Ojitos de pena, sermón climático… y nada de nada

En vez de sermonearnos, Sánchez podría propiciar medidas concretas para limpiar los montes, hacerlos productivos y mejorar los servicios contraincendios

No sé cuándo comenzó el supuesto cambio climático. Pero lo que sí sé es que durante todos los veranos rurales de mi lejana infancia en Galicia nunca faltaba el olor a pinos quemados, ni algunas tardes de humo y el ruido de las naves aéreas luchando contra el fuego. Cada estío llegaban los incendios forestales. Recuerdo, por ejemplo, las sierras verdes de la hermosa y brava comarca del Barbanza, que ardían puntualmente en cuanto se pausaba la lluvia y el sol empezaba a acariciarlas.

También sé que hay un porcentaje que se repite cada año en España: el 80 % de los incendios son provocados por la mano del hombre, un 30 % por descuidos.

Por último, hacer frente a los incendios forestales es una tarea titánica y muchas veces doblan la mano a los países más avanzados del orbe. California es la quinta economía del planeta, pero del 7 de enero al 1 de febrero del año pasado sufrió unos fuegos dantescos, que incluso abrasaron diez mil viviendas en el corazón de Hollywood (entre ellas las de Jeff Bridges, Billy Crystal y Paris Hilton). En Australia, el verano de 2018 fue denominado el Black Summer, por una ola aterradora de fuego. Grecia sufrió gravísimos incendios en 2023. Francia y Portugal los padecen estos días, igual que España. En los prolegómenos de la final del Mundial que ganó nuestra extraordinaria selección hubo dudas sobre si podría jugarse el partido ante el humo que venía de un enorme incendio en el vecino Canadá.

Ha habido catástrofes colosales y relativamente recientes que ni siquiera recordamos ya. En 2003, se quemaron 22 millones de hectáreas en la Taiga rusa y, en 2021, 18 millones en Siberia. Todo esto no es nuevo. En 1910, Idaho y Montana sufrieron un infierno forestal tan devastador que recibió el apodo de Big Blowup.

Pero una cosa es que luchar contra los incendios sea dificilísimo y otra muy distinta es hacer el cantamañanas ante ellos, que es la respuesta de Sánchez ante tan agudo y pertinaz problema.

Su política forestal consiste en que, varios días después de que el fuego se haya desmandado, se presenta en un puesto de mando, bien blindado para que no se acerque ningún vecino. Ataviado con la camisa vaquera ajustada que le gusta para estas ocasiones, compone ojitos de cordero degollado y con una vocecilla queda y compungida comienza a hablar de «la emergencia climática» y de «la necesidad de un pacto de Estado frente a ella», todo dicho por el presidente más divisivo de nuestra historia. Acto seguido, le arrea un par de bofetadas a la oposición, calificándola de «ultras» del «negacionismo climático» y listo: se sube al helicóptero y hasta el verano siguiente. Como mucho, se suma a alguna reunión de coordinación desde la Moncloa para hacer como que hace, mientras el prevaricador condenado David toca el piano en el primer piso de Palacio a costa de nuestros impuestos.

¿Qué plan ha aprobado Sánchez para evitar y combatir los incendios? Ninguno. ¿Ha ideado programas para limpiar unos montes que están descuidados? No. ¿Ha planteado propuestas para fijar población en un rural muy deshabitado y dar una vida productiva al suelo forestal? No. ¿Ha suavizado ciertas medidas del ecologismo talibán de la izquierda que impiden a los propietarios limpiar los montes con facilidad? No.

¿Ha endurecido las penas en serio contra los bárbaros que prenden fuego? Por favor, eso es muy poco «progresista», y no digamos ya hablar de enviar a limpiar el monte a los jóvenes fornidos que llegan en las pateras y que están mano sobre mano abocados a pedir limosna (o en la mafia tolerada del top-manta).

¿Ha aprovechado el ingente maná de fondos europeos, que ni siquiera supo cómo gastar, para un gran plan de prevención contra la lacra endémica del fuego forestal? No. ¿Se ha puesto por propia iniciativa al frente de la lucha contra unos incendios que afectaban a varias regiones? No, lo ha tenido que obligar Ayuso y enseguida ha soltado contra ella a los habituales ministros embestidores. ¿Ha renovado y ampliado la anticuada flota de aeronaves que empleamos en la lucha contra el fuego? No. ¿Ha creado equipos especializados de psicólogos y policías para hacer frente a los pirómanos y sus motivaciones? No.

«Emergencia climática» y grandes rollazos del catecismo quedabien de la correcta causa. Pero a la hora de la verdad, a la tumbona de la Mareta, que ya lloverá en otoño. Un trampantojo de gobernante, como siempre.

(Todo nuestro ánimo, afecto y oraciones para los vecinos, bomberos y políticos que luchan por media España contra otro verano de fuego).