Un Gobierno sin vergüenza

«Está claro que al presidente no le debe preocupar el sufrimiento de los ceutíes ni la defensa de nuestro Estado: se ha encerrado a disfrutar del sol de Canarias»

   «¡Oh corvas almas, oh facinerosos

espíritus furiosos!»

Quevedo en su epístola censoria dirigida al Conde Duque de Olivares.

Cualquiera que haya visitado a Felipe González en su despacho de la Moncloa cuando era presidente recordará que en sus paredes, de manera visible, colgaba una fotografía del estrecho de Gibraltar visto desde el norte de África.

—Es para que mis visitantes entiendan que ese es nuestro Río Grande —me comentó un día en referencia a la frontera fluvial entre México y los Estados Unidos.

Y quien hubiera asistido antes a su primer y breve discurso público tras la victoria electoral que le llevó a la presidencia, pronunciado en el hotel Palace, pudo oír que un propósito de su nuevo gobierno sería actuar internacionalmente en favor del diálogo, la paz, la defensa de los derechos humanos y, textualmente, la «indeclinable aspiración a recuperar Gibraltar para la soberanía nacional».

Traigo a colación ambos recuerdos, que a la vista de los derroteros actuales más parecen ensueños, mientras las televisiones inundan de imágenes y declaraciones sobre la reciente invasión de Ceuta. Porque sí fue una invasión, una ocupación masiva de un territorio de forma ilegal e ilegítima, violando la soberanía nacional de un país, a un tiempo ajeno y cercano al de aquel que facilitó la entrada masiva de ocupantes. Se trastornó así seriamente la vida y los derechos de sus ciudadanos y se continúa haciéndolo conculcando el orden público.

Pero los principales autores, paradójicamente, no fueron las 80.000 personas que la protagonizaron, entre ellas más de mil menores de edad, sino quienes les alentaron, quizás en ocasiones incluso les contrataron, abusando de la ausencia de libertades y de futuro en los países en los que viven, y vulnerando —¿quién dio la orden de permitirlo?— la obligación de la guardia fronteriza marroquí de proteger el tráfico a través de sus propias fronteras.

«El comportamiento del presidente y su Gobierno ante lo sucedido en la frontera sur de Europa es tan estúpido como deleznable»

Independientemente de los errores y fracasos, las carencias que pueden denunciarse junto a los triunfos del llamado felipismo, durante el cual se llevó a cabo la modernización de España, se consolidó su democracia y se ampliaron los derechos ciudadanos, la mención de González respecto a Gibraltar y su foto de nuestro Río Grande ilustran las traiciones del sanchismo. Traiciones, digo, entre muchas otras cosas a los valores de la socialdemocracia. Denuncian también la ignorancia y debilidad de nuestro actual primer ministro a la hora de defender la soberanía nacional, a la que ha socavado tanto con su política interior como con la internacional.

De la interior ya se ha hablado mucho, aunque nunca será suficiente. Pero no toca ahora esa descripción, sino la referida a la catadura moral de algunos comportamientos. Al margen de la afición de unos cuantos —¿cuántos serán al fin?— de sus más estrechos colaboradores a lucrarse con dinero público, los tráficos de influencias de la familia y las idioteces de una no desdeñable cantidad de sus ministros, conviene subrayar la falta de empatía de su jefe con el sufrimiento ajeno. «Si quieren ayuda que la pidan», dijo cuando la dana de Valencia antes de huir a la carrera de la indignada y lógica protesta ciudadana. Y tras el accidente de Adamuz todavía esperamos las dimisiones y los ceses de los responsables al frente de Adif y Renfe, y del inútil gerifalte que los nombró.

Esta falta de empatía con los ciudadanos a los que están obligados a servir no es exclusiva de Sánchez y sus mamarrachos. Un total de 281 cadáveres entre la catastrófica inundación citada y el accidente ferroviario. Por desgracia, la impavidez ante el sufrimiento ciudadano no ha sido una exclusiva del poder; también es imputable a la oposición. No olvidemos el inadmisible comportamiento de Mazón y la dirección del PP en cuanto al suceso de Levante, y la desastrosa gestión e incapacidad tras el choque de trenes para asumir responsabilidades por parte de un tal Óscar. En la mitología, Óscar fue un guerrero protegido por los dioses. Aquí su protector es un aprendiz de autócrata y su divina familia.

Los sucesos de Ceuta han venido a poner de relieve que no estamos ante hechos aislados u ocasionales, sino ante un comportamiento preocupante de amplios sectores de la partitocracia cuando los representantes del pueblo pretenden erigirse en sus dueños. El comportamiento del presidente y su Gobierno ante lo sucedido en la frontera sur de Europa con África es tan estúpido como deleznable. Recuerda de algún modo el error cometido por el presidente Aznar tras los atentados de la yihad en vísperas de las elecciones de 2004, que propiciaron la inesperada victoria de Zapatero.

«En el caso de Sánchez se combina su ignorancia con la ambición de poder a cualquier precio»

En el caso de Sánchez, se combina su ignorancia con la ambición de poder a cualquier precio. Pero para su decepción, en la emergencia que comentamos se dan cita el descontento y repulsa de la población con una seria amenaza a la soberanía nacional y una creciente desafección de nuestros aliados: 22 primeros ministros europeos así lo han puesto de relieve. Lo que está claro es que al presidente no le debe preocupar gran cosa el sufrimiento de los ceutíes ni la defensa de nuestro Estado: se ha encerrado, con total desvergüenza, a disfrutar del sol de las Canarias, amenazadas también demagógicamente por el nacionalismo irredento marroquí.

Él y su Gobierno han abandonado ostensiblemente al presidente de la ciudad autónoma, desoído las quejas y demandas de sus habitantes, manipulado la información en la televisión del mismo Estado víctima de la amenaza, y bajado la cabeza ante el agresor, capaz de demostrar con los hechos que es él quien abre y cierra las puertas de Europa en África ante la incapacidad del sanchismo, que ojalá no sea la complicidad como lo sucedido con el Sáhara. Solo la ministra de Defensa ha mantenido dignidad política y pública empatía con el sufrimiento ciudadano, quizás porque conoce la inquietud y desagrado creciente entre amplios sectores del mando militar ante algunos incomprensibles derroteros en política interior y exterior que afectan a la estructura del Estado.

En circunstancias como esta, Sánchez debería haber convocado a los grupos políticos y al Congreso, para debatir en público y en privado, dar explicaciones y procurar consensos. Tendría que haber reunido al Gobierno en la ciudad agredida, suspender sus vacaciones, no solo las de la tropa, y permitir la visita del rey, jefe de un Estado que ha padecido la violación de las fronteras ante la ausencia incomprensible de quienes están obligados a defenderlas.

Y junto a la incompetencia del presidente, su vacuidad intelectual, su ignorancia de que el estrecho es nuestro Río Grande y su reciente renuncia a lo que Felipe González definió como la indeclinable aspiración de recuperar Gibraltar, relucen aún más la incapacidad y estupidez manifiesta de sus ministros del Interior y del Exterior. No cabe la menor duda de que es necesario restablecer unas buenas relaciones con Marruecos, seriamente dañadas ahora y con toda razón ante la opinión pública española, pero desde la firmeza de nuestro Estado. Sánchez necesita demostrar que es un servidor del mismo y no un trujimán decidido a venderlo a trozos, a los de dentro y a los de fuera.

«Junto a la incompetencia del presidente, relucen aún más la incapacidad y estupidez de sus ministros del Interior y del Exterior»

Algunas voces críticas, a comenzar por las de González y Guerra, ya se han levantado en el seno de los socialistas. A los muchos que siguen callados cuando no debieran, hay que recordarles la demanda de Quevedo en la epístola citada al comienzo de esta pieza. «¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?».

Lo que se siente, y ya casi a flor de piel, es la necesidad de medidas concretas: consensuar y debatir la política exterior y la de defensa en el parlamento, Congreso y Senado. Dar a la Guardia Civil los medios necesarios para garantizar nuestra seguridad frente a nuevas violencias en las fronteras y a las bandas del narcotráfico, basadas en las costas del sur del Mediterráneo. Y garantizar la seguridad de las únicas fronteras de España y Europa en suelo africano.

El sanchismo es manifiestamente incompetente para llevar a cabo una tarea semejante, está moral y políticamente incapacitado al respecto. Los ciudadanos de Ceuta ya han aprendido la lección, no solo por la invasión que han padecido, sino también, y sobre todo, por la indefensión y el abandono de un Gobierno sin vergüenza.

Por si alguna le quedara, alguien de entre las decenas de asesores de imagen del presidente debería explicarle que, en vez de seguir con sus chorradas en TikTok, si quiere defender que su lugar en la Historia no sea el de la basura donde purgan las corvas almas quevedianas, no debe perder esta su última oportunidad de tomar una decisión decente, por inesperado que sea en su caso: la convocatoria inmediata de elecciones. Pese a sus errores, pese a sus mentiras, pese a sus traiciones.