La capital suma treinta años de gobiernos conservadores, una excepción absoluta en el panorama europeo, donde las grandes ciudades tienen tendencias progresistas
Madrid se ha convertido en una anomalía conservadora dentro del mapa político europeo. Tras la victoria de Die Linke en Berlín, las grandes capitales de Europa occidental quedan, con contadas excepciones, en manos de partidos progresistas, mientras la capital española mantiene un Gobierno conservador tanto en la Comunidad como en el Ayuntamiento. Y no se trata de una circunstancia pasajera: el PP gobierna ininterrumpidamente la Comunidad desde 1995 y solo perdió la alcaldía durante los cuatro años de Manuela Carmena.
La singularidad madrileña está precisamente ahí. Las capitales suelen ser el territorio más complicado para los partidos conservadores. El voto urbano tiende a concentrar algunas características que favorecen a la izquierda: una población más joven, mayor presencia de universitarios, más habitantes nacidos en el extranjero, mayor proporción de inquilinos y una estructura económica y social más alejada del mundo rural y de las ciudades pequeñas. En Europa, estas características se traducen habitualmente en un comportamiento electoral más progresista.
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Madrid comparte buena parte de ese perfil, pero electoralmente se comporta al revés. La capital española no solo vota a la derecha: lo hace de manera sostenida y con una intensidad que no encuentra un equivalente claro entre las grandes capitales de la Unión Europea. De hecho, ahora lo hace con incluso más intensidad: Madrid es la única capital de la Unión Europea con una formación política que dispone por sí sola de mayoría absoluta en su cámara regional y ayuntamiento.
El movimiento de Berlín encaja en una tendencia dentro de las grandes capitales europeas. París, Londres, Roma, Ámsterdam, Bruselas, Viena o Copenhague están gobernadas por fuerzas de izquierda o centroizquierda. E incluso allí donde la derecha ha ganado peso, como en la Italia de Meloni, las grandes ciudades siguen siendo uno de los bastiones donde los partidos conservadores encuentran mayores dificultades.
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La paradoja es que Madrid no es una ciudad ajena a los factores que explican ese comportamiento. Es una de las principales ciudades universitarias de España, concentra una enorme población joven, es uno de los grandes destinos de inmigración y tiene un mercado inmobiliario con un peso muy elevado del alquiler. Es decir, reúne buena parte de las características que en otras capitales europeas han ayudado a consolidar electorados progresistas.
Sin embargo, el voto madrileño ha desarrollado un sesgo conservador. La capital no se limita a acompañar a su región: Madrid se ha convertido en uno de los principales bastiones electorales del PP en España. Un contraste especialmente significativo cuando el Gobierno central está en manos del PSOE, como sucede ahora.
Esta divergencia entre Madrid y La Moncloa se ha convertido, además, en una característica propia de la política española. La capital funciona como uno de los principales contrapesos territoriales al Gobierno central cuando este está dirigido por la izquierda. El enfrentamiento entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez ha reforzado todavía más esa dimensión y ha convertido a Madrid en uno de los principales escenarios de la batalla política nacional.
Bastión contra el nacionalismo
La explicación del fenómeno no es únicamente ideológica. Los expertos han apuntado también a la particular configuración territorial de España. Madrid carece del componente nacionalista que sí condiciona el voto en otras comunidades y, en un país donde la política territorial se ha convertido en uno de los grandes ejes de confrontación entre bloques, el discurso de defensa de la unidad nacional y de oposición al Gobierno central tiene un peso especialmente relevante en la capital.
También existe una segunda peculiaridad: Madrid no es solamente una capital administrativa, sino una región económica y demográficamente muy potente que rodea y desborda a la propia ciudad. El peso de los municipios del área metropolitana y de los grandes núcleos residenciales de la Comunidad contribuye a construir un espacio electoral mucho más amplio que el de otras capitales europeas.
El resultado es una combinación poco habitual en Europa: una gran capital, una de las ciudades más cosmopolitas del continente y, al mismo tiempo, un territorio electoral profundamente favorable al centro derecha. De ahí que la victoria de Die Linke en Berlín vuelva a colocar el foco sobre Madrid, la gran anomalía europea.










