El Papa desmonta la idea de un «Dios del éxito» para abrazar al «Dios de la pasión»: «Queremos que sea útil como el dinero»

Al iniciar el solemne Triduo Pascual, el Santo Padre ha advertido que la verdadera omnipotencia no reside en el dominio, sino en el «gesto gratuito y humilde de lavar los pies»

¨No estamos aquí como espectadores ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús». Con esta ‘advertencia’, el Santo Padre ha comenzado su homilía de inicio del Triduo Pascual en la basílica de San Juan de Letrán al presidir la Santa Misa In Coena Domini. Durante la solemne liturgia, el Papa ha cumplido el rito del lavatorio de los pies a doce sacerdotes de la diócesis de Roma, un gesto que ha definido no como un simple modelo moral, sino como la entrega de la propia «forma de vida» de Jesús. Al cruzar este umbral litúrgico, el Pontífice ha recordado que los fieles están invitados a un banquete donde el amor de Cristo «se convierte en gesto y alimento para todos».

Un modelo de vida frente a los criterios del mundo

El Papa ha profundizado en el significado del término griego upódeigma, utilizado por el evangelista Juan para describir el lavatorio, que significa «lo que se muestra ante los propios ojos». Según ha explicado, este acto de tomar la palangana y el delantal es un signo ejemplar del Verbo hecho carne que permite al Hijo revelar la gloria del Padre. Al asumir la condición de siervo, Cristo logra ir «desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia» y que a menudo distorsionan la imagen de lo que significa ser grande.

Para el Santo Padre, «lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios». En un análisis sobre la naturaleza de la divinidad, ha advertido que el orgullo humano a menudo impide comprender lo que está sucediendo en el altar. Citando una homilía de Benedicto XVI de 2008, ha señalado que el hombre debe «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión».

La tentación del «Dios del éxito»

El Pontífice también ha identificado una tentación recurrente en la fe: el deseo sistemático de un «Dios de éxito y no de pasión». Ha alertado sobre la tendencia humana de buscar a un Dios que resulte «útil como el dinero y el poder», alguien que sirva a los intereses personales en lugar de ser el centro del servicio. Frente a esta visión, el Papa ha definido la verdadera fuerza de lo divino: «Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios».

Este servicio divino tiene como objetivo transformar al ser humano y purificarlo de las «idolatrías y blasfemias» que han manchado la imagen de Dios. Pero la purificación no se detiene ahí; el Papa ha afirmado que también se debe purificar la imagen del hombre, quien frecuentemente «se percibe poderoso cuando domina» o «quiere vencer matando a quien es igual a él». Aprender a actuar como Jesús, a quien define como el «criterio auténtico», es, según sus palabras, «la tarea de toda una vida».

Hacia el final de su homilía, el Santo Padre ha recordado que esta tarde se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado, subrayando el «vínculo intrínseco» entre ambos sacramentos, ya que representa la entrega perfecta de Jesús como Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos. De este modo, el ministerio sacerdotal se instituye para perpetuar ese amor divino que se hace gesto y alimento para la salvación de la humanidad.

Ha descrito la Eucaristía como un «vínculo de caridad» y un «banquete pascual» en el cual el alma se llena de gracia. Dirigiéndose a los obispos y presbíteros, les ha recordado que son signos de la caridad de Cristo hacia el Pueblo de Dios, a quien están llamados a servir con todo su ser.

La jornada del Jueves Santo ha sido definida por el Papa como un día de «ardiente gratitud y de auténtica fraternidad». Por ello, ha concluido instando a las comunidades y parroquias a que la adoración eucarística de esta noche sea un tiempo para contemplar el gesto de Jesús y pedir la fuerza necesaria para imitar su servicio con el mismo amor.