Una investigación con más de 82.000 universitarios de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido concluye que el perfeccionismo ha aumentado de forma sostenida desde 1989 y vincula este fenómeno al estancamiento económico
Nos encaminamos hacia la «sociedad del cansancio» que el filósofo Byung-Chul Han describió hace más de una década. El pensador surcoreano —Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025— advirtió entonces de que la obsesión contemporánea por el éxito, la productividad y la mejora constante terminaría convirtiéndonos en nuestros propios explotadores.
Seríamos nosotros mismos quienes nos impondríamos la presión de rendir más, destacar más y fallar menos. Una autoexigencia permanente capaz de empujar a millones de personas hacia el agotamiento crónico, la frustración y la sensación de no estar nunca a la altura.
Pues bien, la ciencia acaba de darle la razón. Un gran estudio internacional publicado por la Asociación Estadounidense de Psicología concluye que el perfeccionismo extremo se ha disparado entre los jóvenes durante las últimas décadas.
La juventud se autoexige más que nunca
La investigación, realizada con más de 82.000 universitarios de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, revisó datos de 307 estudios realizados entre 1989 y 2024. El objetivo era comprobar si las tendencias detectadas en trabajos anteriores, que ya apuntaban a un incremento del perfeccionismo entre los jóvenes, habían continuado en los últimos años y qué factores podían estar alimentándolas.
Los resultados son claros: hemos creado una generación que no sólo siente la necesidad constante de superarse y exigirse más a sí misma, sino que cada vez padece más miedo a fracasar, a equivocarse y a ser juzgada. Una generación angustiada por la evaluación y la comparación continua; que se siente exhausta antes incluso de empezar.
Sobre el papel, los investigadores detectaron que las llamadas «preocupaciones perfeccionistas» —que incluyen el miedo al fracaso, la indecisión y la sensación de estar permanentemente evaluado por los demás— han aumentado mucho más rápido desde comienzos de los años 2000 que los «esfuerzos perfeccionistas», relacionados con la ambición o la búsqueda de estándares elevados.
Thomas Curran, autor principal del estudio e investigador de la London School of Economics and Political Science, advierte de que el fenómeno tiene implicaciones profundas para la salud mental juvenil. «El perfeccionismo supone un riesgo para la salud pública, ya que se asocia con un aumento de la depresión y la ansiedad», afirmó.
Aunque las redes sociales suelen aparecer en el centro del debate sobre la salud mental juvenil, los autores subrayan que el problema es anterior a la expansión digital. «Estos hallazgos aportan un contexto adicional a los recientes debates sobre la salud mental de los jóvenes», señala Curran. «Se ha culpado mucho a los teléfonos y las redes sociales, pero el aumento del perfeccionismo es anterior a estas. Este estudio sugiere que hay algo más profundo en juego».
Los investigadores sostienen que detrás de esta tendencia existen transformaciones culturales profundas. En el estudio se apunta al «auge de modelos sociales más competitivos e individualistas, donde el éxito personal se presenta como una obligación y el fracaso como una responsabilidad exclusivamente individual». La presión académica, las expectativas familiares y la obsesión por el rendimiento habrían contribuido a alimentar este clima.
La juventud ha cimentado su valor personal únicamente en lo que logran, en lugar de en quién son, creando una búsqueda interminable de validación. El problema es que esta no siempre llega. Por eso, la generación que creció escuchando que podía llegar a cualquier parte parece vivir ahora bajo la sospecha constante de no estar nunca a la altura.
La causa podría ser la crisis económica
Especialmente, si lo que se espera al final de esfuerzo es una compensación económica o un nivel de vida superior… en tiempos de estancamiento económico. Esto es lo más interesante: el trabajo también analizó la evolución del perfeccionismo en relación con indicadores macroeconómicos.
En este sentido, los autores observaron que una menor tasa de crecimiento del PIB per cápita se relaciona con mayores niveles de búsqueda de la perfección. Al mismo tiempo, el incremento de la desigualdad económica aparece asociado a un aumento especialmente pronunciado de las preocupaciones perfeccionistas.
«Cuando hay falta de oportunidades económicas, los jóvenes parecen compensarlo con esfuerzo», explica Curran. «Y cuando aumenta la desigualdad, lo que se observa es que el miedo y la preocupación por cometer errores y por la opinión de los demás, que empiezan a ser un rasgo más importante de la psicología de los jóvenes», destaca.
La imagen que dibuja el estudio es la de una generación atrapada entre la incertidumbre económica y la necesidad constante de demostrar su valor. Como quien corre en una cinta infinita de gimnasio, muchos jóvenes sienten que deben esforzarse cada vez más sin la garantía de llegar realmente a ninguna parte.
En otras palabras, la generación que creció escuchando que podía llegar a cualquier parte parece tener claro que nunca llegará a nada. El perfeccionismo deja así de ser una simple aspiración al trabajo bien hecho para convertirse en una fuente permanente de ansiedad.
«Si queremos abordar la crisis de salud mental juvenil, debemos centrarnos en estos factores culturales y económicos», opina Curran. Porque, según los autores, cuanto más se normalice la exigencia extrema, mayor será también el coste emocional asociado.
Como solución, la investigación plantea no achacar este momento a la fragilidad individual, porque así no se reducirá el exceso de autoexigencia personal. Por el contrario, la presión por ser perfecto parece estar incrustada en el propio funcionamiento de las sociedades contemporáneas y sería esto lo que necesitaríamos cambiar… si no estuviéramos tan agotados.









