En Tenerife, ha afirmado que el dinero obtenido de la vulnerabilidad de los pobres «no dará paz, ni honor, ni futuro»
Viernes 12 de junio. Última jornada del Papa en España y solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El escenario ha sido Tenerife, donde el Santo Padre ha aterrizado a las 9:30 de la mañana para afrontar una intensa mañana de despedida. En poco más de cuatro horas ya ha mantenido dos encuentros con migrantes y entidades de acogida, antes de culminar su agenda con la celebración de la Santa Misa.
Durante estas citas, León XIV ha insistido en que la cuestión migratoria no puede reducirse a cifras o estadísticas. Por el contrario, ha reclamado poner en el centro la dignidad de cada persona y avanzar hacia la construcción de lo que ha denominado una «civilización del amor».
Primer encuentro en «Las Raíces»
La primera parada del Papa ha tenido lugar en el Centro de acogida «Las Raíces», en Santa Cruz de Tenerife. Ante cientos de personas, el Santo Padre ha recordado que «el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones».
Vinculando la tradición misionera de la tierra canaria —con referencias al Hermano Pedro y a san José de Anchieta, dos de las figuras más destacadas nacidas en Tenerife por su extraordinaria labor evangelizadora en América— con la realidad actual de quienes llegan a las islas.
«Todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial», ha afirmado el Pontífice, instando a los presentes a no olvidar sus orígenes y a permanecer «firmemente arraigados en el Señor». Para el Papa, la migración es una oportunidad de enriquecimiento mutuo, exhortando a los recién llegados a ofrecer su cultura y sueños como un «tesoro de humanidad».

León XIV saluda a unos niños durante un encuentro con migrantes en el centro «Las Raíces» AFP
La otra travesía del migrante
Posteriormente, en la Plaza del Cristo de San Cristóbal de La Laguna, el Santo Padre ha profundizado en el concepto de integración. Alabando la historia de la ciudad como un recinto abierto, ha señalado que «las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia».
El Papa ha definido la integración como un «camino recíproco» donde tanto el que llega como el que recibe deben aprender y transformarse. «La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral», ha afirmado, advirtiendo sobre el peligro de lo que ha llamado el «naufragio silencioso»: la soledad y la falta de vínculos que sufren muchos tras alcanzar la costa. «Integrar es impedir ese segundo naufragio», ha añadido.

León XIV se reúne con organizaciones que trabajan por la integración de los migrantes en la Plaza del Cristo de la Laguna, en San Cristóbal de La Laguna AFP
Advertencia a las mafias y el papel de la Iglesia
Un momento destacado de su alocución ha sido la denuncia contra quienes se lucran del sufrimiento humano. El Pontífice ha exigido «a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio» que se detengan: «Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios».
León XIV ha subrayado que, si bien la misericordia de Dios es capaz de alcanzar incluso al pecador más endurecido, el acceso a ella no es automático, pues solo se abre paso a través de la «puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión». Ha sido tajante al afirmar que el dinero obtenido de la vulnerabilidad de los pobres «no dará paz, ni honor, ni futuro».
A su vez, a todos los fieles, el Papa les ha recordado que la integración no es solo una «tarea social», por necesaria que esta sea. Ha instado a las parroquias a ser lugares de anuncio del Evangelio desde el respeto, señalando que una Iglesia que acoge debe ser también una que ofrece a Cristo: «Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza».
Para el Pontífice, el compromiso cristiano va más allá de ofrecer «pan, techo, lengua, trabajo y protección»; se trata de propiciar una comunidad que ofrezca caminos para conocer a Jesús, siempre «respetando la conciencia y la libertad de cada persona». En este sentido, ha subrayado que una Iglesia que anuncia es también una Iglesia que «recibe el Evangelio de manos de los pobres», exhortando a los católicos tinerfeños a dejarse «evangelizar por ellos».











