Derecho a ser viejo

El retraimiento, el encogerse de ánimo, la tentación de refugiarse en casa y en lo suyo

Va X al banco y ya nada más entrar se siente como un intruso. No hay ventanillas, solo mesas dispuestas estratégicamente en las esquinas. En cada mesa, un empleado ensimismado en la pantalla del ordenador. No hay nadie a quien preguntar, y nadie repara en su presencia. Pegadas a la pared se ofrecen unas sillas en las que un par de clientes cabizbajos escudriñan en sus móviles. Confiado en la aparente calma, X se dirige a una de las mesas y, antes de acercarse, el empleado levanta la cabeza, le interroga con un gesto y la mirada y le señala el cajero. X le responde con toda la humildad del mundo que ya lo ha intentado, pero su tono es inflexible: “Lo siento, pero sin cita previa no podemos atenderle”.

Entra Y en el supermercado, se afana por buscar en las múltiples estanterías, y por el orden en que los tiene apuntados en la lista, los productos que necesita, y cuando llega ufano a la salida se encuentra con un cajero automático que le pide códigos y no sé cuántas cosas. Apesadumbrado, llama por señas a un empleado humano, que amablemente le instruye sobre el enrevesado operativo y, en pago a la edad y por condescendencia con la perplejidad que advierte en su mudo interlocutor, se aviene a realizar íntegro todo el proceso.

Acude Z a una oficina de la administración, confiado en rematar todos los trámites y concluir por fin el engorroso asunto que le ha llevado no pocos desvelos. “Vengo a entregar los documentos que me dijeron…”, y no ha terminado aún de abrir la carpeta cuando ya el funcionario le advierte que tiene que escanearlos y enviarlos por correo electrónico. “¿Escanearlos? Pero si he pedido cita previa, y lo traigo aquí todo…”, es lo único que se atreve a replicar.

Sirvan las escenas arriba descritas, copiadas por entero del natural (y protagonizadas, como es fácil de suponer, por personas que, como diría el poeta, han llegado ya al arrabal de la senectud), como señal y apercibimiento de algo más extendido y profundo que tiene que ver con el espíritu de nuestro tiempo: el sentimiento de no pertenencia al mundo que poco a poco se va incubando en quienes no forman parte ya del entramado productivo, y la consiguiente reacción que ello provoca, que suele ser el retraimiento, el encogerse de ánimo, la tentación de refugiarse en casa y en lo suyo, convencidos de que, incapaces de adaptarse a los cambios tan bruscos, están condenados a vivir en un mundo que ya no les pertenece. Un mundo que ya no dominan y que por menos de nada y sin previo aviso, en cuanto les pilla desprevenidos, se vuelve hostil, y ajeno, y desconocido. Un mundo en que todo el mundo tiene derechos, derecho a reclamar cualquier bagatela, derecho a ser feliz, derecho a ser guapo…, pero no el derecho a ser viejo.