unos milímetros», aunque advierte de que «en el caso del Pirineo todas están perdiendo hielo».

Precisamente, uno de los ejemplos que más le preocupan está en Monte Perdido, donde explica que han registrado un ascenso de la temperatura del aire dentro de una cueva desde los cero hasta los cuatro grados en dos años. «Eso es una barbaridad. Eso supone que el hielo que hay dentro va a desaparecer porque a cuatro grados no puede mantenerse», señala Bielsa.

En el macizo de Cotiella, otra de las cavidades donde ha colaborado con investigadores que estudian restos genéticos se ha perdido casi totalmente el hielo, un proceso que compromete tanto el depósito como la información biológica conservada en él.

Estos restos permanecen conservados «como si fueran un frigorífico, un congelador», explica el geólogo, pero cuando el hielo se funde pueden perder su contexto temporal y el ADN comienza a degradarse rápidamente.

El trabajo de Bielsa y sus compañeros se extiende por distintas cavidades del Pirineo altoaragonés, especialmente en Monte Perdido, aunque también estudian cuevas en macizos como el de Cotiella, Telera y Tendeñera.

En estos espacios conviven registros de edades muy distintas, porque junto a hielos de miles de años hay estalagmitas que, según el investigador, superan los dos millones de años de antigüedad y permiten abordar otras preguntas sobre la evolución de la montaña.

Bielsa estudia estas formaciones de calcita para reconstruir cuándo hubo permafrost, suelo congelado, y tratar de comprender por qué estuvo presente en determinados momentos del pasado y ausente en otros. «Una de las cosas que ya hemos descubierto es que no hay una relación directa entre las glaciaciones y el permafrost», apunta como una de las conclusiones de sus investigaciones, en un campo donde todavía quedan muchas preguntas por responder.

Su interés científico tiene una raíz personal en el valle de Benasque, donde sus padres le llevaban a ver los glaciares y que ha crecido mientras aquellas masas heladas retrocedían «a pasos agigantados».

Ahora, observa bajo tierra cómo otra pérdida, aunque sea menos accesible para las personas, es igual de importante por lo que revela sobre la transformación del Pirineo.

Para Bielsa, bastaría con enseñar y comparar las fotografías de las cuevas y comprobar «lo que había antes y lo que ya no hay«. En su opinión, la desaparición de depósitos de hielo que han sobrevivido durante milenios es una señal de alarma sobre el clima que se instala en la cordillera, una situación ante la que «realmente deberíamos estar muy preocupados».