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Educar en la Fe IV: El Sacramento del Bautismo

El bautismo es un sacramento instituido por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, por el cual nacemos a la vida de la gracia, nos hacemos cristianos y miembros de la Iglesia. El bautismo es necesario para salvarse; así lo dijo Jesús: “El que no renaciere por el bautismo del agua y la gracia del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios (S. Jn. 3, 5). Sin embargo, al que se prepara para el bautismo (catecúmeno), si muere antes del sacramento, le basta para salvarse el deseo explícito de ser bautizado junto con el arrepentimiento de sus pecados y la caridad. También el martirio hace las veces del bautismo de agua y por eso se llama bautismo de sangre. En el caso de los niños que mueren sin poder recibir las aguas bautismales, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,4).

Por el bautismo Dios nos da la gracia santificante que nos borra el pecado original y todos los personales si los hay; también cancela todas las penas debidas por el pecado y nos infunde las virtudes de fe, esperanza y caridad y los dones del Espíritu Santo. La gracia santificante no es sólo ausencia de pecado, es la participación en la vida divina (2 Pe 1,4). Nos incorpora a Jesucristo y a su Iglesia. Al hacernos miembros del cuerpo místico de Cristo, el bautismo también nos hace partícipes de su función sacerdotal, profética y real. Y al hacernos miembros de la Iglesia, nos une a todos los demás cristianos y nos habilita para recibir los demás sacramentos. Este sacramento, además, imprime en nosotros un sello (carácter) que nos hace pertenencia de Cristo y herederos del cielo.

Llamamos a este primer sacramento de la iniciación cristiana con el nombre de Bautismo, en razón del rito central con el cual se celebra. Bautizar significa “sumergir” en el agua porque quien recibe el Bautismo es sumergido en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios y resucita con él “como una nueva criatura” (2 Co. 5, 17). Se llama también “baño de regeneración y renovación en el Espíritu Santo” (Tt. 3,5), e “iluminación”, porque el bautizado se con-vierte en “hijo de la luz” (Ef. 5,8).

En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del bautismo: el agua, fuente de vida y de muerte; el arca de Noé, que salva a su familia por medio del agua; el paso del Mar Rojo, que libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la vida eterna. Estas prefiguraciones del Bautismo las cumple Jesús, el cual, al comienzo de su vida pública, se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán. Levantado en la Cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua, signos del bautismo y de la eucaristía. Jesús instituyó el bautismo cuando Él mismo fue bautizado en el Jordán, y lo confirmó antes de su ascensión a los cielos, después de su Resurrección, cuando confió a los Apóstoles esta misión: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt.28,19).

La materia del bautismo es el agua natural que se vierte sobre la cabeza del bautizando en cantidad suficiente para que corra. La forma son las palabras que dice el ministro al mismo tiempo que derrama el agua sobre la cabeza: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Puede recibir el bautismo cualquier persona humana que no esté aún bautizada. Por derecho, los ministros ordinarios del bautismo son los obispos y los presbíteros y en la Iglesia latina también el diacono. Pero en caso de necesidad cualquier persona, sea hombre o mujer, hereje o infiel, puede bautizar. El que bautiza ha de tener la intención de hacer lo que la Iglesia hace al bautizar.

A todo aquel que va a ser bautizado se le exige la profesión de fe, expresada personalmente, en el caso del adulto, o por medio de sus padres y de la Iglesia, en el caso del niño. El padrino o madrina y toda la comunidad eclesial tienen también una parte de responsabilidad en la preparación al bautismo (catecumenado), y después en el desarrollo de la fe y de la gracia bautismal. La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.

El nombre es importante porque Dios conoce a cada uno por su nombre, es decir, en su unicidad. Con el bautismo el cristiano recibe en la Iglesia el nombre propio. Debe ser un nombre digno de un hijo de Dios y referiblemente el nombre de un santo, de modo que éste ofrezca al bautizado un modelo de santidad y le asegure su intercesión ante Dios.

Creo en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo II

Un acontecimiento inaccesible a la razón natural y que sólo es conocido por revelación de Dios es el hecho de la existencia de un solo Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta realidad ha sido revelada por Jesús de Nazaret, lo que quiere decir, que incluso era desconocido en la fe de Israel, y que fue manifestada después de la Encarnación del Hijo de Dios y del envió del Espíritu Santo. No obstante, Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la Creación y en el Antiguo Testamento.

Jesucristo nos revela que Dios es “Padre”, no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo que es su Palabra, “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (HB 1, 3).

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; “procede del padre” (Jn 15,26), que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la “verdad plena” (Jn 16,13).

Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad.

Dios se ha revelado como “el Fuerte, el Valeroso” (Sal 24,8), aquel para quien “nada es imposible” (Lc1, 37). Su omnipotencia es universal, misteriosa y se manifiesta en la Creación del mundo de la nada y del hombre por amor, pero sobre todo en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo, en el don de la adopción filial y en el perdón de los pecados. Por esto la Iglesia en su oración se dirige a “Dios todopoderoso y eterno” (“Omnipotens sempiterne Deus…”).

La Creación es el origen de todos los designios de Dios; manifiesta su amor omnipotente y lleno de sabiduría; es el primer paso hacia la Alianza del Dios único con su pueblo; es el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Jesús de Nazaret, el ungido (Cristo); es la primera respuesta a los interrogantes fundamentales sobre nuestro origen y por ello, de nuestro fin.

El mundo ha sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su bondad, verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Jesucristo, pueda ser “todo en todos” (1Co 15,28), para gloria suya y para nuestra felicidad.

Dios ha creado el universo libremente con sabiduría y amor. El mundo no es fruto de una necesidad, de un destino ciego o del azar. Dios crea “de la nada” (-ex nihilo-: 2 M 7, 28) un mundo ordenado y bueno, que Él transciende de modo infinito. Dios conserva en el ser el mundo que ha creado y lo sostiene, dándole la capacidad de actuar y llevándolo a su realización, por medio de su Hijo y del Espíritu Santo.

No es fruto de una necesidad porque, Dios no necesita la Creación para nada. El lo llena todo, es completo, perfecto. El universo, la naturaleza, los animales… tienen un porqué y un para qué, que justifican su existencia. El orden existente en el mundo nos habla de la existencia de un fin y ello, manifiesta la necesidad de una inteligencia creadora, que como tal, no puede hacer las cosas a tontas ni a locas. Dios Padre vela la evolución del mundo, hasta su plena realización, junto con su Hijo encarnado, Jesús de Nazaret y del Espíritu Santo.

Educar en la Fe III: Los Sacramentos

Los sacramentos son signos exteriores y eficaces de la gracia, instituidas por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, para santificar nuestras almas. Según esto, para todo sacramento son necesarias tres cosas: que haya un signo sensible o exterior, perceptible por los sentidos corporales; que sea de institución divina y no eclesiástica, como los sacramentales, las indulgencias y las penas canónicas y que santifique, o sea que comunique la gracia y no sea un simple símbolo de ella. Se dice que los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia porque todos significan por medio de cosas exteriores la gracia que Dios comunica al alma; de modo que no es ello mera ceremonia sino pura realidad.

Los sacramentos de la Iglesia, fueron instituidos por Jesucristo. La Iglesia no es más que la depositaria y administradora, y no los puede capacitar para producir la gracia e infundirla en el alma. Se distinguen en sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía); sacramentos de la curación (Penitencia y Unción de enfermos); y sacramentos de la comunión y de la misión (Orden y Matrimonio). Todos corresponden a momentos importantes de la vida cristiana, y están ordenados a la Eucaristía “como a su fin especifico” (Santo Tomás de Aquino). La iniciación cristiana se realiza mediante los sacramentos que ponen los fundamentos de la vida cristiana: los fieles, renacidos en el Bautismo, se fortalecen con la Confirmación, y son alimentados en la Eucaristía.

Los elementos que constituyen los sacramentos son: materia, forma, ministro y sujeto. La materia es la señal o signo exterior, como el agua en el Bautismo, el Santo crisma en la Confirmación. Etc. La materia puede ser remota y próxima. La materia remota es la misma cosa en sí misma y la próxima es su aplicación en la acción sacramental. La forma son las palabras o signos equivalentes que el ministro pronuncia al aplicar la materia. La unión de materia y forma constituyen el sacramento. De ellas depende el valor de éste.

El ministro es la persona que ha recibido la potestad de administrar el sacramento y lo administra en nombre de Jesucristo. Su poder le viene directamente de Dios. Es ministro agente, pero secundario, pues hace las veces de Jesucristo. El sujeto es la persona viva y capacitada que los recibe. El que recibe un sacramento ha de estar capacitado para ello. No todos pueden recibir todos los sacramentos; las mujeres no pueden recibir el Sacramento del Orden y hay Sacramentos, que para recibirlos lícitamente, es necesario estar en gracia de Dios por ejemplo, la Comunión.

El Bautismo confiere la gracia santificante, es decir, nos hace partícipes de la vida divina; la penitencia nos devuelve la gracia si la hemos perdido con el pecado mortal; y los demás sacramentos aumentan la gracia santificante en quienes los reciben dignamente y les confieren la gracia específica de cada sacramento. Los Sacramentos se dividen en Sacramentos de muertos y Sacramentos de vivos. Los Sacramentos de muertos se llaman así porque dan o devuelven la vida al alma que estaba muerta por el pecado. Son dos: el Bautismo y la Penitencia. Ambos dan la primera gracia santificante. La Penitencia puede aumentar la gracia santificante cuando el que se confiesa no tiene pecados graves. Todos los demás se llaman Sacramentos de vivos, porque, para recibirlos, el alma tiene que estar en gracia de Dios. El que los recibiera en pecado mortal cometería un pecado de sacrilegio. Estos Sacramentos aumentan la gracia santificante.

El Bautismo, la Confirmación y el Orden Sagrado no pueden recibirse más que una vez en la vida, porque imprimen carácter, que es un “sello” que jamás se borra. Los demás pueden recibirse varias veces. De los siete Sacramentos el mas excelente el la Eucaristía, porque encierra a Jesús, el Hijo de Dios, autor de la gracia y de los Sacramentos.

Son necesarias unas disposiciones para recibirlos válidamente y otras para recibirlos lícitamente. Para que sea válido es preciso tener intención de recibirlo. Si falta este requisito el Sacramento es nulo: así sería nulo el bautismo de un adulto que fuera bautizado contra su voluntad. Otro requisito para recibir válidamente un Sacramento es la aptitud. Así sólo pueden recibir el Bautismo los que no están bautizados; mientras que los demás Sacramentos sólo pueden ser recibidos por los bautizados. Un Sacramento puede recibirse validamente, pero indignamente y sin fruto: así la Confirmación es válida, pero no lícita si se recibe en pecado mortal. Pero de estas y otras cosas iremos tratando cuando expongamos los Sacramentos de uno en uno.

 

Creo en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo I

Desde el comienzo de la Iglesia, ésta ha expresado sintéticamente los contenidos fundamentales de su fe, y así la ha transmitido, con un lenguaje sencillo y normativo, a todos sus fieles. Por eso se llaman “Credos” o “profesiones de fe” o “símbolos de la fe” a las fórmulas articuladas en las que se manifiestan. Los más antiguos son los llamados bautismales ya que, el Bautismo se administra “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

Son los más importantes: el Símbolo de los Apóstoles, que es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma, y el Símbolo niceno-constantinopolitano, que es fruto de los dos primeros Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381), que todavía sigue siendo hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.

La profesión de fe, comienza con la afirmación “Creo en Dios” porque obviamente, es el fundamento de todas las otras afirmaciones sobre el mundo y sobre el hombre, que sólo encuentran sentido, en la aceptación de ésta creencia. De otra parte, se afirma la existencia de un solo Dios, porque se acepta la revelación en este sentido, que Él ha manifestado al pueblo de Israel, cuando dice: “escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor” (Dt 6,4), “no existe ningún otro” (Is 45,22). Y también porque Jesús de Nazaret lo ha confirmado cuando dice: Dios “es el único Señor” (Mc 12, 29).

Dios se revela a Moisés como el Dios vivo: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el dios de Jacob” (Ex 3, 6). Al mismo Moisés Dios le revela su Nombre: “Yo soy el que soy (YHWH)” (Ex 3, 14). Mientras las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer, sólo Dios es en sí mismo la plenitud del ser y de toda perfección. Él es “el que es”, sin origen y sin fin. De otra parte el nombre inefable de Dios, ya en tiempos del Antiguo Testamento, fue sustituido, por respeto, por la palabra Señor.

Al revelar su Nombre, Dios da a conocer las riquezas contenidas en su ser: sólo Él es, desde siempre y por siempre, el que transciende el mundo y la historia. El es quien ha hecho cielo y tierra. Él es el Dios fiel, siempre cercano a su pueblo para salvarlo. Él es el Santo por excelencia, “rico en misericordia” (Ef 2,4), siempre dispuesto al perdón. Dios es el Ser espiritual, trascendente, omnipotente, eterno, personal y perfecto. Él es la verdad y el amor.

Dios es la Verdad misma y como tal ni se engaña ni puede engañar. “Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). El Hijo eterno de Dios, sabiduría encarnada, ha sido enviado al mundo “para dar testimonio de la Verdad” (Jn18, 37). En el Nuevo testamento, Jesús, llamado el Señor, aparece como verdadero Dios. Jesús revela que también Él lleva el Nombre divino, “Yo soy” (Jn 8, 28).

Dios se revela a Israel como Aquel que tiene un amor más fuerte que el de un padre o una madre por sus hijos o el de un esposo por su esposa. Dios en sí mismo “es amor” (1Jn 4, 8, 16), que se da completa y gratuitamente; que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 16-17). Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios Padre revela que Él mismo es eterna comunicación de amor.

Claro, que creer en Dios, el Único, comporta: conocer y reconocer su grandeza y majestad; sentir agradecimiento; confiar siempre en Él, incluso en la adversidad; reconocer la igualdad y la verdadera dignidad de todos los hombres, creados a imagen de Dios y usar rectamente las cosas creadas por Él.

Educar en la Fe II: La liturgia, el tiempo, el lugar y la diversidad

El día litúrgico por excelencia es el domingo porque en él todos los cristianos debemos reunirnos para celebrar la eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Cristo. Esta celebración repetida cada ocho días marca el ritmo del año litúrgico, que tiene su culminación en la pascua anual, fiesta de las fiestas. La Iglesia siempre ha considerado que la santa misa es el acto litúrgico más importante, la “fuente y cima de toda la vida cristiana”. Es necesario, por tanto, que en ella participemos consciente, activa y fervorosamente. No basta con dar contestaciones colectivas en la celebración de la eucaristía, ni seguir los movimientos corporales y los cantos.

Es preciso que participemos con fe y amor, de forma que las ceremonias externas encuentren eco en nuestro corazón y dejen huella en el alma. Y es que el fin de la liturgia, además de dar culto a Dios, es la santificación de los fieles. Así como en la recepción del sacramento de la penitencia y de la eucaristía el fruto depende, en buena parte, de nuestra actitud interior, así también el provecho de la celebración eucarística depende de la atención, interés y fe con que participemos en ella.

La finalidad del año litúrgico es celebrar los misterios de Cristo, Hijo de Dios, desde la encarnación hasta su retorno glorioso. Todo él está centrado en Cristo. Pero esto no impide que en días determinados la Iglesia venere con especial amor a María, la bienaventurada Madre de Dios, y haga también memoria de los santos, que vivieron para Jesucristo, con Él padecieron y con Él han sido glorificados.

La Liturgia de las Horas, oración pública y común de la Iglesia, es la oración de Jesús con su Cuerpo, la Iglesia. Por su medio, el misterio de Jesucristo, que celebramos en la Eucaristía, santifica y transfigura el tiempo de cada día. Se compone principalmente de salmos y de otros textos bíblicos, y también de lecturas de los santos padres y maestros espirituales.

El culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo, porque Jesús es el verdadero templo de Dios, por medio del cual también los cristianos y la Iglesia entera se convierten, por la acción del Espíritu Santo, en templos del Dios vivo. Sin embargo, el Pueblo de Dios, en su condición terrenal, tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse para celebrar la liturgia.

Los edificios sagrados son las casas de Dios, símbolo de la Iglesia que vive en aquel lugar e imagen de la morada celestial. Son lugares de oración, en los que la Iglesia celebra sobre todo la Eucaristía, y adora a Jesús realmente presente en el sagrario. Los lugares principales dentro de los edificios sagrados son éstos: el altar, el sagrario o tabernáculo, las crismeras o vasos sagrados donde se conservan el santo crisma y los otros santos óleos, la sede (cátedra) del obispo o del presbiterio, el ambón para las lecturas bíblicas, la pila bautismal y el confesionario.

El misterio de Jesús, el Hijo de Dios, aunque es único, se celebra según diversas tradiciones litúrgicas porque su riqueza es tan insondable que ninguna tradición litúrgica puede agotarla. Desde los orígenes de la Iglesia, por tanto, esta riqueza ha encontrado en los distintos pueblos y culturas expresiones diversas, caracterizadas por una admirable variedad y complementariedad. Estas tradiciones se llaman ritos. Y en el seno de la Iglesia Católica, además del rito latino o romano, existen otros varios.

El criterio para asegurar la unidad en la multiformidad es la fidelidad a la Tradición Apostólica, es decir, la comunión en la fe y en los sacramentos recibidos de los Apóstoles, significada y garantizada por la sucesión apostólica. La Iglesia es católica: puede, por tanto, integrar en su unidad todas las riquezas verdaderas de las distintas culturas. En la liturgia, sobre todo en la de los sacramentos, existen elementos inmutables por ser de institución divina, que la Iglesia custodia fielmente. Hay después otros elementos susceptibles de cambio, que la Iglesia puede, y a veces debe incluso, adaptar a las culturas de los diversos pueblos.

Argumentos para creer II

La fe nos ayuda a descubrir la presencia de Dios. La fe es algo más que una lista de creencias más o menos lógicas que vamos encontrando en la experiencia de los hombres que viven a nuestro lado. La fe nos permite caminar al lado de ALGUIEN que da sentido a todos los acontecimientos de nuestra vida y de la vida de cuantos nos rodean. ALGUIEN que está más presente aún que nosotros mismos en todos los momentos de la vida.

Es necesario renovar cada día la fe, porque es un don que se vive y renueva a diario. Dios está siempre a nuestro lado y tenemos que tenerlo en cuenta. San Agustín decía: «Alégrate cada día de tu fe. Su contenido sea tu riqueza, y como el vestido cada día para tu alma».

La fe se demuestra en las obras. Debemos demostrarla en la coherencia cotidiana de nuestros actos. La fe es vida y por lo tanto requiere actos que demuestren esa fe. La fe debe ser personal, viva, misionera. Es una actitud que transforma nuestro comportamiento individual y social. La virtud de la fe se convierte en misión de transmitir la fe, porque cuando el hombre tiene entre sus manos un don maravilloso siente la necesidad de comunicarlo

La fe es una experiencia de amistad. Creer no consiste en tener ideas personales sobre Dios, sino acoger su visita personal. No se trata de contentarme aceptando su existencia, como tengo en la mente la idea de que existe Europa o una amiga, sino de experimentar su amor. No es decir Dios, sino más bien como lo llamaba Cristo: Abbá, mi querídisimo papá. Por eso cuando he recibido este don, ya no puedo hablar de perder la fe, como a veces puede decirse. Imposible perderla por casualidad como se pierde una llave. Lo que se pierde así no es una fe viva, no es una fe que ama, sino una costumbre que nunca llegué a entender, algo que aprendí en la familia, un sentimiento infantil.

Cuando perdemos un objeto que nos interesa, enseguida movemos cielo y tierra para encontrarlo. Cuántos kilómetros estamos dispuestos a recorrer para recuperar nuestra fe?. A veces ni siquiera nos damos cuenta de que existía en nosotros o de que la hemos ido perdiendo. Si la fe fuera amor… perderla significaría un gran vacío como el que sentimos al perder un gran amor.

Con la fe damos un valor nuevo a todo. La fe nos lleva a ver de forma nueva la tierra en la que vivimos como el lugar que nos empuja hacia la visión de la eternidad. Amar la tierra en el silencio, en la oscuridad y la majestuosidad de la noche porque nos induce y acompaña a contemplar la infinita grandeza del Señor. En los amaneceres, en sus mares, en sus montañas, en sus ríos y sus fuentes, en sus bosques y praderas, en sus flores y en sus primaveras, veranos, otoños e inviernos. Hay que amarla porque nos enseña a aprovechar el tiempo, a contemplar la eternidad, a valorar el sufrimiento; nos enseña a vislumbrar la omnipotencia de Dios y a coger su mano bendita entre las nuestras para besarla, amarla y adorarla).

La fe es para esta tierra, no hay que irse del mundo para encontrar a Dios, sino estar en el mundo sin ser de él.

La fe nos ayuda a descubrir la presencia de Dios. La fe es algo más que una lista de creencias más o menos lógicas que vamos encontrando en la experiencia de los hombres que viven a nuestro lado. La fe nos permite caminar al lado de ALGUIEN que da sentido a todos los acontecimientos de nuestra vida y de la vida de cuantos nos rodean. ALGUIEN que está más presente aún que nosotros mismos en todos los momentos de la vida.

Es necesario renovar cada día la fe, porque es un don que se vive y renueva a diario. Dios está siempre a nuestro lado y tenemos que tenerlo en cuenta. San Agustín decía: «Alégrate cada día de tu fe. Su contenido sea tu riqueza, y como el vestido cada día para tu alma».

La fe se demuestra en las obras. Debemos demostrarla en la coherencia cotidiana de nuestros actos. La fe es vida y por lo tanto requiere actos que demuestren esa fe. La fe debe ser personal, viva, misionera. Es una actitud que transforma nuestro comportamiento individual y social. La virtud de la fe se convierte en misión de transmitir la fe, porque cuando el hombre tiene entre sus manos un don maravilloso siente la necesidad de comunicarlo

La fe es una experiencia de amistad. Creer no consiste en tener ideas personales sobre Dios, sino acoger su visita personal. No se trata de contentarme aceptando su existencia, como tengo en la mente la idea de que existe Europa o una amiga, sino de experimentar su amor. No es decir Dios, sino más bien como lo llamaba Cristo: Abbá, mi querídisimo papá. Por eso cuando he recibido este don, ya no puedo hablar de perder la fe, como a veces puede decirse. Imposible perderla por casualidad como se pierde una llave. Lo que se pierde así no es una fe viva, no es una fe que ama, sino una costumbre que nunca llegué a entender, algo que aprendí en la familia, un sentimiento infantil.

Cuando perdemos un objeto que nos interesa, enseguida movemos cielo y tierra para encontrarlo. Cuántos kilómetros estamos dispuestos a recorrer para recuperar nuestra fe?. A veces ni siquiera nos damos cuenta de que existía en nosotros o de que la hemos ido perdiendo. Si la fe fuera amor… perderla significaría un gran vacío como el que sentimos al perder un gran amor.

Con la fe damos un valor nuevo a todo. La fe nos lleva a ver de forma nueva la tierra en la que vivimos como el lugar que nos empuja hacia la visión de la eternidad. Amar la tierra en el silencio, en la oscuridad y la majestuosidad de la noche porque nos induce y acompaña a contemplar la infinita grandeza del Señor. En los amaneceres, en sus mares, en sus montañas, en sus ríos y sus fuentes, en sus bosques y praderas, en sus flores y en sus primaveras, veranos, otoños e inviernos. Hay que amarla porque nos enseña a aprovechar el tiempo, a contemplar la eternidad, a valorar el sufrimiento; nos enseña a vislumbrar la omnipotencia de Dios y a coger su mano bendita entre las nuestras para besarla, amarla y adorarla).

La fe es para esta tierra, no hay que irse del mundo para encontrar a Dios, sino estar en el mundo sin ser de él.

Argumentos para creer I

Nuestra vida se debe a Dios que nos ha creado por amor. Tenemos el deber de orientarla hacia Él porque sabemos que ahí está el secreto de nuestra felicidad, porque sabemos que Dios quiere nuestro bien. La forma de dirigir nuestra vida hacia Dios es vivir las virtudes teologales y, entre ellas, la fe que es como el fundamento de las demás y la fuente de la vida moral (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2087). Ella es el modo de responder a Dios como El se lo merece por nuestra parte. Decía Juan Pablo I que en la fe «no se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino de creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro».

La vida nos presenta muchos misterios: nuestro origen, nuestra maduración, nuestro destino, la misión que estamos llamados a realizar. Descubrir el sentido de todos estos misterios significa descubrir a nuestro Creador y Señor, y darnos cuenta de que Él está presente en todo y en todos para dar sentido a la vida del hombre. La virtud de la fe nos lleva a encontrar este sentido, y nos da la fuerza que nos impulsa a entregar la vida a Dios confiando en Él. Ella es sobre todo una conversión, una respuesta al llamado desde el Amor que Dios nos hace.

Vale la pena creer en algo firme, serio, fundamental que dé sentido pleno a nuestra vida. La fe es una respuesta a los interrogantes de nuestra existencia. En ella encuentro respuesta a mi origen porque sólo Dios puede crear una obra tan maravillosa como el alma humana. En ella encuentro respuesta a mi misión en esta tierra porque descubro que he sido creado para amar y dar gloria a Dios. En ella descubro mi destino porque sé que después de la muerte estaré junto a Dios en la felicidad eterna. En ella encuentro el sentido de todo, porque en todo puedo descubrir y entregarme a Dios.

Vale la pena tener una respuesta a las inquietudes de nuestro corazón. Tenemos un corazón grande que necesita amar y ser amado. Nuestro corazón no se puede contentar con amores pequeños, está hecho para amar a Dios, por eso encuentra su tranquilidad, su serenidad, su paz solamente en Dios.

André Frossard, un literato francés, convertido al catolicismo en su juventud, se preguntaba a sí mismo:

“Para qué sirve creer? Vemos con claridad para qué sirve no creer: para estar solo en esta tierra, que es la menos fija de todas las casas, y para no oír jamás otra voz que la propia en respuesta a las preguntas que el corazón plantea» (A. FROSSARD, Cuestiones sobre la fe).

Educar en la Fe I: La celebración de la liturgia

En la celebración de la liturgia actúa el “Cristo total” (Christus totus), Cabeza y Cuerpo. En cuanto sumo Sacerdote, Él celebra la liturgia con su Cuerpo, que es la Iglesia del cielo y de la tierra. La liturgia del cielo la celebran los ángeles, los santos de la Antigua y de la Nueva Alianza, en particular la Madre de Dios, los Apóstoles, los mártires, y “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación razas pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Cuando celebramos en los sacramentos el misterio de la salvación, participamos de esta liturgia eterna.

El sujeto o persona que ejerce el culto litúrgico es en primer lugar Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, eterno y supremo Sacerdote, Pontífice máximo del culto. El es el Mediador entre Dios Padre y el hombre. Mediador de adoración, de acción de gracias, de petición de nuevos beneficios y expiación de nuestros pecados. El es el que ofrece el sacrificio y da al culto toda su excelencia. La Iglesia en la tierra, unida siempre a su Cabeza Cristo y animada por el Espíritu Santo, celebra la liturgia como pueblo sacerdotal, en el cual cada uno obra según su propia función: los laicos se ofrecen como sacrificio espiritual; los ministros (obispos y presbíteros), configurados con Cristo Cabeza por el sacramento del orden, actúan en nombre de Cristo (in persona Christi) y con su poder salvífico.

La Iglesia prescribe que para celebrar el culto oficial se practiquen ciertas ceremonias y se observen determinadas fórmulas y en ellas se sigan ritos y modos establecidos, a cuyo conjunto se le da el nombre de Liturgia. Así, la celebración litúrgica está tejida de signos y símbolos, cuyo significado, enraizado en la creación y en las culturas humanas, se precisa en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la Persona y la obra de Jesús de Nazaret.

Algunos signos sacramentales provienen del mundo creado (luz, agua, fuego, pan, vino, aceite); otros, de la vida social (lavar, ungir, partir el pan); otros de la historia de la salvación en la Antigua Alianza (los ritos pascuales, los sacrificios, la imposición de las manos, las consagraciones). Estos signos, algunos de los cuales son normativos e inmutables, asumidos por Jesús, se convierten en portadores de la acción salvífica y de santificación.

En la celebración sacramental las acciones y las palabras están estrechamente unidas. En efecto, aunque las acciones simbólicas son ya por sí mismas un lenguaje, es preciso que las palabras del rito acompañen y vivifiquen estas acciones. Indisociables en cuanto signos y enseñanza, las palabras y las acciones litúrgicas lo son también en cuanto realizan lo que significan. Los ritos y ceremonias pueden reducirse al lenguaje, cantos, gestos y actitudes. Del lenguaje se vale la Iglesia en los actos de culto, en los oficios divinos, administración de los sacramentos, predicación de la palabra, etc. La actitud del cuerpo es un reflejo de los sentimientos que embargan el alma en las funciones litúrgicas, por eso en ellos el cristiano ora de pie, de rodillas, postrado, inclinado o sentado.

Puesto que la música y el canto están estrechamente vinculados a la acción litúrgica, deben respetar los siguientes criterios: la conformidad de los textos a la doctrina católica, y con origen preferiblemente en la Sagrada Escritura y en las fuentes litúrgicas; la belleza expresiva de la oración; la calidad de la música; la participación de la asamblea; la riqueza cultural del Pueblo de Dios y el carácter sagrado y solemne de la celebración.

Respecto a las imágenes, la de Jesús, es el icono litúrgico por excelencia. Las demás, que representan a la Madre de Dios y a los santos, hacen también referencia a Jesús, el Hijo de Dios, pues en ellos es glorificado ya que son fruto de su acción redentora. Las imágenes frecuentemente proclaman lo que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra, y ayudan a despertar y alimentar la fe de los creyentes.

La respuesta del hombre

El hombre que ha tenido la oportunidad de recibir la (presentación – llamada) de Dios, de acercarse y de conocerle en su intimidad, responde a la misma libremente. Si ha aceptado, y no rechaza, a la persona de Jesús como hombre y como Dios, fía en su palabra y actúa con confianza en Él. Actúa escuchando con agrado y pronta voluntad, al que es la Verdad, que no puede ni engañarse ni engañarnos.

Es el caso recogido en la Sagrada Escritura de Abraham que, sometido a prueba, “tuvo fe en Dios” (Rm4,3) y siempre obedeció a su llamada, por esto se convirtió en “padre de todos los creyentes” (Rm4,11,18) y a la Virgen María, quien ha realizado del modo mas perfecto, durante toda su vida, la obediencia en la fe: “hágase en mi según tu palabra”.

Por eso, creer en Dios es comprometerse con Él. Confiando totalmente en su persona y aceptando todas las cosas por Él reveladas. La más relevante es creer en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La fe es un don gratuito que da Dios a todos los hombres que quieran acceder a ella .Los hombres la pueden pedir para si o para otros y la obtienen, al ser una virtud sobrenatural, por el bautismo. Es necesaria para encontrarse con Dios porque si no creemos en El y por tanto, no queremos estar con El, no nos puede imponer su presencia.

El acto de fe es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia y de la voluntad del hombre, el cual acepta la gracia de Dios que mueve su voluntad a asentir libremente a la verdad divina. La certeza de la fe se fundamenta sobre la Palabra de Dios. La fe “actúa por medio de la caridad” (Ga 5,6). La fe crece gracias, particularmente, a la escucha (lectura) de la Palabra de Dios, a la oración y a la coherencia de nuestra vida (la fe sin obras es fe muerta). La fe nos lleva de la mano a la esperanza y esa ilusión nos hace pregustar desde ahora el gozo del cielo.

La fe está por encima de la razón por algo muy sencillo, porque la ciencia busca la verdad, la fe manifiesta la verdad y no puede haber dos verdades. Al final, la ciencia demuestra, en muchas ocasiones, en las “verdades de fe” que la fe tenia razón. Es Dios mismo quién da al hombre tanto la luz de la razón como la fe.

Tener fe es un acto personal en cuanto que es la respuesta libre del hombre al Dios que se revela. Pero, es la Iglesia el medio que Dios ha elegido para trasmitirla a los destinatarios de ese don (hemos recibido la fe). Al creer nos incardinamos en la Iglesia, al bautizarnos nos hacemos miembros de la misma por eso podemos decir “creemos” porque lo que nos une es la fe. La Iglesia, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la fe de cada uno: por esto es Madre y Maestra.

Aquello en lo que creemos se condensa en lo que llamamos las fórmulas de la fe que son un buen instrumento porque nos permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con los demás las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común. Todos profesamos la misma fe que, lógicamente es una sola. Creemos en un solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- y aunque la Iglesia esta formada por personas diversas por razón de lengua, cultura, ritos, profesa con voz unánime la única fe , recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición Apostólica. Por tanto creemos con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado.

Cada hombre ha de encontrar su camino y ser fiel a su fe, así llegará a su destino que no es otro que el encuentro cara a cara con el único Señor y Dios. Esa es la respuesta del hombre: caminar confiando en el Señor.